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¿Treinta y tres?

Aparecieron un jueves. Son cinco. El primer día no le presté mucha atención: cinco perros tirados en la acera del frente, con sus miradas lánguidas, como perdidas en el espacio o, quizás, en el tiempo.

Viernes. Ayer al mediodía regresé del trabajo y ya no estaban. Hoy salgo de la casa y de nuevo están ahí, en perfecta formación, los cinco con sus patas delanteras estiradas y sus variados hocicos guarnecidos entre ellas. Aparentemente me miran, inexpresivos, sin mostrar demasiado interés en mi persona. Abro el carro, entro y prendo el motor. Por el espejo retrovisor los miro, ellos también.

Sábado. Evidentemente tienen un orden jerárquico. El primero de la izquierda es una especie de perro salchicha negro con una pequeña mancha blanca en el pecho. El que le sigue, es una mezcla de zorro con bóxer, su pelaje da hacia el rojizo. El tercero es una especie de cazador con el pelo estriado en varias tonalidades de grises y de sucios; es tan flaco que se le pueden ver las costillas aflorar como restos de naufragio. Después viene uno amarillo renacimiento, con una enorme cabeza de mastín, coronada por una mancha negruzca. Y al final viene él, el jefe de la tropa: un pastor (o será pastora) alemán, con toda su prestancia y pureza. Infunde respeto.

Domingo. Me está preocupando mamá. Ayer preparó una crema de caraotas negras licuándolas crudas. Cuando le hice observar que no podía comérmela, se arrechó, me retiró el plato y lo tiró directo en la poceta. —Muchacho malcriado—. Hoy fue el día en que también comenzaron a aparecer los papelitos en la nevera. Zwaartekracht! Le pregunté qué quería decir y me contestó: —A tu papá le encantaba mi crema de caraotas.— Insistí sobre el significado de esa palabra, pero lo único que recibí fue un par de ojos vidriosos que parecían intentar ver a través de una espesa neblina londinesa. Lo dejé así. Me acerqué a la ventana, corrí un poco la cortina. Ahí estaban, esta vez parados, con sus cabezas levantadas y dirigidas hacia mí. Pude apreciar que el segundo se sostenía en tres patas, la otra estaba evidentemente fracturada y casi flotaba en el aire. Los muchachos de la cuadra seguramente lo hubieran bautizado "puñetero". Cerré la cortina. Esos perros empiezan a molestarme. —Mamá, voy a comprar el pan y la prensa.— Nadie me contestó. Abrí la puerta, miré hacia la acera del frente: vacía. Se habían ido.

Lunes. Hoy me levanté tarde, anoche tuve un mal sueño: mamá sentada en el sillón que está en el jardín, tenía un plato de carne guisada apoyado en su regazo y delante de ella estaban los cinco perros lacerando, o más bien destrozando, el cuerpo de un animal que no pude identificar. Al rato el jefe levantó su cabeza, olió algo en el aire, se dio vuelta y arrancó en carrera, seguido por el resto de la banda. Venían hacia mí. Me desperté, pero el susto todavía lo podía percibir en mi respiración. Tengo sed como si estuviera enratonado y decir que ayer no probé ni una cerveza. Me acerco a la nevera y veo el papelito: Tegenstelling!. Lo de mamá me inquieta, tendré que llevarla donde el Dr. Mosquera para que le haga un chequeo general. Y ahí están: sentados todos y respirando con la boca abierta como si vinieran de una carrera. Los miro y enseguida el jefe se acuesta, imitado por los demás. Siguen respirando con la boca abierta, mostrando sus largas lenguas, que se mueven a un ritmo frenético y salpican de saliva la acera.

Martes. En la casa flota un extraño olor, no puedo definirlo ni identificarlo. Mamá esta mañana se levantó alegre, me preparó el desayuno de una forma casi perfecta, si no fuera por el huevo crudo que me sirvió en el plato junto con el jamón y el queso. La nevera no tiene ningún papelito. Pero ellos siguen allí.

Miércoles. Hoy ha sido un día pesado. Tuve que llevar a mamá donde el médico. Ayer en la noche empezó a quitar el papel de las paredes de su habitación, afirmando que detrás se escondían unos animales que no la dejaban dormir. Le di un tranquilizante. Hoy cambiaron de orden: el primero se fue al cuarto lugar, el segundo al tercero y el tercero al segundo. el cuarto al primero. El jefe sigue manteniendo su posición de líder.

Jueves. Apareció otro papelito: Dauwdruppel! El médico me dijo que todo está bien, que el problema es la edad, de todas maneras vamos a practicarle algunos exámenes. Siguen en el mismo orden de ayer. Sus miradas han cambiado, siento que me observan de una forma diferente.

Viernes. El olor que percibí el otro día sigue impregnando la casa, pero parece concentrarse en la parte de abajo. Tendré que mandar a fumigar. No hay papelitos nuevos. Mamá no está bien. Preparó un asado negro con galletas "Oreo" de chocolate. Hoy no me saludó. Trato de no mirarlos, hago un esfuerzo para creer que ya no están, pero siento sus miradas quemarme las espaldas.

Sábado. La nevera apareció completamente llena de limones franceses y un papelito: Vlakvulling! Hoy me entregan los resultados de los exámenes. El jefe hizo un medio intento de cruzar la calle. No me gusta.

Domingo. Los exámenes no han aportado ninguna novedad, según la ciencia mamá está bien. Me recomendaron un siquiatra. Si la cosa sigue así creo que ambos lo vamos a necesitar. El olor sigue, mañana llamo a la compañía fumigadora. Mamá se encerró en su cuarto. Esta mañana los vi olfateando el aire y mirando hacia mi ventana.

Lunes: Vinieron los de la fumigación, me garantizaron que el olor iba a desaparecer. A mamá no le gustó la invasión de la casa y me dijo algo en un idioma que sonaba como los papelitos. Me preparó una merengada de cambures topocho con concha y todo. El amarillo se salió de la formación y vino a oler el carro.

Martes. Estoy convenciendo a mamá para que vaya al siquiatra. Se puso a llorar. El olor sigue y se hace más intenso. Mamá me regañó porque no había hecho la tarea.

Miércoles: Otra vez cambiaron la formación: el cuarto a tercero, el segundo al primero, el tercero al cuarto y el primero al segundo. Todos están sentados, inmóviles como cerámicas.

Jueves: Otro papelito: Toverspiegel! La nevera está completamente vacía salvo por un vaso de agua. El enano negro se acercó al carro y lo olfateó. No entiendo lo que quieren de mí. Me están fastidiando. Mamá no quiere ir al siquiatra, tendré que llamar a mi hermana mayor.

Viernes. Ya me tienen obstinado, les voy a echar agua. Los mojé, no le gustó. El jefe me mostró sus colmillos. Estoy pensando comprar un arma, no vaya a ser que uno de estos días me quieran atacar. Mamá me habló que hay que comprarle comida a Fifí. ¿Quién es Fifí? le pregunté. Me miró con odio y se encerró en su habitación.

Sábado. Hoy le tocó el turno al "puñetero", fue cómico verlo atravesar la calle en tres patas. Mamá insiste en que hay que comprar comida para Fifí. Le dije que se la iba a comprar. El olor es más fuerte que nunca, mañana me dedicaré a revisar la casa. Siguen ahí sentados.

Domingo. Revisé toda la casa, lo único que encontré fue un ratón muerto detrás de la cocina. Pero el olor sigue presente. Mamá preparó una mermelada de repollo. Insiste con Fifí y de nuevo me regañó por la tarea.

Lunes. Otro papelito: Draaikolken! En la nevera apareció una taza llena de cucarachas muertas.

Martes. No hay novedades. Mamá sigue igual, así como los perros.

Miércoles. Regresaron a su formación inicial. Creo que todo esto me está afectando el sistema nervioso. Hoy cuando mamá me sirvió un spaghetti a la boloña licuado, me arreché y tiré el plato en el piso. Lo único que me dijo fue: —A Fifí sí le gustó.—

Jueves. El flaco se acercó al carro, lo olió y se orinó en el caucho trasero izquierdo. Creo que compraré el arma. Estoy cansado de esta situación. Ayer llamé a la Sanidad y me contestaron que no tenían personal.

Viernes. En el trabajo el supervisor me llamó en su oficina y me preguntó si me sentía bien. Estoy cometiendo demasiado errores. Voy a pedir unas vacaciones. Mi hermana me contestó que no podía ocuparse de mamá, ella también tiene sus problemas. Ellos se pusieron de pie, el jefe está inquieto, se mueve de un lado a otro. Mamá preparó una ensalada de margaritas con claveles. Estoy comiendo afuera.

Sábado. Cerraron el orden de la formación, están más pegados el uno con el otro. El jefe se ha acercado a la reja husmeando por toda parte. No hay papelitos. El olor se hace insoportable, tengo que usar una mascarilla.

Domingo. Pasé todo el día en la playa. Al regreso encontré cinco mojones de perro en la entrada de la casa. Mañana compro la pistola.

Lunes. Fui a la armería, me aconsejaron que comprara una 357. Me gustó, al empuñarla sentí placer, sentí que algo cambiaba dentro de mí. Mamá me dijo que quería regresar a Irlanda para sembrar matas de dátiles. Ya no le hago caso.

Martes. Hay movimiento entre el enemigo. Todos están inquietos y miran hacia arriba, hacia el cielo. Por primera vez empezaron a ladrar. Algo pasa. Estoy preparado para lo peor. El revólver está cargado con seis balas.

Miércoles. Estoy decidido, voy a dispararles. Otra vez ensuciaron la entrada. Salgo. No están. Se fueron. Respiro profundo el aire fresco de la mañana, me parece que la vida es diferente; es como cuando te tira en el mar y te sumerges, después subes y consigues, con alivio, el anhelado oxígeno. Guardo el arma en el cinto y subo al carro.

Regresé tarde. La noche estaba iluminada, así como la ventana de mamá. No pude entrar.



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