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Cruzados

Un ruido extraño me sacó del sueño profundo en el que me encontraba inmerso; atiné a extender el brazo semidormido, repleto de hojarascas revueltas que corrían por las venas y hormigueos típicos del miembro entumecido, adormecido. Pesadamente extendí la mano hacia la mesa de noche para encender la luz del velador, allí ya no estaba; en cambio mis dedos palparon una fría y mojada superficie, horrenda, resbaladiza, como si fuera aquello una enorme babosa helada, aquel impacto me sobrecogió; abrí los ojos ya del todo y de una vez, para contemplar estupefacto la figura erguida de espaldas a mí, de aquel ser inmóvil; era el sargento Sánchez; Toto vulgarmente lo llamaba. Al cabo de un año de estar juntos en la milicia y a pesar de ser él un sargento y yo apenas un soldado raso, nuestra confianza de amigos habitaba mas allá de las insignias; salvo en los casos de una presencia superior en la graduación militar y por respeto a él, lo seguiría llamando así, Toto.

Mi compañero montaba guardia, atento y sin percatarse de mi despertar; yo para graficarlo de alguna manera, yacía en el fondo del pozo de zorro, tapado con una manta verde y húmeda; el poco calor que mi cuerpo aún conservaba, la hacía desprender tenues rastros de vapor, en esos diez grados bajo cero en la trinchera de las islas Malvinas.

--Toto, ¿Qué hora es? —le dije quebrando el silencio imperante, que sólo el viento austral se animaba a desafiar en las noches de la guerra.

--¿Ya te despertaste? —dijo mientras observaba su reloj de pulsera, prosiguió--. Te quedan cuarenta minutos más, son las dos y veinte.

--¡No! Es suficiente, descansá vos, yo te reemplazo ahora mismo; ya no lograré dormir. Tuve un sueño horrible.

--¿Qué soñaste? ¿Contame?

--Dejalo así, sería revivirlo y con una me basta, ya esta, quiero olvidarme de eso, de mi casa, mi cama y la maldita paz que no tengo. ¿Cómo anduvo la noche? ¿Todo tranquilo?

--Sí. Es martes, no creo que usen sus cañones las fragatas, por lo que sé, hoy no les pagan doble a los ingleses. Pero ya se viene el jueves, viernes y el fin de semana, ahí si que parimos otra vez, nunca en mi vida pensé que me iban a gustar tanto los lunes y martes.

--Bueno al menos una noche de paz hoy, dormite tranquilo que ya estoy despierto del todo.

Me incorporé como podía, intentando liberarme de esa maraña de músculos tensos que era mi organismo. Ya de pie, sujeté el correaje a mi cintura, adosé dos granadas de mano mk5 a mi pecho, y así completé los preparativos para una nueva jornada de guardia, colocándome el casco y asiendo el fusil. Todo aquello lo efectuaba sin pensar, mecánicamente, como un torpe robot acéfalo, preparado para matar o morir. El Sargento, mi buen amigo, me sacó del autismo donde mi mente residía con una frase llena de simpleza, pero cargada de compañerismo y afecto.

--Antes de dormir, me tomaré una leche caliente, ¿Querés una Daniel? Te preparo —ofreció complaciente.

--Dale. Gracias Toto. Sacá mi jarro que esta debajo de la almohada.

--¡Pero mirá vos! ¿Ahora la llamas almohada? Dos tubos de granadas de mano envueltas en una manta.

--¡Y bueno! ¿Cómo querés que la llame? Si cumple la función de almohada, o acaso allí no es donde apoyamos nuestras torturadas cabezas noche tras noche, para aunque más no sea conciliar un sueño de mierda.

--Tenés razón, después de todo, no es tan incomoda; pero digo yo, ¿Dormir sobre una almohada de granadas no traerá malos sueños? ¿Será eso? ¡Sueños un tanto pesados!

--¡Ja, Ja! ¡No! No seas supersticioso Toto, además, recordá que es nuestro pasaporte seguro a la muerte, mirá si un día cae una bomba y nos deja agonizando, eso si que es feo, sufrir, en vez así con la almohadita salvadora. ¡Zas! Revienta todo y no nos enteramos de nada.

--Así es nomás, esperemos que eso no pase.

Se produjo una pausa casi eterna, pero lejos de hallarse vacía, abundaba en temores, ideas, deseos. Eran nuestras mentes que brillaban en destellos de locura, en la oscuridad de la incoherencia que era permanecer allí. Otra batalla extraña se debatía, una contienda oculta y real, que cada cual conocía a la perfección, aún sin comentarla, ni mostrarla; sencillamente aquel otro campo de batalla, era el duelo interminable entre quebrarse o seguir, y cada uno la peleaba con lo que podía en la quietud y el silencio de su interior.

Lo contemplé al sargento de reojo, sin que lo notara, no distrayendo la vista del frente en aquella noche cerrada, se lo veía frágil, delgado; estaba de cuclillas en el fondo del pozo negro, ahora tenuemente iluminado con la luz de una vela que él mismo fabricó con sebo de vaca. Como un ritual de cada noche y cada día, preparando la leche en polvo, colocando las pastillas de alcohol; lo seguí mirando, me dio ternura, tomé conciencia por un segundo, hoy estaba, mañana nadie lo sabía, así me vería él mientras yo dormía, comprendí que a pesar del poderoso fusil frío y temerario acunado entre mis manos, yo también era un ser frágil a la deriva en el mar de las suertes.

--¡Dany! Acá tenés, le quemé primero un poco de azúcar en el jarro, así es más rico, de lo contrario esta leche en polvo es insoportable. ¡Malditas raciones de combate!

--Gracias, esta buenísima. ¿Un poquito de ginebra no había para ponerle?

--No, se acabo anoche. ¡Que mierda! Tengo un hambre bárbara.

--Tendremos que seguir fumando, al menos hasta que pueda llegar el próximo avión con provisiones. Yo ya estoy en los tres atados por día. ¿Y vos?

--Sí, yo por ahí ando, total de algo hay que morirse, si no es una bomba, es por el cáncer de pulmón. ¡Y bueno, en fin! Será hasta mañana, al menos eso espero, chau Daniel, que tengas una guardia tranquila para bien de los dos.

--Que descanses Toto.

Era increíble, como siempre nuestros diálogos estaban plagados de frases que nadaban en incertidumbre, desarrollándose a ciegas, y siempre condicionadas a eventos venideros que imaginábamos pero no podíamos manejar. La guerra trae consigo entre otras cosas eso, dudas y más dudas de existencia, frases del tipo “Si me despierto mañana, te prometo, haré tal cosa”, “Tengo que arreglar un poco la trinchera, ¿Pero para qué? Quizá no haga ni falta”. “Si vuelvo a casa, me doy un baño de espumas y después me emborracho”. Era agotador, desesperanzador, remitir todos nuestros deseos de planificar al evento siguiente, que sólo Dios y el destino podían manejar, y al cual nosotros no teníamos presencia en las designaciones de aquellas determinaciones. Ni voz, ni voto.

Me quedé mirando el paisaje oscuro, para ser exacto, nada se veía, y allí en la espesa negrura de la noche cerrada, intentaba esforzar mis sentidos, hasta lo máximo y aún más, para ver o escuchar, de eso dependía parte de nuestra suerte de ver otro sol brillar a la mañana siguiente. Llegué a percibir ruidos a casi quinientos metros de distancia, y ver en la noche como si fuera el día. Que maravilla el cuerpo humano, cuando se lo pretende siempre da más, es el instinto de supervivencia que activa esta maquinaria casi perfecta, que pena morir, tantos millones de años de evolución para ser un resultado maravilloso, y al rato tan sólo, un sinnúmero de átomos dispersos, sin la magia de sus uniones que alguna vez formaron el sueño de sentirse real.

El Toto roncaba, dichoso él que podía, sería menos horas de padecimiento consciente, al menos ese era el recreo para escapar de la locura continua de esperar.

La noche paso, los días se continuaron. . .

Semidormido, como casi siempre, con el cansancio a cuestas de tantos malos ratos; extendí el brazo derecho acalambrado para asirme (aún con los ojos cerrados) de la pared de barro junto a mí, sentí un ruido fuerte al costado de mi oído y algo que estalló, de un brinco me incorporé decidido a todo, miré en la oscuridad hacía el sector de dónde procedió la extraña batahola; el velador de la mesa de noche yacía desecho en el suelo, al instante mi madre sobresaltada prendía la luz de la habitación; la miré, le sonreí. La guerra ya había terminado, otra vez estaba de vuelta en casa.



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