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La cuadratura y lo

No es por la cuadratura y el concreto, aunque sí es por la cuadratura y lo concreto. Tampoco por el Ávila, el color del verde aroma y el axzul, aunque sí por el frescor que dan los verdes de los árboles y su respiración de savia y clorofila a la caída de la tarde. Es por el clima, eso sí, sin discusión, y por los perfiles europeos. Acaso sea por esa nostalgia ontológica que Murena atribuyó al espíritu enajenado del latinoamericano. Tal vez sea por eso que ama esta ciudad de balcones inciertos y esquinas bohemias. Tal vez sea por eso que no se separa de la ventana desde que descubrió a través de ella su particular cruce barcelonés. Allá ve el perfil pastel de una farmacia, imbricado entre las sombras y los destellos de sol, que brindan al ojo cada pequeño resquicio ubicado entre el vaivén melodioso de las hojas de Acacia. Piensa en el sabor ocre que probó de niño en la goma arábiga y descubre que todo lo relaciona con los colores. Aquella esquina, por ejemplo, tiene un azul que nunca antes ha visto, pese a que es el color de un cartel, sobre el cual unas letras blancas imponen el nombre de Farmacia Santa Mónica —y esto también le gusta, que las cosas, y las casas y las calles, y hasta las personas, tengan nombres de santos y de poetas. Le gusta San Bernardino, aunque no esté presente en ella un estandarte timbrado con el monograma del nombre de Jesús, rodeado de doce rayos de sol y coronado con una cruz —le gusta más, sin duda, por que no hay el monograma—. Le gusta también la calle Rufino Blanco Fombona, aunque no encuentre en sus aceras, alguna de las cartas que el escritor compartió con Unamuno —y esto sí que no le gusta, pero ¿qué se le va a hacer? Nada es perfecto, sólo su gusto por la ciudad, y por esa esquina de corte barcelonés donde se expenden curitas, ácido bórico y merthiolate rojo, y que aún atiende un antiguo anciano de gafas de carey y acento extranjero. Un boticario, ha dicho. Un boticario, debe ser.

Hace apenas veinte minutos que recurrió a la ventana. Se afianzó en ella para descorrer la esperanza y, tras el despliegue de la cortina, topó su iris dilatado con el color pastel de la farmacia, con su mampostería de rajuelas, el tronco inverosímil de la Acacia como un vigilante infinito —o como una fuente de alimento para los ángeles, porque el siempre ha creído que los ángeles se alimentan con la sangre de los árboles—, y con la sombra atemperada por la brisa de la tarde, que acoge bajo sí la risa perpetua de los niños y el extravío constante e irreversible de la indigencia.

Le gusta también la ventana de este hotel donde se ha refugiado, y ahora se percata de que es de color azul, aunque de un azul distinto al del cartel de la farmacia. Más bien del axzul que corona el cielo del Ávila, que ya él no ve desde hace rato. Su vista se aferra a la esperanza que ha descorrido, aunque sin saber mucho si podrá llegar a ella. Sólo entiende que a pesar de todo, y sobre todo, de esa otra esquina distinta, extraña, no barcelonesa, que recorrió en su destino cuadrado y concreto de recién llegado, y donde alguien, muy distinto al boticario, se enamoró de sus zapatos, le gusta la ciudad del boticario, le gusta porque es intensa, multifacética, todo en uno —como ha dicho siempre—, lo bueno y lo malo de las cosas, de las casas, de las calles y de las personas que tienen nombres de santo y de poetas, aunque apuñalen con mácula e inciso a la hora del atraco.

Le gusta, no cabe duda, la cuadratura y lo concreto, y su color, el color rojo de la sangre que ahora mana a borbollones de su estómago, aunque su mano —la otra, no la que aferra la esperanza— intente parar la hemorragia. Le gusta el contraste con el de la sangre de los árboles, que es de un tibio color dorado —y se da cuenta que también es tibia su sangre y que también relaciona todo con la temperatura de las cosas, y de las casas, de las calles y la gente, y se pregunta, ¿cuánto demorarán los ángeles en venir a beber de mi sangre, ahora que soy árbol derramando savia?—. Entonces, cierra los ojos y piensa que ama a la ciudad por el clima y por el perfil azul de aquella farmacia, donde el boticario —y el no duda que lo sea y sonríe al pensarlo, como un último gesto— quizás pueda ofrecerle algunas curitas, ácido bórico y merthiolate, para curar la herida por donde ahora se le opacan los colores, el calor y la existencia.



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