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El botón

-Un billete a Cheste, por favor -pidió Ana a la taquillera.

-¿De vuelta a casa?

-Ya es hora, ¿no crees?

-A mí aún me quedan cuatro, hasta las diez. Son ciento veinticinco -le informó a la vez que le entregaba el billete.

Ana abrió el bolso que colgaba de su hombro y rebuscó entre aquel desorden su monedero. Un día he de abrirlo sobre el cubo de la basura y dejar que caiga todo; no salvaría más que el dinero, había pensado en alguna ocasión, pero hasta entonces nada había hecho al respecto. Halló al fin su cartera y pagó. Caminó con lentitud hacia uno de los bancos que, junto al andén, acompañan a los viajeros hasta la llegada del tren y los despiden a su marcha. Y se quedan sin subir, como la novia que acompaña al quinto que parte a cumplir con la patria, silenciosos, estáticos y resignados.

Ya sentada, hundió la mano derecha en el bolsillo de su chaqueta y extrajo de allí el paquete de tabaco. Poco después, el extremo de un cigarrillo se iluminó tras una larga aspiración. Cerró los ojos. Dejó que el humo permaneciese por unos instantes en sus pulmones y lo arrojó fuera en un débil y prolongado susurro blanco.

Entraba un joven a la estación cuando volvió a abrirlos con un andar nervioso y acelerado. Vestía con ropa vaquera, de un color entre gris oscuro y negro. Casi frente a la ventanilla, halló por fin lo que había buscado en sus bolsillos mientras caminaba y no lograba encontrar. De la mochila que colgaba a su espalda extrajo la cartera, pagó y recogió su billete. Se dirigió con nuevas prisas hacia el tren. Recorrió con grandes zancadas el andén mientras devolvía la cartera al interior de su mochila. Al alcanzar el primer vagón se precipitó a su interior tan apresuradamente como había cruzado la estación.

-Tren con destino a Cheste efectuará su salida en cinco minutos por andén vía seis -apremió a los viajeros el altavoz.

-Todavía tengo cuatro minutos para quemarlo.

Estaba prohibido fumar en el tren y Ana detestaba apagar un cigarrillo cuando lo acababa de empezar. De guardarlo y encenderlo de nuevo más tarde, adquiría el mismo sabor amargo que queda en la conciencia cuando se acaba de pedir un favor a un viejo y casi abandonado amigo.

Cuando poco después sólo humeaba ya en su boca una inservible colilla, la llevó al cenicero y, presionándola con fuerza, acabó con su vida. Mientras, el altavoz amenazaba con dejarle en tierra.

Caminó hacia el primer vagón pero no subió, sino que se detuvo frente a la puerta. Alzó su pierna derecha, la apoyó sobre el escalón y se sirvió de la abertura lateral de su falda para arreglarse el guante de sus negras medias. Con ayuda de precisos y suaves pellizcos que partieron del tobillo, la llevó a su sitio. El tren silbó piropeando sus preciosas piernas pero Ana ignoró la osadía y subió insinuante, segura, saboreando cada escalón.

-Casi pierde el tren.

Ana levantó la vista para descubrir que quien le acababa de hablar era el joven que poco antes corría por la estación. Se había quedado en el descansillo que une los compartimentos del tren que poseen asientos y aguardaba, con la espalda sobre la pared, a que se pusiera en marcha. La chaqueta, con el cuello de la chaqueta levantado escondía una camiseta blanca, ajustada a sus prietos músculos. El pelo negro, liso y corto, la cara oscura, los ojos marrones. Una pelusa indefinida bordeaba su boca y recorría la mandíbula en un esbozo de moderna perilla. Le sonrió amablemente y posó su mano repleta de uñas rojas, casi sangrantes, en la manivela de entrada al compartimento.

-Si uno monta en tren ha de quedarse aquí, en el descansillo, de pie, sin sentarse. Sólo aquí se siente el traqueteo de la vía.

Ana se giró, miró nuevamente a aquel muchacho que sin razón le había hablado dos veces y, sonriéndole de nuevo, dejó que la manivela retornara a su posición de reposo. Apoyó su espalda sobre la pared contraria a la que ocupaba el joven, algo a su derecha, decidida, al parecer, a viajar también allí.

-Tienes razón -compartió su opinión cuando el tren ya se movía-, resulta agradable, parece como si te mecieran.

-Más bien, aquí da la sensación de movimiento. Sentado, uno no va a ningún sitio; de pie, sí parece que te desplaces.

El joven aguardó una respuesta a su observación que no obtuvo. Miró entonces con mayor detenimiento a Ana y se sorprendió al descubrir en ella una mujer algo mayor de las que acostumbraban a rodearle, si exceptuábamos a su madre, pero atractiva todavía. Vestía un conjunto negro de chaqueta y falda. Aquélla, corta, acababa poco por encima de la cintura de su falda; ésta, larga, casi cubría sus finos zapatos de tacón. En su lado derecho, viajaba una larga abertura desde poco más abajo de la cintura hasta el tobillo y mostraba, al moverse, unas medias negras que escondían unas espléndidas piernas. Bajo la chaqueta, una camisa, azul pálido, suave y sabrosa. Detuvo luego su aventura visual en un botón de la camisa, aquél que, a la altura del pecho debía ocultar la íntima prenda que acariciaba su busto. Aquel botón se hallaba medio desabrochado, a punto de descubrir algo prohibido.

Mientras su compañero la recorría, Ana le había observado entre halagada e intrigada, pero, al ver que detenía la mirada en un punto preciso de su camisa, instintivamente dirigió hacia aquel lugar la mano. Descubrió el botón y, en lugar de cerrarlo totalmente, prefirió cubrirlo abrochando un par de botones de su chaqueta. El pudoroso gesto de la mujer hizo que el muchacho girase la cabeza hacia la ventanilla, avergonzado.

-Hace algo de frío -observó como disculpa al ver que el muchacho le ocultaba el rostro.

-Sí, es el inconveniente de viajar aquí, el aire acondicionado no funciona con igual eficacia que en los vagones.

-Y, a pesar de eso...

-Aquí viajas, allí pasa el tiempo.

El muchacho, de espaldas a Ana, miraba al exterior. El rítmico traqueteo del tren les movía con suavidad.

Ana se acercó a la mochila que todavía colgaba del hombro del muchacho y, asiendo la carpeta que sobresalía por su boca, tiró de ella con fuerza hacia arriba. El chaval, sorprendido, dio un respingo al sentir tan cercana la presencia de la mujer. Se giró y vio a Ana leyendo la pegatina que lucía sobre la tapa.

-¿Filología inglesa?

-Sí. Tiene muchas salidas. Ya sabe que el inglés es el verdadero esperanto.

-Una carrera de letras.

-No es muy habitual, ¿verdad?

-Yo estudié psicología.

-Qué coincidencia, quizá seamos los últimos representantes de una especie en peligro de extinción: los de letras puras.

Ana devolvió la carpeta al muchacho quien se apresuró a introducirla de nuevo en la mochila. Procuró que el logotipo de la Universidad quedara bien visible fuera de ella y la apoyó luego sobre la pared en la que poco antes se recostaba él mismo.

-No es una buena idea, lo de la carrera de letras.

-Todos quieren estudiar ciencias, han de quedar por fuerza muchos puestos para nosotros, los disidentes. Nos será más fácil encontrar trabajo. Y siempre será una labor más amena y gratificante que la de sumar números y dibujar rayas.

-¿Qué edad tienes?

-Veintiuno.

-Yo cumplo hoy cuarenta.

El chaval le miró sin decir nada. Ella tampoco continuó, tan sólo le observaba fijamente con media sonrisa.

-Felicidades -dijo él al fin a la vez que bajaba la cabeza.

-¿Tú crees? Bueno, es lo que se dice en estas ocasiones, no se espera que nadie sea original.

-No... no los... -comenzó una frase que parecía tropezar entre sus dientes sin encontrar la salida. Tragó saliva y continuó con voz temblorosa-. No los aparenta.

-Gracias. ¿Ves como nada va a ser original?

-No lo intentaba, sólo me limitaba a reflejar una verdad.

El muchacho jugueteaba con su pie derecho arrastrando una bola que un pasajero anterior había hecho con su billete antes de arrojarlo al suelo.

-¿Tienes novia?

-No, bueno, sí.

-¿No lo sabes?

-Mientras lo sepa ella.

-¿Sí o no?

-Casi. Me esperan mis amigos en la estación, en ésta que viene, porque yo me bajo en la próxima, ¿y usted?

-También.

Abrió de nuevo Ana la chaqueta y hundió su mano en el bolsillo izquierdo. Sacó el paquete de cigarrillos, lo golpeó para que diera a luz uno que se llevó a la boca y ofreció a su compañero.

-No, gracias.

-No deberías darlas, te estoy ofreciendo veneno.

-Un veneno lento.

-Sí -corroboró Ana mientras lo encendía.

-Aunque yo no tengo prisa.

Devolvió el paquete a su lugar y no volvió a cerrar los botones de su chaqueta. El de la camisa, aquél que dudaba entre el puritanismo de cerrarse y el erotismo de separarse de su ojal, continuaba indeciso. El chaval pasó frente a Ana, hacia la otra puerta. Una vez allí, apoyó sus palmas, extendidos los brazos, sobre cada una de las paredes laterales del descansillo, dando la espalda nuevamente a su compañera de viaje. Ana le vio pasar recostada sobre el mismo lugar en el que se apoyó al subir al tren.

-Se llama Lidia -confesó.

-Y, ¿qué tienen que ver tus amigos con ella?

-Es de mi grupo. Salimos juntos con toda la panda. Las personas necesitan sentirse rodeadas de gente que le hagan sentir importante.

-Lo sé, estudié psicología. ¿Ya le has dicho que te gusta?

-No, pensaba...

-No lo hagas, arruinarías dos vidas.

Ana aspiró con fuerza del cigarrillo, como si quisiera tragárselo todo él, y su extremo se avivó hasta el naranja, asemejándose a su pelo. Sopló luego con dulzura y el humo se extendió por el descansillo.

-No se puede fumar aquí -le advirtió el muchacho-, lo dice un cartel que hay por ahí pegado.

-¿Me denunciarás?

-No, no, no, lo decía por usted; puede venir el revisor y...

-Nos pedirá los billetes, es su función. Además, cuando quiero que alguien me reprenda llamo a mi marido.

-¿Está usted casada?

-Hoy cumplo cuarenta años. Debería alguien inventar un nombre especial para esta edad. Cuarenta suena tan tremendo... Luis me está esperando en la estación con las niñas; quiere que vayamos a cenar fuera. Un gran detalle por su parte, evitarme por un día la ingrata tarea de cocinar y fregar.

-Sí, un gran detalle.

-¿Crees que estas manos envejecidas pueden despertar pasión?

Ana se había colocado tras el muchacho y pasado cada uno de sus brazos sobre los hombros de él, mostrando el envés de sus manos delante de su cara. Sus dedos, diez cigarros encendidos, parecían quemarle, allí, tan cerca de su rostro pues retiró bruscamente la cabeza hacia atrás.

-Sí, bueno, no. ¿A qué se refiere?

-Les cremas ayudan, pero no hacen milagros. Las tengo ásperas, arrugadas, estropeadas...

-Yo no veo que...

-Tócalas.

El chaval dudó al principio. Respiró profundamente, levantó su mano derecha y, con su dedo índice extendido, acarició temeroso una de ellas.

-Yo creo...

-Ya sé por qué no tienes novia: no sabes tocar a una mujer. No seas crío y cógelas, no va a venir el revisor a multarte.

Violentamente llevó ambas manos hasta la diestra de ella y la encerró entre las suyas. Sin moverlas, las mantuvo allí, apretando con fuerza.

-Estás sudando, ¿qué te ocurre?

-Es que...

-No me digas que no has tocado nunca a una mujer.

-Las mujeres no se tocan, se recorren -sentenció.

-¿Crees que las mujeres somos un parque natural?

-Bueno, yo quería...

Pasaba junto a la oreja del muchacho el humo del cigarro, chocaba con el cristal de la puerta y ascendía luego hacia el techo.

-Jóvenes. Todavía sois creyentes: creéis en la bondad innata, en el amor eterno, en la amistad incondicional, en el trabajo realizante y, lo que es peor, en el matrimonio.

-Yo no pienso casarme nunca; el matrimonio lo inventó un tímido que no quería pasarse noche tras noche sufriendo para enamorar a una mujer diferente.

-No, el matrimonio lo inventó una mujer, pero lo ha perfeccionado el hombre. ¿Me devuelves mi mano? Siempre ha ido conmigo y he acabado por tomarle cariño.

-Oh, sí, por supuesto.

Después de liberar las manos de Ana, el muchacho posó las suyas en el cristal de la puerta. El sudor que desprendían dibujó al momento su silueta alrededor. Cuando se percató de ello se apresuró a limpiarlo frotando con su palma sobre el cristal. No logró, sin embargo, más que extenderlo y hacer todavía más evidente su nerviosismo. Se giró, agachó la cabeza y pasó nuevamente frente a Ana en dirección al otro extremo del descansillo mientras frotaba las manos con brusquedad contra el pantalón para secarlas. Una vez allí, abrió sus piernas para dejar entre ellas la cartera y, recostado sobre la pared, levantó la cabeza para mirar a Ana. Su mano derecha sujetaba el cigarrillo en la boca mientras la izquierda, traidora izquierda, cerraba el indeciso botón de la camisa. Fijó entonces sus ojos en los de ella, con una mirada entre tímida y decepcionada. Ana le respondió con una sonrisa y bajando con parsimonia los párpados. Llevó entonces el muchacho la vista hacia el botón, vendido botón que al final se había dejado vencer para lanzarle una mirada de reproche, pero, para su sorpresa lo halló abierto. La mujer, en su torpeza, había acabado por desabrocharlo totalmente y ahora una fina línea blanca, inmaculada, deslumbrante se insinuaba tras su camisa entreabierta.

-Entonces no has tocado a ninguna mujer -repitió Ana.

-Bueno, yo sí que...

-No hablo de jugar a médicos y enfermeras, o a papás y a mamás; hablo de tocar a una mujer, me entiendes, ¿verdad?

Ana reforzó la idea moviendo ambas manos frente a ella, dibujando con suavidad unos senos en el aire.

-Claro que le entiendo, pero no creo que sea...

-No, es cierto, no me interesa lo más mínimo. Y haces bien en reprochármelo. Tengo la fea costumbre de preguntar demasiado. Como secretaria que soy debo filtrar las llamadas que se reciben en la empresa y eso me hace ser demasiado inquisidora. Es un hábito extraño: no llega a ser desagradable pero tampoco reporta placer. Supongo que lo hace el trabajo: si el empleo es así, insulso, acabas adquiriendo hábitos insulsos.

-No, nunca -admitió rápidamente.

-Nunca, ¿qué?

-Sólo mi madre me ha visto sin ropa.

Ante aquella revelación, Ana miró al muchacho sorprendida.

-Pero hace mucho tiempo de eso, ¿eh? Cuando me bañaba de pequeño.

-Lo suponía; aunque así, aclarado queda.

Después de apurar el último trago de humo de su cigarrillo, lo apagó contra el cenicero. Abrió el bolso, introdujo su mano en él y extrajo un frasquito con el que se roció tras la oreja una fina nube de colonia. Repitió luego la operación con su mano izquierda, humedeciendo ligeramente su palma.

-Deja un olor horrible en las manos el tabaco -se explicó mientras las frotaba entre sí para extender el perfume.

-Sí. Es verdad.

-¿Tú fumas?

-No.

Se giró hacia el cristal que cubría la manivela de emergencia y, con un pintalabios que acababa de rescatar de su bolso, hizo aparecer en su cara una boca roja. Apretó con fuerza los labios entre sí para fijar el color, se lanzó un beso y volvió a mirar al muchacho.

-¿Cómo se llama ella?

-Lidia.

-Es cierto, me lo dijiste antes. ¿Se lo dirás hoy?

-Tal vez.

-¿Y lo de que ella es la primera?

-Creo que lo sabe.

-Se disgustará. En ellas, en nosotras, entregarse al hombre de su vida es una virtud; en vosotros, deberos a la primera mujer, un fracaso.

-No hay muchas oportunidades. Además, si de verdad quieres a...

-Ah, ahora hablamos de amor...

-¿Cómo? Bueno, yo pensé...

-Luego nos vamos a un hotel, ¿sabes? Después de cenar, se entiende, y de dejar a las niñas en casa. La excepcionalidad rutinaria de todos los años.

-Sí.

Se abrió la puerta del vagón. Una mujer gorda salió al descansillo, les saludó y se colocó junto a la puerta para bajar en la ya cercana estación.

-Alguien ha estado fumando aquí -reprochó a nadie en voz alta.

-Sí -se apresuró el muchacho a admitirlo-, un hombre vino, se fumó un cigarrillo y volvió a entrar. No le importó que estuviéramos aquí, ni que le advirtiéramos que había una señal que lo prohibía. Luego vino el revisor y le multó.

-Me parece muy bien -aprobó la señora.

-Es cierto, como has dicho, que no hay muchas oportunidades; por eso hay que aprovechar las pocas que se nos ofrecen -sentenció Ana mirando al techo-. Porque hay quien, como el que vino a fumar, que no se percata de las señales y acaba cometiendo alguna torpeza de la que luego se arrepiente.

Llevó entonces su mano a la camisa y, con detenimiento y coquetería, abrochó dos botones, el que escondía su íntima prenda y el inmediatamente superior.

Dispuesta a bajar, se agolpó en el descansillo una multitud de viajeros procedente de los vagones vecinos. Ana y el muchacho, confundidos finalmente entre el gentío, ya no se miraron más.

El tren disminuyó la velocidad, resopló como una ballena en altamar, y se detuvo en la estación. La señora gorda abrió la puerta y bajó apresuradamente; tras ella, un hombre canoso con una chiquilla cogida a su bolsillo, dos jóvenes vestidas con ropa deportiva, una señora y un hombre que no se soltaron durante el descenso y que se besaron con pasión al llegar abajo y una abuela a la que le costó bajar y que dio un pequeño traspiés al descender el último escalón. Silbó el tren a alguna otra joven que caminaba por el andén, cerró sus puertas y partió.

 



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