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El arma mortal

Jorge era lo más parecido a la cría de un leopardo que jamás vi en mi vida. Siempre tumbado, al acecho, en la litera de su habitación. Tenía cinco años, unos hermosos ojos verdes que reflejaban el mínimo rayo de luz que le llegaba y sobre todo sobresalían unos redondos cardenales por todo el cuerpo que parecían los ocelos de tan enigmático animal.

Vivía con su madre, Inés la flaca, en un humilde piso de una barriada de los suburbios, donde todo era podredumbre, miedo y peligro. También compartía morada con ellos el último novio de la flaca, Julián el Calimocho, espécimen salido de algún vertedero de basura y criado entre ratas, cucarachas y todo tipo de animales inferiores. Era muy alto, huesudo, piernas huecas, bizco, con el pelo largo, sucio y estropajoso. Siempre vestido de negro, chupa de cuero, los dedos repletos de anillos y las uñas de los dedos meñiques largas y negras como el destornillador de un pocero. Su aspecto era el perfecto complemento a su carácter huraño, traicionero y cruel, sobre todo muy cruel.

La flaca pasaba la mayor parte del día trabajando de cajera en un supermercado del centro de la ciudad. Le pagaban una miseria y esa porquería de salario le obligaba a hacer todo tipo de tareas. Desde cargar cajas y fregar hasta destripar el pescado. Era explotada por todos, tanto en su vida laboral como sentimental y estaba tan cansada de vivir que lo único que deseaba era llegar a casa y dormir, dormir...

Jorge no iba al colegio porque al Calimocho, el “asqueroso cerdo” como lo llamaba, se le puso en las pelotas que lo que ganaba su hembra era para él solo y no compartiría ni un duro con nadie. Ir al colegio costaba dinero, cien pesetas cada viaje de autobús y no estaba dispuesto el chulo a renunciar a su cajetilla diaria de cigarrillos Chester que tanta prestancia le daban en la comisura de los labios. No trabajaba y las contadas veces que lo hizo lo despidieron a los pocos días a causa de su carácter pendenciero, provocador y de ser un vago, condición esta última imprescindible para conseguir un trabajo fijo.

La flaca se levantaba todas las mañanas a las cuatro y media para ir a trabajar y dejaba a Jorge todo el día con el bicho cabrón que tenía de compañero. Se levantaba el Calimocho, haciendo honor a su nombre, con una horrible resaca sobre las dos de la tarde y su desayuno consistía en un carajillo de ron acompañado de dos tortas a la pobre víctima que compartía su vida. Éste siempre estaba escondido entre las mantas, pero el “asqueroso cerdo” le llamaba con una voz cavernosa y llena de odio que provocaba el temblor del indefenso desdichado.

—Jorge, Jorgito, sal que te traigo el desayuno.

—No tengo hambre- contestaba la criatura.

—Sal por las buenas, porque si no el desayuno se puede convertir en atracón. ¿Me entiendes verdad?

El atracón consistía en que si no salía a la primera lo apaleaba a patadas, puñetazos, escupitajos e insultos vomitados con todo el asco del mundo.

—De verdad que no tengo hambre, suplicaba lleno de pánico.

—Pues tú te lo has buscado, respondía el Calimocho escupiendo veneno por la boca.


Y le llovían patadas, puñetazos y toda clase de insultos, pero Jorge no decía ni una palabra, no daba un solo grito, ya que sabía que si salía el mínimo sonido de su garganta, la paliza sería mucho peor. Así pasaban los días de estos tres desgraciados, pero como sucede con las clases sociales, entre los más pobres también existe una escala para medir el dolor y la peor parte se la llevaban madre e hijo.

Yo entré en la vida de estas personas de una manera casual y es lo mejor que me ha pasado nunca. Me llaman Islero porque mi mujer se lió con un vecino de mi bloque y se llevó a nuestro hijo Alejandro cuando tenía cuatro años. Hace ya más de doce años que no lo veo y el dolor que siento es inmenso cada vez que lo recuerdo. Me dedico a hacer chapuzas de todo tipo, aunque mi verdadera profesión es la de fontanero. Una mañana entró el Calimocho al bar del barrio bastante apurado por un escape de agua que tenían en el cuarto de baño. Sabía que me dedicaba a las chapuzas y se dirigió a mí.

—Islero, anda échame una mano que se sale el agua a chorros y no soy capaz de hacer nada, me dijo bastante alterado.

—¿Qué te ha pasado, una rotura de una cañería? Respondí sin ganas de tener tratos con aquel tipo tan peligroso.

—Sí, venga ven, que te doy dos mil pelas si me arreglas el desastre.

Subimos a la casa y me llevó al cuarto de baño que estaba lleno de agua. Corté la llave de paso y me puse manos a la obra. Era un trabajo bastante complicado y tenía que utilizar un soplete y otros materiales. Fui a por las herramientas y a los quince minutos de mirarme, me dijo el tipejo que se tenía que ir a hacer unos recados. Estaba absorto en mi trabajo cuando escuché unos gemidos que venían de una habitación. Me acerqué sigilosamente y puse la oreja en la puerta para poder oír algo. Abrí muy despacio y salió una peste a mierda y suciedad que me provocó una arcada. Vi un bulto entre las mantas y poco a poco lo destapé. Era un niño desnudo, lleno de moratones, temblando, acurrucado en posición fetal y movía la cabeza de un lado a otro mientras murmuraba:

—¡No me pegues más, no por favor!

—Oye yo no te voy a pegar, estate tranquilo.

No dijo nada, pero me miró con aquellos enormes ojos, llenos de lágrimas y mi corazón se llenó de pena y de rabia por no haber podido disfrutar de mi hijo y de ver cómo otros maltrataban a una criatura indefensa. Lo intenté acariciar y darle consuelo pero me miró desafiante y se acurrucó aún más en su maloliente esquina.

Esa noche solamente pensaba en el niño y decidí que tenía que hacer algo por él. Me hice el encontradizo con el Calimocho en el bar y le comenté que sería conveniente subir a comprobar si había alguna pérdida por algún lado. Le di mil pelas y le dije que me esperase en el bar tomando algo. Cuando se fue, me acerqué a la habitación de Jorge y le ofrecí un bocadillo, una Coca-Cola y unos dulces, que con gran recelo y miedo devoró en un instante. Lloré de rabia y él se dio cuenta porque me preguntó:

—¿A ti también te pegan?

—No hijo mío, no, pero no te preocupes, que dentro de poco tampoco te van a pegar a ti.

Desde ese día procuraba encontrarme con el Calimocho y empezamos a ser colegas. Le invitaba a tomar algo, después subíamos a su casa y le daba dinero para que fuese a comprar unas cervezas. Mientras tanto, hablaba con el niño, le llevaba comida y como si fuera un animalillo, agradecido por la comida se volcaba en mí y yo en él. Uno de los días el cerdo asqueroso oyó a Jorge que de puntillas se acercaba a la puerta del salón a ver qué hacíamos. Hecho una furia le lanzó una patada y un puñetazo, dejándolo tumbado en el suelo como un gato despanzurrado. Me puse en medio y le dije que no le pegase pero sacó una navaja y me miró desafiante.

—Quítate de en medio si no quieres que te raje. Ese cerdo es mi saco de entrenamiento y ni tú ni nadie me lo va a impedir.

—Estate tranquilo, y guarda la navaja, que somos colegas. Venga hoy para celebrarlo te invito a una botella de ron, le dije intentando tranquilizarlo.

Esas palabras me hicieron tomar la decisión de la que nunca me arrepentí ni me arrepentiré. Emborraché al Cerdo asqueroso y en la última copa de ron le puse tres pastillas para dormir. Se quedó frito, tumbado en el sofá, roncando como un marrano y soltando de vez en cuando puñetazos al aire, demostración de que era violento hasta dormido. Lo tumbé en la mesa del comedor y lo até con cuerdas y cinta de embalar, de tal manera que parecía un salchichón embutido. Esperé a que se despertase y lo primero que hizo nada más abrir los ojos fue amenazarme con que me iba a matar y a destripar, que estaba muerto y que rezase a San Judas porque mi vida no valía un céntimo. Era gracioso verlo indefenso como un cordero dispuesto para el sacrificio, ver como lo único que podía mover eran los ojos, uno para cada lado debido a su bizquera, y que todavía me amenazase de muerte.

Llamé a Jorge y se acercó despacio, muerto de miedo, agazapado como un gamo cuando huele el peligro. Le dije que no tuviese miedo que no le podía hacer daño.

—¿Jorge, tú quieres que el cerdo asqueroso te vuelva a pegar?

—¡No, no, no! Por favor no quiero que me pegue más, tengo miedo. Dijo aterrorizado.

—Pues en tus manos está que no te vuelva a tocar nunca más.

El Calimocho seguía insultando y gritando, así que le metí un calcetín en la boca y le puse cinta de embalar rodeando toda la boca. Miré al niño y le dije:

—Tápale las narices y se acabó el problema.

Los ojos del Calimocho se salían de sus órbitas, las venas de su cuello estaban a punto de reventar y el color de su cara era rojo como un pimiento a punto de madurar. Jorge se acercó y muy despacio, temeroso y receloso puso los dedos índice y pulgar en forma de pinza y apretó, apretó, apretó…

Inés ya no está tan flaca, cambió de trabajo, está feliz, nos queremos, desea llegar a casa y no precisamente para dormir. Salimos por ahí, nos reímos y Jorge disfruta mucho cuando va al parque, pero me preocupa un poco que cuando algún niño le pega le dice muy serio:

—Ten cuidado porque tengo un arma mortal. Y le enseña la pinza que forman sus dedos.



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