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La mancha de la familia

Después de pasar muchas Navidades en el extranjero, la nostalgia y la añoranza se apoderaron de mí y decidí celebrar las que cerraban el milenio en casa de mis padres. Mientras paseaba por la calle, los recuerdos se amontonaban en mi mente y se sucedían con la misma rapidez con la que miraba los edificios y comercios que me rodeaban. Hacía más de diecisiete años que no me acercaba por Ávila. ¡Y qué poco había cambiado!

Las mismas calles, el mismo parque, los mismos adoquines en el suelo y sobre todo el mismo frío tan intenso y penetrante que sufrí cuando era pequeño; todavía me pregunto hoy el porqué no nos podíamos poner pantalones largos hasta que tuviésemos 14 años. Era la edad mágica y deseada, eran los años justos para que te permitiesen quitarte de una vez aquellos minipantalones que llevábamos en pleno invierno y que provocaban que nuestras piernas pareciesen unos pequeños jamones despellejados con sus finas venas azuladas. Desde que tenía ocho años estuve deseando cumplir los catorce, no sólo para no pasar tanto frío, sino también para ser por fin un hombre: ya podía llevar pantalones largos.

Caminaba enfrascado en mis recuerdos cuando me vi en la plaza mayor e instintivamente entré en la cafetería donde desayunaba con mis padres los domingos. Me senté en mi rincón preferido del café y recordé cómo de niño miraba, con las narices pegadas al cristal, a todos los que paseaban con sus elegantes trajes, que sólo se ponían los días de fiesta, por aquella plaza. Aunque estaba leyendo el suplemento dominical del periódico, no podía evitar mirar cada poco rato por aquel ventanal desde el cual observaba el mundo con ojos asombrados. Una de las veces que levanté la mirada me pareció ver una cara muy familiar. Era una mujer de unos cuarenta años a la que acompañaba un chico alto y desgarbado con un andar bastante peculiar. Venían caminando directamente a la cafetería donde estaba y, cuando pasó por delante de los cristales, la reconocí inmediatamente. Mi corazón se puso a latir sin control y los nervios me atenazaron de tal manera, que el café se me cayó encima de la chaqueta y cuando quise limpiarme con una servilleta tiré el azucarero al suelo.

Era Rosa, mi querida y adorada Rosa, con la que pasé unos años inolvidables y a la que dejé tirada a cambio de un trabajo "maravilloso" en el extranjero. Me quedé paralizado, escondido detrás de mi periódico para que no me viese y al mismo tiempo poder mirarla. Se sentaron en la barra y observé que seguía estando tan guapa como siempre, pero mucho más elegante y desprendiendo un aura de mujer fatal. Su pelo seguía siendo precioso y movía las manos con los mismos ademanes que tanta gracia me hacían entonces. Charlaba animadamente con el chico, cuando reparé en él. Era rubio, un poco pecoso, muy delgado y ¡Oh, Dios mío! Tenía la mancha en la barbilla con forma de cereza. La marca que tenía mi abuelo, que tiene mi padre, que tengo yo...

Empecé a respirar con dificultad y pensé que me iba a morir allí mismo; notaba los latidos en la boca, en la sien, en el cuello y estuve a punto de llamar al camarero para que me trajese una tila. Gracias a Dios, intenté ser racional, me tranquilicé poco a poco y pude poner en orden mis ideas. Estaba claro que aquel niño era mi hijo y que la había dejado abandonada con una herencia genética que no creo que hubiese deseado. Tenía que pensar en alguna estrategia para acercarme y hablar con ella, pero debía de ser rápido porque me parecía que ya iban a pagar. Me levanté torpemente y fui a la barra, al lado de donde estaban ellos.

—¿Me dice que le debo? —le pregunté al camarero, carraspeando y elevando la voz.

—350 pesetas, señor —contestó afablemente.

En ese momento Rosa se giró y me miró fijamente a los ojos.

—Hola, ¿eeeres Rosa? —pregunté titubeando.

—Sí, Damián —me contestó con cara de alegría.

—¡Qué casualidad!, me alegro mucho de verte. ¡Qué sorpresa tan agradable! dije tartamudeando mientras ella asentía con una sonrisa.

—Hacía mucho tiempo que no venías por aquí, ¿verdad?

—Sí, la última vez fue en el ochenta y tres.

—Pues como ves, nuestro pueblo no ha cambiado mucho.

—Mujer, el pueblo sí que ha cambiado, pero en cambio tú sí que estás igual que hace veinte años.

—Mira Damián, te presento a Iñaki, mi hijo mayor —me contestó rápidamente para que la conversación no siguiera por esos derroteros.

—Hola, ¿cómo estás? —pregunté mirándole a los ojos.

—Muy bien, ¿ y usted? —me contestó con una sonrisa.

—No me llames de usted, trátame de tú, que no soy ningún viejo.

—No es cuestión de vejez, lo que pasa es que en casa me han enseñado a tratar de usted a las personas mayores —dijo intentando justificarse, sin darse cuenta de que lo estaba estropeando más.

—Y esa barba, ¿por qué te la has dejado?, te hace parecer un abuelo —preguntó Rosa sonriendo, con la intención de echar una mano a su hijo.

—Es que me salió un eczema en la cara y no me apetecía que la gente lo viese. —En aquel momento me alegré del desagradable sarpullido, pues así el niño no pudo ver la prominente marca de mi barbilla.

—Bueno Damián, si quieres podemos quedar un día y recordamos viejos tiempos. Por cierto, ¿te vas a quedar mucho tiempo?

—Me voy a final de mes. Llámame cuando quieras. El teléfono de casa es el mismo de entonces, pero tienes que añadirle el prefijo...

—Damián, vivo aquí y ya sé lo del prefijo. Bueno, te llamo un día de estos y tomamos un café. Adiós y abrígate bien que ya sabes el frío que hace en Ávila.

—Adiós Rosa, hasta la vista. —Me quedé petrificado mirando cómo se alejaban.

Pasaron varios días sin noticias de Rosa y cada vez que salía, le decía a mi madre que tomase nota de quién me telefoneaba. Ella se extrañó mucho porque estaba segura de que nadie iba a llamar y además estaba medio sorda, por lo que opté por no salir y esperar la llamada yo mismo. Cuando ya pensaba que Rosa no me llamaría, puesto que ya habían pasado casi dos semanas, sonó el teléfono y al descolgar el auricular oí su voz.

—Hola Damián, soy Rosa.

—Hola, pensé que ya no me llamarías —le dije aliviado.

—Perdona, pero es que he estado muy liada en el trabajo.

—Bueno, nunca es tarde si la dicha es buena —dije inconscientemente y al instante noté como mi cara enrojecía por lo inoportuno de la frase.

—¿Qué te parece si quedamos hoy para comer? —me contestó después de un corto silencio.

—Sí claro, dime dónde y a qué hora —contesté eufórico.

—A las tres en la parada de taxis del ambulatorio.

—Muy bien, allí nos vemos, hasta luego.

Estaba tan nervioso, que decidí darme un baño de espuma para relajarme. Cuando salí de la bañera, el vaho había empañado todo el espejo e instintivamente escribí el nombre de Rosa en la parte alta del cristal, como hacía cuando éramos novios. Mientras me recortaba la barba, reflejado en el espejo vi a un hombre de mediana edad, ojos tristes, con la comisura de los labios dibujando una u invertida, como si unos invisible hilos los tensaran y le obligaran a tener un rictus de eterno enfado. Pensé que tal vez podía volver la alegría a mi cara y a mi alma, si arreglaba el desaguisado cometido hacía tantos años.

Vestido con mis mejores galas, perfumado con el aftershave, la colonia y el desodorante me dirigí a la parada de taxis y a las dos y media ya estaba allí esperando la llegada de Rosa. Sabía por experiencia propia que no llegaría antes de las tres y cuarto pero los nervios me obligaron a salir a la calle. Cuando por fin llegó, me subí al coche y decidimos ir a comer al restaurante del parador.

Después de elegir los platos, mi única obsesión era como sacar el tema que tan preocupado me tenía. Tras una conversación intrascendente, en la que me contó que alguna vez había visto a mis padres caminando como una pareja de viejecitos enamorados, decidí preguntarle directamente por mi hijo.

—Oye Rosa, ¿cuántos años tiene Iñaki? —le solté a bocajarro.

—Cumplió dieciséis el veintiuno de Septiembre —contestó sin darle mayor importancia.

—Más o menos pasaron siete meses desde que me fui al extranjero, ¿no?

— No sé, nunca me paré a pensarlo, por cierto, está muy rica esta carne — me dijo en un tono un poco seco.

—Sí, está muy rica. Pero te ruego que no cambies de tema. ¿Por qué no me dijiste que ibas a tener un hijo? —le pregunté un poco irritado.

—De verdad que la combinación de la carne con la salsa está riquísima. Pruébala —me rogó con una sonrisa forzada.

—No tengo ganas de comer, por favor dime por qué no me contaste lo del embarazo.

—Porque no tenía ni tengo la obligación de darte explicaciones —contestó visiblemente irritada.

—¿ Cómo, que tienes un hijo mío y no puedo pedirte explicaciones?

—Escucha Damián, te voy a contar una historia — y mirándome a los ojos comenzó su relato:

—Una pareja de novios estaba locamente enamorada. Pasaban mucho tiempo juntos, no querían desperdiciar ni un sólo instante de su mutua compañía. Pasado un tiempo, él comenzó a darle más importancia a otras cosas, al deporte, a sus amigos, empezó a dar de lado a la chica, a esquivarla, a tener otras prioridades, a...

—Pero Rosa, eso que estás dic... — no me dio tiempo a acabar la frase.

—Calla y escucha —ordenó tajantemente—, todos los domingos él jugaba en un equipo de fútbol de un pueblo cercano; como no tenía coche, su madre le llevaba al campo y se quedaba viendo el partido hasta que terminaba para así volver juntos. Él prefería estar antes con su madre y sus compañeros de equipo que con su novia, Mientras tanto, ella esperaba todos los domingos en la casa del novio, llorando desconsoladamente, pensando que ya no la quería; la única persona que le escuchaba y le consolaba era su futuro suegro...

—Rosa, no me estarás diciendo queeee... —pregunté atónito.

—Sí, que esta carne está riquísima con la salsa de roquefort —contestó mientras agachaba la cabeza.



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