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La sartén por el mango

Un nudo en la garganta me impidió pronunciar palabra alguna cuando oí su voz al otro lado del teléfono.

- Dígame, dígame, ¿quién es? Dígame.

Parecía enfadada, molesta de perder el tiempo por una llamada sorda, insignificante para ella y en cambio vital para mí. Al cabo de unos segundos, oí un estruendoso golpe del teléfono contra su base y un piiiiii, piiii, neutro y vacío de contenido como mi propia existencia.

Estaba convencido de que nunca pensó que fuese yo, o ¡TAL VEZ SÍ!. Porqué no iba a pensar que se trataba de mí, si hasta cinco meses antes habíamos sido una pareja de enamorados y la pasión era el "capital" más importante con el que contaba nuestra relación. Ahora, a toro pasado, pero que muy pasado, empiezo a atar cabos y a ver claro que el único que invirtió algún capital emocional en aquellas acciones, llamadas pasión, fui yo. Ella había hecho su propia inversión de sentimientos en una época anterior, y le salió tan ruinoso el negocio que a lo más que estaba dispuesto a jugar en la bolsa de la vida era en un valor seguro a plazo fijo: la compañía, aunque tuviese que pagar su precio en carne.

Acababa de licenciarme y era mi último día de estancia en Cartagena. Catorce meses de mili llegaban a su término y la alegría de terminarla se había transformado en desesperanza porque mis oportunidades de volver con ella se habían agotado día a día como se consumía la tierra en un reloj de arena. Durante cinco meses había tenido una lucha interna entre dos de los órganos más importantes y dominantes del ser humano: la cabeza y el corazón. En todas las peleas entre ellos, siempre se había mostrado más fuerte y dominante el corazón y todo intento de la razón de imponer su fuerza era destrozado por un simple latido lleno de sentimiento.

La angustia y el desasosiego me habían acompañado durante los últimos quince meses de nuestro noviazgo y, aunque no en el grado de aquella época, siguió mis pasos, como un fiel lazarillo, durante unos cuantos años. En esta última pelea entre razón y corazón ganó el primero aunque quedaron unas heridas en el alma cuyas cicatrices son más difíciles de borrar que las producidas por una operación a corazón abierto.

Una mirada fue el principio de todo, un flechazo, (les juro que existen los flechazos) y de una relación sin futuro por ambas partes, pasamos a una relación sin futuro para sólo una de las partes, la suya. Para mí era un rollo que surgió sin buscarlo, con dificultades añadidas como el hecho de que tenía una hija, seguía queriendo al padre y yo tenía novia. Cosas claras desde el principio, cada uno a su aire y lo único que tendríamos en común sería el piso que compartíamos con nuestro amigo Edu. Bueno, eso era lo que pensaba yo. Poco a poco, como el sueño se va apoderando de los pensamientos, fui cayendo en la red invisible que ella tejió como una araña, a base de miradas, carantoñas y sobre todo a base de unas noches de amor salvajes e interminables.

El tábano cojonero que había picado a todo tipo de ganado se iba transformando a velocidad de vértigo en una inocente mosca, que tras un período de engorde, sería devorado por la irresistible y hermosa viuda negra. Es duro sentir como la sartén cada vez tiene el mango más ancho y resulta cada vez más difícil sostenerla. A los dos meses no sólo la sartén tenía vida propia, sino que decidía que se iba a freír en ella. Sentirse uno como un huevo frito y saber que te vas a quemar sin remisión no es una situación muy agradable.

No obstante, el refrán tan español de que la sarna con gusto no pica es una afirmación tan cierta como que dos más dos son cuatro. La angustia, los celos y la desconfianza fueron huéspedes que compartieron, a partir de un determinado momento, morada con mis más íntimos sentimientos. Estar de guardia en la garita y sentir aguijonazos de dolor en mi alma provocado por los celos era un hecho instantáneo. Ansiar tocar su cuerpo y besarla apasionadamente era la única forma que tenía de combatir la angustia que flotaba alrededor de mi persona como el aura provocado por la electricidad. Desearla en un sitio tan poco apropiado pudo provocarme algún problema con los mandos militares, porque cuando uno está solo, a oscuras y añora al sexo contrario la tentación de autoconsolarte es muy grande.

Volví a llamar y su voz sonó bastante ansiosa

- Dígame ¿Quién es? ¿No serás tú? Dijo estas últimas palabras en un tono menos áspero.

Perplejo, no me atreví a responder y ella colgó bruscamente de nuevo.

Con la sorpresa reflejada en mi cara y el corazón a cien, supe que ella todavía me recordaba, que no quería perderme y le susurraba al teléfono, sin palabras, que no podía vivir sin mí.

Recordé de nuevo aquellos dulces momentos, los cuerpos húmedos resbalando el uno contra el otro como si fueran hielos mojados, los besos sin fin, su olor, nuestro olor, las contorsiones fruto de nuestra pasión, sus ojos entornados por el placer, su lengua lamiendo sus labios....... y la música de Pablo Milanés: " Yolanda, quisiera fuera una declaración de amor, Yolanda ". Noté como el deseo trepaba por mis muslos, como su recuerdo nublaba mi mente y mi único deseo, como un perro en celo, era estar con ella.

La euforia no me permitió recordar momentos agrios y duros, como cuando me dijo que tenía muchos amigos que conservar, antiguos amantes cuya amistad no estaba dispuesta a perder, que se acordaba mucho del padre de su hija y lo que más me dolía y que ella utilizaba con la maestría de un dentista nazi: Decir que no me quería. Sabía perfectamente cómo y cuándo soltar el dardo envenenado que revolvía mis entrañas por dentro y me hacía sentir la desesperación de los inventores que querían descubrir la máquina del eterno movimiento Después de hacerme sufrir durante un buen rato, incluso alguna vez más de un día, al final se acercaba, me revolvía el pelo como si fuera su fiel perro y me decía que no fuera tonto, que me quería mucho. Mientras yo había sufrido como Otelo, Juana La loca y todos los celosos del mundo juntos, ella simplemente reía feliz de haber manejado mis sentimientos como si fueran el alma de una marioneta.

Pero nada me importaba, había olvidado todo porque la quería y necesitaba estar con ella. Durante unos minutos pensé las palabras que le diría. Iba a ser "duro", que ella sufriese un poco y que supiese que yo también podía tener la sartén por el mango. Marqué su teléfono y ansioso esperé su respuesta.

- Dígame, dígame. ¿Eres tú Raúl? Por favor dime algo, no puedo vivir sin ti.- A pesar de los sollozos, entendí perfectamente sus palabras suplicantes y llenas de amor.

Sin decir palabra, colgué lentamente el teléfono. Sentí un dolor insoportable en el fondo de mi alma y al mismo tiempo que una sonrisa triste se dibujaba en mi cara me pregunté: ¿Por qué carajo mis padres me llamaron Luis?.

 



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