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En una tarde de verano

Muchos hemos venido al lugar sólo para refugiarnos; afuera sufríamos, en la densa tarde, el agobio del tiempo estival. La obligada estancia ahora nos añade sopor y tedio. Cada cual a solas, cavilando absorto, espera en el café que pronto el bochorno amaine, para en su oportunidad poderse marchar. El sitio no ofrece motivos para la distracción de la vista; en cada giro la mirada vuelve a encontrarse con los mismos objetos, los mismos colores, los mismos rostros aburridos. Mas de pronto, en una nueva ojeada hacia uno de tantos lugares donde mi vista había pasado, sin detenerse, con la convicción de encontrar ahí desconocidos que no motivan mi interés, te descubro. Seguramente también te refugias del calor de afuera; estás sola, como los demás, como yo; atrapada también en el tedio de la tarde. Me anima verte; eres entre todos los que aquí se encuentran la única persona que conozco. ¡Pero qué digo; cómo me atrevo a pensar que te conozco! Bueno, a diferencia de los demás que aquí se encuentran, eres la única a quien sí he visto antes, y no ha sido una sola vez. Es más, en un tiempo fuimos compañeros de trabajo; incluso en una ocasión nos presentaron. Luego nos vimos algunas veces a la entrada o a la salida del trabajo. En cierta medida estábamos cercanos, mas a pesar de tal proximidad, lo cierto es que nunca te he tratado.

Tú no escudriñas, como yo, en todas direcciones; tu mirada permanece fija hacia lo que se encuentra frente a ti, o tal vez sólo se pierde en el vacío. Seguro que hasta el momento no has reparado en mi presencia. Te veo tan abstraída que pienso nunca voltearás hacia donde estoy, y con algo de desaliento vuelvo la vista hacia la ventana próxima, atisbando a través de ella, en espera de contemplar pronto la caída de la tarde. No obstante, una tentación es persistente y tras breve lapso, sin dejar de atender la observación de la tarde, comienzo a mirarte de soslayo. Luego de hacerlo varias veces, llego al convencimiento de que eres el único motivo interesante en el lugar. De nuevo ya te contemplo plenamente; capturas toda mi atención. He dejado de sentir el tedio; en tu visión encuentro motivo para pensar y recordar, y con ello comienzo recordando aquella vez cuando nos presentaron. Cómo quisiera, pienso ahora, que aquella presentación hubiese sido en otras circunstancias. Fue en un mal momento, porque nuestra atención estaba dispersa entre mucha gente; era una de esas raras ocasiones en que estuvimos reunidos todos los empleados de la empresa, en las que cada quien sólo se congregaba, para conversar, con sus compañeros más próximos, de su área de trabajo. Nuestro saludo al presentarnos fue un acto maquinal; nos vimos un instante, indiferentes, y un minuto después, ya en otro punto y con distintas personas, estoy seguro de que nos habíamos olvidado uno del otro. Otras veces te vi, al entrar o salir de las labores, pero en ellas también solamente nos dirigimos otro maquinal saludo de rutina. Ahora en el café aunque a cierta distancia, con varias mesas de por medio, por primera vez te contemplo por mucho más de unos segundos. No recuerdo haberte visto alguna vez dentro de las oficinas; la empresa era muy grande y estabamos en departamentos tan separados uno de otro. Ahí 'conocí', por decirlo de alguna manera, muchas compañeras de trabajo, de las cuales, en la mayoría, he olvidado los nombres. Pero del tuyo sí me acuerdo: sí, no te estoy confundiendo; estoy seguro de que tú eres Graciela.

Algunos lugares entre tú y yo ya se han desocupado; los huecos producidos me permiten contemplarte más completa. Estás casi de perfil respecto a mi punto de observación; ahí sentada, se aprecia desde tu rostro hasta el contorno de tus piernas que se dibuja en tu vestido. Conforme voy mirándolas, encuentro belleza en cada una de tus partes. Sin duda ya me estás gustando más de lo que me hubiera podido imaginar; comienza a parecerme muy extraño que hayas estado varias veces a mi vista sin que apreciara lo que ahora miro. Tal vez sería porque siempre te vi entre la multitud de empleadas de la compañía, donde no eran escasas las chicas atractivas. Ahora, por primera vez, de verdad te estoy mirando y ya no eres una de tantas. ¡Qué extraña condición! Tenía que verte aparte de las otras, en señalado momento de soledad, para que me fijara en ti. Al contemplar tu rostro, de pronto sus rasgos se me revelan hermosos; miro tus ojos, que aún no me descubren, y pienso cómo será su contemplación cercana, reflejándome entre sus destellos emocionados; observo tus mejillas y trato de adivinar la sensación de mis manos al acariciarlas; la vista de tus labios me lleva a imaginar la húmeda calidez de unos besos que desconozco; de tus manos imagino sentir la tersura de su caricia; y al contemplar la perfilada insinuación de tus formas, en tu pecho y en tu talle, recreo, como si la experimentara en realidad, la excitante sensación que tendría al aprisionar en estrecho abrazo sus turgencias. Y así la imaginación continúa recreando sensaciones: rubores y erizamientos de una enaredecida piel, así como pulsos y vibraciones de los cuerpos en contacto. Me pregunto si tú también llegarás a fijarte en mí; tal vez, en la misma forma en que yo te veía, antes me habrás mirado sin mirarme y sea para ti uno de tantos. He estado deseando con vehemencia que voltearas, y de pronto, como si mi deseo tuviera algún misteriosos poder, has comenzado a mirarme. Al reconocerme, el gesto y la sonrisa que me regalas, a manera de saludo, son un primer rasgo de verdadera comunicación entre nosotros. Dialogan nuestros ojos y tu mirada me revela mucho más que gusto; creo percibir en ella un anhelo; me hace alentar expectativas; interpreto en tu expresión la promesa de un tiempo para mí; para cuando nuestra densa tarde haya muerto.

Pasó la tarde y una incipiente noche tibia nos envuelve encaminados hacia un sitio que ha de acunar las primicias de nuestro idilio. Arribamos a tal destino. Es un centro propio para parejas de enamorados, donde se baila a media luz. Lo grato del ambiente y la complicidad de la luz tenue brindan un ámbito propicio para el preludio del íntimo encuentro. No hablamos, nuestros ojos se entienden mejor; como lo había presentido, ya experimento la emoción de la contemplación cercana. Mis manos se solazan con la tersura de tu piel; en impensado momento mis labios encuentran la humedad de los tuyos; también tus manos me prodigan sus caricias. Súbitamente irrumpe en el ambiente la magia de incitante música que nos invita a la pista, para iniciar el que ha de ser, a más de baile, apasionado abrazo. Bailamos un sensual blues de nombre sugestivo: "Tiempo de verano". Es el erótico blues de lánguidas notas y cadencias lúbricas, creación de un gran músico norteamericano. Su ritmo sincroniza con nuestros pulsos, estimulando nuestras sensaciones. Tal vez con alguna intención, los ejecutantes prolongan la sensual melodía; con cada vuelta del tema melódico la tensión aumenta; ya percibo tu emoción; se eriza el terciopelo de tus senos. MI excitación también ya te acaricia; una exaltación que responde a la incitante vibración de tu cuerpo. Por fin la melodía concluye, volvemos a la mesa, pero ya no deseamos permanecer en el lugar; es imperativo el reclamo que nos ha de llevar a otro destino.

Repentinamente te levantas, mientras me encuentro en un breve lapso de desconcentración. Cuando reparo en el suceso te veo desaparecer detrás de gente que se encuentra de pie; no pude ver hacia donde te diriges y por unos momentos pienso que has ido al sanitario o al teléfono. Estoy esperando tu regreso, mas transcurren unos minutos y no vuelves. Con preocupación comienzo a pensar en la posibilidad de que te hayas marchado; entonces me dirijo a un camarero que ha permanecido cerca de la puerta y le pregunto si ha visto salir a alguien. Me contesta que sólo vio a una señorita y para más información me da tus señas. Vuelvo a mi lugar anonadado. Aun no me convenzo y continúo esperando tu retorno, pero al pasar el tiempo, poco a poco se desvanece la esperanza. Me he preguntado por qué me quedé inmóvil, sin intentar seguirte o buscarte, y me he respondido que fue por temor a exponer mi ensueño a tu desdén. Desalentado vuelvo mi vista a la ventana próxima, en el momento preciso en que se puede contemplar a través de ella la caída de la tarde. Pensativo permanezco un momento más, sentado frente a mi taza de café.



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