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El pijama de Aquilino

Últimamente me miro al espejo y hay veces que no me reconozco. Toso mucho, tengo achaques impropios de mi edad y deseo a las mujeres mayores, en concreto a una señora de 72 años. La conocí hace unos meses y no puedo quitármela de la cabeza. Me pregunto muchas veces que como es posible que me guste esa señora si siempre he pensado que una chica mayor de 26 años es gallina vieja. Intento recordar que pudo pasar para que me quedase tan prendado de aquella momia tan fea, arrugada y encima tan antipática.

La conocí en un viaje que hice a Pamplona con dos amigos más y "casualmente" coincidió nuestra visita con Los Sanfermines. Íbamos a ir a la casa de la novia de Santi , pero como no cabíamos todos, Jorge y yo nos quedamos en casa de la vecina, que gentilmente nos ofreció su hospitalidad Era una viuda Boliviana, que vivía con un hijo que ya pasaba ampliamente la treintena. El recibimiento que nos hizo fue fabuloso, con toda clase de sonrisas, cortesías e insistiendo constantemente en que nos sintiéramos como en nuestra propia casa. Nos enseñó la habitación donde dormiríamos y pensamos que era fabulosa porque era interior y así no nos llegaría la luz cuando nos acostásemos por la mañana después del encierro. Era un cuarto enorme con dos camas y un armario inmenso que llamaba la atención por el espejo que tenía en una puerta y por los adornos que colgaban del mismo.

Los primeros días de fiesta fueron fabulosos, no sólo por el ambiente y la fiesta continua sino también por la gente tan amable y abierta que nos acogió como unos miembros más de la cuadrilla . Por las tardes acudíamos a los toros, a disfrutar del espectáculo más impresionante y divertido que nunca habíamos visto, pero no dentro de la plaza, sino en las gradas. Nosotros que veníamos de canarias, donde la última corrida de toros se celebró en el año 1966, alucinábamos al principio con los cataplines que tenía el primer torero, pero a los quince minutos nos dimos la vuelta y, como el resto de la plaza, mirábamos a todos los rincones de la plaza menos al lugar donde un señor se estaba jugando la vida. La gente cantaba, se tiraban trozos de pan, bebían vino de unos cubos enormes, comían bocadillos y era tal el descontrol que existía, que cuando nos quisimos dar cuenta, estábamos metidos en el jaleo como los más auténticos del lugar.

Después de los toros, la costumbre era seguir la juerga toda la tarde, bebiendo, comiendo las tapas típicas y haciendo tiempo para reunirnos en casa de alguno de la cuadrilla, donde cenaríamos esa noche. Las comidas que probamos en aquellas fiestas estaban muy buenas y parecía que existía cierta rivalidad entre todos los amigos para ver quién cocinaba mejor. Esa rivalidad para nosotros fue maravillosa porque nos pusimos morados de comer, tanto en calidad como en cantidad. El día, bueno mejor la noche, acababa después del encierro que se celebraba a las ocho de la mañana.

Todas las mañanas, después de tomarnos un chocolate con churros, volvíamos a casa bastante perjudicados, con pasos inseguros y el habla un poco gangosa. Al abrir la puerta nos encontrábamos a la señora, que ya no estaba tan graciosa y nos miraba con cara de disgusto. Una de las madrugadas, no podía dormirme y continuamente oía una voz que me decía:

-"Abre el armario y ponte el pijama" -

-¿El pijama, qué pijama?-, me preguntaba yo.

Era una pesadilla interactiva, con unas conversaciones tan reales como la vida misma. Estaba muy a gusto en la cama y no me creía capaz de llegar hasta el armario, abrirlo y mucho menos ponérmelo, como me ordenaba la voz. Como la escuchaba tan fuerte, para evitar que despertase a Jorge, me acerque tambaleante hasta la puerta donde mi instinto me indicaba que estaba el pijama, porque nunca había abierto aquel armario y no sabía lo que me encontraría dentro. Muy despacio, con la mano temblorosa abrí la puerta y mi corazón comenzó a latir violentamente porque en el armario sólo había, colgado de una solitaria percha, un pijama blanco antiguo, resplandeciente como un fantasma y pidiéndome a gritos que me lo pusiera. Negué con la cabeza dos o tres veces, pero al final lo descolgué lentamente y me lo metí por la cabeza. Mi sorpresa fue mayúscula cuando comprobé, mirándome en el espejo, que me quedaba perfectamente, con las piernas peludas y morenas asomando por la parte de abajo y una sonrisa de oreja a oreja que me pareció de felicidad. Me acosté sin quitármelo y, cuando despertamos a media mañana, Jorge se asustó al ver estrafalario compañero de habitación; después se fijo bien y le dio tal ataque de risa que mezclaba las carcajadas con el llanto, mientras se agarraba fuertemente de los costados. Lo miré muy serio y le dije que no le encontraba la gracia por ningún lado porque el pijama me sentaba muy bien. ¿Para qué diría aquello?.Las carcajadas se redoblaron y lo dejé por imposible.

El resto de días que estuvimos allí nos acostábamos después de la juerga y al llegar a la casa empecé a mirar a la señora de una manera diferente. La encontraba bastante atractiva a pesar de sus años y fui mucho más amable desde el episodio del pijama; en cambio ella empezó a ser más seca y a tratarme con brusquedad, como si le molestase todo lo que dijese o hiciese. Una de las mañanas, me levanté de la cama con el pijama puesto y me dirigí al servicio para orinar. Me encontré por el pasillo al hijo de la señora e, impulsado por un acto reflejo, le acaricié la mejilla y dije:

- ¿Cómo te encuentras hoy, hijo?-

- Bien - me contestó atónito y seguramente pensando que todavía estaba borracho.

- Bueno, no hagas ruido que voy a dormir un rato más- Me pareció la cosa más normal del mundo hablarle así, a pesar de que sería diez años mayor que yo.

Me fui a la cama y dormí profundamente hasta las siete de la tarde. No me apetecía ir a los toros ni a ningún sitio porque quería descansar. Cuando me levanté, la señora estaba en la cocina preparando algo para merendar y sin darme cuenta me acerqué, con el pijama puesto, hasta donde ella estaba. La observé desde la puerta y noté una erección cuando le vi las nalgas al agacharse a coger un trapo que se le cayó al suelo. En ese momento se giró y al verme dio un grito de espanto como si hubiese visto a un fantasma.

- ¿Que haces con ese pijama puesto?. Me chillo histérica.

- Perdone señora, es que ….. tenía frío y lo encontré en el armario- me justifiqué como pude.

- Quítate ahora mismo el pijama de Aquilino y fuera de aquí.- Me grito fuera de sí.

Fui a la habitación, me vestí y salí a buscar a mis amigos que estarían de juerga por la calle. Pensaba en lo que me había pasado y no hacía nada más que darle vueltas al asunto, aunque me confortaba pensar que nos íbamos al día siguiente y así no tendría que pasar por la vergüenza de verla más.

Aquella noche sólo pensaba en la señora, en sus nalgas, en su hijo y sobre todo en el pijama. Estuve aburrido, sin ganas de bailar, avergonzado de mis pensamientos y de mi comportamiento. Volví un poco antes que los demás y cuando llegué a la habitación, busqué como un loco el pijama por todos los lados; la muy bruja lo había escondido para que no me lo pudiese poner. No pegué ojo y pensé mil formas de robárselo.

Nos levantamos a las cuatro de tarde y había llegado la hora de la despedida, la más temida por mí porque tenía que enfrentarme a la señora que me había pillado "in in" con el pijama de su marido. Mis amigos se despidieron del hijo dándole la mano, pero yo lo abracé desesperado y lo estruje con toda mi fuerza. El pobre miraba a su madre suplicándole con la mirada que no alojase nunca más a extraños. A continuación le dieron un beso a la señora y le entregaron un regalo, mientras yo esperaba mi turno. Lo que pasó a continuación todavía no me lo puedo explicar. Me acerqué para darle un beso y, sin darle tiempo a reaccionar, se encontró atrapada entre mis brazos y recibiendo un beso de tornillo que ya quisieran dar los de las películas equis. Ella me daba patadas y rodillazos, intentaba gritar, pero no podía porque tenía la boca llena y el hijo cabreado como un chino me dio un punterazo en la raja del culo que casi pierdo el conocimiento.

Todavía me veo en el tren camino de Madrid y a mis amigos diciéndome muy serios que si estaba loco, que qué había hecho; pero según terminaban la frase se partían de risa recordando la escena de la vieja entre mis brazos, al hijo histérico y a mí, como un caniche salido, intentado consumar el acto con la pobre señora.

Me miro en el espejo y no me conozco, parezco otra persona más mayor. Mis padres me dicen que estoy muy raro y les ha extrañado bastante el impreso del registro civil en el que solicito el cambio de nombre y tengo encima de mi mesa.. En la casilla correspondiente al nuevo nombre he escrito con una letra que no parece la mía:

AQUILINO



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