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La torre de Hércules

Nicolás Castellano le dio un trago a la botella.

Debían de ser las nueve de un brumoso lunes de Enero. Y llovía. Y Nicolás Castellano no había ido a trabajar. Todavía podía escuchar en su mente las palabras de Nico: “la perderás papá, perdiste a mamá y así también perderás a Lucía. Ya la estás perdiendo…” Christine…Cuánto la echaba de menos. Había pasado ya tanto tiempo…Durante los primeros meses se había encerrado en su trabajo, desapareció del ámbito social en el que solían moverse juntos. Pasaba las horas en la oficina. No dormía. Había empezado a fumar. Llamó a todos lados, la buscó en todos sitios. Llamó a Alemania, habló con sus padres, preguntó a sus amigos. Nadie le dijo nada. Él sabía que no lo harían, nadie le diría dónde estaba, hacia dónde había ido. Pero él era un hombre tenaz, no podía darse por vencido, no podía aceptar que aquella mísera carta sobre la mesa de su despacho fuese un adiós. Pero lo era: “Nicolás, lo siento”, había escrito ella. Nada más. Ni siquiera una explicación, un teléfono de contacto, un: “cuida de los niños”, cualquier cosa habría bastado. Su letra, cuidada con esmero, como todo lo que ella hacía, sólo decía eso: “Nicolás, lo siento”

Pudo llamarle, pudo haberlo hecho, pero no lo hizo. Ambos sabían que no serviría de nada. Nicolás era frío, adusto, calculador. La quería, por supuesto que la quería, quizá incluso más de lo que él mismo creía. Ella le había amado. Le había amado como nadie más en el mundo pudiese haberlo hecho. Lo había dado todo por él, había dejado atrás su país, su familia, su profesión, para seguirle, para estar con el empresario más joven y apuesto de toda la península allá por el 72.

Se habían conocido en París, en primavera. Ella tenía un contrato con Channel: 20 millones de los de entonces, desfiles, promociones, contactos. Nicolás ya la conocía, le habían hablado de ella, la había visto desfilar. Christine Hänsbeit era la más viva promesa de las pasarelas de todo el mundo. Era de origen alemán, tenía 19 años, y el rostro más dulce que pudiese haberse visto nunca. Destacable es, que allá en 1972, las modelos no eran jovencitas pálidas y famélicas como lo son ahora, y todavía no se utilizaba entre ellas la heroína como adelgazante. El secreto de su belleza radicaba en una vida sana: deporte, dieta baja en grasas, etc., lo que les aportaba una singular hermosura. Las modelos eran jóvenes y guapas, altas y delgadas, con femeninos cuerpos y rostros que irradiaban luz a todo aquel que las mirase.

Christine, además, contaba con unos ojos vivos, azules como el cielo en tardes de primavera, herencia de su madre, enmarcados por unas cejas rubias, parejas con su pelo, rubio, lacio, liso, largo, que aquel día recaía sobre sus hombros, casi desnudos, apenas cubiertos por el vestido que mostraba.

Él se enamoró nada mas verla. Ella, en el instante en que él le dedicase una de sus sonrisas. Se casaron ese mismo año. Christine rompió su contrato con Channel y abandonó definitivamente el mundo de las pasarelas. El mismo día en que ella cumplió los 21 nació Nico. Todo era perfecto entonces. Eran guapos, jóvenes, y ricos. Y se amaban.


Le dio otro trago a la botella. Era ya la segunda. Ron de importación, digno de recepción real. Llamaría a Carmen, le pediría una tercera. Quizá se negara a dársela. Aquella vieja llevaba demasiados años en casa. Podía ver en el interior de toda la familia, olfatear los problemas. Seguramente sabría que esta vez el motivo era la niña. La niña…Cuánto tiempo hacía que no la llamaba así…Había pasado de eso a llamarla por su nombre de pila, Lucía, el último capricho de Christine, para terminar por no llamarla, por no pronunciar su nombre, por olvidarla, o al menos, hacer como si lo hubiera conseguido. Nicolás volvió a su botella. Necesitaba un tercer trago. Llamó a la asistenta. “Ya ha bebido bastante”, dijo ella. “No te he pedido opinión, Carmen, te he pedido otra botella”, contestó bruscamente. Y la traería, ambos sabían que lo haría.

Quizá Nico tuviese razón después de todo. Tal vez la estaba perdiendo. Quizá incluso ya la había perdido. Ya no había vuelta atrás. Y qué importaba. Lucía saldría de su vida de la misma forma de la que había salido Christine. Lucía podía hacer con su vida lo que quisiera, que a él no iba a importarle.


Lucía…

Si alguien me preguntara alguna vez cuáles fueron los dos momentos más bonitos de mi vida, no dudaría en responder. Dos imágenes fijas en mi memoria, totalmente diferentes entre sí, con gentes diferentes, escenarios diferentes, épocas diferentes. Las dos en Navidad.

La primera, víspera de un cinco de Diciembre, la casa llena de adornos navideños. Mamá, Nico, y yo. Cocinamos pasteles, preparamos regalos. Nico y yo correteamos por la sala, nos perseguimos, reímos a carcajadas. Afuera hace frío. Vestimos gruesos jerséis de lana, pero en la casa hace calor, lo que provoca que nuestros rostros sean sonrosados. Mamá está preciosa, nos sonríe y nos enseña a fabricar muñequitas de fruta. Mamá había aprendido a hacerlas gracias a la abuela Agnes. Ahora era ella quien nos enseñaba a nosotros. Haríamos esas muñecas por Navidad hasta que Nico cumplió los 16. Mamá nos sentaba sobre su regazo en la vieja alfombra del comedor. Recuerdo que era una alfombra muy grande. Papá la había traído de uno de sus muchos viajes de negocios. Así, mamá nos contaba cuentos acerca de Cristkind, un hermoso ángel femenino con rubios cabellos, con vestido blanco, alas, y corona de oro, que repartía regalos a los niños buenos en las frías noches de Navidad. De aquellas tardes recuerdo una mamá hermosa, rubia, de ojos claros y mejillas sonrosadas. Una mamá dulce, con aroma a chocolate, que contaba cuentos y nos besaba en las mejillas y nos hacía reír…Recuerdo que al verla así solía pensar que era el mismo Cristkind, a quien escribíamos largas cartas espolvoreadas con azúcar que dejábamos en las ventanas de nuestros cuartos…

Y todavía hoy, al pensar en mi madre, la imagino vestida de blanco, con alas y una corona de oro adornada con piedras preciosas, relucientes y deslumbrantes, tal y como ella era…


La segunda, la última noche del año. Nadie lo sabe, ni siquiera yo misma, pero también la última que pasaría en Coruña. Julián y yo. El faro. Una hoguera. Hace frío, pero no lo notamos, hemos bebido mucho. A nuestro alrededor, un montón de botellas vacías. Julián busca algo en sus bolsillos. Yo ya sé qué es. Saca una bolsita de plástico, transparente, llena de un polvo blanco, muy fino. Hemos bebido mucho, ya lo he dicho. Desde donde estoy sentada puedo ver el faro, imponente, de planta cuadrada, a mi izquierda. Arriba, muy arriba, nos mira, nos observa. Abajo, a mi derecha, el mar, que viene a romper el silencio de la noche con el chasquido de las olas contra las rocas. Detrás de mí, muy lejos, aunque no puedo verles, están los menhires, enormes rocas colocadas allí miles de años atrás. Otorgan al escenario una visión peculiar, espectral.

Delante de mí está él. Se ríe y no sé por qué. Supongo que yo también estoy riendo aunque ninguno de los dos llega a comprender realmente la razón. Está de pie sobre algo. Así, parece una estatua, lo que en ese momento me hace estallar en carcajadas. Ha abierto la bolsita y parece volcarla, así que el polvito cae lentamente, muy lentamente hasta el suelo emitiendo destellos y balanceándose al ritmo del viento que azota la costa gallega. Y lo observo caer, así, como a cámara lenta, y me parece nieve. Son copos de nieve que me miran y sonríen. Por eso yo también sonrío. El sentimiento de paz me invade. Y no tengo que preocuparme por nada más, tan solo sentir, dejarme llevar. Ya no escucho el sonido de las olas. Ahora todo es calma. Nieve y calma, copos que brillan, que emiten destellos, que flotan a mi alrededor…Y yo floto con ellos. No soy capaz de ver a Julián, pero sé que está ahí, a mi lado. Vuelvo a pensar en los copos. Siempre me ha gustado la nieve. En Coruña no suele nevar. La imagino blanca, las calles, las plazas, el puerto, todo lleno de esos polvos blancos flotando envolviéndolo todo…Vuelvo a reír. Los copos han dejado de remolinear a mi alrededor. Ahora sus destellos son más fuertes, hirientes. Me alcanzan los ojos y no me dejan ver. Noto mi corazón. Late presuroso, boom-boom boom-boom, boom-boom, no consigo ver nada, me ciegan. Intento llorar y no puedo. Grito:¡Julián! No puede oírme. Me duelen los ojos. ¡Arden!¡Julián!¡Julián!boom.-boom, boom-boom, boom-boom…



La vida es…¿intermitente, tal vez? Intermitente. Como los faros delanteros de la ambulancia, como su sirena, como las luces de neón del hospital. Había gente, médicos, enfermeras, todos a mi alrededor. Yo no podía verles, pero estaban allí. Jugaba a adivinar en qué momento empujaban la camilla. Me paro, me muevo, me paro. Ni siquiera soy capaz de ver con claridad los tubos que emiten la luz, intermitente. Escucho palabras sueltas, pupilas hipotónicas, fotoreactivas, hematíes, leucocitos…Julián no está aquí conmigo. Lo sé. Estoy sola, sola en territorio desconocido. Nico y yo solíamos jugar a los pistoleros. Él era un bandido, forastero de paso en mi rancho. Me secuestraba y me llevaba consigo para vivir un sinfín de aventuras. Ahora alguien me sacaba a la fuerza de una de ellas,¿quién?¿la ley, la justicia? No quería regresar al rancho, no quería volver, deseaba volver a cabalgar bajo el sol de poniente. ¡No quiero regresar! Oigo gritar a una de las enfermeras. Varios pares de manos agarran mi cuerpo, no quieren dejarlo caer. Al parecer, he realizado un movimiento demasiado brusco en mi intento por escapar, tanto, que casi me desplomo al suelo del hospital, que desprende un penetrante olor a lejía y desinfectante.¡Dejadlo caer!¡No lo necesito! No lo quiero. Siento cómo me agarran por los muslos las caderas, el culo. Lo consiguen. Vuelvo a estar tumbada sobre el rígido colchón de la camilla.25 miligramos de pirodoxitol. Y duermo, duermo con esos 25 miligramos, y sueño, sueño con luces intermitentes emitidas por copos de nieve que caen sin cesar sobre la ciudad de A Coruña…


Nicolás Roldán Castellano dormía cuando sonó el teléfono. Dormía sobre la cama en la que habían dormido sus abuelos, sus padres, y en la que más tarde, mucho más tarde, dormiría él junto a Christine. Aquella era la cama en la que había nacido su padre, y en la que su madre le había dado a luz. También allí había nacido Nico.

Ahora Nicolás dormía solo.

Debían de ser las seis de la madrugada del primer día del año. Y llovía. No tuvo que descolgar el auricular para saber de qué se trataba. Muchas veces había pensado en aquello. Se imaginaba a sí mismo, dormido, o intentando dormir, (habían pasado años desde la última vez que Nicolás había dormido toda una noche de un tirón), imitaba mentalmente el timbrazo del teléfono. Se imaginaba a sí mismo poniéndose en pie, con el corazón a punto de estallar, abalanzándose hacia el teléfono, olvidando la contestación de rigor: “Castellano”, para emitir un angustiado: “¿siii?”

Y así fue como sucedió.

—¿Nicolás Castellano? —preguntó una voz de mujer, una voz acostumbrada a dar malas noticias, a informar a padres llorosos de que han perdido a sus hijos en accidentes de tráfico, a mujeres temblorosas de la muerte de sus maridos…, lo que no impedía que a medida que avanzaban los segundos esa voz se tornara en un hilo, un delgado haz que hablaba con la dulzura con la que se les habla a los niños, por un instante, aquella voz le recordó a Christine, a su olor a chocolate…

—¿Nicolás?¿Está usted ahí?

—Sí, aquí estoy.

—Nicolás, ¿está usted sentado?

—Hable de una vez-contestó.

—Es su hija, Don Nicolás…

 

Cuentan los gallegos que Gerión era perseguido por Hércules. El primero había deshonrado a su hermana, por lo que el héroe decidió atraparle, y de este modo vengar a la dama. Cuentan que el viaje fue duro, que Gerión huyó desde la costa gaditana, siempre hacia el norte, hasta llegar a un terreno abrupto, hostil, donde decidió pasar la noche, escondido en una cueva, a salvo de una posible muerte. Dice la leyenda que Hércules, sediento de venganza, no se dio por vencido hasta encontrar a su adversario escondido tras las rocas, inmerso en sus propios sueños. Cuentan los ancianos que el héroe despertó a Gerión, y ambos se batieron en una larga batalla, en la que Hércules resultó vencedor. Dicen que en aquel mismo lugar donde Gerión había exhalado su último suspiro, el héroe mandó construir una torre, una inmensa torre en honor a la afrenta que allí se había librado, para que ni aquella, ni tampoco las gentes del lugar, fuesen arrojadas al olvido. De este modo, ordenó tallar sobre la piedra del faro los nombres de todos aquellos hombres y mujeres que admiraran su obra. La primera mujer se llamó Crunna, y así fue como nació la ciudad de Coruña…

 



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