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La miradora

Donde se da cuenta y razón del inaudito oficio de una vieja.
(Figuran: la supramencionada vieja; sus vecinas, una evocación y -concitados por ésta- una serie de deseos que revientan en vibrante exultación de primavera, para asombro y beneplácito de los maridos del reparto)


Sentada en sillita de tule, platica una vieja centenaria con las comadres de la vecindad. El sol ha regresado luego de sus vacaciones de invierno y se ha puesto a calentar la tierra. Aprovechando luz y calor, las comadres y las lagartijas pasan largos ratos en el patio. Las lagartijas hacen su calistenia y las comadres lavan enormes bultos de ropa hedionda. Sólo Herlindita atiende su labor de bordado.

-Bueno, doña Herlinda. Pero pos nunca nos ha contado usté de qué vivía allá en Chihuahua.

-Uy, chula. Mejor no preguntes, mialma, era un oficio muy feo.

-¡A'dio! Lindita, ¿pos que era sepulturerera?

-Bueno, no era feo, pa'ques más... Digo que era feo por decir que era un trabajo... pos... Un trabajo indecente.

Las comadres suspenden su labor, las miradas convergen sobre la vieja. La expectación crece y la interrogadora se anima:

-Álgame, Herlindita...¿Pos a poco fue Güila?

-Hace mucho, mialma. Muy al principio. Dieciseis años tráiba yo cuando le entré al áijale, pero acabó por no gustarme. L'otro... Me volví miradora.

-¿Miradora? y eso ¿Que's?

-Pos eso: miradora. Debía yo de mirar.

-¡Álgame, Herlindita! pero...¿pos qué miraba?

Las comadres vuelven a suspender la friega de las ropas y miran a Herlindita cada vez más intrigadas.

-Ay, mialma, ¡Que preguntona! ¿Deveras queres saber qué miraba?

"Sí" contesta el coro de comadres, aunque la pregunta no se dirige a ellas.

-Bueno, pos allá ustedes. Pitos. Pitos eran los que debía mirar.

La carcajada llama la atención de los transeúntes que pasan frente al zaguán de la vecindad.

-¿Cómo pitos, Doña Herlinda?

-¡Cómetelos si te gustan, mialma! Provecho.

Las comadres que dominan el galano arte del albúr cruzan las piernas para evitar alguna traición esfinteriana, ante el ataque de risa que les provoca el limpísimo retruecano de doña Herlinda. Las que no comprenden, ríen igual, contagiadas por las entendidas, quienes se ensañan con la preguntona:

-Provecho, comadre. ¿No me invita?

-¡Ah, que Herlindita! Ora sí que me ensartó. Yo decía que me explicara eso de que miraba usté pitos ¿pitos, pitos... de cristiano?

-De cristiano y de judío, mialma. Hartos pájaros que tuve que mirar en mi vida.

Las risas se redoblan y ya nadie quiere perderse las palabras de Herlindita.

-Yo entré chamaca a "trabajar" en una cantina con servicio de putero allá en Ciudá Juárez, en tiempos de la revolución, 1911, crioque. Cuando lo mero cabrón de la bola, se me hacía bonito mi trabajo. Cuando se me trepaba uno, pos yo decía "Date gusto, Quen sabe si mañana ya seas cadaver" venían con sus armas y sus cananas y sí, me compadecía ¡Y le ponía yo con ganas! "pa' que no extrañes tu tierra" ¿verdá?. Gustosos que s'iban los hombres. Pero aluego, cuando ya jueron pasando los cabronazos, pongan 'ai por el veinte, ya venía puro trajíao de ahí de Juárez y aluego yo pensaba ¿verdá? "¿Pos estos a poco no tienen su mujer? ¡seguro que tienen! Esto ya es puro cabrón vicio" y ¿creen? Me daba muina. Me empezaba yo a chiquear y a decir que'staba yo enferma y duro y duro, que me sentía mala. Ponía yo una cara que ya a naide me le antojaba. Pos total que la dueña me dijo: "Aquí no vas'estar de oquis, vente pa'ca arriba" Arriba de la cantina estaban los cuartos, pa' la cogedera, ¿verdá? y me dijo "Aquí te vas'estar, con Juanita". Juanita era una señora de edá que también había sido güila. Ya no podía, pero había visto tantos pitos en su vida, que al dedillo se sabía quen estaba enfermo y de qué. Con ella aprendí harto. ¡Uhmm! nomás con verle a un hombre la pinga, luego sabía yo que era lo que tráiba: purgación, chancros, ladillas. ¡Tanta porquería!...

-Pérese, Herlindita -le ataja una de las comadres al percatarse de la presencia de varios niños- Déjeme correr a estos babosos: ¡Orale, chamacos! vayan a ver si ya puso la marrana, esto no es para escuincles mensos. Ora si Herlindita, sígale -Suplica curiosa la vecina luego de dispersados los metiches.

-No, pos les decía: aprendí rete harto con la tal Juanita. Ella me enseñaba ¿verdá?: "Mirale la cabecita, cómo se le hace de aquí y de aquí. Este tiene tal cosa. Ora mira éste, como se le ve el cuerito de los güevos" y luego le decíamos al cliente "sáquese a la chingada y vaya a ver al dotor" y ni hablar, el cliente se iba muy triste. Pasaba nomás quien veíamos buenisano.

-¿Y cuánto tiempo trabajó en eso, Herlindita?

-Ay, madre... pos como cincuenta años a mire y mire.

-Híjole Lindita -interviene otra comadre- ¿Y a poco no se le antojaba, pos ora sí que tanta carne?

Nuevas carcajadas, incluida doña Herlinda

-Sí m'ija, pos ¿A quen no?. Había unas chulas, ¿verdá? a como deben ser. Pa' que es más: cuando una me cuadraba, me acordaba de la cara del cliente y aluego lo buscaba, pa' que es más...

-¿Bueno, pero pos... cómo eran ? -pregunta una vecina perdiendo la forma y provocando risas y codeos de las demás.

-Había de todo, madre. Unas gordotas: a esas les decíamos "taponeras"

Estalla la carcajada al escuchar la clasificación. Alrededor de la dulce viejecita, se ha formado ya un círculo completo de mujeres de blusas arremangadas y brazos que escurren agua y espuma.

-Otros la tráiban flaca y largota. "Rinconeras", me decía Juanita

Nuevas risas. Algunas ya se acuclillan para no perder palabra.

-¡Híjole, Herlindita! Fíjese que a mi hubiera gustado su trabajo, cuantimás cuando le tocaba ver pos, así... largas y gruesas ¡Cómo les decían a esas?

-"Ver ganancias", mialma. ¡Esas son deveras "ver ganancias"!

Las mujeres se carcajean y se golpean los muslos, divertidísimas. Hasta las más despistadas comprenden el juego de palabras. Los pájaros de verdad revolotean asustados dentro de sus jaulas, espantados por la inusual explosión de regocijo

-Ay, doña Herlinda. Que ocurrente. ¡Pos estaba suave su trabajo!

-¿Se te hace, mialma?

-Pos oiga usté...

-No te he platicado de los baquetones que se presentaban a querer coger y a la hora que les decíamos que se bajaran el calzón para enseñar la pinga, ni siquiera podían: les salía pus revuelta con sangre y se les pegaba el caramba calzón. ¿Era suave mi trabajo? Quen sabe. Con el tiempo los hombres ya no jueron pa' mí, más que pitos con patas.

Las risas se van apagando. Las mujeres se secan los ojos

-Sí, niñas. Yo vide pitos carrancistas, villistas, orozquistas. Unos ya de plano en la mera pudrición. Cuando acabó la bola me vine pa´México y volví a trabajar de eso. Allá en las calles del órgano. Las muchachas al principio se admiraban de mi oficio y se reían así como ustedes, cuando les ofrecí mis servicios. Pero aluego se juntaron como unas veinte y me pusieron mi mesita allí junto a las accesorias donde cogían. Corría yo a los que traiban algún mal y ninguna volvió a enfermarse. Ya luego me buscaban y me rogaban para que trabajara que aquí o que allá, pero yo nomás trabajaba donde quería o me convenía la comisión, ¿verdá?

-Oiga, Herlindita -vuelve a la carga la primera preguntona- ¿Y siempre ha habido enfermedá de eso?

-¡Más antes era pior, m'ija! Ora ya no. Hay más higiene, yo creo. Pero ¿saben? Quisiera mirar ora como tiene el pito uno que esté enfermo de la madre esa del SIDA. Por ái oyí que no se nota nada y que naiden puede saber si alguien la trai. Digo yo: Así pos 'ta cabrón, ¿No?. Pero seguro que si me dejaran verlas. Yo aprendía a decirles quen la trai. Seguro.

La conversación se diluye. A poco, las mujeres comienzan a recoger sus bártulos de lavar y a meterse en sus viviendas. La vieja se queda sentada en la sillita hasta la hora de la comida.

Ya de noche, Herlindita duerme. Mientras, en las demás viviendas la rutina ha sufrido un descalabro. Se escuchan discretos y sincopados pujidos. Los maridos, sanchos o queridos de la vecindad se someten con agrado a una silenciosa y dulcísima conspiración.



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