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Poemario imposible

Empezaba a anochecer. La incandescencia del cielo declinaba hacia los montes del oeste, que interrumpían la línea interminable del horizonte con su voluptuosa arrogancia de piedra milenaria. Cantaban los grillos. Sultán se incorporó cansinamente, se estiró, bostezó su modorra y salió de la casa, tal vez para saborear ese instante frágil y mágico en que las estrellas afloran al firmamento.

Inclinado sobre el lebrillo, Santiago Palacios se lavaba la cara. Le molestaba la espalda, cada día le dolía un poco más; la columna vertebral, erosionada y maltrecha a resultas de toda una vida cultivando los campos, amenazaba con desbaratarse en cualquier momento, como un rosario desgastado que pierde las cuentas a cada golpe de pecho. Al erguirse le castañeteó hasta la última esquirla del espinazo.

—Padre, ¿quiere usted la camisa limpia? —preguntó Andrés.

Santiago contempló el reflejo brumoso que le devolvía aquel pedazo de espejo desazogado que colgaba en la pared. Los años, las fatigas, los rigores del clima y el trabajo de sol a sol habían dejado su atroz impronta sobre la piel apergaminada del rostro. La vejez, esa enfermedad ineludible y degenerativa que se contrae con el llanto que da estreno a la vida, le anidaba en cada arruga, en cada cana, en cada achaque, en cada punzada de sus articulaciones derrengadas.

—No —respondió con sequedad—. Ésta aún está decente.

Andrés volvió a depositar la camisa limpia en el cajón de la vieja cómoda, regalo de don Marcelo, el párroco, de cuando renovó el mobiliario de la sacristía. Andrés Palacios frisaba los quince años, igual que Sultán. Ambos vinieron al mundo el mismo día; ambos quedaron huérfanos de madre cuando contrajeron la vejez. Pero Sultán sólo era una ruina, un estorbo, un albergue de pulgas que esperaba la muerte imaginando las estrellas que ya sus ojos nublados no alcanzaban; sin embargo, él, Andresito, apenas había comenzado su batallar.

—Vamos a cenar.

—Pero, padre, don Arturo está al llegar. ¿No es mejor esperar a que se marche?

Santiago se abotonó la camisa. No encontró el peine. Con las palmas de las manos se asentó los cabellos, ralos y lechosos, hacia la nuca.

—No. Cenamos.

—¿Y si se presenta mientras tanto?

—Mejor; así verá que molesta. De todas formas, será una visita corta.

Una sardina en salazón abierta en canal, dos tomates de un rojo festivo y un cuarterón de pan, que se resistía al incisivo ataque de la faca de Santiago, eran las viandas que componían el frugal festín. Padre e hijo comieron en silencio, sumidos en el turbio pozo de los pensamientos descarriados, atrapados en la negra profundidad de los deseos imposibles.

—Y tú, ¿qué dices? —preguntó el padre.

—Yo haré lo que usted mande —respondió el hijo.

Santiago Palacios tenía los ojos del color de la tierra labrada, tal vez de tanto mirarla y dejarse la piel en ella. Pensó en Amparo, su difunta esposa, y le dolió su ausencia como una puñalada en el estómago. Le dolió no poder echar mano de su serenidad, de la prudencia de su consejo, siempre equilibrado y sobrio hasta el borde de lo humillante, siempre arropado en esa sabiduría humilde que otorgan las calamidades cotidianas. A Santiago le molestaba un tanto esa especie de clarividencia natural con la que Amparo se enfrentaba a las adversidades, fustigándole el orgullo; un orgullo viril que actuaba de barrera infranqueable entre el problema y la solución ofrecida. Finalmente, tras la porfía habitual y el desarme de sus torpes reparos, terminaba acatando las recomendaciones de su consorte como si se tratasen de mandatos divinos. Pero ella ya no estaba, tres lustros hacía que se había marchado, tres lustros durante los cuales hubo de aprender que los muertos no sirven para nada. Salvo para ser recordados y llorados.

—¿Te has quedado con hambre?

—No, padre —mintió Andrés.

Sultán empujó la puerta y entró en la casilla, renqueante de años y como adormilado. Husmeó en el aire y se acomodó junto a Andrés con la esperanza de ser obsequiado con algunas sobras. Después, aburrido y decepcionado, se echó junto a la lumbre perezosa que crepitaba en la chimenea, quizá para descabezar algún sueño de abundancia y de juventud.

—Un día de estos le pego dos tiros —dijo Santiago Palacios, observando a Sultán, cuya respiración pedregosa levantaba nubecillas de polvo y ceniza sobre el suelo de tierra apisonada—. Lo está pidiendo a gritos.

—Déjelo, padre; ya le llegará su hora cuando Dios quiera.

—¿Dios? A Dios lo mataron hace mucho tiempo —sentenció el padre, que extrajo de su petaca un montoncito de picadura para liar un pitillo. Le temblaba el pulso.

—Sí, pero después resucitó.

El hombre prendió el cigarrillo con un mechero de yesca.

—No para nosotros —dijo—. No hay Dios para los pobres.

—No diga eso, padre, que se condena.

Volvió a hacerse el silencio, que cayó sobre sus cabezas como una maldición tácita y persistente. Santiago salió a fumar. La noche se le instaló en los ojos terrosos. Las estrellas configuraron su sementera de plata sobre el océano inmóvil del cielo. No hay Dios para los pobres, pensó. Flotaba la luna sobre el contorno lejano del pueblo, cuyas luces anémicas vulneraban la negrura del horizonte. Del campanario brotó una salmodia metálica y nítida que llamaba al último oficio de la jornada, resonando en la llanura como una alabanza, o como una súplica. La brisa traía una fragancia de estiércol fresco, lluvia lejana y humo de leña recién cortada. Una lechuza levantó el vuelo desde un olivo y se perdió en la oscuridad, aleteando bajo el parpadeo de los astros. Cruzó el horizonte una estrella fugaz; Santiago Palacios cerró los ojos, pero no acertó a formular ningún deseo. Arrojó la colilla al suelo y la pisó, quedando incrustada en el neumático de la suela de sus abarcas. Los grillos cantaban su cri—cri monocorde y obstinado y la noche esparcía el relente de su aliento sobre la inmensidad del mundo. Empezaba a refrescar. Iba pensando en Amparo cuando volvió a la casa. Andrés leía su enciclopedia desencuadernada. Bostezó Sultán.

—No va a venir, por lo que se ve; así que a acostarse.

—Espere un poquito, padre, que ya verá como sí viene. Lo que pasa es que le habrán entretenido en el Círculo.

Santiago puso los brazos en jarras y se estiró hacía atrás. La espalda le crujió como una rama seca, el dolor le estaba matando. Sólo el alcohol le distraía un poco el sufrimiento. Maldito don Arturo, se dijo, ganas de incordiar que tiene la gente.

—Bueno, un rato y a dormir, que mañana hay trabajo largo.

El chico cerró el libro, se le veía nervioso y no se concentraba en la lectura. Santiago cogió un vaso de la alacena y la botella del aguardiente. Se sentó junto a Andrés y se sirvió un trago.

—Toma —dijo, ofreciéndole la botella a su hijo—. Mójate los labios, si quieres.

Andrés declinó respetuosamente el ofrecimiento y comenzó a tamborilear con los dedos sobre el tablero de la mesa. Maldito don Arturo, se dijo, si no hablara por los codos ya estaría aquí. En ese momento llegó del camino el inconfundible petardeo de un motor de explosión de dos tiempos. El chico saltó de la silla como impulsado por un resorte y salió a la noche.

Don Arturo se apeó del híbrido entre bicicleta y ciclomotor que pilotaba y lo apoyó en el carro desvencijado que reposaba junto a la casa. Desató la cuerda que sujetaba su carpeta negra y raída al portaequipajes, se la colocó bajo el brazo con cierto aire torero y se atusó un poco el pelo.

—Buenas noches, don Arturo —saludó Andrés—. Ya pensaba que no iba a venir.

—Hola, Andresito —respondió el maestro—. Claro que iba a venir, cómo no. Un hombre siempre debe cumplir su palabra, no lo olvides nunca. Lo que ocurre es que me he demorado por culpa de los tertulianos del Círculo, que hablan por los codos y no ven la hora de regresar a sus hogares. Está tu padre en casa, ¿verdad?

—Sí, le está esperando dentro. Hoy no está de muy buen humor, por cierto.

Entraron. Santiago apuró su segundo vaso de aguardiente y se puso en pie. Volvió a chasquearle el espinazo. El recién llegado le tendió la mano. Se saludaron. Sultán se despertó y alertó de aquella presencia extraña a sus protegidos con unos ladrillos agónicos, graves y perezosos que sonaron como lamentos.

—¡Silencio! —ordenó el anfitrión. Sultán calló de inmediato, pero sin apartar la vista del desconocido—. A buenas horas; valiente guardián tenemos. El día menos pensao... En fin; Andrés, trae un vaso para don Arturo, que seguro tiene sed.

—No, no. Por mí no se moleste. Si le soy sincero, hoy he bebido más que de costumbre. Ya sabe lo que ocurre cuando se reúnen un puñado de amigos...

—En esta casa somos pobres, pero sabemos muy bien lo que es la hospitalidad. Andrés, el vaso. Siéntese aquí —dijo, señalando la silla que había ocupado el chico.

El chico sirvió unos tragos, dejó la botella en el centro de la mesa, junto al candil, y se sentó en el suelo, junto al senil cancerbero. El maestro, como para romper el hielo, comentó algunas trivialidades sobre el tiempo y la cosecha, que se prometía abundante. Santiago Palacios chasqueó la lengua y dijo con cierta brusquedad:

—Mañana hay que madrugar; tenemos trabajo largo.

Don Arturo se sonrojó con la puntada del labriego y carraspeó para disimular.

—Tiene usted toda la razón; iré al grano —dijo—. El motivo de mi visita...

—Ya sé cuál es el motivo de su visita —interrumpió Santiago— y siento mucho decirle que está perdiendo el tiempo. Necesito al chico aquí, no en el colegio. Yo me estoy haciendo viejo, no puedo con todo, y si no se hace el trabajo nos echan de aquí. ¿Nos mantendrá entonces usted, don Arturo? Me da a mí que no.

El aludido fijó la vista en su vaso, tal vez para rehuir la inquisitorial mirada de su interlocutor. Titubeó antes de hablar; parecía estar buscando las palabras adecuadas para la oportuna réplica.

—Créame, ya me gustaría poder hacerlo —dijo—, pero sólo soy un simple maestro de escuela. No tengo muchos más posibles que usted. No le miento si le digo que sé a la perfección lo que es pasar hambre, aunque esto para nada viene al caso. Lo que importa es que Andresito es un chico especial, despierto y muy inteligente. A estas alturas, estoy más que acostumbrado a perder el tiempo intentando erradicar la ignorancia de entre el alumnado, compuesto en su mayoría por zoquetes sin ninguna posibilidad de redención y exentos por completo de inquietudes. Es por esto precisamente que he aprendido a distinguir el talento allá donde brille, dado lo difícil que es toparse con él. Y su hijo lo tiene, se lo garantizo; sería un crimen desperdiciarlo.

Don Arturo desabrochó la hebilla de su carpeta y extrajo un par de cuartillas arrugadas y amarillentas que tendió a Santiago Palacios.

—Tenga —dijo—, mire estas composiciones con atención.

El campesino cogió las hojas con sus manos encallecidas y miró al educador.

—¿Qué quiere que haga con esto? Yo también soy un zoquete; no sé leer.

El maestro de escuela se sonrojó de nuevo y carraspeó con visible aflicción.

—Disculpe, no lo sabía. Nada más lejos de mi intención que humillarle, de eso puede estar seguro. Sólo pretendía mostrarle algunos de los poemas que ha compuesto Andresito. Estos de aquí son dos sonetos de gran calidad literaria y con una solidez expresiva asombrosa. Si no fuera porque los hizo en clase, delante de mis narices, juraría que los ha copiado de alguna parte. Y no crea que es sólo mi opinión, no. Tengo amigos en la capital, expertos a quienes he mostrado estos trabajos, y todos coinciden conmigo en que son la obra de una promesa en firme, de alguien a quien es preciso cultivar y conceder cuantas oportunidades se hallen a nuestro alcance. Y la primera y fundamental, por encima de todas, es permitirle que estudie.

Dicho esto, don Arturo cogió su vaso con mano tremolante y lo apuró de un trago. El aguardiente se le ramificó por las entretelas dejándole un rastro abrasador, como de magma desbocado.

—Todo eso está muy bien —dijo Santiago—, pero, dígame, suponiendo que el chico volviera a la escuela, ¿vendrían aquí sus ilustres amigos de la capital a echarme una mano con la yunta? Si es así, por mi parte se acabaron las pegas.
La voz del maestro sonó agónica, sofocada por la rudeza del licor.

—Usted sabe, amigo mío, que eso no es factible. Por otra parte, serían más un estorbo que una ayuda, tengo pleno convencimiento de esto. Lo que sí puedo garantizarle es que yo personalmente le ayudaré a encontrar una solución a su problema de mano de obra. Ya buscaremos como sea algún tipo de auxilio. Ahora lo importante es la formación de Andresito. Sepa que hay quien estaría dispuesto a sufragar sus estudios en la capital.

Promesas, palabras que el viento se lleva, se dijo Santiago; nadie se preocupa por los pobres, ni siquiera Dios. Entonces pensó en Amparo, su difunta esposa, y suspiró la amargura que le goteaba del alma.

—¿Qué me dice? —preguntó don Arturo.

—Digo que mañana hay que madrugar; tenemos trabajo largo.

El maestro carraspeó y guardó los sonetos en la carpeta.

—Bueno, creo que debo marcharme ya —dijo, poniéndose en pie y ofreciéndole la diestra al campesino—. Ha sido un placer, pero, por favor, piense en lo que le he dicho.

Se estrecharon las manos.

—Hay poco que pensar —sentenció Santiago, a modo de despedida.

Andrés se apoyó en Sultán para levantarse del suelo y acompañó al maestro hasta su medio de locomoción, que ya la escarcha había empezado a colonizar.

—Gracias por intentarlo, don Arturo —dijo.

—Esperemos que haya servido para algo.

El maestro pasó un pañuelo sobre el sillín, cuya forma recordaba al corazón de un buey, montó y se marchó. El chico permaneció inmóvil contemplando cómo la noche engullía al maestro de estampa rígida, de motorista almidonado. Sultán salió de la casa sigilosamente —quizás para cerciorarse de que el extraño había abandonado sus dominios— y se detuvo junto a Andrés para lamerle la mano.

Cuando regresó al interior de la casilla, una sensación de abandono, de condena irremisible, le oprimió el pecho. Su padre continuaba de pie, apurando el último vaso de aguardiente antes de irse a dormir; tenía la mirada fija en la llama que serpenteaba en la lamparilla de aceite, cautivado por su caprichosa danza.

—Y tú, ¿qué dices?

—Yo haré lo que usted mande, padre.

—Pues, de momento, al catre. Mañana será un día duro.

—Sí; tenemos trabajo largo.

Una vez acostados, Santiago no tardó en escuchar la cadenciosa respiración de su hijo, que ya vagaba por el intrincado mundo de los sueños. Él, sin embargo, fue incapaz de pegar un ojo; la paja de su colchón parecía haberse metamorfoseado en piedras del camino y la manta se le antojó áspera como una enorme lengua de gato. A medianoche se levantó a liar un pitillo. El tabaco le supo a hiel, igual que la ausencia de Amparo. Una vez más se sintió perdido sin ella, sin su presencia reconfortante y protectora. A punto estuvo de pronunciar su nombre, de reclamar su humilde sabiduría a voz en grito. Pero hubo de conformarse con imaginarla sentada a su lado, en silencio, mirándolo con aquella brutal ternura que utilizaba cuando se disponía a lanzar proclama de sus opiniones, siempre sabias, siempre sencillas.

Entonces se dirigió hacia el arcón polvoriento que había junto a la chimenea. Al inclinarse para quitar los cachivaches que se amontonaban sobre él sintió una lacerante sacudida en la columna vertebral. Levantó la tapa. La frágil luz que emitía el candil apenas alcanzaba para iluminar los efectos personales de su esposa, aunque él conocía de sobras el lugar que ocupaba cada uno. Del fondo del arca, con afán y maña de comadrona, rescató un viejo cuaderno en cuya cubierta rezaba:

Poemario Imposible
por
Amparo Expósito de Palacios

La vida entera habría dado por poder descifrar los poemas de su difunta esposa, por sentir lo que ella sintió en el momento de parirlos.

Pero, ya se ha dicho, Santiago Palacios no sabía leer.

 



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