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El cadáver

Joe Hortiz se puso el gabán, recogió la cartera de cuero que contenía las partituras, se enrolló la bufanda al cuello y salió de casa. Ya en la calle, se dirigió al garaje, una construcción de adobe próxima a su vivienda y cuyas combadas paredes testimoniaban su vetustez. Una vetustez, por cierto, bastante rentable, pues en la ciudad de York, cualquier casa o construcción de más de doscientos años de antigüedad era generosamente subvencionada por la municipalidad.

El coche de Joe Hortiz, sin embargo, no alcanzaba tales cotas de longevidad; su Volkswagen tipo escarabajo apenas si llegaba a los veinte años. Joe Hortiz abrió la puerta del vehículo, se inclinó para depositar la cartera de cuero que contenía las partituras en la butaca contigua a la del conductor y se quedó paralizado. El asiento estaba ocupado. Ubicado en él, la cabeza ligeramente ladeada, se hallaba un hombre. El sujeto en cuestión, de unos cuarenta años, las mejillas pobladas con barba de varios días, llevaba puesta una trinchera color verdoso, mugrienta, abrochada a desnivel debido a que los botones se hallaban introducidos en ojales que no les correspondían. Bajo la mugrienta gabardina se apreciaba una camisa parda bastante ajada de cuyo cuello nacía una arrugada corbata de lanilla verde limón. El cuerpo se mantenía acoplado al respaldo del asiento merced a que tenía colocado el cinturón de seguridad. El tipo parecía dormido. Al menos esa es la impresión primera que recibió Joe Hortiz, quien, repuesto de la sorpresa inicial, alargó la mano y zarandeó con suavidad el cuerpo extraño. Nada, no obtuvo respuesta. Joe Hortiz consultó su reloj: si no se daba prisa iba a llegar tarde al pub donde trabajaba. Sin pensarlo dos veces, se quitó el abrigo, lo arrojó al asiento trasero junto con las partituras y se acomodó frente al volante. Antes de arrancar miró de nuevo a su mudo compañero de la izquierda. Volvió a zarandearle. Nada. Le tocó el cuello con los dedos de la mano, como había visto hacer en las películas a los detectives para cerciorarse de si una persona inconsciente continuaba con vida. Notó la piel fría, muy fría. "Está muerto", pensó, "está muerto y yo voy a llegar tarde al trabajo". Sin más demora arrancó el coche. Lo sacó a la calle y lo estacionó precariamente. Salió a cerrar el garaje, volvió al vehículo y se puso en camino.

"El piano dorado", el pub donde Joe Hortiz trabajaba, se encontraba a las afueras de la ciudad de York, a diez minutos en automóvil. A pesar de no ser todavía las seis de la tarde, había anochecido. La oscuridad reinante ayudó a que nadie se fijara en el singular acompañante de Joe Hortiz. El Volkswagen escarabajo atravesó la vetusta ciudad y cruzó la histórica muralla que bordea el núcleo urbano.

Ya en la carretera, Joe Hortiz volvió a preocuparse por el singular pasajero que llevaba a su izquierda. "¿Qué hago con él? ¿Lo llevo a la Policía? ¿Y cómo explico yo a la Policía lo de encontrarme un cadáver en el coche? ¿Quién diablos lo habrá depositado aquí? ¿Y por qué?" Entre pregunta y pregunta, Joe Hortiz miraba de reojo a su mudo compañero de viaje. De alguna manera no perdía la esperanza de verlo resucitar de un momento a otro, contemplar aliviado cómo se desperezaba y articulaba con boca pastosa incoherencias dictadas por una colosal resaca. Sí, Joe Hortiz deseaba con fervor que todo se redujera a una borrachera descomunal. Pero no, no olía a alcohol. El cuerpo desprendía un olor agrio muy peculiar, un aroma nada agradable. ¿El hedor de la muerte? ¿Estaría el cadáver comenzando a descomponerse?

Joe Hortiz llegó a "El piano dorado". En el estacionamiento del pub, una explanada de cemento delimitada con setos, tan sólo había un par de coches aparcados. A través de las vidrieras iluminadas del establecimiento se distinguían las siluetas de varios parroquianos. Joe Hortiz estacionó el Volkswagen en el lugar más apartado que encontró. "¿Qué hago yo ahora con este paquete?", se dijo contemplando a su inmóvil pasajero. Pero no dudó mucho. Haciendo gala de una sangre fría que jamás creyó poseer, Joe Hortiz salió del vehículo, se puso el abrigo con calma, se enroscó la bufanda al cuello, cogió la cartera de cuero que contenía las partituras y se dirigió a la puerta del copiloto. La abrió, se inclinó sobre el cadáver y desenganchó el cinturón de seguridad que lo sostenía sujeto al asiento. El cuerpo, libre de ataduras, se desplomó sobre el salpicadero. Por suerte para Joe Hortiz, no se trataba de un tipo de complexión robusta, así que lo asió por las axilas y, sin excesivo esfuerzo, se lo cargó sobre los hombros. Con el fardo a cuestas, Joe Hortiz se dirigió hacia la entrada del pub. Caso de haber sido descubierto en ese momento, no le hubiera resultado difícil fingir que ayudaba a desplazarse a un borracho. Afortunadamente no había nadie por los alrededores. Joe Hortiz llegó a la puerta del local, la abrió y, cargando con el muerto, penetró en un pequeño vestíbulo, una especie de recibidor donde la gente podía depositar las prendas de abrigo en los largos clavijeros de pared habilitados para tal fin. En ese momento sólo había dos perchas ocupadas de las que pendían una pelliza de piel y una gabardina azul. Joe Hortiz alzó el cuerpo inerte y enganchó el cuello de la trinchera de un saliente libre. El muerto, al quedar suspendido, se balanceó unos segundos. Al final detuvo su mínimo vaivén. Quieto, parecía un polichinela, una marioneta de tamaño natural. Joe Hortiz observó que las manos, colgantes, otorgaban al cadáver un aspecto simiesco poco edificante. Respetuoso con el difunto, Joe se las enfundó en los bolsillos de la trinchera. El aspecto del cadáver ganó en dignidad. Un poco más aliviado, Joe Hortiz se arregló el abrigo, se colocó la cartera de cuero con las partituras bajo el brazo y penetró en el local.

"El piano dorado" era un típico pub británico: acogedor, amplio, con luz no muy fuerte, paredes con predominio de madera. "El piano dorado" era el centro de reunión preferido de los habitantes de una villa colindante, gente sencilla, la mayoría pensionistas que consumían su tiempo libre al calor de una cerveza con los amigos. Pero "El piano dorado" poseía algo que lo diferenciaba del resto de pubs de la zona: un piano. Se trataba de un gran piano de cola de color dorado emplazado en medio del local.

Al entrar, Joe Hortiz fue saludado por los dueños del pub, un matrimonio de mediana edad que atendía detrás de la barra. Tras devolver el saludo, Joe Hortiz recorrió el local con la vista. Sólo había media docena de clientes, en su mayoría parejas de ancianos que ocupaban distintas mesas. Joe Hortiz se encaminó al piano y depositó las partituras sobre la tapa. El piano, de marca renombrada, sonaba bien. Lo único que molestaba a Joe Hortiz era que estuviera pintado de purpurina amarilla, no precisamente el color que él hubiera escogido. Joe Hortiz se dirigió a la barra y, como de costumbre, pidió un gintonic. Mientras se lo servían, se quitó el abrigo y salió de nuevo al vestíbulo. Allí continuaba el cadáver, tal como él lo había dejado, tan formal con sus manos en los bolsillos. Lo contempló con indiferencia, colgó el gabán en la percha más alejada del cuerpo que pudo encontrar y volvió al interior del local.

Sentado ante el piano, Joe Hortiz tomó un sorbo de su gintonic y depositó el vaso en una mesita adyacente, situada para ese fin. Agarró la cartera de cuero, extrajo de ella las partituras y las colocó con gran cuidado sobre el atril. Si bien Joe Hortiz tocaba la mayoría de las canciones de memoria, solía traer nuevas partituras para, poco a poco, ir renovando el repertorio. Comenzó el vespertino recital con "El lago de Como", melodía habitual que era muy celebrada por la concurrencia y que le servía a su vez para calentar los dedos. Terminada la pieza comenzó a tocar pequeñas variaciones sobre temas folclóricos locales. Las manos de Joe Hortiz recorrían el teclado nerviosas, intranquilas. Joe esperaba con ansiedad la llegada de los primeros clientes. ¿Qué harían? ¿Cómo reaccionarían al descubrir un hombre muerto suspendido de una percha?

A mitad de las "variaciones" hicieron su aparición por la puerta los primeros clientes desde que Joe Hortiz hubiera depositado el cadáver en el vestíbulo. Se trataba de un matrimonio de ancianos en busca de su ración de cervezas vespertinas. Joe los conocía de otras veces. No parecían sorprendidos, ni tan siquiera un poco extrañados. ¿Acaso no se habían percatado del cadáver? La verdad es que ambos llevaban puestos los abrigos, no los habían depositado en los colgadores del vestíbulo. Seguramente permanecerían con ellos puestos toda la velada. Los ancianos siempre parecen tener frío. Aun así, a Joe Hortiz se le hizo raro que ninguno de ellos hubiera reparado en el cuerpo colgante.

Joe Hortiz abandonó las variaciones sobre temas locales y comenzó a tocar la balada de Gilbert O'Sullivan titulada "Without Rhyme". Entró otro parroquiano, esta vez en jersey. Con toda seguridad había tenido que dejar el abrigo en el vestíbulo de la entrada. El visitante se dirigió a la barra y pidió un whisky con "ginger ale". No mostraba ningún tipo de excitación, su rostro no denotaba el mínimo vestigio de asombro. ¿Tampoco éste se había fijado en el muerto? ¡Qué extraño! Joe continuó con Gilbert O'Sullivan, ahora con la tonada titulada "Alone Again". Gilbert O'Sullivan era su cantautor favorito, había adaptado al piano casi todas sus canciones. A mitad de la pieza, sin embargo, casi se le paralizan los dedos al ver entrar por la puerta del local a un "bobby" uniformado. El policía se quitó el casco y, con ademanes resueltos, se dirigió hacia el mostrador. Allí, en voz baja, preguntó algo al dueño del establecimiento. Éste contestó también en un susurro mientras señalaba a Joe Hortiz con el dedo. "Dios mío", pensó Joe interrumpiendo la música, "ya me han descubierto". El "bobby" se encaminó con determinación hacia el pianista. Al llegar a su lado se inclinó y, con voz autoritaria, pero amable, inquirió:

—¿Es usted el propietario de un Volkswagen blanco, matrícula JH-318-YK?

—Sí —contestó Joe con un nudo enorme en la garganta—, ése es mi coche.

—Simplemente comunicarle que se ha dejado las luces encendidas y que, de continuar así, se va a quedar sin batería.

—Muchas gracias —balbuceó Joe.

Joe Hortiz se levantó y, todavía con una espiral de inquietud girando en su estómago, salió del recinto acompañado por el agente. Al atravesar el vestíbulo de la entrada observó de reojo que el cadáver permanecía colgado en su sitio. El policía, sin mirar hacia el cuerpo colgante, cruzó tras él. En la calle, Joe y el “bobby” se dirigieron hacia el Volkswagen que tenía, efectivamente, las luces delanteras encendidas. Joe Hortiz apagó las luces del vehículo y reiteró las gracias al policía. Este saludó llevándose la mano al casco y se alejó. Joe Hortiz esperó, a pesar del frío, a que el agente se perdiese en la oscuridad y luego tornó al pub. Se detuvo en el pequeño vestíbulo y contempló el cuerpo que, inerte, colgaba enganchado de la percha. Allí estaba, completamente visible. ¿Cómo era posible que nadie se percatase de su presencia? Joe Hortiz penetró de nuevo en el local y volvió a sentarse al piano.

Durante el resto de la velada el movimiento de entradas y salidas en "El piano dorado" fue el normal en un día laborable. En todo ese tiempo ningún cliente pareció observar nada anormal, ninguna persona dio la voz de alarma. Joe Hortiz, afectado por un creciente desasosiego que trataba por todos los medios de ocultar, se limitó a tocar aquellos temas que formaban parte de su repertorio habitual. No se atrevió con las dos piezas que traía para estrenar, carecía de la necesaria serenidad. Ya habría ocasión.

Llegó el momento de finalizar. Joe Hortiz estaba contratado para tocar de seis a ocho de la tarde, dos horas de esparcimiento musical que "El piano dorado" brindaba a su parroquia. Tratando de ocultar su nerviosismo, Joe Hortiz se levantó, cerró la tapa del piano y llevó a la barra los vasos vacíos de sus consumiciones. Tras unos minutos de conversación con los dueños, colofón habitual que no quería pasar hoy por alto, se despidió. Pasó al vestíbulo. Allí continuaba el cadáver, semicubierto por las prendas depositadas por los numerosos parroquianos que a estas horas casi llenaban el local. Joe Hortiz tomó su abrigo y su bufanda. Se colocó el gabán despacio y se enrolló la bufanda al cuello. ¿Cómo es posible que nadie haya reparado en el cadáver?, se preguntaba. Cavilando sobre tan singular fenómeno de invisibilidad, salió a la calle.

Metido en su Volkswagen escarabajo, Joe Hortiz puso el motor en marcha. Cuando estaba a punto de arrancar, vio que el dueño del pub se acercaba al coche y le indicaba con gestos que bajase el cristal de la ventanilla. Joe Hortiz bajó el cristal. El dueño del pub sonreía de forma singular. "¿Qué ocurrirá ahora?", se preguntó Joe Hortiz intrigado. El dueño del pub, sin abandonar su extraña sonrisa, sonrisa que vista de cerca más parecía una contracción sardónica, acomodó un codo en el marco de la ventanilla del coche y le preguntó:

—¿No olvida usted algo?

Joe Hortiz se quedó paralizado. Notó cómo la sangre afluía a sus mejillas y conjeturó que se había ruborizado. Por fin alguien se había dado cuenta del cadáver, y además sabía quién lo había traído. ¡En vaya lío se había metido!

—Verá, yo... — comenzó Joe Hortiz a disculparse.

—¡Cuidado que es usted despistado! ¿Siempre va por ahí dejándose cosas? ¡Tenga, tenga sus partituras!

Y le introdujo la cartera de cuero por la ventanilla. Entre balbuceos incoherentes, Joe Hortiz le dio las gracias. Se encontraba tan confundido que no sabía qué decir. Se disculpó por la molestia causada, deseó buenas noches al dueño del pub, levantó el pie del embrague y enfiló el camino que le devolvía a la histórica ciudad de York.

—“¡Uff!” —exclamó Joe Hortiz cuando se halló en la oscura y conocida carretera que le conducía a casa— “Un cadáver menos en mi vida”.

 



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