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La patrulla

El capitán Murray se pasó la manopla secante por el cuello y la frente. Hacía un calor infernal en aquel paraje desierto. El sol caía a plomo. Se detuvo, hincó la culata de su parafusil en la arena rojiza, y se dirigió a sus dos acompañantes:

- Este planeta va a acabar conmigo. Sólo sol y desierto, ni una puta sombra. Varela, ¿estás seguro de que fue en esta zona donde desapareció la patrulla de Lebinsky?

- Sí, capitán. Estas son las coordenadas proporcionadas por nuestra central en órbita.

El tercer personaje, el sargento Stacy, escupió sobre el polvo rojo del suelo y se colocó el parafusil sobre el hombro, el caño dirigido hacia atrás. Con voz cansada, dijo:

- Voto por que demos la búsqueda por concluida y regresemos a la base. Necesito una ducha de iones, y varias cervezas.

- Sigamos un poco más -sugirió el capitán Murray.

Su voz carecía de convicción. No obstante, los tres, con gesto cansado, reanudaron la marcha. Repentinas oleadas de polvo rojo se levantaban a consecuencia del viento, un viento apenas perceptible bajo un cielo sin nubes. Al cabo de un rato, el soldado Varela dio un grito:

- ¡Capitán, mire hacia allí!

El capitán Murray miró hacia donde indicaba el dedo de Varela. En medio de la calina que ascendía de la arena roja, vislumbró dos sombras, dos seres que parecían caminar hacia ellos, uno bastante más alto que el otro.

Stacy bajó sus prismáticos de plasma adheridos al casco, se los ajustó sobre los ojos y observó a las figuras. Luego informó:

- Su aspecto es humanoide. Uno es un tipo alto, corpulento y el otro un niño, probablemente su hijo, pues le agarra de la mano. Parece que el planeta no está deshabitado, después de todo. Es posible que puedan decirnos algo sobre los hombres de Lebinsky.

El capitán Murray desplegó también sus prismáticos y observó durante un largo rato a los seres que aparecían en el horizonte. Luego volvió a plegar los prismáticos sobre el casco y ordenó:

- Preparad las armas. Tened en todo momento encañonado al adulto. No quiero que me suceda lo que le ha podido ocurrir a Lebinsky. Esperaremos a que se acerquen.

Por el horizonte brumoso de calina, los dos personajes del desierto avanzaron hacia ellos sin apresurarse. El sol abrasaba. De vez en cuando, súbitos remolinos de polvo rojo surgían en determinados puntos del desierto, como si un dios implacable se entretuviera lanzando proyectiles de viento sobre la arena. Los tres componentes de la patrulla sufrían el inmenso calor con entereza. Sus cascos, pese a estar revestidos de silicona porosa, apenas si podían paliar el inmenso calor. Los tres regularon sus gafas de agua. Con la nueva graduación podían observar el paisaje sin las distorsiones producidas por la calina. Varela y Stacy quitaron el seguro a sus parafusiles y se colocaron en posición de espera. El capitán Murray se adelantó unos pasos. Era su manera de decir que él sería el interlocutor. La pareja de padre e hijo seguía avanzando. A su alrededor, las dunas parecían desplazarse movidas por un aire sutil y apenas perceptible. El capitán Murray conjeturó que sería fácil perderse en ese desierto. Dudó sobre si ponerse en contacto con la base en órbita, pero decidió que era prematuro. La extraña pareja que se acercaba no parecía representar peligro alguno. Sería magnífico que esos tipos les indicaran dónde encontrar a Lebinsky y su gente. También le parecía importante constatar que el planeta poseía vida humana. Pero ciertos espectros analizables de la materia del planeta parecía indicar que podía albergar vida inteligente. Y esa fue la misión que trajo a su superficie a Lebinsky y su patrulla de exploración. Y no habían vuelto a tener noticias de ellos. La patrullas de exploración tenían instrucciones de comunicarse al menos cada doce horas terrestres. Y Lebinsky no lo había hecho. De eso hacía ya tres días. Y por esa razón se encontraba él allí ahora. El capitán Murray tenía órdenes de averiguar qué le había sucedido a Lebinsky y su gente. Pero todavía no había hallado rastro de ellos ni de la nave que los trajo aquí; sin embargo, había averiguado lo que vino a descubrir Lebinsky, que había vida en el planeta. Aunque no era su misión, trataría de averiguar cómo eran y si representaban algún peligro potencial.

Los dos extraños personajes, el hombre alto y el niño, ya eran perfectamente visibles. El adulto era esbelto, de rasgos europeos, y llevaba vestimentas propias del desierto, varias túnicas superpuestas, largas y holgadas. Pero no llevaba sombrero ni nada que le hiciera las veces. Era extraño que pudiera soportar sin protección los inclementes rayos de sol. El niño que lo acompañaba aparentaba unos ocho años. Poseía también rasgos occidentales, pero iba tocado con una especie de turbante con ataduras metálicas. El hombre se mostraba serio, circunspecto, pero el niño sonreía. Quizás se hallase contento de ver a otros seres. Cuando estuvieron a cincuenta metros, el capitán Murray les dio el alto:

- ¡Deténganse! No avancen más.

El capitán Murray acompañó la orden con gestos, pues era probable era que los habitantes del planeta, distante de las rutas comerciales, no entendieran interlingua. Mas a pesar de la orden y los perentorios gestos, los dos personajes continuaron avanzando. El capitán Murray alzó su parafusil y repitió la advertencia:

- ¡Deténganse, por favor! ¡No avancen más o disparo!

Los dos personajes siguieron avanzando despacio. Stacy y Varela apuntaron sus parafusiles hacia el hombre.

El capitán Murray, sorprendido por el caso omiso que los caminantes hacían de sus órdenes, no sabía a qué atenerse. El sudor le corría por la frente, deslizándose por los canalones laterales de sus gafas de agua. En un último intento de hacer detener a los dos habitantes surgidos del desierto, el capitán Murray se colocó el fusil en postura de disparo y apuntó hacia el hombre:

- ¡Deténgase! ¡Éste es el último aviso! ¡Un paso más y disparo!

El hombre y el niño del desierto siguieron avanzando. Apenas les separaban diez metros de la patrulla. El capitán Murray disparó sobre el adulto. Los disparos dieron en el pecho y la cabeza del hombre, que se desplomó sin gracia sobre la arena rojiza del desierto. El niño se quedó contemplando el cuerpo desplomado de su acompañante. Sólo al rato miró hacia el capitán Murray y sus hombres. Su rostro infantil no mostraba dolor, sino asombro. Varela se acercó al niño, se acuclilló y le habló:

- ¿Puedes entenderme? ¿Hablas interlingua? Sentimos lo de tu padre, pero debíais haberos detenido. ¿No entendíais nuestros gestos?

Varela quiso acariciar la mejilla del niño, pero éste se adelantó y con una manita le tocó la frente. El sargento Varela quedó carbonizado en el acto. El capitán Murray y el sargento Stacy recularon del susto. Tomaron rápidamente sus armas, pero el niño, apuntándolos con su diminuta manita, les lanzó una corriente de fuerza desconocida que los paralizó. El niño se acercó a los cuerpos inmovilizados, les tocó a cada uno de ellos con su manita y ambos cuerpos quedaron convertidos en ceniza. A continuación, el niño, deslizando el extremo del lóbulo de su oreja izquierda hasta la altura de la boca, habló:

- Aquí Yudíf. Tres nuevos invasores han sido eliminados. Venid a buscarme. Y traed al equipo de reparación de autómatas. Mi robot de compañía ha sido parcialmente dañado. Necesitará una pequeña reparación.

 



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