Cuentos en espanol, Ecuador, Quito
atras a cuentos en espanol  

La hostería

Doña Vito era ya parte del paisaje, todas las tardes ella y dos de sus comadres salían a comentar las últimas noticias ocurridas en los alrededores; esto, para decirlo de buena manera, pero en realidad se juntaban para comer, mejor dicho para engullir a cuanto buen cristiano hubiera tenido la mala fortuna de cometer algún acto lejano del juicio y buen decoro que en la sociedad de aquel pequeño pueblo de tierra caliente debía reinar. Las damas en cuestión lo sabían todo. Que si la Lupita se casaba porque se había comido antes el tamal, que si le había robado el novio a su prima Lola. Que si el maestro de tercero aprovechaba el recreo para coquetear con la maestra de primero. En fin, nada escapaba a su ágil mirada y a su curiosidad febril y enfermiza. Se reunían bajo un frondoso laurel localizado cerca de la nueva carretera, ahí tejían suéteres y destinos.

A diferencia de lo que el lector pueda imaginarse, la gente del pueblo quería mucho a doña Vito, quien era la mente magistral de tan ufana actividad. No le era difícil saber lo que pasaba en el lugar, ya que se le consideraba como una especie de buena samaritana y todos los lugareños habían ido al menos una vez a contarle sus penas. Ella con su amplia experiencia y gran conocimiento daba consejos sin ton ni son. Desgraciadamente, la mayoría de las veces, más que mejorar situaciones las complicaba más. Aunado a eso, desperdigaba lo que le contaban, corregido, aumentado y la mayor parte de las veces mezclado. Total que así era ella y todos la querían así.

Una tarde doña Vito llegó corriendo, sin aliento, apenas podía hablar, se había enterado que iban a construir un lugar endemoniado, donde se darían rienda suelta a las bajas pasiones de los hombres indecentes, ¡qué vergüenza! Un hotelucho de mala muerte, de esos que en la capital llaman de paso, y justo enfrente de donde ellas se reunían.

Doña Vito estaba indignada, hizo lo posible por detener tal incidente, pero nadie le puso atención, todos la querían, pero como ya la conocían, no la tomaban en serio. Y así, ella y sus dos comadres gritaron, levantaron pancartas, hasta se acostaron frente a las aplanadoras. Todo, sin ningún resultado. La construcción de la Hostería del Camino fue llevada a cabo. Tras un mes abría sus puertas a la prostitución y el desenfreno.

Doña Vito emprendió una lucha implacable contra el hotelucho de mala muerte. Como cada tarde, se siguió reuniendo con sus comadres bajo el laurel, y con enorme diligencia al mismo tiempo que tejían, observaban a todos los que entraban y salían. ¿Cuánto demoraban? ¿Si eran conocidos, o si iban de paso? ¿Si llevaban maletas, o no? En fin, nada se les escapaba. La gente comenzó a incomodarse por la incisiva mirada de las tres señoras. Doña Vito decía que se trataba de una resistencia pasiva por la salvaguarda del honor de Tlahuaco, su pueblo amado. Además de que ese era su lugar de reunión y lo había sido antes de que a un chaparro pelón se le ocurriera construir algo.

Corrían cientos de chismes, que por cierto, no siempre eran precisos y a veces causaban problemas a quien nada tenía que ver.

Doña Vito tenía un hijo que la cuidaba; a diferencia de ella, era reservado y tímido, no le gustaba hablar de más y mucho menos criticar. Aunque tierno y cariñoso con su madre, ésta lo desesperaba por parlanchina y chismosa. Siempre estaba metida en líos y no pocas veces él también. Una tarde, mientras estudiaba un grueso volumen de filosofía, llamaron a la puerta. Se levantó entre sorprendido y molesto, por haber dejado sus ocupaciones. Abrió la puerta y se encontró con un hombre de baja estatura, complexión más bien gruesa, talante grosero y mueca socarrona. Después de una corta plática el hombre pequeño se fue y Luis (así se llamaba el susodicho hijo), cerró la puerta con rudeza, regresó a su libro pero ya no tenía ánimo de seguir estudiando. Sólo quería que su madre llegara. Al anochecer se oyó el cerrojo de la puerta y doña Vito entró a la pequeña estancia, donde ya la esperaba su hijo que se levantó y la miró directamente a los ojos.

—¡Ay mamacita!, ¿en qué te metes? Ya no puedes seguir haciendo chismes.

—No me digas nada que yo sé mi cuento, y sólo hago lo que me corresponde, ni más, ni menos; además, no me pienso quedar aquí encerrada porque a un chaparro pelón se le haya ocurrido construir un hotelucho inmoral frente al lugar donde siempre tejo.

—¡No, si no es sólo eso! Esto es la gota que derramó la jarra mamá. ¡Y se acabó! De ahora en adelante te vas a quedar aquí. No te puedes imaginar en qué problemas nos estás metiendo.

—¿Y quién eres tú para obligarme?, ¿qué te has creído?, si soy tu madre.

—Pues sí que lo eres, pero ya estás muy vieja y es un peligro que sigas correteando por las calles y enredándote en líos. Discúlpame pero ya no vas a salir, y si tengo que encerrarte lo voy a hacer.

Doña Vito calló, de sus grandes ojos claros brotaron lágrimas y después de ver el rostro enojado de Luis, bajó la mirada y se fue a encerrar en su cuarto.

Treinta años después regresé a Tlahuaco y fui a visitarla. Toqué la puerta y me abrió Luis. Con gran amabilidad me indicó que pasara, y ahí enfrente de mí, sentada en su viejo sillón, estaba mi comadre tejiendo. Cuando me vio se le alegraron los ojos, me saludó como si nos hubiéramos visto el día anterior y comenzó a contarme lo que había pasado con Juanita, la hija del abarrotero español que vivía al lado de la vinatería "La Providencia". Estuvimos hablando más de cuatro horas, como en los viejos tiempos. Al despedirnos, me guiñó el ojo y me dijo: —¿Supiste que la Hostería del camino es ahora un hotel familiar? —sonreí, le dije que lo sabía, y salí de su casa con un nudo en la garganta.



  Carros en Ecuador
  Bienes Raices en Ecuador
  Hare Krishna