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Rita quería vomitar

Rita quería vomitar los últimos 3 chiles rellenos, la tostada de pollo, el arroz y la barra de chocolate de la cual aún tenía el sabor en la boca. Quería vomitar todo lo sucedido durante las últimas 2 semanas. Quería vomitar los últimos 15 días, borrarlos de su memoria, eliminarlos, simplemente despertar y encontrar el salto en el calendario. La náusea era una bola que viajaba desde la boca de su estómago hasta su campanilla y retrocedía para volver a comenzar su recorrido.

—Depresiones no. No, no, no, no, todo menos eso —le había dicho su madrastra ofreciéndole una rebanada de pastel de 3 leches el día que llegó arrastrando todo el llanto y las secreciones nasales correspondientes a una espontánea ruptura con Tomás, su ahora ex-novio, un arquitecto recién graduado que, supo ella minutos antes de la ruptura, pronto contraería nupcias con una abogada de futuro prometedor.

Y desde ese día se había refugiado en toda clase de aperitivos, dulces, postres, platos fuertes o lo que encontrara en la despensa, el refrigerador, la mesa o la cafetería de la preparatoria.

El remedio había resultado peor que la enfermedad. Con el amor propio en el suelo, las mejillas desbordadas y una vergonzosa derrota frente a la báscula, Rita se acostó eructando una extraña sensación de chocolate y caldillo de tomate. Durmió una larga siesta.

Al despertar se pintaría el cabello (sólo Tomás había notado aquella vez que se había pintado el cabello de negro: ¡te pintaste el cabello! Que bien se te ve, pero tu boca, no hay boca comparable con tu boca, nada, nada en el mundo como tu boca), los ojos y las uñas de negro, y se vestiría del mismo color para verse un tanto mística, un tanto mayor, y para disimular uno o dos kilitos. Buscaría a Tomás para mentirle, decirle que en realidad había sido un pasatiempo, un lindo juguete para presumir, que lo había utilizado para crear personajes, plasmar sensaciones, que qué quería, que así era la vida. Él, por pura lástima, se daría la vuelta y se iría en silencio; o no resistiría las ganas de contradecirla, mucho menos en público, recordándole que era ella la que se había enamorado, que había sido tan tonta que no había podido ocultarlo (ni siquiera se molestaría en decir que le agradaba que las mujeres no trataran de ocultar lo que sienten). Ni tendría la cortesía de agregar que se le salía de las manos, que así era la vida.

Tomás era el futuro heredero de "La Giralda", un bar ubicado en un exclusivo sitio de la ciudad. Ahí lo encontraría Rita, saludando a clientes distinguidos, coordinando a los meseros y vigilando cada pequeño detalle; siempre preocupado en el cliente y en formar una atmósfera agradable que invitara a regresar. Nunca había llevado ahí a Rita, pues no descuidaría su trabajo por atenderla. Pero ella llegó esa noche sin invitación y sin credencial de elector.

—No le vas a negar una copa a una vieja amiga, porque, quedamos como amigos, ¿o no?

—Que gusto verte, Rita —dijo saludándola con sorpresa y aparente alegría.

Luz tenue, un trovador en el fondo, Tomás impecable con la corbata verde obsequio de Rita que resaltaba el color de sus ojos y una sonrisa falsa: todo tal como Rita lo había imaginado.

Tomaron la primer copa en silencio. La única juntos, porque él se disculpó y se paró de la mesa. Rita siguió bebiendo: una, otra, otra, otra, la última, la última, la última. Así comenzó la actuación. Llamó a gritos a Tomás:

—¿Cómo va mi canción, Tomy? Cántamela, no seas malito...

El ardor en la cara no dejaba pensar a Tomás en una buena solución, lo único que quería era sacar a Rita a la calle para no volver a verla nunca, pero que impresión se llevarían los clientes si botaba a la calle a una pobre adolescente ebria que se encontraba sola.

—Mira, vamos arriba para que te duermas un ratito.

—No, no, no. No vamos a ningún lado si no me cantas... ¿cómo va? Ella se llamaba Rita —canturreaba inventando—y tenía un vestido rosa... ¿o cómo iba? Tú me la cantabas, no te hagas.

—Creo que su nombre es Rita, no me acuerdo muy bien —le cantaba Tomás al oído, mientras la jalaba esquivando las miradas de los divertidos.—sólo sé que no la volvimos a ver... —recalcó entre dientes.

Parecía una auténtica borracha experta, residente en bares, organizadora de parrandas, niña fresa reventada.

—Hay Tomy, nada más tú me entiendes. Sigue cantando, síguele, síguele.

—Vamos arriba —le suplicaba sabiéndose cada vez más observado.

—¡Ah, no! A mí no me llevas arriba, yo no soy esa clase de Rita. Cántame otra, ¿no?

—¡Ya, Rita! —le dijo Tomás tomándola del brazo con fuerza.

—Nomás no me grites. No me grites. Arriba no —con sus actitudes de niña caprichosa y autoprotectora de su honra, había logrado atraer la atención de casi todos los clientes.

—Vamos a la oficina, está aquí al ladito, mira —imploraba Tomás y Rita supo que no soportaría la risa si continuaba así.

—Sssstá bien, Tomy, ándale, abrázame, así, bien rico...

Dio 3 pasos, estuvo a punto de caer, y Tomás tuvo que ingeniárselas para taparle la boca, sostenerla, y conducirla hasta el sofá de piel nuevo de su padre. Rita se acostó y se acomodó para dormir, y Tomás se sintió momentáneamente aliviado.

—Espérate tan-tititito —le dijo Rita y le hizo una seña para que se acercara antes de que él pudiera siquiera suspirar.

Los ojos de Tomás le quedaron tan cerca que confirmó que eran de hielo, al igual que sus manos y sus mejillas. Lo tomó por la nuca y entreabrió los labios, los de Tomás cedieron sin oponer ninguna clase de resistencia. A sólo un centímetro del beso un verde mar de plasma caliente cayó sobre la camisa y la corbata de Tomás, y otra ola salió antes de que él pudiera entender lo que pasaba. Riendo, Rita se puso en pie, atravesó sin ningún problema la habitación y salió sin despedirse.



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