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Mi último desayuno

¡Qué oscuro es este lugar! Las rejas al otro lado de la ventana son tan viejas y están tan sucias... ¡Cuántas historias guardarán esas paredes! Te contaré por qué estoy aquí. ¡Ah! ¿Ves mis moretones? Han pasado 6 meses y todavía se notan. Una huella inborrable en mi vida.

Ese día tomé la decisión. Tú comprenderás que no iba a aguantar más sus golpes, sus abusos. Cinco años de casados... Mi adolorido cuerpo ya no aguantaba un golpe más. Tan dulce y cariñoso que era cuando novios. Bueno, al menos eso creo. Ya casi no logro diferenciar entre los buenos y los malos ratos.

Aquella mañana me levanté temprano, el aroma del café recién colado perfumaba el pequeño estudio. Mientras él dormía feliz como un bebé, yo me preparaba. Después de vestirme para ir a trabajar, hice el desayuno. ¡Qué maravilloso es el olor del pan tostado con mantequilla! Todavía lo saboreo en mi mente.

Bueno, compañera, así eché el herbicida en el alero del balcón. Tú sabes que con tanta lluvia salen plantas, hierbas y hasta helechos por cualquier rendija. No, no sé dónde lo puse después. Juan Manuel debió haber nacido en un desierto y no en el Caribe, pues no soportaba ni una sola hojita dentro de las casa. ¿Por qué ellos me preguntarán tanto por el herbicida?

Luego acomodé la mesita de la cocina con su mantelito de cuadros, el jugo, las tostadas con mantequilla, la mermelada de piña -que tanto le gustaba- y el café. Lo hacía todo con tanto amor... ¿Puedes creerlo? Terminé y lo llamé. Juan Ma me contestó gruñendo algo así como que no lo jodiera, que ya desayunaría cuando quisiera. Me dio una sensación de angustia y coraje.

Tiré los platos del desayuno, tomé mi maletín, una maleta y me fui para nunca regresar. Ahora, tú eres mi única compañera, tienes que creerme.

 



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