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El exquisito sabor

Acababa de retirar del fuego un estofado de caribú. Había importado la carne del bóvido desde las frías tierras del Canadá. El guiso estaba policondimentado; despedía un aroma irresistible y detonador del apetito. Sin embargo, a pesar de ser un connotado gastrónomo, reconocido en todo Santiago e incluso internacionalmente; a Oscar de la Osa lo obliteraba una inquietud que no podía superarse con la fama. Deseaba abundar en el concepto de la multisaturación degustativa. Este fenómeno, según le había comentado algun antropólogo amigo, era perseguido por los romanos en sus orgías. Consistía en una suerte de catarsis, conseguida por la percepción de tantos sabores, al extremo de ya no conseguir la captación de ninguno. Para lograr deglutir tantos condumios en una sola ocasión, se autoprovocaban (sin conmiseración ninguna con sus respectivos aparatos digestivos) el vómito; y así lograban ingerir un nuevo plato.

También le había referido, el mismo especialista en culturas antiguas, que había sido el genial militar Fabio Máximo quien había alcanzado el éxtasis mediante la multisaturación degustativa; pero paradójicamente, no había ingerido, como podría lógicamente esperarse, variadas comidas, sino una sola. Cuando se inquirió a Fabio Máximo, en el foro latino, acerca del paradero del círculo de tribunos que conformaban la oficialidad bajo su mando, respondió parca y enigmáticamente: "Siguen siendo lo que ya eran". Las legiones habían regre-sado a Roma sin sus jefes después de una cena en celebración por las victorias obtenidas en sus campañas al sur de la península. Los comensales, los tribunos, planeaban el asesinato del cónsul Fabio Máximo; ya que este no gustaba de las maneras táctico-estratégicas clásicas, en las que las matanzas eran el punto culminante de las batallas. La sedición tuvo un final culinario misterioso… Senadores enemigos de Fabio Máximo especulaban que la comida había sido sazonada con alguna ponzoña, al parecer cicuta o arsénico; sin embargo no se encontraron los cadáveres de ninguno de los miembros del alto mando legionario que pudieran probar, con su fúnebre presencia, la culpabilidad de Fabio, el inimitable.

Oscar buscó su enciclopedia de cuarenta y ocho cuerpos; extrajo del anaquel el treceavo volúmen, correspondiente al tér-mino que lo urgía. Recorrió con su deslizante índice el margen de la página del erudito texto. Leyó: multicopista, multifila-mento, multípara, múltiplo, multisecular, multisábado, multisatánico, multisaurio, multisaumerio, etc. No estaba el vocablo requerido: multisaturación. Por no desaprovechar la pesquisa, interpretó lo que decía en una de las palabras más parecidas al término original:

Multisaurio: según el mito, es un animal mutante y estrictamente hervívoro. Usa como mecanismo de defensa la transformación, asumiendo el aspecto de una especie u otra, y confundiendo con esto a sus depredadores. Su exquisita carne es apreciada como un suculento manjar. Advertencia: el multisaurio cuenta con una muy sui generis forma de reproducción asexual.

Antes de devolver el tomo a su lugar, se fijó en los autores de aquella enciclopedia apócrifa. La firmaban un tal "Círculo de los Tetrarcas Pantibiblónicos". Lo colocó en su espacio reservado; y mientras lo hacía, sospechó la naturaleza de lo que había degustado el estratega romano. Con la idea de capturar un multisaurio, hizo abandono de la cocina, cambiando la sartén por el fusil. Se dedicaría exclusivamente a la caza del fabuloso animal; y llegar, en algún minuto, a extasiarse con su deliciosa carne, hecha de muchas carnes… Una fiebre de oro de la lengua lo desquiciaba.

En la remota ancestralidad de nuestro planeta, cuando los geriónicos helechos y los líquenes ciclópeos gobernaban y de-predaban al reino mineral. Cuando las leyes naturales operaban, a pesar de no haber sido escritas y ni siquiera descubiertas (regía un código silente). Cuando los trilobites y los ammonites pululaban los siete océanos de cientoveintiseis mares. Cuando se avecinaban las glaciaciones exterminadoras; y con ellas sus varios diluvios asociados. Cuando el ovíparo era el sumun de los mecanismos reproductivos. Hubo un ser, que más que un ser era un ente. Un animal capaz de transformarse de archeopterix en tiranosaurio, de tiranosaurio en iguanodonte, de iguanodonte en ictiosaurio, etc. ¿Qué fabuloso animal era este? ¿No son acaso el grifo, la quimera, y el pegaso sus helenas representaciones arbitrarias?

En la antigua Grecia había una secta de actores autodenominados como los histriones. Ellos sospechaban y adoraban a este portentoso elemento faunífero, pues era capaz de representar diversos papeles sin perder su esencia, su carácter de tal. Celebraban, estos cultores de ambos aspectos de la dramaturgia (tragedia y comedia), un torneo al que denominaban Certamen de las Nubes, ( porque son estos vapores condensados, tan multiformes como el animal venerado). En dicha prueba se validaban las capacidades actorales de cada cual, y según ellas se elegía un Gran Histrión, que tenía la función de dirigir los elencos del teatro. Para emular esta inaudita característica simulacional del multisaurio, inventaron la máscara; y además, sus fabulosas representaciones en piedra, donde predominaban la mezcla obsesiva de animales. Cabe señalar que este grupo de artistas escénicos eran vegetarianos, pues creían que así podían imbuirse de las propiedades imitatorias de la bestia valorada por ellos. Lo anterior también hace suponer que no sólo lo intuían sino que lo conocían propiamente en cuestión. ¿Cómo se había engendrado este ente sobre la faz de la tierra? ¿Cuál era el argumento científico que lo sustentaba? ¿Cuál era la idea biológica que le daba ser y existencia? ¿Qué es una galaxia, sino un átomo hipertrofiado? ¿Acaso será necesario decir que el multisaurio es una ameba descomunal y jurásica, cuyos seudópodos pueden imitar extremidades? Aún sobrevivía esta desproporsionada biznieta de los coaservados, y prima secular de los paramecios mitocóndricos y flagelados.

¿Cuál era la verdadera forma del multisaurio? Los histriones especulaban continuamente al respecto, y obtuvieron como conclusión, aparentemente irrevoca-ble, a la esfera. Tal hipóteis es falsa, pues ninguna ameba, por descomunal que sea, tiene forma. No es en ningún caso estructurada, menos vertebrada. Si no ¿cómo sustentar racionalmente el incuestionable hecho de la selección del protozoario jefe?

En efecto, en los recónditos bosques del sur se reunían los multisaurios, una vez más, allá en la anónima tierra del fuego. Están nuevamente para concertar el exámen de selección de un nuevo líder que debería guiarlos por los próximos cuatro años. Este era el evento decisorio que era origen del "Certamen de las Nubes", pero se exponía con mucha mayor exhuberancia y grandiosidad, por decir lo mínimo. Los remotos entes se colocaban en un espacioso círculo, en un redondel ancestral; y entonces el actual líder asumía diversas formas que sus retadores debían imitar si querían gobernar la manada. No conocían las destructivas competencias por hembras; por una simple razón: las amebas son asexuales. Pero estas habían superado la mitosis… ¿Diremos que el jefe actual fue armadillo, luego tortuga, luego caracola marina, luego ostra y finalmente langosta? ¿Será necesario referir que el nuevo cabecilla pasó de cocodrilo a iguanodonte, luego hipopótamo, luego rinoceronte, luego elefante, luego ballena; y que ganó por retener en su cuerpo la bella y sobria manera de un tigre con melena? Todos estos pormenores son irrelevantes, son el sabor sin sustancia, el sabor por el sabor, la fiebre palatal del oro, la extraña enfermedad del excocinero Oscar de la Osa. En la sangre del multisaurio, lo acechaba un veneno inaudito, casi inverosímil… Sí diré que al final se realizó una especie de celebración, en la que se relajaban hasta aparecer como gigantes huevos fritos animados. No sonreían, pero eran felices. La profunda alegría sin dientes de estos seres conmovía los glaciares de mi recóndita tierra del fuego. Los hielos son cristales, los cristales hacen espejos y los espejos imitan también las apariencias; por eso estos fríos monumentos postpatagónicos, estos febígenos de nieve; se sentían emparentados con los multisaurios. De todas maneras no sé si habrá algo, en la vastedad inexpugnable del universo, que no sea familiar de otra cosa; puesto que las más diferentes entre sí, se parecen, al menos, en que son distintas la una de la otra.

Oscar viajó al oriente, buscando orientación en su búsqueda. Vio entonces el interesante suceso anómalo que estaba esperando: un tigre paciendo tranquilamente en la jungla cambodiana. El asombro que le produjo semejante hallazgo, no le permitió ni tan sólo colocarse su fusil de precisión al hombro para hacer puntería. El animal se percató de la presencia de su potencial victimario. Mientras huía a la ca-rrera, en un estrecho trecho de seiscientos metros, fue tigre, fue antílope, fue mono, fue conejo, y terminó por escabullirse. Con esto el exgastrónomo, de la Osa, confirmaba su hipótesis acerca del presunto multisaurio, ante la irrefutable evidencia que le había expuesto el largavista de su arma de caza. La boca se le hacía agua de tan sólo imaginar el complicado y polifónico sabor que ya había sido degustado por otro mortal. Muchas serían las veces en que vería las inverosímiles secuencias de las que era capaz el multisaurio, muchas serían las veces en que la estupefacción no le permitía reaccionar predadoramente. No repetiré ni describiré las tantas veces que se internó en las muchas selvas del amplio y limitado orbe; muchas fueron totalmente infructuosas, las menos, casi ninguna le afi-maba sus convicciones.

Un tarotista le leyó el naipe oracular, y en una de las cartas del mazo apareció una imagen que el premonitor no conocía. Tal estampa horrorosa venía acompañada del arcano catorce "La Muerte"; con otro arcano menor que hacía suponer una desaparición extraña, que podría ser un naufragio, una abducción, un accidente inclasificado… El, Oscar de la Osa, lo interpretó como un éxtasis. Pudo saberse, por la locuacidad del naipe y más aún por la pericia del augur, que el escenario en que habría de acontecer este suceso, eran los hielos de Alaska, antiguo territorio ruso; y él había leído la bitácora de un mercader de esta nacionalidad en el que se refería una animaña demoníaca, casi fantasmal y multiforme…

Viajó al Canadá, estuvo en Ontario, en Quebec, en Toronto; para saciarse en algunas bibliotecas. La luz lo había tocado, esos gruesos rayos de sol que son asiduos lectores y criptógrafos. Había hallado su piedra roseta, su escultura aseveratoria. Entendió que los tótems polifaciales, polifrontes, eran una alusión de los aborígenes a la bestia que el promulgaba. Sintió una felicidad incontrolable; mejor dicho una alegría enferma y febril; pues no hay felicidad fuera de la sensatez. Sus deseos aniquilatorios estaban por cumplirse. Mas había pasado por alto la advertencia de su elocuente enciclopedia. Dejó el país de las dos lenguas por uno de gélidas leguas. Por ser imprevisible, no comulgó con los inuits; se fue solo sobre la otra tierra del fuego nórdica. No escuchó una antigua canción esquimal, sobre los peligrosos sabores existenciales; tampoco la espeluznante leyenda del buscador de caminos, sin la comprensión de la cual un joven no puede sentirse adulto, y menos aún, guerrero; pues no habría alcanzado el natilitiguirnik, el equilibrio primordial de una persona.

Divisó su posible presa, un zorro ártico, que hacía unos momentos, era un lobo. Distinguió semejante sutileza, pues la avidez, aún cuando es mal conducida, agudiza los sentidos. Ya el asombro no lo conmovía: la costumbre, si no estamos alertas, hace de lo maravilloso algo trillado e insípido. Hizo puntería y también blanco en un costado del animal, que para defenderse se transformó en un rumiante polar.

Mientras moría el cuadrúpedo fue, en un lapso breve y limitado pero infinito (sabemos que entre cero y uno hay incontables números), todos los animales que había sido. Tal sucesión es indecible. Concluyó siendo un cadáver de lo que fue al momento de ser cazado: un caribú.

Hizo una hoguera protegida por un hoyo, lo asó con el arte que había abandonado. Mordió sus carnes fastuosas y paladeó asiduamente. El gusto del que él se percataba, podría ser indescriptible, indescifrable para un profano. Era una secuencia de sabores. Primero tenía gusto a langosta, luego a liebre, luego a camello, luego a esturión, luego a águila, finalmente a caribú. Cada mordisco encerraba una serie degus-tatoria distinta que siempre terminaba con caribú, lo que fue el animal al momento de morir. Dos tercios de hora después de haber concluido su preparación, y simultáneamente a la ingestión, comenzó a sentir, con paulatinidad, una aversión a la carne. (Esto es a lo que yo llamo justicia; en la que el responsable paga sustituyendo con algo similar al objeto del crimen). No se había solazado a plenitud cuando se halló, súbitamente, transformado en animal, en cuadrúpedo, en bóvido, en caribú; pero seguía siendo mamífero. He aquí el inesperado mecanismo reproductor del multisaurio. Sólo entonces comprendió las enigmáticas palabras de Fabio, el contemporizador; y con ellas la locura de su pretensión.

Sin tener tiempo para reconocer su nueva apariencia, fue asediado por una jauría de lobos árticos. Sintió un fortísimo tirón de su irrenunciable instinto de conservación, y echó a correr sin aceptarse corporalmente todavía. Los caninos descubrieron la carne de "caribú"; la gozaron aullando. Sería la última que probarían. Los que hasta hace unos minutos eran sus perseguidores fueron, posteriormente, sus congéneres. Aún le faltaba una sorpresa más, y quizás muchos asombros incesantes. Huyendo de un cazador furtivo, los caribús, en estampida, se aproximaron a un rio de gélidas y salvadoras aguas. Saltaron al líquido, y en el aire, mientras caían, se hicieron salmones, nadaron quien sabe hacia dónde. El cazador no venía preparado para pescar.



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