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El ídolo

A Don Rodolfo Guzmán, Enmascarado de Plata, El Santo
A Héctor Guzmán

Mario Olmos trabajaba como taxista cuando no encarnaba su identidad secreta. En casa, era todo un súper héroe a los ojos de su pequeño hijo Brandon, lo que le llenaba de regocijo junto al nacimiento de su hija Karina, que cumplía un mes de vida por esas fechas.

Era lunes, y aunque Mario no era un hombre enterado de los avatares políticos de México, observó con alegría los resultados de las encuestas realizadas días antes, que ponían al partido de estado por debajo de la oposición en las próximas elecciones. Esto le parecía prometedor, ya que comenzaba a pensar que el constante aumento de precio que sufría la vida en México no era a causa de la naturaleza o el destino. A alguien tenía que atribuirse, y sin duda la lógica señalaba al gobierno.

Mario sólo compraba el periódico los lunes. Era, como tantos mexicanos varones, aficionado desde temprana edad al balompié, aunque su verdadera motivación para desembolsar ocho pesos a cambio de un montón de papel con tinta era otra: En la sección deportiva del diario, se buscaba a sí mismo. No buscaba una foto de un cuarto de tabloide, o de un octavo, o un recuadro siquiera. Buscaba únicamente una mención, una cita breve ya fuera en letras chicas o muy chicas. Pero no buscaba escrito Mario Olmos.

Tomaba Mario la hoja de deportes y buscaba su nombre, revisando rápidamente y de cabo a rabo las reseñas, y si en alguna ocasión llegaba a leer su nombre de pila en algún texto no se detenía para revisar si se refería a él. Mario era deportista y por ello se buscaba a sí mismo en las crónicas, por eso recorría cada lunes las líneas que se publicaban en rincones pequeños, en espacios que parecían un escueto relleno de los enormes titulares sobre el partido de ida que se había realizado el sábado en el Estadio Azteca; y su búsqueda tenía como objeto el hallazgo de dos palabras: Estrella Azul. Ese lunes era especial para el joven Mario. Había cumplido los veinticuatro hacía ya más de tres meses, y entonces, entre meditaciones sobre el tiempo que le restaba para poder lucir un físico joven, se había propuesto mandarse a hacer un equipo nuevo; por lo que recurrió a una sastrería especializada ubicada en Nezahualcóyotl. Se había levantado temprano como todos los días, había encendido el motor de su volkswagen de servicio público no sin antes haberse persignado frente al rosario que colgaba del espejo retrovisor; sólo que esta vez no tenía fija en la mente la idea de dirigirse al paradero del Metro Pantitlán a buscar pasaje: lo que Mario había decidido hacer a primera hora era desplazarse lo más rápido posible a recoger su nuevo equipo, ya que el martes había conseguido una fecha para presentarse por primera vez en su carrera en la Arena Naucalpan, una de las más prestigiadas de la periferia. Desde que se inició como profesional en la lucha libre, la Estrella Azul había pisado los cuadriláteros de varias arenas –sin mencionar las incontables participaciones en funciones de lucha al aire libre, en ferias y festejos de patronos locales-: San Juan Pantitlán, Azteca Budokán, Xochimilco y la que consideraba como su mayor logro en cuanto a locales prestigiosos se refiere: la Arena López Mateos de Tlalnepantla. Hacía tiempo que Mario había dejado de soñar el nombre de la Estrella Azul en las portadas de la prensa especializada o en las marquesinas de la Arena México de la Colonia Doctores, una de las arenas más prestigiadas del mundo. Le complacía, sin embargo, recibir la oportunidad de trabajar de manera relativamente constante, que le brindaban varios promotores del espectáculo de la lucha libre. Esa mañana, había detenido el volkswagen en la calle de Plateros. Dobló el periódico y lo introdujo en la guantera, sacó de su cartera los ochocientos pesos que tenía que pagar y se acercó a un zaguán negro frente al que descansaba un perro adormilado que parecía imposibilitado para abrir su ojo izquierdo. Tocó el timbre y salió un muchacho de unos doce años despeinado, con una camiseta estampada con el escudo de las Chivas del Guadalajara y pantalones cortos. El gesto del niño denotaba desconfianza. -¿Sí? ¿Qué desea? –Cuestionó el jovenzuelo. Mario sabía de buena fuente que en ese lugar se elaboraban las máscaras, mallas y demás arreos de varias de las estrellas más fulgurantes de la lucha libre, y no pudo evitar pensar que si él fuera uno de ellos el chico, en lugar de preguntar, hubiera entrado corriendo para volver casi de inmediato con el equipo en las manos, y en el mejor de los casos con una libreta y una pluma para el autógrafo de rigor. Miró hacia ambos lados como si en vez de recoger un encargo estuviera realizando una labor de espionaje para una agencia de investigación y describió lo que había encargado, a lo que el muchacho respondió diciéndole que esperara. Poco después el niño volvió con una bolsa de plástico negra entre las manos. –Dice mi tío que le restan ochocientos pesos. –Arguyó. Mario estiró la mano y entregó el fruto de muchas horas frente al volante. Volvió a su automóvil y cual niño ansioso al que su padre acaba de comprar el juguete anhelado y desea desgarrar de inmediato la envoltura, abrió la bolsa y extrajo la máscara de su propia creación, en cuyo frente se veía una estrella azul cielo compuesta de lentejuela, cuyo pico superior llegaba arriba de la frente, y los dos inferiores bordeaban la quijada. Todo lo demás era un fondo blanco con pequeñas piedras transparentes, espaciadas por dos o tres centímetros. Miró largamente la máscara y luego fijó toda su atención en las mallas: tela elástica blanca, dos líneas azules en los costados con una estrella azul a la altura de los muslos que parecía haber sido hecha a escala utilizando la de la máscara. Las rodillas estaban adornadas con un rectángulo y sobre él tres estrellas, una más grande arriba y al centro, dos más chicas abajo. Sobre la malla una trusa de luchador de elástico plateado. Las botas, que por primera vez había mandado a hacer –siempre y por ahorrar unos pesos las había utilizado sin ningún distintivo particular-, tenían también una pequeña estrella azul de cada lado. La capa era toda azul, cubierta de lentejuela grande.

Mario tenía decidido cambiar su equipo de luchar, pero había hecho oídos sordos a los consejos de su amigo Brian López, quien le había recomendado ponerse un traje con estilo espacial, lleno de picos y cuernos y una peluca en la máscara, muy ad hoc con la modernidad que la televisión había traído al espectáculo de la lucha libre. Abrazó la bolsa que contenía su otro yo y decidió no trabajar el taxi ese día, para ir a casa a mirarse con su nueva imagen. Para Mario, Estrella Azul representaba su faceta más plena: era el perder el anonimato sin perderlo, era dejar de ser taxista para ser héroe, era ser estrella efímera pero estrella, era el aplauso del público poco o mucho pero público al fin; era la ovación igualmente valiosa de la propia familia, acostumbrada a observar la gran mayoría del tiempo a Mario Olmos, pero que en los momentos en los que éste moría para dar paso a la Estrella Azul se convertía en una familia más gritando a todo pulmón dentro del coliseo pletórico.

Volvió a su casa temprano y saludó con un beso a su cónyuge. Vivía en una unidad habitacional del oriente de la ciudad, justo en los límites con el Estado de México. Los edificios estaban construidos con ladrillos naranja, y entre ellos se veía una plancha de concreto cubierta por niños que se divertían en columpios, resbaladillas y bicicletas. Todos los departamentos eran iguales arquitectónicamente, pero decorados de forma particular por cada familia. En el de Mario había fotografías de El Santo con marcos de madera barnizada, recortes de periódico de cada ocasión en que el reportero había mencionado su nombre –no pasaba de diez ocasiones en seis años que llevaba como luchador-, fotos de Estrella Azul en diferentes posiciones y hasta arriba, muy cerca de una imagen de la Virgen de Guadalupe, una fotografía suya con su esposa y con Brandon, cuando éste tenía cinco años.

Al entrar a su edificio, Mario sacó la llave de su departamento, fue al cuarto de Brandon y lo cargó. Deseaba desde hacía tiempo mandar a hacer máscara y capa para uso del pequeño –al que llamaba campeón mundial-, pero siempre sobraban los gastos en el hogar y el proyecto quedaba en eso. Mario no bebía desde aquella ocasión cuando tenía 19, en que trabajando como chofer estrelló la camioneta de su patrón por haber abusado de las copas. Esta vez, sin embargo, decidió enviar a Brandon por un par de cervezas grandes. La tienda de abarrotes se encontraba a dos cuadras de distancia, por lo que no le preocupaba en lo más mínimo que el pequeño de diez años se desplazara sólo hasta allá, y lo último en pasarle por la mente era el hecho de que era ilegal vender alcohol a menores. Se sentó y en vez de encender la televisión como cotidianamente lo hacía, pensó en correr rumbo al gimnasio a hacer algunas flexiones; le preocupaba sobremanera no cumplir las expectativas en su presentación en la Arena Naucalpan. Decidió ir a su cuarto y buscar unas mallas que utilizaba para entrenar, y en ése momento irrumpió Brandon cargando dificultosamente una bolsa de mercado con las dos botellas de cerveza. Resolvió Mario, intempestivamente, que el gimnasio no era menester en ése momento –de un instante a otro estaba plenamente seguro de su propia condición atlética- y sacó con un rápido movimiento el destapador de llavero que traía siempre en los bolsillos.

Luego de terminarse la cerveza, caminó a su cuarto donde su esposa Maira tejía sentada al borde de la cama matrimonial que recién habían comprado a plazos. Sacó otra vez el equipo y lo extendió sobre la cama esperando el comentario de la mujer, que siempre había sido su consejera en cuestiones de indumentaria. –¡Mario, se te va a ver muy bien! –Dijo Maira con una sonrisa en los labios. Se sentía orgullosa de tener un marido luchador. Mario respondió quitándose la ropa y vistiéndose con las entalladas mallas y la máscara, lo que su pareja observó atentamente dejando sobre el buró la prenda infantil que estaba elaborando. Cuando hubo terminado de ataviarse, Mario se contempló en el espejo del modesto tocador que habían adquirido cuando recién casados y miró a la Estrella Azul con asombro y hasta admiración, como si no se tratase de su propio cuerpo. Posó en varias posiciones como si lo estuviese haciendo frente a la cámara del reportero gráfico, se volvió y sonrió a su mujer. Parecía olvidar que la máscara cubría su boca, pero era en realidad Mario Olmos y no Estrella Azul quien sonreía en ese momento. Caminó hacia la puerta y la cerró de un golpe poniendo el pasador. Abrazó a su esposa y se entregaron a las caricias, para después quedar profundamente dormidos.

Cuando Mario despertó, su mujer había abandonado la cama para dirigirse a la cocina a preparar la merienda de Brandon. Miró el reloj, que ya marcaba las nueve de la noche. Durmió otra vez hasta las once con cuarenta de la noche. Volteó a su lado y Maira yacía profundamente dormida. Pensó en la Arena Naucalpan y su lucha del día siguiente.

Al amanecer, Mario se incorporó y observó que su mujer seguía dormida, pues Karina había estado despertándola con su llanto durante la noche, lo que era común, pero Mario era de un sueño tan pesado que ya había encontrado la forma de no despertar con los gritos de la bebé. Corrió a buscar algo de comer para no despertar a Maira, y encendió su taxi para ir a trabajar. Olvidó persignarse y salió de inmediato. En el refrigerador, había dejado una nota: “Nos vemos a las nueve en la Arena Naucalpan. Llevas a los niños”. Mario llevaba de nueva cuenta su equipo en la bolsa negra, y todo el día estuvo pensando en su presentación. Casi no charló ese martes con los pasajeros, pues prefería imaginarse parado con el brazo en alto en el esquinero del ring de la arena completamente llena de aficionados coreando a una sola voz el nombre de la Estrella Azul. Su último viaje lo realizó a las ocho con quince de la noche rumbo a la Colonia Obrera, en la zona centro de la Ciudad de México. De ahí, corrió lo más rápido que pudo hacia Naucalpan. La Arena Naucalpan era un local de tradición en el mundo de la lucha libre. En ella se efectuaban eventos de lucha libre los jueves y domingos, y recién había comenzado a transmitir sus funciones de los jueves por la noche en una cadena deportiva norteamericana, lo cual le daba cierto realce en el medio. Esta función era de corte extraordinario, pues no se acostumbraban los eventos en martes. Los fondos recaudados servirían para los gastos médicos del luchador Brujería, que había caído estrepitosamente sobre el concreto que rodea el cuadrilátero durante un encuentro y no tenía los medios para cubrir el costo de su tratamiento. Por ende, los luchadores que en solidaridad con el compañero participarían en esa función no recibirían retribución alguna. A Mario no le importaba. Entró al local, en cuya puerta había un hombre con una lista de luchadores. –Estrella Azul. –Dijo Mario sin más. –Pásale. –Fue la respuesta que el robusto encargado le dio. Mario entró por primera vez a los vestuarios de la Arena Naucalpan, donde dejó su maleta, que contenía el equipo que estrenaría además de cintas para las muñecas, aceite para el cuerpo y otros menesteres. Se puso su máscara y salió a la taquilla para pedir un volante con el cartel impreso (programa de mano, dicen en el medio). Al salir, un grupo de chiquillos corrió hacia a él empuñando toda suerte de papeles en la mano (libretas, programas de mano, servilletas) para pedir autógrafo. Estrella Azul dio todas las firmas que pudo y no pudo evitar, pese a tener seis años como luchador, sentirse sumamente halagado e importante. Al llegar a la taquilla y tomar el programa buscó su nombre, y lo encontró en la segunda lucha. La gente comenzaba a entrar y a percibir su presencia. Estrella Azul se escabulló en los vestidores. Empieza la función, y Estrella Azul se prepara para subir al cuadrilátero. La primera lucha, la de calentar lona, termina pronto. Un pequeño espacio antes del siguiente encuentro, amenizado en el sonido local por los éxitos musicales del momento. El público eufórico, las porras ruda y técnica sonando matracas y cornetas, lanzando por los aires tiras de espuma en spray hecha en China; el vendedor de cerveza, los mascareros, el ambiente pleno de fiesta y jolgorio popular. Una arena de lucha libre medio llena o medio vacía. Suena una canción y la tercia ruda emerge provocando al público con ademanes e insultos, y el público responde de la misma forma. La porra ruda y la porra técnica se hacen de palabras. El pasillo vuelve a convertirse en el foco de atención de la concurrencia cuando se percibe el cambio de música en el sonido local, de la tonada terrorífica que anunció el arribo de los rudos a una estridente melodía electrónica, que abre paso a los técnicos ante la algarabía general. Estrella Azul recibe el aplauso de la afición conocedora que no lo conoce. Sube al cuadrilátero el anunciador, toma el micrófono y presenta a los luchadores. Comienza el encuentro y Estrella Azul es el segundo de su esquina que recibe el relevo para ingresar a combatir. Toma a su adversario la Bestia del Apocalipsis por el brazo y lo lanza de un solo empujón a las cuerdas, para recibirlo de regreso con una quebradora. El público, ésa pléyade de rostros y de historias que se funden en una sola masa, que grita al luchador lo que desearía gritar al jefe, al marido, al mecánico, al proveedor, al tipo de las noticias, a los hijos; celebrando el movimiento realizado por la Estrella Azul que se siente pleno, grande, realizado. En ése momento, en la arena Naucalpan, únicamente existían Estrella Azul y su público. Sus admiradores que lo olvidarán al salir o al día siguiente o muy pronto, pero que de momento aplauden gozosos y satisfechos, llenos de admiración por lo que contemplan. Varios relevos, dos caídas –una para cada bando- y Estrella Azul, como lo tenía previsto, obtiene el triunfo con una llave de rendición en la tercera ronda. Noche de martes gloriosa e inolvidable para Estrella Azul, que de nueva cuenta, como seis años atrás, se imagina a sí mismo en las portadas de las revistas especializadas y en el turno estelar de la Arena México. Baja del encordado dando la mano a propios y extraños y se pierde de nueva cuenta en los vestidores mientras suena, a manera de festejo, la misma canción con la que fuera presentado junto a sus dos compañeros.

Mario Olmos se despide de promotor y compañeros, carga su maleta y se retira de la arena, para encontrarse con Maira y sus hijos que ya lo esperaban con impaciencia. Mario enciende su taxi y lleva a cenar a la familia con una sonrisa de satisfacción en los labios. Esa semana compraría el periódico en miércoles.



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