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Un domingo de sol

Cuando mis hermanas me preguntaron si no prefería esperar en la sala de estar, no dudé demasiado en aceptar. En realidad, sólo dudé lo necesario para que no pareciera demasiado obvio que era precisamente esa pregunta la que esperaba. Hacia varios minutos que trataba de encontrar las palabras exactas para decirles que me encantaba acompañarlas, pero que tal vez preferiría esperarlas afuera. Buscaba las palabras, cuando me hicieron la pregunta, y una vez más, mis queridas hermanas, leyeron mis pensamientos y me ahorraron todo el trabajo.

Algunas personas se sorprenden por la manera en que nos tratamos. Dicen que no parecemos hermanos, que detrás de tanta diplomacia y consideración debe haber algo malo, que no es normal que los hermanos sean tan educados entre sí. A la hora de buscar motivos, más de una vez nos han dicho que seguramente el origen británico de mamá -nuestra abuela nació en Birmingham- fue el que influyó en nuestro carácter. No lo sé, estuve en Londres, varias veces, y encontré gente que me hizo recordar mucho a mamá, y gente muy distinta a ella. Lo que sí puedo asegurar es que mi madre no es demasiado amiga de las demostraciones efusivas de los estados de ánimo. Nunca lo dijo, pero recuerdo con claridad su mirada, no de reproche, sino de desilusión, como si descubriera en nosotros cierta debilidad de carácter, cuando dejábamos trascender demasiado claramente nuestros sentimientos. Insisto, nunca nos lo dijo directamente, y nosotros tampoco lo hablamos. Fue algo sutil, que incorporamos como una segunda piel y que tal vez haya influido en nuestra forma de expresarnos.

Pero bueno, el tema en cuestión, es que habíamos decidido ir visitar a nuestro padre, que había caído en otra de sus clásicas depresiones, mezcladas con violentos ataques de alcoholismo. Creo que debería aclarar un poco este punto. Mi padre con el alcoholismo, como con todo, no se podía contentar con una simple constante dedicación a la bebida. No, eso hubiera sido demasiado sencillo. Cuando bebía era como esas focas de los acuarios que no paran de tragar pescados enteros. Lo hacía hasta caer inconsciente. Además las borracheras nunca venían solas, eran el paso previo a las depresiones, y éstas tampoco eran algo moderado. Podía pasarse semanas enteras en la cama, lamentando lo que él creía que era una desdichada vida.

Realmente me cuesta ser objetivo con mi padre. Siempre me pareció excesiva la violencia de sus debilidades. Hay cierta desmesura innecesaria en sus flaquezas, que me lleva, una y otra vez, a preguntarme si todo no será más que una muy estúpida e infantil manera de llamar la atención. De todas maneras, mi padre no parece, precisamente, una persona desamparada. Cuando uno lo ve tiene la convicción que está ante una de esas personas simples y vitales. De pensamientos rápidos. Uno de esos eternos deportistas de mirada limpia. La clase de hombres que las madres quieren para las hijas. Sus amplios hombros y el bronceado casi permanente, transmiten toda esa energía de macho saludable, que por algún extraño designio no heredé. Aunque debo aclarar que soy, por lo menos, veinte veces más sano y deportista que él, y esta desigual apariencia, ciertamente, la vivo como una injusticia. Pero es así, el gran seductor de la familia siempre fue mi padre. Tendrían que verlo sonreír, mientras se aparta un mechón de rubio pelo lacio de la frente, y tendrían que ver la cara que ponen las chicas cuando lo miran sonreír. Tendrían que haberlo visto en alguna de esas multitudinarias cenas familiares que le gustaba organizar, desplegando todo su carisma, seduciendo a su madre, a nuestra abuela, a mis primas, a mis primos, seduciendo hasta el último salero de la maldita mesa. Sí, siempre fue un gran seductor, pero además, mi padre es un hombre atractivo. Muy atractivo. Y eso entraña un poder que sólo puedo vislumbrar. Es decir, siempre tuve que contentarme con ser "interesante", "inteligente", "divertido", "dulce". Siempre tuve que amoldarme, y avanzar trabajosamente, cavar largas trincheras y esperar días, meses, años, por mi oportunidad, esperar que la chica se diera cuenta qué interesante podía ser ese muchacho que tenía al lado. No se confundan, no me va mal con las chicas, pero no soy, precisamente, uno de esos hombres que las mujeres giran la cabeza para mirar. En cambio mi padre sí lo es. La convicción, el poder, la tranquilidad, que da la belleza irrefutable, siempre estuvieron presentes en mi padre. En sus salvajes ojos verdes. Nunca lo decía directamente, pero retazos de conversaciones que alcanzaba a escuchar, comentarios de sus amigos de la infancia, frases irónicas de mamá, hablaban de todo un glorioso pasado de deslumbrantes éxitos con las mujeres, éxitos que, a pesar de todo, aún hoy continúan repitiéndose. Pueden imaginarse entonces que lidiar con ese espejo no resulto fácil. Luego de varios intentos fallidos, llegué a la conclusión que lo más razonable que podía hacer, frente a tanto derroche de seducción y belleza, era instalarme en el lugar del largo plazo, de "la profundidad", de la sensatez. De esa manera, trate de equilibrar un tablero, que en el fondo, sabía perdido. Nunca pude lograr que me abandonara esa sensación de que estaba conformándome con el premio consuelo.

Ahora, imaginen lo que sucede cuando un hombre de estas características, cuando un Padre, que es todo lo magnífico y exitoso que un hijo pueda imaginar, se derrumba de la peor manera. Sin embargo, debo reconocer que su caída no fue una absoluta sorpresa, siempre sentí que detrás de tanta fortaleza algo no terminaba de encajar. Claro que no había que ser demasiado perspicaz para tener esa percepción. Todavía recuerdo cuando era pequeño y mi madre nos advertía que papá estaba "muy cansado", que los últimos meses había trabajado demasiado, que iba a quedarse unos días en la cama, que no fuéramos a molestarlo, que no nos preocupáramos, que sólo necesitaba dormir. Recuerdo que mirábamos hacia arriba, hacia el cuarto de ellos, que tenía las persianas cerradas, y sabíamos que algo no andaba bien. Recuerdo esas malditas persianas cerradas y a mi madre pidiéndonos que no hiciéramos ruido. Recuerdo la vergüenza y la furia que me causaba ver a mi padre caer de esa manera.

Creo que, finalmente, nuestra madre se canso de todo ello. Se cansó de sonreír y responder con evasivas. Y sobre todo se cansó de aquellas terribles madrugadas, cuando él aparecía completamente borracho y prendía las luces de la casa, y arrastraba todo lo que encontraba a su paso. Cuando despertaba a toda la familia para explicarnos lo ruin que podía ser el mundo, la extraordinaria habilidad que tenían los mediocres para anular el talento de gente como él.

Recuerdo a mi madre enviándonos nuevamente a la cama, la recuerdo abrazando a mi padre, hablándole como si fuera un niño, convenciéndolo de que se acueste.

Sí, creo que finalmente se cansó. Aunque también estoy seguro que nunca volvió a amar a alguien como a mi padre.

Tal vez la ida de mamá fue lo que terminó de derrumbarlo, aunque no podría asegurarlo, creo que de todas maneras, ya nada podía impedir su caída.

-Bueno, ¿qué pensas?, ¿te parece mejor esperar afuera?-, me dijo Clotilde, mi hermana del medio.

Clotilde manejaba, y el sol golpeaba de frente sobre el parabrisas. La luz nos envolvía y la autopista, como suele suceder los domingos por la tarde, estaba vacía. Tuve ganas de comprarme un auto. Sólo para subirme a él en días como éste. Para andar por autopistas vacías. O mejor aún, para que alguien maneje, para que una hermosa imprevisible y tierna mujer maneje, mientras me recuesto en la butaca, como ahora, y dejo que la luz del sol caliente mi rostro. Clotilde se dio cuenta que estaba en otro lugar, y no insistió con su pregunta. Marcela, mi otra hermana, la menor, miraba por la ventana, en el asiento de atrás.

Prendí la radio y les dije que no estaba seguro, pero que tal vez, preferiría esperar afuera. Clotilde asintió con la cabeza. Marcela no dijo nada. Recorrí el dial hasta encontrar una vieja canción de Joni Mitchell, y me pareció apropiada para ese domingo de sol. Nadie dijo nada. Escuchamos la canción, dejamos que nos acompañara junto a todo ese maravilloso sol.

 

Tenía el cuerpo de una niña de doce años, desarrollada prematuramente y gastada antes de tiempo. Las huellas de una desaforada y precoz actividad sexual estaban allí. Tenía esa mirada cansada de quien recibió demasiado maltrato. Se acostaba boca abajo en el gastado sofá verde, y alzando la cola me preguntaba si me gustaría estar sobre ella. Se reía y decía que tenía unas ganas locas de coger, que le gustaría que en ese preciso instante la penetrara.

Empezaba a pensar que tal vez sería mejor idea entrar a la habitación de mi padre. Eso sí que debía significar algo. Finalmente, había decidido esperar a mis hermanas en la sala de recepción, si es que ese desagradable lugar podía llamarse así.

Sin duda tenía ganas de cumplir con los deseos de esa pequeña ninfómana. Pero no allí, no en esa desagradable sala, no al lado de una vieja autista que no quitaba la vista del televisor. Pensé en proponerle un pequeño paseo por el parque, me imaginé ocultándonos detrás de algún arbusto, bajándonos rápidamente los pantalones. Pero algo sucio corría por debajo. Había algo doloroso y triste en aquel asunto. No sólo era su edad. Tenía esa sensación de que estábamos usándonos, que en realidad, ninguno quería hacer el amor. O mejor dicho, que el sexo estaba allí para tapar una serie de cuestiones oscuras. Debo reconocer, sin embargo, que la situación me provocaba uno de esos conflictos de conciencia que tanto suelen atraerme. Era como estar sentado sobre un inmenso montículo de tierra seca, hundiendo los pies en todo ese polvo, jugueteando con la idea de desbarrancarme, de rodar hacia abajo, hasta golpear contra el piso. Sí, aquella vieja sensación de cornisa.

Se sentó en el gastado sofá, subió su ajustada remera justo antes de que comenzaran a verse sus pequeños pero firmes pechos, y me preguntó : - ¿Cómo me queda ?.

Tenía una pancita fláccida completamente inusual en una niña tan joven. De una flaccidez gastada. Era una pancita triste, dejada, como rendida a la rutina. A una rutina de azulejos de un blanco grisáceo.

Podía imaginarla tomando cocaína en una cocina semivacía. Era esa clase de decadencia. Pero no le dije nada, es decir, le dije "Te queda muy bien". El halago hipócrita es un lugar demasiado conocido para mí. Ni siquiera tengo que pensarlo, es lo primero que sale, con una naturalidad absoluta. Es más, si intentara decir lo que realmente pienso, creo que nadie me creería. Casi seguro que sonaría demasiado forzado.

Comenzó a aplastarse la tela de la remera sobre los pechos, y como con descuido se rozaba los pezones que empezaron a tomar cuerpo. Luego se enderezó sobre el sofá, se ató el pelo sobre la cabeza, dejando que desordenados mechones le cayeran sobre la frente, y como si leyera mi mente, me preguntó : -Bueno, ¿me vas a sacar de acá o no?.

La verdad, que no era una decisión fácil. Estabamos en esa sala de estar de un centro de rehabilitación y tratamiento de locos, drogadictos, alcohólicos, anoréxicas suicidas, y toda clase de trastornados. No era una clínica normal. Se trataba de uno de esos establecimientos para gente rica, mejor dicho, donde la gente rica manda a los parientes que ya les están causando demasiados problemas, sin sentir la culpa de internarlos en algún horrible establecimiento público.

Estudié las posibilidades. Era una especie de quinta o casa de campo. Un viejo guardia ubicado en el camino de entrada era el único control a pasar. En la sala, junto a nosotros, sólo estaba esa mujer, de unos 40 años, que no sacaba la vista del televisor y se balanceaba sin parar. Ella no iba a causar ningún problema. La puerta estaba abierta y no veía a ninguno de los enfermeros cerca. Solo teníamos que caminar hasta el auto, mi hermana había dejado las llaves puestas, y marcharnos. Ya veríamos qué le decíamos al guardia. Por supuesto que mis hermanas iban a enojarse, pero pensé que podríamos ausentarnos no más de media hora. Lo necesario para estacionar el auto en algún lugar descampado, hacer el amor rápidamente, y regresar. Incluso era posible, que pudiéramos regresar antes que mis hermanas salieran de la habitación. Y nadie se habría dado cuenta de nada. La opción me resultaba más interesante que la del arbusto. Me parecía más segura, y el auto me ofrecía el mínimo de tranquilidad que necesito para hacer el amor. Además, en el peor de los casos, si llegaban a descubrir que nos habíamos ido, ¿qué cosa tan terrible habíamos hecho ? Siempre podía decir que habíamos ido a dar un paseo, o a comprar unas gaseosas. Por supuesto que nadie me creería, pero de tomas maneras, ¿a quién le importa ?

-¿Y?, ¿me vas a sacar o me voy a tener que ir sola ? -insistió, y comenzó a tocarse por encima del pantalón. Así, con total naturalidad, sin ningún tipo de preámbulo. Y la intensidad de sus caricias iba en aumento, y comenzó a jadear, a jadear como una verdadera condenada, y hacía todo esto mirándome a los ojos. Me di cuenta que debía estar absolutamente colorado. Es algo que suele pasarme. Me doy cuenta porque siento los lóbulos de las orejas al rojo vivo. Mi sillón, ubicado en diagonal al sofá, se volvió repentinamente incómodo. Tenía que hacer algo, y rápido. La estúpida mujer, al lado mío, seguía con la vista clavada en el televisor, y no parecía haber nadie en la clínica en ese momento. Los afiebrados ojos de ella, que con cada nueva caricia contorsionaba aún más el cuerpo, parecían concentrar todo la maldita energía sexual del mundo.

-¡Cógeme, por favor, cógeme! -dijo y me miró directamente a los ojos, y no fue agradable. Ella leyó con claridad la forma de mi deseo. Entonces, cuando vi esa sonrisa perversa aparecer en su rostro, entendí de qué se trataba aquel asunto.

Pensándolo bien era casi obvio. Tendría que haberme dado cuenta antes. Se trataba, simplemente, de bajarme a su pequeño infierno. Había logrado sacar a relucir a mi demonio lujurioso, y ahora, que estabamos en el mismo plano, se sentía mucho mejor. Casi podíamos ser amigos, por lo menos, compartíamos la misma mierda.

Sí, no era más que otro jueguito sádico. Y realmente me enojó. Es decir, siempre me consideré una persona medianamente inteligente, y caer de esa manera en las trampitas de una adolescente calentona, me pareció casi insultante. De manera que decidí tomar las riendas del asunto y desmostrarle a esa pequeña ninfómana qué clase de hombre tenía delante.

-¿Así que te gustaría que te la meta ? -le dije apelando al lenguaje más descarnado que podía imaginarme, pero al mismo tiempo, utilizando un tono frío y distante. Dejando en claro que todo aquel asunto me tenía sin cuidado.

Sin embargo, apenas terminé de pronunciar esas palabras que me di cuanta que no solo no había tomado el control de la situación, si no que me sentía aún más incómodo que antes. Escuche el suave crujido de una silla, y supe de que se trataba. Allí al lado mío, aquella señora continuaba balanceándose frente al televisor. Obviamente, que no podía entender nada de lo que estaba sucediendo, pero igual me hizo sentir sucio. Y lo más extraño es que ese sentimiento de suciedad, sólo hacía aumentar mis ganas de metérsela a la pequeña ninfómana. Otra vez, allí estaba, bamboleándome. Mi juego preferido. A punto de sacar mi pija para cogerme a esa pequeña perversa a plena luz, y también a punto de llamar a una enfermera, para explicarle que esa pobre niña se había alterado, que quizás sería bueno llevarla a dar un paseo, o a jugar una partida de cartas, o cualquier maldita cosa que hicieran con ella cuando se ponía así.

-Mmmmm...-, dijo ella, y volvió a acostarse boca a bajo, volvió a parar la cola y comenzó a moverse como si le estuviera haciendo el amor.

-Bueno, dulce, me parece que te voy a tener que coger, no creo que pueda seguir aguantando que te muevas de esa manera -le dije. Ella me miró por sobre el hombro y siguió tocándose sin responder. De alguna manera me estaba rechazando, pude percibir que en su falta de respuesta había un rechazo, pero seguía masturbándose frente a mis propios ojos, y se calentaba cada vez más. Yo sabía que si me acercaba ella terminaría aceptando que le hiciera el amor, sabía que su deseo sobrepasaba con toda facilidad cosas mucho más débiles como el gusto o la elección. Sabía que podía aprovecharme de su pequeña locura, y ella comenzó a advertir que yo estaba dispuesto a aprovecharme. Leyó mis ojos con la experiencia de cientos de situaciones similares, y eso me hizo sentir peor aún. Miré hacia la puerta, afuera el sol incendiaba el verde del césped que refulgía como una manta de tortugas panza arriba. Vi pasar una enfermera con sus zapatillas de lona blanca, impecables. La vi mover acompasadamente su macizas piernas. Caminaba con esa determinación que tienen las mentes simples. El delantal, también blanco, parecía concentrar toda la luz del universo. Una pequeña nova paseando por el jardín. Envidié su vida de metas sencillas, imaginé el placer que debía sentir, cuando al llegar a la casa, se recostaba sobre su sillón preferido y se quitaba las zapatillas. Primero un pie, luego el otro. Imaginé la alegría de sus niños al verla llegar, los imaginé corriendo a colgarse de su falda. Supuse que tendría un buen esposo, que la vería caer rendida sobre el sillón, y le diría que se quede tranquila, que descanse, que esa noche él iba a preparar la cena. Imagine una cena humilde, pero sólida, real, cálida. Una cena humeante y suculenta. Un asado al horno, por ejemplo. Imaginé al marido hablándole desde la cocina, acercándole un vaso con vino. Lo imagine a él, con el repasador en el hombro, cocinando, satisfecho con su esposa y sus hijos. Imaginé que ella le hablaría de lo mucho que había mejorado uno de los locos de la clínica, la imagine hablando con ternura de alguno de aquellos ricachones, que no dudarían un segundo en dejarla en la calle. Imaginé todo eso y me reconcilié con el mundo. Imagine sus manos ásperas, francas, las uñas cortas, limpias. Volví a mirar sus pies hinchados apoyarse sobre el césped y todo lo bueno que hay en mí volvió a su lugar.

Tomé mi gastado sillón verde y lo apoyé justo sobre la franja de sol que venía desde afuera. Me recosté y dejé que la cálida luz me arrullara.

Miré la blanca pared que tenía delante. Siempre me tranquilizaron las paredes blancas. Observé como se encendía el aire alrededor, como se liberaba el espacio y todo parecía acomodarse. Como una cálida sensación de quietud se posaba sobre las cosas. Estiré los pies, y entrecerré los ojos. Pude sentir como la energía, dentro de mi cuerpo, comenzaba a fluir lentamente. Como un suave masaje. Como un cardumen de peces azules nadando a mi alrededor.

Una pelota de colores flota sobre las olas. El mar es una inmensa franja de pintura plateada, su brillo me quema los ojos. Escucho el sonido del mar. Me gusta estar allí. El mar, siempre me gustó el mar.

-Che, ¿te dormiste ? -me preguntó, y por primera vez me tocó, apenas, apoyando suavemente su mano sobre mi hombro.

-Si, puede ser -le contesté.

-Entonces... ¿no te gusto? - me preguntó con algo que parecía tristeza.

Me paré y fui hasta la máquina de agua. Apoyé uno de esos pequeños vasos de plástico y dejé que se rebalsara. Se me ocurrió que podría dejar correr el agua hasta vaciar el tanque, pero no lo hice. La mujer autista continuaba balanceándose frente al televisor. Traté de imaginarme lo que podría llegar a pasar si lo apagaba, seguramente no sería agradable. Tuve ganas de sacarle la manta que tenía sobre los hombros, ¡Dios!, una manta de lana en un día como aquel. Pensé en quitarle la manta, apagar la tele, y llevarla al jardín.

Me acerqué a la puerta, todo ese césped bajo el sol, todo ese verde, y el sonido de un regador automático, el zumbido del agua, intermitente, la luz del sol atravesando las gotas, el sonido del agua, apagado, cayendo sobre el césped.

 



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