Cuentos en espanol, Ecuador, Quito
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Materia gris

Es inconsecuente.
La letanía de luceros que te precede.
El prefijo de cuatro patas que te antecede.
La palabra misma que anuncia que llegaste, no me hace ninguna diferencia.
Cuando los días son tan largos y el pan tan duro, no vale la pena ni la mantequilla.

 

Creíste tú que al llegar se detendría la luna, a mirarte desde la esquina, sólo porque llegaste. Y yo que llevo aquí un mes, ni siquiera escucho la fanfarria de pasos que me quisieran encontrar, que me buscan por los rincones. Mi hola rebota contra el piso de parqué y la casa se asienta como cuando en invierno. Tú no te detienes ni a mirarte de reojo en el espejo del comedor. Ni siquiera tratas de reconocer con los ojos nuestra casa, la que llenamos de colores vivos para acabar muriendo de a poco pero rodeados de artefactos bellos.

Sé que tu conciencia no reparará en pensar que era de tiempo de regresar al hogar. El corazón tampoco se te agitará. Allí hay un hueco. De fondo eterno, donde no hace charco ni la cocacola de dieta que te almorzaste.

Preveo que volverás a irte por la puerta de al lado. O tal vez ese sea mi camino.

Esteban te está esperando a la salida del baño.

Yo ya no te espero. Yo lo que hago es contar migajas a lo Hansel y esperar a que quieras ser Gretel de nuevo.

Traté de mirarte a los ojos para volver a encontrarme el vacío. Y quise llamar a tus fieles para decirles que podía adivinar que tu aliento olía a refresco y donas frescas. Que estaba seguro de que te habías tragado una considerable cantidad de azúcar, y al menos por esa ofensa te castigarían. Pero esos seres que te acompañan comparten tu halo de grandiosidad. Entonces, no me creerían a mi. Sólo porque mis quejas están cargadas de emociones. Y eso nada tiene que ver con la ciencia.

Esteban me rompe el alma cuando sube los ojos y quiere mirarse en los tuyos. Dice que ya no le lees cuentos de ositos. Que prefieres que estudie gramática. Y la arquitectura de la comunicación y sé que nunca le conjugas la célebre frase de mi mamá me mima.

Mientras, tú le ofreces un seco "ya es hora de dormir".

Francamente, no sé porque no se rinde. Será la resistencia guerrillera de no haber vivido mas de 1,500 días, o la altivez de la ignorancia, o la simpleza de no conocer a otras mamitas que quizás juegan a las casitas con sus Esteban de miniatura.

Te acuerdas hace un mes… anunciaste que había un retiro en el mismo centro de Arizona.

Yo ya no le presto atención a tus anuncios porque los enuncias con el mismo tono monótono que usas para decirme que si no me uno a ti en esto, habrá un largo trecho entre los dos. Como si ya no existiese casi un eurotúnel entre tu piel y la mía.

A veces me río solo porque se que cuando me pregunten qué se hizo de Carmela que tanto te quería, tendré que decirle a todos que de ti no queda más que el razonamiento de tu existencia. El alma, que era lo que yo adoraba, la cancelaste con un aparato que mide emociones.

Te llaman al teléfono. Es Kate. Tantas carcajadas que te arrancaba antes. Le dices que necesitas verla y que quieres que conversen sobre mí, porque me ves algo alterado. Y ca-da-si-la-ba-tie-ne-la-mis-ma-en-to-na-cion. Ni siquiera te sonríes al decirle nos vemos pronto, ni siquiera se quiebra tu mirada cuando le dices gracias.

No me lo creo.

Te sigo observando desde la mesa de comer que nos regaló tu tía. Esteban se fue a su cuarto, te grita buenas noches. No le respondes. Yo me escabullo y subo la escalera. Llego a su cuarto y le susurro al oído "que sueñes con los angelitos" porque sé que si me escuchas, dirás que yo solo seré responsable de que el niño piense que su tranquilidad está en manos de otros.

Tus ojos son tan vacíos. Tienen el aspecto de un vaso sacado de la lavadora de platos después de tres días, enturbian hasta los lentes de tus espejuelos de leer. Esos que ya no usas porque casi ni lees. Casi ni miras, apenas me reconoces a mí. Ultimamente es como si no tuviera carne en mis huesos. Soy el sujeto de tus mejor pensadas oraciones, pero mi labor es pasiva, mis verbos son transitorios, y en tu vida no hago mas que existir.

Recuerdo la primera vez que conociste a Kate. Había nevado un poco y la carretera estaba vestida de hielo, pero tú estabas estornudando mucho. Ofrecí llevarte a la farmacia, porque sabía que si iba por ti, lo más seguro compraría el remedio equivocado. A ti te gustaba escoger con cautela lo que entrara a tu cuerpo. Típicamente comprarías Robitussin, porque siempre, aun si pasaras 40 minutos comparando etiquetas, siempre comprabas Robitussin. Yo te esperé en el carro, pacientemente, mientras decidías. A la media hora, apareciste sonriente y sacaste de la bolsa un frasco de equinacea. Hasta ese momento jamás habíamos oído hablar de esa hierba. Pero una mujer, dijiste, te recomendó que la tomaras, que te sentirías mejor, que por qué tomar remedios artificiales, que Robitussin era pura azúcar. En el otro lado de la bolsa escribió su teléfono, te dijo que la llamaras si te sentías mejor. Y dijo que adivinaba otros malestares en tu cuerpo y que cuando estuvieras lista para tratártelos, ella te sugeriría algunos suplementos naturales que te ayudarían a recuperarte.

Siempre fuiste muy celosa de quien entraba a nuestra casa. Tus amigas eran selectas. Me protegías a mí, a Esteban de cualquier ser furtivo que calara en nuestra intimidad. Pero Kate te hechizó con la sequedad de su tono, pensaste que era inofensiva, sentiste pena por su soledad y te atrajo sustancialmente su sapiencia en temas científicos, su acercamiento racional a la vida, su rechazo a la televisión, el baile, y la botella.

La equinacea te ayudó mucho… Pero la voz de Kate resonaba en tus oídos para recodarte esos otros males que nunca antes te habían acechado.

Te acuerdas cuando te besé la primera vez? Lloraste porque tu intuición te dijo que al fin nos habíamos encontrado. Entonces creías en amores eternos, en almas gemelas, en quimeras. Yo por eso me hice tu sombra, porque me derretías con tu sonrisa, porque tus pestañas me abrían las puertas a los sueños, porque eras una mujer con piel y pulso acompasado a la ilusión de vivir.

El primer día que almorzaste con Kate me preguntaste que si yo sabía qué eran los sentimientos. Tenías curiosidad por descubrir la fibra misma de la emoción y cuando Esteban te abrazó esa noche, trataste de identificar exactamente qué era lo que te provocaba esas ganas de protegerlo y volverlo a meter en tu vientre. De tanto pensarlo, te convenciste de que te estabas dejando dominar por la concepción ridícula del instinto que nadie había podido probar.

Al otro día fuiste a la librería. Llegaste con dos libros de Hubbard, te encerraste a leerlos y llamaste a Kate para discutir lo que ahora sería tu recién adoptada filosofía.

Esa noche te dije que me preocupaba la seriedad con que estabas tomando el asunto. Te prohibí que cancelaras mi subscripción al periódico y te pedí de favor que no siguieras adelante con tu idea de no abrazar a Esteban más de dos veces al día para no hacerlo dependiente de las emociones.

Lloraste por última vez porque tu esposo no entendía tu nuevo descubrimiento del origen de las cosas.

Desde entonces no haces más que reunirte con esos seres de piel mustia que sonríen a media asta. Que nunca gritan. Que hablan en el mismo tono.

No podía más y tuve que espiar tu conversación con Kate. Le dijiste que el retiro había sido muy revelador. Que el progreso de tu estado humano estaba detenido y que yo era el culpable. Que el líder te aconsejó que rompieras toda relación que esperara una unión puramente sentimental contigo.

Entonces fui a abrazar al niño. Sospecho que hasta aquí Carmela. A menos que te acuerdes de quién fuiste y quieras volverte a presentar. En esta vida nuestra ya no pasa nada.

La última vez que te escuché decir mi nombre estabas discutiendo la máquina de las emociones. Por lo que pude oír, querías que me sometiera a una prueba que mediría que tan sentimental yo era, cuales eran mis reacciones a vivir una vida dirigida por la razón, y qué tanto sentía yo sobre ti, porque si era demasiado, había que descontaminarme para convertirme en espejo de los otros seguidores que cada vez más se parecían a mí.

Carmela, para qué medir con un aparato lo que siempre leíste en mis ojos. Creo que siempre supiste que si me mirabas directo al iris, encontrarías el camino de regreso a casa. Pero no quisiste darnos esa oportunidad. Y mientras Esteban soñaba con angelitos, preparé su maleta y la mía, para dejarte el camino libre, para provocarte llanto, para ver si te daba miedo quedarte sola.

Pero lo único que alcancé a escuchar fue: recuerda cerrar la puerta que entran las ardillas y no me dejan dormir.

 



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