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Sus ojos

Es difícil distinguir si es buen jazz el que suena en la casa de al lado, se dice y los mira, aturdido por el humo y el mal vino. El piano parece meterse a tiempo detrás del saxo alto pero eso puede pasar hasta en un disco para la sala de espera de los dentistas. De chico apenas le hicieron el examen bucodental porque era gratis y todavía recuerda que cuando el dentista le aconsejó aparatos la madre contestó que era imposible dado que no tenían dinero. Una vez Arturo, sabe que se llamaba Arturo porque la enfermera que debía ser la esposa no le decía doctor sino que lo nombraba, le sacó una muela equivocada. Mal odontólogo Arturo que le creyó sin advertir que el dolor podía doler ahí y la muela mala ser otra. De todos modos la culpa es suya, acepta y los mira, porque a sus dientes fue él el que no los cuidó. Ya a los treinta años tenía la dentadura de un anciano y eso de alguna manera lo reconfortaba al compararse con Charlie Parker que se murió a los treinta y seis años y el médico que hizo el certificado de defunción, a simple vista, anotó que por lo menos el occiso tenía sesenta. No, seguro que no es Charlie Parker el que suena, piensa y los mira, deduciendo que el fraseo es demasiado melódico. Iba al dentista sólo cuando no quedaba más remedio que extirpar la pieza dentaria, lo cual hasta le producía cierto placer. El rito comenzaba desde que sentía la inyección de anestesia y luego poco a poco el deslizar suave del dolor hacia la nada, una especie de ausencia de si mismo, aunque solamente fuera en la boca. Pero el momento de mayor exaltación era cuando le sacaban la muela. Siempre le produjeron un raro placer las expulsiones. Un placer, no puede explicarlo mientras los mira, malsano, que lo remite a disfrutar de algo sucio, cierto palpitar frente a la escatología del pus arrancado de un grano como si estuviera destripando a un asesino grande y feo, sacándole las vísceras a alguien odiado y execrable, pongamos por ejemplo a cualquiera ante su imposibilidad de darle nombre o rostro a enemigos que no tiene, que no ha sabido tener, se confiesa. No parece el Dave Brabeck Quartet y mucho menos Oscar Peterson, razona y los mira y tal vez, se dice sin dejar de mirarlos, el buen jazz sólo suena en noches de invierno porteñas o de verano bochornoso en Tenesee y fuera de eso el jazz sea malo. Tal vez sin whisky ni un bar, arriesga y los mira, sin un amigo o una mujer fatal y viva, el buen jazz no exista. Tal vez Miles Davis no suena en noches como esta, donde quedarse en el pequeño altillo de la vieja casa familiar y vacía es tan estúpido como inevitable. Podría salir a caminar, se propone en vano y los mira. Recuerda que se debe el trayecto que une el pasaje Murcia con Luis Viale, o las calles que anduvieron Adán Buensayres y Jacobo Fijman. Tampoco caminó a fondo Palermo y sabe que eso lo inhabilita para entender a Borges, piensa, y se ríe de su pensamiento disparatado y pretensioso. Será posible, piensa y los mira, que todo sea mala literatura, peor, una literatura que se le quedó afuera de las hojas, al margen de los márgenes, más arriba del renglón de arriba y más abajo que el de abajo. Solamente un pedacito de madera de la mesa le ofrece un espacio en blanco pero ni una frase corta y contundente le sale, ni se le ocurre cómo describir un cuchillo o músculos en un frasco con formol. Ruindad, escribe apenas con un dedo sin tinta y los mira. Una ruindad, se confiesa y los mira, es lo que hizo de su vida. No quiere imaginar las hazañas que siempre imaginó. No quiere volver a soñar despierto y confirmar así todo aquello que no pudo ni podrá hacer. Si por un instante se dejara convertir en un asesino en serie o en un hacedor de milagros se le haría demasiado dolorosa la eternidad de no serlo. Un reflejo involuntario y violento mueve los dedos de sus manos,
tensándolos como tenazas, como cada vez que se le antoja la quimera de ser un músico alucinado, y cada vez la ausencia de trompeta fue un despertar siniestro, el regreso de un horror inútil, para reconocer su cotidiana realidad como un castigo
mucho más siniestro que la pesadilla de no ser él igual al que se deseaba soñado. Tampoco es Ray Charles el que suena en la casa de al lado, se dice y los mira, mientras deduce que debe estar ya bastante borracho como para pensar siquiera en esa probabilidad. Ray Charles es ciego y cuando toca el piano baila como un títere sin hilos, gracioso y torpe, genial, reflexiona, y lo imita. Aceptar que él no era un genio, recuerda y vuelve a reír, le llevó treinta años de su vida. No fue tan desagradable aceptarlo; al fin y al cabo nada más que otra decepción. Lo verdaderamente espantoso fue reconocer que durante esos treinta años había creído algo que no era cierto. Ni el Vaticano ha hecho estafa semejante a la que él hizo consigo, ni ha jugado nadie con una buena fe como burló él la suya, engañándose sin piedad, con una convicción y esmero para traicionarse, a moneda por año, como un Judas de si mismo, como un Pilatos disfrazado de Cristo, como un mártir de la nada, héroe de pacotilla. Excepto esa breve agonía en la fe de sus hazañas, descubrir que no era un genio fue casi una solución, susurra y sonríe resignado y los mira. Quedó liberado de la permanente zozobra por dar respuestas, suelto y liviano de las viejas ansias por ser un testimonio inapelable y un ejemplo. Nunca más a nadie, entonces, debió explicación. No era mala cualidad, argumenta sereno y los mira, dejar que fueran otros los que produjeran los acontecimientos, los que viajaran a Calcuta o compusieran Take Five. De allí en más creyó que podía esperar que la vida simplemente le sucediese, casi sin su intervención o por lo menos con una intervención cadenciosa, de buen espectador, educado, sin euforias, siguiendo el ritmo a ritmo correcto desde la platea. Con esa feliz docilidad, en ese plácido abandono vivía cuando la conoció. Fue nada más que una cuestión con sus ojos, literalmente. Cuestión, question, juega con las palabras y los mira, sinónimo de pregunta, alguna vez pregunta sinónimo de tortura, tortura desde aquella tarde en que los vio, sinónimo de ella. Un problema irresoluble sus ojos, una paradoja verosímil, una trampa trágica de mujer fatal y viva. Ignore esta señal, parecían decirle cada vez: venga y no nos mire, mírenos y váyase, váyase y vuelva para mirarnos, enloquezca. Andando enloquecido anduvo sin poder escapar del mapa que él mismo trazaba siguiendo la mirada de ella, lleno de puertas y ninguna salida. En apariencia nada le impedía olvidarse para siempre de sus ojos, pero había sufrido un encantamiento glorioso o atroz, poseído por el mal o la suprema santidad. Es mentira la voluntad, grita y se ríe, ahora casi idéntico a Ray Charles, y los mira. La voluntad le sirve sólo a los cobardes para gestos tan vulgares como dejar de beber alcohol o recibirse de abogado, pero para los actos heroicos no alcanza, más aún, es molesta y moralista. Para realizar hechos verdaderamente trascendentes, para robar el cáliz de una parroquia pobre o intentar cruzar un desierto tratando de encontrar a una mujer y soportarlo todo y al fin lograrlo y llegar a ella y mirar sus ojos solo un instante y luego inmediatamente regresar padeciendo el doble y sabiendo que toda su vida volverá a cruzar ese desierto nada más que para verla solo un instante, es necesario tener el alma desquiciada, la razón oscura, la sangre mezclada en el aliento, grita ahora sin reírse y los mira, orgulloso, satisfecho de haber sido capaz de aquella hazaña. Ella fue la eucaristía en ese cáliz y el maná prometido en el desierto y por sus ojos perdió resignación y creyó otra vez que su vida y que las cosas podían pertenecerle, héroe resucitado. No se puede hablar de amor en estos casos, razona y los mira. Cuando es tan grande el amor ya no se trata de amor. Es otra cosa, un sentido de más y malformado, un gen extraño que se desata, un milagro del demonio. Puede ser que sea John Coltrane, analiza y los mira, aunque la melodía parece excesivamente clásica. No hay modo de saber en esta noche terrible. No hay modo de distinguir si se trata de buen jazz o no el que suena en la casa de al lado. En ese aspecto con el tango no pasa lo mismo. El tango es bueno siempre aunque sea malo y Troilo era gordo, de acuerdo, acepta y los mira, pero era negro, un negro gordo y blanco equivocado y genial que se confundió y agarró un bandoneón en vez de un saxo alto, y Charlie Parker debería haber compuesto La Yumba, y Gillespie ser parte de la orquesta de Pugliese, y Amstrong arreglar las melodías para que todos toquen con él, desespera y los mira, en una noche triste como esta. Sus ojos son perfectos, argumenta y los mira, sin miedo a acusarse de exagerado. No haber sabido ser un poeta no lo descalifica para sentenciar cuando sabe una verdad absoluta, y sabe que hay una única verdad absoluta, indiscutible, heredera de algún misterio Divino: los ojos de ella, perfectos, le pertenecían. Todo lo demás, la guerra o las montañas, el mar o los recién nacidos, el universo entero o el resto de su cuerpo de dama sin límite, formarían parte del olvido. Qué importaba su sonrisa ingenua o su risa cínica, o las primeras noches en que contarse las vidas parecía el mayor descubrimiento, o su olor a jazmín, o la vez que bailaron Extraños En La Noche cantando mal a capella en el río, o el acuerdo entusiasmado para vivir juntos, o la alegría de ese tiempo en que creyó que la felicidad era un sitio a donde ir y había llegado. Nada de eso importó nada y tampoco haber descubierto que la felicidad era una mala escenografía, rápidamente desmontable, quedándose solo en escena, peor que desnudo, viendo como ella se alejaba dejándose ver exactamente en aquello intolerable, y tolerarlo, porque solamente importaban sus ojos, recuerda y los mira. No importaba ella, quién fuera realmente, lo que le pasara o lo que sintiera, no importaba él. Lo impostergable era aferrarse a su mirada como un niño al pecho de su madre, seguir teniendo fe en la perfección de sus ojos y en la ilusión de que le pertenecían. Ese fue su error, se confiesa y los mira, admitiendo que a ella no puede culparla. Cuando descubrió que se había engañado ya era tarde. En el mapa que él mismo había dibujado ninguna salida elegante era posible. No era posible, admite y los mira, decir adiós, ni hacer escándalos, ni plantear nada, ni desaparecer, ni volverse místico, ni pegarle, ni darle ordenes. La única posibilidad era seguir creyendo que sus ojos perfectos le pertenecían, incapaz de soportar el sufrimiento infinito de no verlos cuando ya no estuvieran frente a él. No era posible, acepta y los mira, otra solución, para poder dedicarse el resto de su vida a mirar esos ojos de mujer fatal y muerta, que le pertenecen, aplicado solo a eso, oculto en la vieja casa vacía, sin enterarse si el que suena es John Coltrane.



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