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Silvia

Al abrir los ojos, en medio de la oscuridad, tengo la sensación de flotar a la deriva, de ser el protagonista de una de esas ecografías en las que una madre, entusiasmada, ve los primeros espasmos de su bebé a través del monitor. Me veo rodeado de un mar negro de interferencias, como si mis ojos fueran dos negros botones anegados por la oscuridad y mis dedos, prácticamente transparentes, formaran un tejido gelatinoso. Incluso siento mi corazón como una pequeña avellana de cartílagos.

¿Dónde diablos estoy? ¿Adónde he ido a parar? La oscuridad es total. Poco a poco, obedeciendo a la necesidad de una explicación, he tejido, con una sospechosa facilidad, una teoría descabellada. Pienso que es probable que acabe de morir, que, después de todo, Renoir haya cumplido sus amenazas y me haya asestado esos doce tiros que tantas veces me prometió, y que yo me encuentre, ahora, en ese exacto lugar entre la agonía y la vida, esperando mi turno para nacer de nuevo. Dicen los tibetanos, que la reencarnación es “la más poética de las formas de morir”. No hay otra explicación para este intenso, penetrante y característico olor a formol, para esta viscosidad en que parezco flotar carente de gravedad, para esa luz que, en la distancia, no deja de parpadear (indicándome un sentido, la obligatoriedad de un camino). Espero mi turno para nacer. Estoy en el vientre de una madre. Sólo me desconcierta una cosa. Mis recuerdos. Aunque vagos, me acompañan como un lastre. Supongo que, cuando alcance ese punto, esa luz distante, todos estos recuerdos se borrarán y yo atravesaré esos telones de membranas, esa estrechez en el cuello del útero y saldré al exterior. Sólo entonces, mis recuerdos, al contacto con el oxígeno, desaparecerán a la señal de mi llanto amargo.

Físicamente me siento como en aquellas clases de natación, cuando Silvia y yo, de dos inmersiones, braceábamos el largo completo de la piscina olímpica. Ella se movía con una perfecta sincronización. Iba delante de mí, nadando a braza. Bajo el agua, no podía apartar la vista de sus piernas al abrirse y al cerrarse, como si fueran los seductores tentáculos de una anémona. Cuando sus piernas se abrían para tomar impulso, adoraba aquel perverso lugar, cubierto por el traje de baño negro. Su sexo vibraba un instante, lo suficiente, lo mínimo, para lanzar una zancada vigorosa. Sus piernas volvían a cerrarse y me ganaba la ventaja. Sólo entonces, mientras era impulsada por su propia inercia, sus piernas volvían a abrirse, expandiéndose, de un modo simétrico, glorioso, en un ángulo calculado, armónico, devolviéndome, en aquella realidad acuática, la periférica de su sexo bajo el traje de baño negro.

Poco a poco, conforme atravesábamos la piscina de lado a lado, iba ganando terreno aquella sensación de ahogo que ahora identifico claramente en esta oscuridad. Entonces, después de media hora, sonaba la sirena que nos anunciaba el término de nuestro tiempo. Abrazado a la corchera, recobrando el resuello, un obsceno sentimiento de culpa me sobrecogía al ver, al pie de la piscina, a Renoir, el marido de Silvia, sustentado por su única pierna, intentando ocultar, bajo el gabán, la prótesis que le impedía acompañar a Silvia en sus largos por la piscina. Desde el agua, consumido por el rencor y la culpabilidad, veía como la cubría con el albornoz, la rodeaba por el hombro y se marchaban a casa entre sonrisas.

A mí, sin embargo, me esperaba una incuestionable soledad. Me ponía algo para cenar, veía el televisor y, a la media hora, solía caer dormido envidiando la suerte de Renoir. A veces, aquel movimiento obsesivo de Silvia bajo el agua, aquella convulsión anfibia, me perseguía en mis sueños y nadaba detrás de Silvia recorriendo largas distancias. Sus piernas se abrían y cerraban incansables. Yo me despertaba sudado y rendido, como si realmente hubiera atravesado el Atlántico a braza.

Una noche, algunos años después, salíamos de un restaurante en la playa de Cádiz, cuando le propuse nadar en la oscuridad. Yo iría detrás de ella, siguiendo su estela. Cuando se lo dije, Silvia señaló las luces distantes de los pechineros, mariscando en la impunidad de la noche. No dijo nada. Se deshizo de su vestido y se introdujo en la espesura asfáltica del mar. Yo, miré las luces con que las pequeñas embarcaciones atraían a las sardinas y los jureles. Tenían un vaivén medido, sincrónico y lento, parecido al que, ansiosas de devorar al macho, despliegan las manthis religiosas. Como esa luz a la que me aproximo en esta oscuridad y cuyo origen desconozco. Presiento que, al otro lado, está mi nueva vida. Puedo sentir la densidad del líquido amniótico. Tiene un olor como a melaza. Su tacto es denso, consistente. Como la brea.

La reencarnación explicaría esa sensación sobrecogedora de “que algo ya te ha sucedido”. En francés hay dos palabras para esto. Déjà vu. Un déjà vu explicaría por qué cuando, después de perseguirles a la salida de la piscina, me acerqué a Renoir y Silvia en aquel bar sitiado de turistas ya sabía yo, antes de que dijeran nada, que me invitarían a tomar una copa con ellos. Obligado por fuerzas más poderosas que la voluntad, acepté. También, ese déjà vu del que hablaba, explicaría la necesidad que tenía de sentarme junto a Silvia y la familiaridad, cuando la besé en la mejilla, de aquel olor a mar en su cuello. Silvia estaba preciosa. Aquello, en otro momento, en otro instante “ya me había sucedido”. Conocía exactamente las respuestas que debía dar a las preguntas de Renoir para no levantar sospechas, para ir aproximándome más y más, de un modo sibilino, a aquel hombre amputado y triste. Sólo Silvia pareció darse cuenta de lo que sucedía. Desconfiada de las palabras de los hombres, había estudiado, con cierto detalle, aquella irritación natural, imperceptible, en la retina de mis ojos. Dicen los neurólogos que esto del déjá vu es un desajuste en el cerebro, que lo que pasa realmente, es que tu cerebro “archiva” tus impresiones en el lugar erróneo, en ese lugar que ocupan los recuerdos. De ahí la sensación de que “lo que está sucediendo”, “ya pasó anteriormente”. Pero yo no lo creo. Ahora sé que este desajuste temporal se debe a que uno ya ha estado allí, con la misma mujer u otra parecida, ejerciendo la misma alienante ocupación, con la misma Kodak al cuello y la misma Parabellum en la axila (cuando uno fue detective o amante de la chica de Capone) porque todo se repite con una creatividad iterativa, interesada.

Sobre mí mismo, en una posición fetal, intento alcanzar esa luz. Alargo mi mano. Imito en esto los movimientos de Silvia bajo el agua. Apenas me desplazo centímetros en la densidad de este líquido. Me siento como una cría de canguro, aprisionada en el ciego movimiento de su bolsa ventral. Mis recuerdos son cada vez más confusos. Apenas si recuerdo que Renoir era arquitecto. También lo era yo. Alabar la vanidad de un hombre es el mejor sendero para granjearse su amistad. Sólo por ello mostré mi más entusiasta admiración por la torre Vértigo, que Renoir había diseñado cuatro años antes. A toda costa, Renoir, necesitaba demostrar que el controvertido proyecto era fruto de una profunda meditación. Subjetivos por algún tipo de fascinación destilada a lo largo de muchos años, sus comentarios contravenían las críticas encarnizadas que obtuvo su proyecto. Me habló apasionadamente de los intrincados accesos del edificio, de las pasarelas de cristal que comunicaban pozos de sesenta metros de profundidad, de las escaleras de metacrilato que ascendían tortuosamente por la fachada... Yo, más preocupado en la seducción de su mujer, lo confieso, aceptaba su discurso sin condiciones porque sabía que Renoir acabaría invitándome a cenar aquella noche. Si pudiera volver atrás no aceptaría su invitación. Lo cierto es que volver a nacer supone una nueva oportunidad para rectificar aquello que hicimos mal. Por ejemplo, eludir las mujeres que nunca nos convinieron, que nunca amamos o que nunca nos amaron. Saborear con deleite, sin las prisas del sexo, nuestro primer y último beso, retrasar el fraude del amor, prolongando su aprendizaje y mentir, cuando lo hagamos, con mayor audacia.

Pero lo cierto es que no puedo rectificar mis recuerdos de aquella noche. Renoir estaba en el comedor, saboreando un burdeos excepcional, cuando la torre Vértigo, sin previo aviso, se hundió en los sótanos y las galerías del centro de la ciudad. Silvia y yo estábamos en la cocina, ultimando los detalles de la cena, cuando Renoir recibió la angustiosa llamada. Le escuchamos responder entre murmullos. Después, quizá porque no quería preocupar a Silvia, improvisó una excusa y se fue, arrastrando su pierna, sobre el parqué.

—Volveré pronto, guardadme cena.

Cuando la puerta se cerró, Silvia me miró como si, en ese momento, el único impedimento que nos separaba fuese algo tan absurdo como la buena educación. Fue ella la que, inconsciente del destino que le esperaba a su marido, me propuso acostarme con ella. La única condición, me dijo, es que Renoir no sepa nada. El sexo tiene la naturaleza egoísta de las promesas imposibles. Así que le dije que así sería, que nadie sabría nada y conforme lo decía, ella se entregó sin condiciones. Aquella noche, entre las sábanas de satén, Silvia repitió para mí, en exclusiva, el compás de sus movimientos bajo el agua.

Después, de un modo inversamente proporcional, mientras a Renoir le llovían demandas y juicios por negligencia, a mí me surgían encargos cada vez más importantes. Edificios inteligentes (que daban más problemas que los estúpidos), hoteles de convenciones de treinta plantas y apartadas mansiones forradas en mármoles de Travertino y Carrara. Incluso Silvia parecía cada día más preocupada en mis brazos. Al parecer Renoir había empezado a beber y se comportaba de un modo violento. Silvia empezaba a desconfiar del hombre con el que había vivido siempre.

—Quizá sospeche algo. Debemos dejarlo —decía.

Yo sabía que el tiempo estaba a mi favor. Que, tarde o temprano, aquella relación entre ellos acabaría por estallar y que, oponerme para precipitar su final, no tenía ningún sentido. Así que accedía a aquellas palabras de sumisión que Silvia pronunciaba entre lágrimas. No lo hubiera hecho si no hubiera tenido la convicción de que, al día siguiente, volvería a mis brazos obligada por la magnética necesidad del deseo.

Siento un murmullo a través de las paredes en las que estoy confinado. Es un sonido parecido al de una sirena, molesto y urgente. Me pregunto qué pasa al otro lado. Supongo que las premuras del parto han obligado a contratar los servicios de una ambulancia. Un olor ferruginoso, el olor del miedo, flota en el líquido amniótico, en las entrañas de mi madre. ¿Dónde naceré? ¿Volveré a ser un reputado arquitecto? ¿encontraré a Silvia al otro lado? El miedo que genera la incertidumbre va ganando terreno. Lo olvido casi todo. Tan sólo me queda el vago recuerdo de las palabras de Renoir. No sé cómo se enteró de lo nuestro. Quizá la frecuencia de nuestras visitas, o las excusas, cada vez más elaboradas, con que Silvia le embaucaba, los viajes a París y Cádiz sin causa justificada... el precario estado emocional de Silvia. Todos aquellos indicios compusieron un ineludible marco de infidelidad. Una noche, mientras Silvia cabeceaba sobre mi vientre, sonó el teléfono. Una, dos, tres veces. Sabía que era él. De nuevo, uno de esos dèja vu.


—Escúchame, amigo... no tengo nada contra ti. Te lo juro, todo ha terminado. Todo. Mis deudas sólo me dan para matarme bebiendo. Lo he perdido todo. Maldita sea... ¿me oyes? sólo me queda ella, sólo ella y... bueno, también tengo esta browning del 72, esta maravillosa y bendita browning del 72 que guardo para ocasiones especiales, y te juro, por lo más santo, que como la pierda también a ella... a ella... amigo, hago una tontería, primero tú, luego yo... te lo puedo jurar, amigo. Te lo juro ahora mismo. Como que estoy cargando las balas, una, dos, tres... poniéndoles tu nombre, cuatro, cinco...

Antes de que terminase la cuenta, colgaba el teléfono. Siete, ocho.

Las amenazas de Renoir se reproducían con asiduidad. No sólo en plena noche, cuando Renoir bebía, sino mientras firmaba mis contratos millonarios o comía con financieros influyentes, recibía sus desagradables advertencias.

—¿Quién era?

—Se deben haber equivocado.

Nueve, diez.

Ahora mismo he llegado a ese punto de luz. Miro a través de él pero los meses de oscuridad impiden que mis retinas funcionen con normalidad. Siento un frío enorme recorriendo mi piel. Mis recuerdos se van fundiendo en un negro espeso, en la última noche que recuerdo. Volvía a casa por San Francisco. Llovía. Me pareció verle repostado contra un árbol, escorado sobre su prótesis, con el Marlboro encendido entre los labios. Poco a poco, ignorando su presencia, seguí mi camino. Nunca olvidaré, mientras pasaba de largo y le daba la espalda, aquella cara, aquellos ojos impregnados de un odio hierático, aquella sonrisa macabra, convencida de que, por una vez, domeñaría su mala suerte. El gabán, elegante y misterioso, que yo le había conocido en el pasado, mostraba manchas y remiendos por todos los lados. Una de sus manos, de una manera obsesiva, se perdía en el amplio bolsillo. A través de la tela, se precisaba la forma inquietante del cañón de un revólver. En aquella sonrisa de Renoir había algo tibio y sereno, prevaricado.

Le imaginé antes de acudir a su cita conmigo, en la mesa de la cocina, hundido entre sus brazos, junto al revólver y el vaso de whisky a medias. Renoir había compuesto una estrella de los vientos con los doce proyectiles. De una en una, habría cargado la balas en el arma, como tantas veces me había anunciado por teléfono, una, dos, tres... Irían encajando en aquel arma de factura americana, elegante y precisa. Desnudo frente al espejo, antes de vestirse, repararía una vez más en la mutilación de su cuerpo, en la desconfianza que se inspiraba a sí mismo desde que ocurriera lo de la torre Vértigo. Cogería el browning del 72, apretaría su empuñadura nacarada y sentiría el firme tacto del metal contra su estómago. Con los restos de su dignidad que le quedaban se echaría el gabán sobre los hombros y saldría a la calle. A eso de las doce, cogería el nocturno trece en dirección a San Francisco. Seguramente, al llegar, habría buscado un resguardo seguro, esperado pacientemente mi regreso. Toda una vida era poca eternidad para su venganza. Y allí había estado hasta que me vio llegar. Se incorporó. Sus músculos, como los de un títere abandonado en el desván, cobraron el rigor de la vida.

Recuerdo haber pasado cerca de él intentando aparentar tranquilidad. Sabía que cualquier vacilación en el paso o titubeo al hablar, que cualquier carrera emprendida precipitadamente hacia el portal o cualquier gesto brusco obligarían a Renoir a desenfundar el arma (si es que alguna vez estuvo ahí) y abatirme.

Imagino que descargó diez de los doce cartuchos por los impactos que resuenan desde entonces en mi cerebro, en este estado en que me encuentro. Todavía vivía al décimo impacto. Puedo suponer que mi sangre encharcó el adoquinado de la calle, que formó un extraño reguero (la sangre, al igual que muchos fluidos, pocas veces describe ángulos predecibles) y puedo imaginar que Renoir guardó los dos últimos proyectiles para asestarse a sí mismo algo de paz.

La asfixia. Siento que estoy en ese último estertor que me separa del dilema de la muerte. Un diferencial de segundo más y todo desaparecerá. La espeluznante prótesis de Renoir. El movimiento de Silvia bajo el agua… todo. Escucho un timbre distante. Los sonidos se propagan a través del fluido con una claridad distante. Puedo imaginar, al otro lado del conducto, a los médicos arrebolados en torno a los muslos abiertos, preparando los fórceps, velando la respiración sin ritmo de mi madre. La otra vida, la nueva, conformándose al otro lado, acoplándose a mí como un envoltorio de circunstancias, como un destino que estrenar.

Después siento unas manos robustas sobre mi cuello. Alguien que tira de mí, que va desenroscando el cordón umbilical que no me deja respirar. Sin embargo, de un modo inexplicable, sigo teniendo los mismos recuerdos que segundos antes. Cuando abro los ojos y la luz de la noche se aclara, lo primero que veo es el traje de baño negro de Silvia. Sobre su hombro, de pie y cubierto por el gabán, está Renoir. Parece sonreír, como si me advirtiera de algo. Estoy en la piscina, tendido sobre el lavapiés, mínimamente consciente. Apenas si escucho la voz de un socorrista que le dice a Silvia, de puro milagro no se nos ahoga. Ella me mira. Ahora sé que nunca será mía. Luego el socorrista se vuelve hacia mí y me dice salude usted a su nueva vida.



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