Cuentos en espanol, Ecuador, Quito
atras a cuentos en espanol  

El límite "Deberíamos ... considerar el presente estado del Universo como el efecto de su estado anterior, y la causa del que le seguirá. Supongamos ... una inteligencia que pudiera conocer todas las fuerzas que animan la naturaleza, y los estados, en un instante, de todos los objetos que la componen; ... para [esa inteligencia] nada podría ser incierto; y el futuro, como el pasado, sería presente a sus ojos".


"Una inteligencia que conociera en un momento dado todas las fuerzas que actúan en la Naturaleza y la situación de los seres de que se compone, que fuera suficientemente vasta para someter estos datos al análisis matemático, podría expresar en una sola fórmula los movimientos de los mayores astros y de los menores átomos. Nada sería incierto para ella, y tanto el futuro como el pasado estarían presentes ante su mirada".
P.S. Laplace "Essai Philosophique sur les Probabilites", 1819.


"Gott würfelt nicht!"
(¡Dios no juega a los dados!)
Albert Einstein

Mateo Solar, el último determinista del siglo XX, se sentó en su estudio de la calle Mareu. Una luz débil y crepuscular profanaba la semioscuridad del ático. Abrió el buró. Se le representó cien, mil veces, la misma operación de sentarse a trabajar y abrir aquellas carpetas. Como si aquella caja de Pandora, contuviera secretos prohibidos que sólo el atino de los años y la laxitud en las formas pudieran revelar. Y, de alguna forma, Mateo tenía razón.

Cien, mil veces, aquella descerrajada madera de caoba se había abierto con su cadencia atragantada, oxidada. Los papeles, en un caos ordenado se mostraban en repisas, cajoncillos y esquinazos; la vieja estilográfica y el ordenador portátil, que tan reticente como versátil se había mostrado en aquellos últimos años de investigación, compartían el mismo espacio. Sentía en su interior (como un compromiso del que sólo era responsable él) la necesidad de terminar aquello empezado hace dieciocho años, cuando descubrió aquel extraño manuscrito de Laplace en la Biblioteca Nacional.

Escrito en francés, tachonado y recosido, el panfleto de no pocas hojas elaborado en la última madurez de su autor (entre la senectud y la muerte, escribiría Mateo) especulaba sobre su famosa ecuación vital (équation vital). En los factores de la équation vital se conjugaban los atractores del caos más conocidos mediante operaciones aritméticas. Mediante la resolución de los sistemas y tras desvelar las incógnitas, la équation vital permitía prever el instante futuro (más bien, inmediato) de ciencias tradicionalmente caóticas, como la meteorología, el comportamiento de las mareas o la esquizofrenia humana.

Amanecía en la calle Mareu. En su jaula, Pichu, el viejo canario de Mateo Solar, empezaba a competir tímidamente con el zumbido del ordenador.

El único fallo de todo aquel legajo de ecuaciones y números que Solar había encontrado en la Biblioteca Nacional, era que se perdía en un mundo de conjeturas, vindicaciones y caminos sin retorno y sin final, de estancamientos. Por ejemplo, una conclusión de todo aquel estudio, era que la ecuación obtenida para determinar un instante "fronterizo" tenía sentido únicamente, en el momento preciso y concreto en que se elaboraba. Dicho de otra modo: una vez descubierta la ecuación, resultaba caduca porque, ya en ese instante, intervenían otros atractores del caos que desbarataban cualquier predicción libre de error.

Así, por ejemplo, si un hombre camina por la calle y decide entrar en un bar (conclusión que Laplace determinaba con premisas como: "este hombre tiene sed", "este hombre necesita beber cada dos horas", "este hombre dispone de ese bar a diez metros" o "este hombre siente una inclinación por ese bar lúgubre" y otras parecidas) puede sufrir una variación en el mismo momento de su decisión (bien porque "recuerde que tiene prisa en llegar a otro lugar" o porque "vea una mujer cuyas curvas le provoquen más que su sed", etc...). Sin embargo y en cualquier caso, a ese instante en que la fórmula de Laplace se deshace por inservible y desfasada, pero que configura ese patíbulo del oráculo cotidiano, Mateo le llamó el "límite del caos", porque si el caos y todos sus agentes entrópicos se relajasen un diferencial de tiempo, Laplace podría haber predicho que "ese hombre no iba a entrar en el bar a pesar de su sed". Con lo cual, de algún modo, ese hombre habría atravesado no el umbral del bar, pero si el límite en que el caos se convierte en orden, en futuro predecible por la équation vital.

Como todo empirista estricto, Mateo empezó por abarcar fenómenos sencillos como la apertura de las ventanas en el vecindario, anotando en su block las horas, minutos y segundos, que servirían como hipótesis para obtener el "límite del caos". La alineación de las ventanas, las costumbres domésticas de la vecina, el impúdico desnudo de Lolita a eso del mediodía, las "agitadas" conversaciones de los polacos..., así, calculó con bastante tino el volumen de litros que el contador de agua registraría cada mes, especuló sobre el aumento de la contribución del recibo de la comunidad y, de modo secreto, profetizó sobre la crisis de moralidad que, con los años, invadiría el barrio.

Fenómenos éstos (importantes por su insignificancia) que pudo, sino predecir, si avistar de modo certero, aunque nunca absoluto, ya que siempre, algún atractor del desorden infería en sus predicciones: las inesperadas vacaciones de Lolita, cierta fuga en la piscina comunitaria... El límite del caos, el olor dispuesto del orden, estaba ahí, al alcance de la mano.

Poco a poco (y de esto hacía cinco años y cuatrenta y tres días) Mateo había ido acortando la distancia para alcanzar ese límite del caos y hoy, casi al terminar el milenio (miraba el calendario con los ojos entornados e incrédulos) creía haber sobrepasado, de nuevo, ese escurridizo límite. Pronto lo comprobaría.

Últimamente el viejo canario se mostraba taciturno y cansado en sus serenatas matinales. Quizá ese alpiste vitamínico no era tan bueno como le había dicho la tendera de abajo. Instintivamente, miró el reloj: las once y veinte. Movió el cursor por la pantalla. La flecha fosforescente, le devolvió los últimos cálculos. La tarde anterior, el programa, con un éxito "relativo" (tras cinco horas y diez minutos de cálculos) había sentenciado,

"Boris Kovif llamará al teléfono en los próximos: (pausa) dos minutos, treinta segundos, doce centésimas de segundo (pausa) para recordarle la reunión de esta tarde".

Pasado ese tiempo, había sonado el teléfono. Era Boris Kovif. El rostro de Mateo se iluminó con una sonrisa complacida. Kovif, con su habitual voz apresurada, siempre atragantada por la carrera, le había recordado que aquella tarde le esperaban en el café Camus para hablar de los últimos descubrimientos (en definitiva, siempre los mismos) a fin de renovar la subvención que le financiaba. Sólo la ignorancia de sus interlocutores era capaz de suplir su falta de resultados.

Boris, además de amigo, catedrático de elementos finitos en la universidad Complutense y adicto a las nínfulas que invadían sus aulas, daba conferencias sobre "mareas y esquizofrenia". A su discurso (afectado de un cientifismo casi renacentista que generalmente escapaba a la perspicacia del alumnado) acudían, a lo sumo, diez o doce jóvenes, en los cuales, había sembrado el respeto. Frente a sus dudas sobre el sistema docente que creaba masas grises tan pasivas y faltas de curiosidad, estaba su autoestima como docente. Sin embargo, aquellas miradas aviesas, profundas, aquella precisión hecha por fulanito de tal, atrapada en el aire de la incomprensión, le gratificaban por encima del panorama desierto del aula. Eran tiempos modernos. Un día cualquiera de un tiempo moderno.

No hacía falta que me llamaras, había dicho Mateo mirando el ordenador, ya sabía que la reunión sería mañana por la tarde. Pero Kovif, sin comprender el logro premonitorio de Mateo, había insistido en la debilidad de la memoria de su amigo y, de siempre, acostumbraba a ser una especie de interesado secretario. Quizá la concentración interior de Solar hacía escurridiza su memoria "de los días". Tan entregado estaba a sus cavilaciones que al despertar de aquel micromundo de parámetros e incógnitas, ya había anochecido y a todos sus compromisos había llegado tarde. No era la primera vez que le tildaban de negligencia en sus quehaceres sociales. Pero tantos años de investigación y becas le habían convertido en ese científico, aún idealista, en cuyas barbas blancas crecía la sabiduría, la soledad y aquella sana locura tan difícil de conquistar.

Las doce en punto. Lolita abrió las ventanas y empezó a desnudarse.

Ayer, el programa se había aproximado con mucho a la realidad. Y no era la primera vez.

Una tarde el programa diseñado por Kovif y Mateo se puso a calcular de motu propio. A pesar de las indagaciones que luego Mateo hizo por las entrañas del código binario, no supo averiguar el porqué de aquel fenómeno de espontaneidad. Al rato de andar calculando y descifrando, el programa mostró:

"el libro escrito, como tal, desaparecerá en: (pausa) dos años y setenta y tres días (pausa) el porcentaje de filósofos se reducirá en un (pausa) noventa y tres por ciento, el de poetas en un (pausa) ochenta y cuatro por ciento y el de lectores en un (pausa) cincuenta y cuatro por ciento"

Aunque difícilmente contrastables, estos cálculos asustaron a Mateo, en tanto, en cuanto los hechos de hoy determinaban el futuro de mañana (consecuencias lógicas de las injusticias, eran las guerras que asolan el planeta; del desamor, la misoginia; de la falta de meditación, el comportamiento irracional; de la globalización de la economía, "la muerte de la democracia"; de la rutina, la muerte del arte; de la ignorancia y el matriarcado, el machismo y la violencia doméstica; del desarraigo social, la delincuencia; de la subida de los tipos de intereses, la ruptura de la economía; del miedo, la lucha; y de la pasión, el asesinato).

A estas alturas quién podía afirmar que el mundo no era puro determinismo.

Éramos incógnitas contrastables. Incluso la censurada desnudez de Lolita en la ventana de enfrente, el canto apagado del canario o la amistad de Kovif a lo largo de aquellos años, no eran más que fruto de otros desenlaces y del instinto. Visto así, el mundo carecía de sentido. Para Mateo, el mundo era una esfera global y perfecta, donde ocurrían consecuencias de sucesos.

Súbitamente, el ordenador se puso a calcular.

Atónito, Mateo miraba las cifras correr a lo largo de interminables sistemas de determinantes. Al rato (sospechosamente breve) apareció el mensaje,

"una pluma caerá sobre: (pausa) la quinta repisa del buró (pausa) coordenadas desde ángulo superior izquierdo: (pausa) diez centímetros horizontal, doce centímetros vertical;(pausa) tiempo: (pausa) un minuto, treinta y dos segundos, dos centésimas de segundo".

Habituado a tales sobresaltos, Mateo dispuso el cronómetro y el escalímetro para determinar con exactitud el punto de amenizaje de la pluma. Lo marcó con un aspa. Luego entornó la vista y miró a su canario esperando que algo sucediera.

Enfrente, Lolita se ponía unas medias oscuras. De no haber sido por el aire de maternal sensualidad que impregnaba el ambiente, Mateo la hubiera confundido con la noctámbula marginalidad de una estampa de Lautrec. De un modo preciso, ausente y apasionado, Mateo se había acostumbrado a amar a aquella mujer. Volvió al cronómetro: treinta segundos, dos milésimas. Pichu, desde el fondo de sus dos diminutos ojos negros, respondió a su mirada inquisitiva. Se atusó el plumaje tres veces y descendió de su barra a beber dos mililitros de agua. Luego revoloteó hasta su posición original. En el vuelo de ascenso, una pluma que había en el fondo de la jaula inició un vuelo llano, tranquilo. Mateo miró hacia la señal.

El ordenador, de nuevo, empezó a funcionar por sí solo. Los mismos incompresibles determinantes, la misma expectación de Mateo, el continuo telón de incertidumbre, el límite del caos como una línea inasible pero cercana.

Algo atrajo su atención hacia el inmueble de enfrente, donde un hombre acaba de sorprender a Lolita únicamente provista por las medias, exultante frente a la ventana. Pareció sobrecogida.

Ningún viento extraño, imprevisto (la apertura de una puerta o ventana, el paso apresurado de alguien en el pasillo, nada) impediría el amenizaje de la pluma. Seguía con la vista el descenso. El canario, entre tanto, pareció incómodo en la jaula. Tropezó dos veces con la barra. Revoloteó en el interior y Mateo temió que el vientecillo levantado por sus alas desplazase la trayectoria. Pero no fue así. La pluma descendía tranquila, llana, ligeramente desviada. Si seguía así, no caería perfectamente en el aspa sino unos centímetros más allá.

Al otro lado de la ventana, el hombre había empezado a discutir acaloradamente con Lolita, a la que insultaba sin comedimiento: pronto supo Mateo, por el forcejeo iniciado, que aquel debía ser su marido, inoportunamente regresado de sus ocupaciones. Entre tanto el ordenador seguía en sus cálculos y el canario, atragantado, sin fuerza y medio muerto, cayó al fondo de la jaula. El diminuto estruendo (en el equilibrio insólito de aquel sistema) provocó el balanceo de la jaula y con ello una corriente imperceptible que varió la trayectoria de la pluma lo suficiente para que aterrizase, justamente, milimetralmente, en el aspa que Mateo había dibujado hacía exactamente un minuto y treinta y dos segundos.

Pero Mateo, ausente del triunfo que ello representaba, lloraba desconsolado porque su viejo compañero yacía exánime en el fondo de la jaula.

Terminados los cálculos, el ordenador mostraba el mensaje siguiente,

"su vecina del (pausa) cuarto derecha (pausa) morirá por: (pausa) fuerte traumatismo localizado en (pausa) parietal izquierdo en (pausa) cincuenta segundos, veintitrés centésimas de segundo."

Mateo se llevó las manos a la cabeza. Miró por la ventana. Supo que Lolita iba a morir a manos de su marido que ahora la golpeaba con una inmisericorde brutalidad. Miró el cronómetro: cuarenta y dos segundos. La silla cayó al suelo. Tropezó con la alfombra en su camino. Escuchó la estridencia de un grito al otro lado del patio. Caminó con rapidez hacia la puerta, cronómetro en mano. Cuarenta y dos segundos. Sudaba. Pensó en Boris Kovif. En su reunión de la tarde. En su viejo canario. Su corazón golpeaba el pecho con una contundencia adolescente. Su último pensamiento: al fin, he atravesado el límite del caos.




  Carros en Ecuador
  Bienes Raices en Ecuador
  Hare Krishna