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Estrategia del avestruz

Por supuesto era sábado, estaba nublado y el parte del tiempo había dicho que estaría así el resto de la semana o quizá del mes, del año; no había manera de saberlo con exactitud, de modo que estábamos condenados todos a la incertidumbre mientras las nubes, arriba, amenazaban agua.

Andar por la calle buscando donde meterme, algún lugar de color verde con ribetes con el que soñé, para ahuyentar a la resaca del viernes contiguo, persistente como el invitado de una fiesta que nunca sabe cuando es bastante y meterme en una cabina y marcar un teléfono que sonó cinco veces hasta que saltó el contestador para no dejar mensaje, para quedarme allí un momento, absorto, pensando que todo estaba favorablemente en mi contra. A través de los cristales de la cabina la gente me pareció estúpida mientras caminaba y creí que me podría quedar allí hasta que se me pasase, hasta que a la Humanidad se le pasase. No lo hice, al final, porque una chica con gafas y bufanda estaba esperando para hacer su llamada y tocó en el cristal con la urgencia inscrita en sus ojos de ámbar.

Salir de nuevo al mundo y continuar caminando. Oír la cabeza latir dentro del cráneo y arrastar las piernas como columnas de mármol. Acordarme de la casa y de la bebida y de alguien que se quejó porque no había más de algo.

Al doblar una esquina un tipo me paró y me dijo algo en voz alta, entregándome a continuación un panfleto rojo con letras negras:

"NO ESCONDAS LA CABEZA COMO EL AVESTRUZ: TUS HERMANOS DE SOMALIA NECESITAN AYUDA."

Me miró a los ojos, esperando alguna respuesta correcta que yo no tenía porque como todo buen astronauta sabía, y aún ahora lo sé, que sólo desde la Luna el mundo presenta una apariencia más agradable.

Seguir andando, contar treinta y dos pasos, arrugar el papel y tirarlo al suelo. Las nubes se apelmazaban en lo alto y no había indicio alguno de lluvia por ningún lado. Nubes sin agua y vida sin tregua, eso era todo aquel día, como tantos otros, ningún otro.

Por eso seguir mi camino para dirigirme a ese lugar que en algún lado estaba, que seguro tenía que estar. Porque el cansancio y las canciones lánguidas se me pegaban en los oídos, porque tampoco estaba ella (alguna ella) y porque sólo al verla, colgada en equillibrio precario de una farola, con aquel lado derretido, como el queso fundido, tan digna en la muestra de su herida de guerra, tan decadente en su conciencia, tan de plástico marrón y escudo municipal, pensé que existiría aquella salvación verde con ribetes.

Me quedé mirándola durante quince segundos. Ella me miraba a mí mientras iba rebobinando el recuerdo: el día amenazado de incertidumbre, las nubes, la resaca pesada como un amigo del colegio, los hermanos somalíes, el avestruz: ese enorme animal que oculta su cabeza en un agujero para huir del peligro...

Pensarlo durante un segundo y después decidir, seguro de que aquella no era la solución, pero que en cualquier caso sería un alivio, metiendo la cabeza bien hondo por la boca de aquella papelera. Allí dentro, contenida la respiración, el mundo desapareció, la oscuridad me envolvió y los sonidos de fuera, el tráfico, las voces, la vida, se amortiguaron por un instante y ya no los podía distinguir. Estaba tan cerca... y era eso.

- ¿Oiga, oiga, se encuentra bien? - decía alguien fuera.

Una calma pastosa me invadía.

- ¿Por qué ha metido la cabeza ahí? - preguntaba una voz.

- Debe habérsele caído algo dentro y se ha quedado atascado al ir a buscarlo. - contestaba otra.

Estaban haciendo un corro entorno a mí. Sin verlos podía imaginar sus caras, su indomable estupidez asomandose a lo insólito de aquella mañana.

Sólo quería un poco de tranquilidad y ese lugar verde con ribetes que vi en alguna fotografía o quizá en un sueño y que prometía una vida mejor donde las resacas no existían y nadie llamaba a la policía para sacar la cabeza de otro del interior de una papelera.

Oí el coche al detenerse y cómo se acercaban hacia mí. Y a uno de ellos diciendo ¿Tiene algún problema? y yo: ninguno, estoy buscando un lugar verde con ribetes.

- ¿Cómo dice?

- ...

- Mire, muchacho, será mejor que saque usted la cabeza de ahí ahora mismo si no quiere que se la saque yo.

- ...

- No me lo ponga difícil o le meto una denuncia que se caga.

- ...

- Está usted haciendo un uso indebido del mobiliario urbano.

- ...

Entonces los dos tirando de mí por las piernas para sacarme de una vez, pero yo me abrazaba a la farola donde estaba fijada la papelera y, como no, tiraron con más fuerza y entonces grité porque, al contrapelo, mi cabeza había quedado atascada en la boca de la papelera y los bordes me arañaban el cuello y ya no estaba tan a gusto.

- Ahora habrá que llamar a los bomberos. - resolvió el que me había hablado primero.

Cuando llegaron comenzaba a llover. Pequeñas gotas que caían absolutamente verticales, muy separadas unas de otras. Haciendo tap, tap, tap, tap, tap, sobre el plástico de la papelera.

- ¿Qué ha pasado? - preguntó un bombero que tenía bigote (y sabía que tenía bigote a pesar de no verlo, sólo por el tono de su voz)

- Se ha quedado atascado y no le podemos sacar - explicó el guardia - Tenemos miedo de tirar y dejar la cabeza dentro.

Uno se acercó a la papelera y habló donde suponía que estaban mis orejas:

- Escucha, vamos a tener que cortar, será sólo un momento, no te preocupes.

Después empezó a llover con intensidad. Las gotas se fueron juntando y empezaron a caer, una detrás de otra, como si no fuese a parar en la vida. Llovía, definitivamente y la suciedad del mundo se licuaba y escurría por las alcantarillas de todas las ciudades.

Una pequeña luz verde que procedía del fondo oscuro de la papelera iba aumentando su intensidad mientras la sierra rasgaba el plástico a la altura de mi cuello.



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