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Calisto pierde la fe

Calisto entraba en casa y caía de lleno en el sillón de orejas de su difunto padre. Podía permanecer en este estado hasta la bien entrada la noche. Lo que nadie, ni Doña Herminia podía saber, era cuales eran sus pensamientos cuando quedaba postrado.

Calisto, aunque terminó de ladrón de poca monta, nunca quiso serlo. Tampoco quiso robar en la iglesia del pueblo, pero ya sabía el destino ramplón y caprichoso que a Calisto le tiraban los dorados dulzones de la capilla de los Dos Hermanos, patronos y héroes de Engera y gladiadores del cristianismo que acabaron fulminados en el santoral como dos sombras y en aquellas dos figuras de terracota malpintada por el autor local, el ilustre y difunto Francisco López o Paco para todos los que le conocían, hermano de Calisto. Así que, de alguna manera todo quedaba en casa. En casa de Calisto, la verdad, había poco, por decir que había algo. No había nada más que disgustos de Doña Herminia e impagos de las compañías suministradoras que acabaron con los pocos lujos ordinarios que la familia López disponía en vida. El hermano de Calisto, Paco, había muerto de una extraña cefalea. Muchos dicen que se le apareció el Señor al terminar las figuras suplicantes de los Dos Hermanos Crucificados. Calisto recordaba una frase de Paco, una vez se echaba hacia atrás en el taller para contemplar la figura tallada en conjunto, Pacó decía con aire solemne, parece que estuvieran muertos, pero están.

Tras la muerte de Don Romero, cejijunto, preocupado y padre sobrio de dos criaturas que le tenían por juguete a trompazo limpio, a Doña Hermina se la llevaron al camposanto una tarde de tantos disgustos como le daba su hijo ya mayor entonces, Calisto, zalamero entre las muchachas a las que componía ripios y ávido lector de inculturas bajo las sombras escasas de la era donde se le suponía esforzado en la tareas del campo. Las vides crecían desordenadas sobre los caballones y atoraban las acequias de riego y las malas hierbas hacían de la era un asilvestramiento mientras los indios y los vaqueros de la lectura de Calisto secuestraban a la hija del coronel o prestaban juramento con señales de humo a sus vecinos los siux. Así que al llegar la cosecha para la primavera, terminaba la uva que se ponía pasa con el primer sol y acababa cayendo sin fruto ni fortuna alguna. Este año mala cosecha, decía Calisto resoplando y entrando en la casa y escondiendo en el gabán la novelucha de la jornada. A Doña Herminia le dio un día un soponcio sin haber más causa que otros días y se le quedó una cara serena y sobria, como si, al fin, pudiera descansar de las injundias y las correrías del Calisto.

Calisto fue educado por Don César, como casi todos los del pueblo, en un cristianismo bastante personal y nada convincente, con lo que lo único que le quedó claro fue que debía ser un hombre de bien y temer a Dios. No es que a Calisto, de un día para otro, le viniera lo de robar en la capilla de los Dos Hermanos, desde chico, acuclillado y enclenque en los bancos del altar, con aquellos pantalones cortos y las rodillas descastadas y aquellos dos grandes orejas, le daba por mirar las imágenes de nuestra señora y el retablo ostentoso de madera donde estaba el sagrario. Cuando el cura oreaba el santo cáliz, un fulgor irisado salía de aquella caja de hojalata y orfebrería de segunda y el Calisto resoplaba pensando en la grandeza de dios. Doña Herminia, que le veía como en trance y se ilusionaba con que al canalla le diera por hacerse cura le cogía del hombro y le apretaba la clavícula hasta hacerle moquear. Con el tiempo ni esa satisfacción le dio Calisto a su madre que murió sin verle recitar el credo en latín ni ensotanado hasta las orejas.

Calisto se quedó solo en aquella gran casa. Las vides, de improductivas y secas, las habían tenido que vender. Para Calisto supuso un respiro, pero claro, quedó desheredado y lo poco que pudieran dar aquellos retorcidos tallos de leña agostada era lo único que les permitió a madre e hijo alimentar el caldero de lentejas y puerros. Sólo le quedó silencio de la casa y aquellas aventuritas de buenos y malos donde, de cuando en cuando, alguna bella era rescatada por alguien con galones a punto de perder cabellera y empolvado ese sobrio azulón del séptimo de caballería. Fue entonces, aquel invierno, cuando le apretó el hambre y no podía salir a afanarse de los huertos alguna cosilla que cocinaba sin gracia y con mucho hervor, que decidió el gran golpe. No fue una cosa a las locas, sino que visto así, muerto de frío, en el gabán donde su hermano había decorado con fruición e impresionismo los músculos de los Dos Hermanos de la Capilla y sin nada que echarse al gaznate, que se dio cuenta de que Dios le había abandonado o de algo peor que de siempre había intuido: que Dios no existía. Ya le llegaban rumores desde hace tiempo. Lo que no sabía es por qué lo de que los reyes magos son los padres lo creyó de inmediato y a pies juntillas y esto no lo creía aunque la evidencia era tan catastrófica como la de entonces. Como a Calisto dejó de imponerle respeto el fuego de Dios decidió visitar con asiduidad la cruz latina de la Iglesia de San Juan, o sea, la del pueblo, para elaborar un plan como el hampón apostado a la puerta de un banco articula un plan sojuzgando alarmas y tiempos de fuga.

Todo estaba previsto según un plan minucioso. Aquella mañana no fue a la iglesia. En el pueblo le conocían y sabía que nadie tomaría en serio su repentina beatitud. Más aún cuando aquella noche desaparecieran los mantos y los brocados de Nuestra Señora o arrancaran de cuajo aquel sagrario del retablo. Dedicó el día a campear por los caminos y pisar charcos y dormir a pierna suelta. Cuando aflojó el lorenzo y se ajustó los pantalones, miró hacia el pueblo que era un desorden de casas y ruidos difusos. Quien lo viera allí, erguido como un caballero medieval, ajustándose la correa que sustituía un supuesto cinturón y cimbreando el trasero para auparse el camal, diría que estaba ante alguien que emprende algo, por fin, importante. Lástima que a Calisto, que salía de terminar una novelucha bélica con final feliz, la ilusión le durara tan poco. Fue el guardabosques el que le vio de lejos y se temió lo peor. No denotó su presencia pero le siguió de cerca en su vespino. El sendero serpenteaba hasta el pueblo y tanto el guardabosques como Calisto iban a una distancia de varios árboles. Por varias veces estuvo a punto de desvelarse el guardabosques al que traicionaba el traqueteo del vejestorio que conducía y varias veces Calisto se paró y husmeó en el aire rascándose la coronilla con tan mala suerte de no descubrir, unos metros en pos suya, la figura acongojada del guardabosques. De lejos dieron las nueve en el badajo del campanario y les sorprendió la noche de repente. Una luna fulminante y mentirosa, arriba, les anunciaba el camino lento y torturado por la lluvia. Al llegar al pueblo recorrieron las calles de piedra tan silenciosas. Vendría el frío de la noche, así que Calisto recogió la pelleja de su casa y reemprendió camino de la iglesia, que se presentía a lo lejos como un monstruo o una presencia. Su sombra se proyectaba sempiterna sobre la casa del cura que apagaba las luces cuando Calisto y su perseguidor llegaron. Con la gaveta no le resultó difícil desatrancar el portón de la iglesia. Entró sin esfuerzos como un sereno en una casa de barrio, precedido de lejos en tiempo, por el guardabosques que se relamía por fin de ver sus expectativas satisfechas. Al fin eliminaría de la faz del pueblo a aquella estirpe de los López tan molesta y vagabunda. El alcalde, el cura y el pueblo en general se lo agradecería quien sabe si con alguna subida que las arcas municipales esforzaran por un héroe. Atravesado en un banco de la entrada, el guardabosques observó como Calisto profanaba las imágenes, se deslizaba bajo las enaguas de Nuestra Señora como un jubilado en las caderas de una filipina gordota en el parque o arrancaba los mantos y los halos deificos de los santos con una saña pecaminosa y atea. Por varias veces el guardabosques estuvo a punto de armarse del antiguo trabuco y disparar una perdigonada sobre el Calisto y su ensañamiento satánico, pero por miedo a que se encasquillasen sus oxidados goznes de anticualla y por no poner perdido el suelo santo con la sangre de un canalla, el guardabosques permaneció en una actitud que otros hubieran calificado de cobarde.

El Calisto, mientras exoneraba las grandezas del clero, sintió la mano de Doña Herminia sobre la clavícula. Lo primero fue como una caricia. Después algo más aguado, como un alfiler. Y después un dolor inexplicable le fue consumiendo mientras ascendía por la tallada churrigueresca del tablao en busca del sagrario. Lo alcanzó arriba, a tres metros sobre el frontispicio y abrió la portezuela con una horquilla de su difunta madre. Con facilidad escuchó el mecanismo básico abrirse y de repente, el fulgor dorado y cegador del sagrario le alcanzó de lleno. Sus pupilas, dos grandes y oxidadas bolas de petaca, recibieron el clamor de la luz con un agrado molesto. Después, cuando el dolor sobre su hombro se hizo insoportable, se agarró con las dos manos a los adornos de hojalata del sagrario que se retorcieron bajo sus manos y se doblaron como plastilina.

Subido sobre las ascuas de algún fuego fatuo, el Calisto se amarraba a la portezuela del sagrario con todas sus fuerzas. En algún momento, ese dolor que le ardía el hombro le pudo y el guardabosques le vio caer desde los tres metros sobre el suelo de terracota cocida. Su cuerpo, allí caído, no se movió más. El Calisto había caído muerto.

Cuando a instancias de varios puntapiés y algún arrastrón, el guardabosques se cercionó de la muerte de Calisto, salió disparado a avisar al cura de su captura y de la divina ayuda que Dios le había tendido en su oficio de guardar la ley de los bosques, y la tierra, primero, poniéndole sobre aviso en el bosque y después, fulminando como un rayo al profanador. El cura dormía en su casa pero fue encendiendo las luces una a una ante el mamporreo constante del guardabosques. Ataviándose un batín de tela escocesa y ocultando un cuerpo más bien desfondado, el cura escuchó la historia de Calisto y el hurto de las figuras de los Dos Hermanos. Apresurados corrieron a través de la plaza nueva. Cuando sobrepasaron el umbral sagrado, Calisto ya no estaba en el altar. Como Lázaro, había resucitado y se había marchado con su pie zambo y herido. El guardabosques dijo que era imposible, pero el Calisto ya se descogorciaba de risa a la sombra sublunar de algún viñedo leyendo historias de buenos y malos y agradeciéndoles Doña Herminia que, aunque muerta, seguía pendiente de mantenerle la fe.

 



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