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La inauguración

Al pasar el peine por su pelo color ceniza, fijó la vista en la imagen proyectada sobre el espejo. Era la imagen de una mujer madura, sin edad definida, pero ya en la antesala de la ancianidad. El espejo, de factura fina y con un marco de plata que desencajaba en aquella pieza modesta, distorsionaba por momentos la figura de la dama. Porque sin duda lo era; era, aún en medio de aquella modestia un tanto triste, una dama de antiguo linaje. La tristeza del ambiente no surgía de la pobreza de esa pieza de cité, sino de la elegancia de los ropajes, del espejo de vidrios biselados y del Cristo de marfil que descansaba sobre el velador. Todo ello hablaba sin duda de otra pieza, de otra casa, de otros tiempos. Era triste, era profundamente triste su contraste, pues no hay pobreza más amarga que la de quien ha tenido riqueza para luego perderla.

Salió de la pieza apresurando el paso, como queriendo alejarse rápido de algo que le causaba vergüenza e indignidad. Ya en la calle, irguió la frente y caminó altiva. Se borró así, como por acto de magia, todo atisbo de vida real.

Descendió del autobús un par de cuadras antes del Museo de Bellas Artes. Mientras respiraba profundo y con resignación, sacó de la cartera un arrugado recorte de diario: "2 de Diciembre. J.J. Mussato, el afamado fotógrafo chileno radicado en Milán, inaugura la muestra El Sonido de la Luz." Se volvió luego hacia la vidriera y aprovechando el reflejo de los escaparates vacíos, dio un último toque a su apariencia. Se veía bien y tras colgar sobre su pecho el medallón verde opaco, sencillamente espectacular. ¡Qué dama!

Una sutil disculpa y una cara de sorpresa fueron su pasaporte a la sala de exposición. "¿Quizá donde habré dejado la invitación?", fueron sus lacónicas palabras. Una vez dentro, vagabundeó fingiendo cara de interés. Permaneció unos minutos frente a la foto de una modelo desnuda con una trompeta entre sus piernas y miró horrorizada la imagen de una iglesia en llamas en cierta ciudad de los Balcanes. Eran fotografías "interesantes", tal como musitó en un par de ocasiones. De ahí a ser consideradas arte, era una discusión en la que no le llamaba la atención aventurarse.

Dio varias vueltas a la sala, mirando cada tanto hacia un estrado instalado en una esquina. Esperaba algo. De pronto, su rostro gesticuló una pequeña sonrisa. Un hombre de chaqueta y corbata instaló un micrófono junto al estrado y anunció a J.J. Mussato. El artista se dirigiría a los presentes, explicaría el significado de su obra y luego, ojalá muy pronto, se daría inició al típico cóctel que un evento de este tipo amerita. La gente que estaba en la sala se reunió en torno al estrado. Muchos de ellos se saludaban con una sonrisa y un movimiento de cabezas, como viejos conocidos, como asistentes habituales de las presentaciones del mundo artístico, de la bohemia criolla. Ella, con su elegancia ausente y deseando pasar inadvertida, se ubicó en una discreta segunda fila.

Habló el artista. Explicó con palabras incomprensibles, salpicando entre ellas vocablos en italiano, aquello de la luz y del sonido. Describió su teoría particular acerca de las imágenes, la relatividad y el intracosmos freudiano.... Aburrió hasta el cansancio a los asistentes con frases egocentristas acerca de cómo Mussato había descubierto la luz. Nadie parecía entender lo suficiente, menos aún la dama del verde medallón. Finalmente, J.J. Mussato explicó que no habría cóctel inaugural, pues donaría ese dinero a obras de caridad. La miseria que había visto en el Chile de su infancia, tocaba, muy profundamente, su sensibilidad de artista. Los asistentes cerraron las palabras del fotógrafo con un gran aplauso. Nuestra dama mantuvo sus manos cruzadas sobre el vientre.

Lentamente se desalojó la Sala Valenzuela Puelma del Museo de Bellas Artes. Ella salió entre la muchedumbre y caminó hacia el paradero. Antes de subir al autobús Nº 308 miró hacia atrás y suspiró. "$ 460 pesos mal gastados en locomoción y otra noche sin echarle nada al estómago... habría comprado un paquete de fideos."




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