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La memoria de las

Este espejo no ha reflejado mi imagen desde hace cincuenta y un años, exactamente desde aquella mañana premonitoriamente lluviosa en que abandoné esta casa, la casa de mis padres, para dirigirme a mi primer internado. Me cuesta trabajo reconocer en este rostro actual, un tanto macilento, un mucho escéptico, orlado por unas canas inmisericordes y surcado por unas arrugas delatoras, el rostro del que fui y acaso sea aún, sepultado bajo un alud de tiempo.

He querido volver, sucumbir por una vez a la nostalgia antes de que mañana, en el homenaje, mis amigos sinceros y los que no lo son tanto reseñen la historia del personaje público, el profesor emérito. Sé que un homenaje es la antesala del olvido, el cumplimiento de un rito ancestral en el que el homenajeado representa el papel de la víctima que se ofrenda a los dioses.

Pero eso será mañana, no hoy. Hoy estoy aquí, a solas con los objetos que restauran la memoria y son la prueba inequívoca de que otros nos precedieron y desbrozaron el camino. Objetos como este viejo candil con el que mi abuela materna alumbraba inmisericorde a los que luego serían mis progenitores para prevenir cualquier abandono lujurioso; como el baúl de madera recubierto de latón, tasado en veinte pesetas, que aparece citado en primer lugar en la Carta Dotal y del que recuerdo sobre todo su penetrante olor a espliego y almendra; como la caja en cuya tapa aparecen representados algunos edificios del Pueblo Español y que era una verdadera caja de Pandora que cada vez que se abría mostraba algo inesperado: billetes republicanos, una caja de mixtos, una moneda con la efigie de Alfonso XII, un retazo de terciopelo, una fotografía difuminada, una petaca con hebras de tabaco...

Y la radio, claro, la enorme radio con los paneles de madera noble y el frontal tapizado de tonos ocres con un dial lleno de nombres sugestivos de emisoras: Ottringham, Strasbourg, Tunis, Hilversum... Tenía la certeza de que las voces que emanaban de su interior correspondían a unos seres diminutos encerrados allí y sentía una mezcla de pavor y conmiseración por ellos. Aquella radio era mi vínculo con el exterior, el mensajero que traía nuevas desde más allá de las sierras que circundaban el valle.

A mis padres les costó dos mil pesetas, una fortuna en esa época, y yo nunca podré olvidar la primera vez que la vi una mañana calurosa de julio. Bien es cierto que podríamos haber conseguido otra radio más moderna por la mitad de precio, pero mi padre ya le había dado su palabra a su antiguo propietario y no era él hombre que rompiese un acuerdo por un quítame allá doscientos duros.

Contemplo los retratos dispersos por las encaladas paredes, los certificados de estudios, una orla, postales muy deterioradas, un calendario con un anuncio de Nitratos de Chile y salgo apresuradamente al corral, donde me reencuentro con las dos higueras, el olivo, el arriate donde por entonces florecían los rosales y la frondosa parra en cuya sombra me guarecía en las tardes de calor inclemente. En el corral había también un gallinero, una conejera y una cuadra con su pesebre correspondiente.

Trato de recomponer la escena y me esfuerzo por convocar los sonidos de mi infancia, el relincho de la yegua, los secos sonidos de sus herraduras al golpear el suelo empedrado, el múltiple cacareo de las gallinas, el rumor de las hojas cimbreadas por el viento, pero es sólo silencio lo que oigo, un silencio tan estruendoso que me tengo que tapar los oídos. Definitivamente el poeta tenía razón: nuestra única patria es la infancia.

Ahora sé lo que secretamente pretendía al negarme a vender esta casa con sus enseres. No estamos muertos del todo si hay alguien que nos recuerde, alguien que nos rescate de las profundidades abisales del olvido. Todas estas cosas, la radio, el candil, el baúl, la caja, las fotos, el calendario... me permiten desencadenarme del presente, desafiar las leyes del tiempo, simular que nada ha cambiado, que en cualquier momento regresará mi padre montado en la yegua con su semblante risueño y también mi madre, con su gesto adusto, y yo tomaré entre mis manos el candil encendido y lo apagaré de un soplo y entonces ellos sabrán que pueden besarse sin miedo, cobijados en la oscuridad, y quién sabe si mi propia abuela no sonreirá condescendiente, sentada en el umbral de mármol, mientras se dice para sus adentros que, a fin de cuentas, tampoco pasa nada por un beso.



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