Cuentos en espanol, Ecuador, Quito
atras a cuentos en espanol  

Las tormentas paralelas

Mientras Feres, que ha servido otra ronda de tragos y se ha levantado, mira la calle a través de la ventana, yo, aún sentado ante el tablero de ajedrez, apenas distingo su perfil contra la trama fluctuante de los relámpagos. Sé, porque es su costumbre (y también porque le gusta que incluya sus anécdotas en los relatos que escribo), que en cualquier momento comenzará a contar alguna historia. Y quizá por haber perdido la partida, por haber bebido demasiado o por alguna otra razón, tengo ganas de escapar, de no escuchar su voz, monocorde como el siseo de la lluvia.

—Una noche como esta —dice—, Gamboa y yo recibimos una llamada singular.

Se interrumpe. A su alrededor, en el espacio dominado por el neón de los comercios, el viento arremolina un enjambre de gotas azules.

—Un hombre apellidado Páez —prosigue— afirmaba que en una vivienda ubicada en Castelar encontraríamos un cadáver. La dirección que dio correspondía a una zona poco poblada: dos o tres edificaciones por manzana. Era evidente, por el estado de los senderos de acceso, que la tormenta se había prolongado varios días. Gamboa permaneció afuera, buscando alguna huella. Yo avancé, dejando atrás el chapoteo de sus pisadas y el croar de las ranas. Ingresé por la puerta principal, que estaba abierta y conducía a un living amplio y bien iluminado. A excepción del haz de luz rayado de lluvia, que proyectaba la linterna de Gamboa tras un ventanal, no se apreciaba en la casa ningún movimiento. Sentado en un sillón verde, con la cabeza echada hacia atrás y la boca entreabierta, Pedro Cattaneo parecía dormido. Frente a él, sobre una mesa redonda, había una bandeja con dos pocillos de café y un azucarero. Llamamos por radio al forense y a sus colaboradores. Cuando ellos llegaron, partimos hacia Marcos Paz, donde vivía el hombre que había hecho el llamado. Tras una hora de viaje, demorados por la pesadilla de agua que se abatía sobre nuestro auto, arribamos a la vivienda. Nos abrió la puerta un agente uniformado. Roberto Páez tendría unos treinta años. Era alto y delgado. Estaba vestido de manera informal, pero bastante elegante. Pidió que nos sentáramos en unos sillones de ratán, junto una mesa baja de hierro y vidrio, y se ubicó frente a nosotros. Justo cuando estaba por comenzar a hablar, un enorme gato blanco se acomodó en sus rodillas. Al tiempo que lo acariciaba, con una voz tranquila que contrastaba con el aspecto perturbado que tenía, dijo: "Alrededor de las ocho de la noche, Pedro llamó anunciando que vendría a verme porque quería tomar un café conmigo y conversar sobre un asunto importante". Hizo una pausa y encendió un cigarrillo con manos temblorosas. El gato lo miró un instante, luego se estiró y reclamó sus caricias con un maullido perentorio. Páez lo depositó suavemente sobre el piso alfombrado y continuó: "Llegó una hora más tarde. Al principio charlamos sobre cuestiones triviales, pero cuando acabamos de beber, dijo estar enterado de la relación que yo había mantenido con su esposa. Según él, Gabriela se lo había confesado y parecía arrepentida, pero a Pedro no le era posible perdonarla. Tampoco podía vivir sin ella, de manera que le pidió que pasara un tiempo con sus padres e ideó un plan: suicidarse haciendo que la policía me culpara. Mencionó que en su caja fuerte tenía guardada una agenda con un registro fraguado, según el cual yo lo había llamado por la mañana para solicitarle que nos encontráramos esta noche en su casa, no en la mía, a fin de tratar un asunto de negocios. Agregó, poco antes de dejarme inconsciente y desaparecer, que hacía quince minutos, aprovechando un instante de distracción, había vertido en mi café un poderoso narcótico que me inmovilizaría unas cinco horas, tiempo suficiente para regresar a Castelar y preparar la escena del falso homicidio".

Un peón cae sobre el parqué despidiendo un sonido seco. La tormenta gira, se reconcentra. Feres, inmóvil ante la telaraña de la lluvia, prosigue:

—Le pedimos al agente que llevara a Páez a prestar declaración y revisamos la casa. No existían, a simple vista, rastros de la presencia de una segunda persona. En la cocina no había café preparado, y las tacitas, iguales a las que habíamos visto en la vivienda de Cattaneo, estaban limpias. Gamboa notó en el piso, esparcidos junto al bajomesada, unos pequeños cristales traslúcidos. "Parece azúcar", dijo luego de llevarse uno a la boca. Examinamos la alacena. Entre unas latas de conserva y una botella de licor de moras, hallamos el azucarero. En su interior, el endulzante estaba sucio, como si hubiera sido recogido del piso. Preventivamente, ordenamos por radio el arresto de Páez y pedimos el apoyo de los técnicos. Ellos tampoco encontraron ninguna señal que demostrara que Cattaneo hubiera estado allí, pero sí descubrieron, mezclado con el azúcar, el mismo tóxico presente en la sangre del occiso. Otros detalles significativos fueron el hallazgo de huellas digitales de Páez en una de las tazas que estaban frente al cadáver, y la comprobación de que Cattaneo nunca había tenido una caja fuerte.

En el momento en que me agacho a recoger el peón caído, una súbita ola de dolor golpea mi cabeza. Recupero la posición en la silla y, lentamente, esa horrible sensación empieza a ceder y da paso a un ligero mareo. Todo alrededor oscila, excepto Feres, que continúa inverosímilmente quieto, con la vista todavía clavada en un punto de la calle.

—Una vecina del muerto nos confió que días atrás la viuda había partido hacia Córdoba. La citamos. Seguía lloviendo cuando Gabriela Arregui se presentó ante nosotros. Veintiocho años, ojos verdes, bello rostro, cabello largo que llegaba a una cintura muy estrecha. Su historia coincidía exactamente con la contada por su amante. En el momento en que ella se retiró, Gamboa expuso su teoría del caso. Pensaba que Páez era culpable, que había llamado a Cattaneo a la mañana para decirle que tenía que verlo y preguntarle si esa noche se encontraría en su casa. "Estaba furioso —dijo con inquietante tranquilidad— porque la chica había decidido quedarse con su esposo y, movilizado por la venganza o la esperanza de recuperarla, pensó en quitarlo del medio. Cuando estuvieron sentados uno frente al otro, provocó alguna distracción e introdujo el veneno en el pocillo de su interlocutor. Enseguida, éste empezó a sentir los efectos de la droga, sospechó lo que estaba ocurriendo e inventó lo de la agenda en la caja fuerte, pensando que si su compañero creía que la policía podía enterarse de que esa noche habían estado juntos, desistiría de sus planes y lo llevaría a un hospital. Pero en lugar de eso, Páez dejó que muriera e inventó la historia que nos ha contado".

Sin cambiar de postura, Feres introduce una mano en el bolsillo de su saco. De pronto, sin saber por qué, empiezo a preguntarme qué estará mirando, qué habrá de fascinante en esa porción de la calle vedada a mi visión. Y quizá por mi oficio, porque es inevitable que un escritor llene con personajes y escenarios aquello que no puede ver, imagino el brillo metálico del asfalto, un automóvil que circula, el borracho de la cuadra mirando el cono infinito de la lluvia, formado por innumerables proyectiles color plata.

—No era una mala teoría —sigue Feres tras la pausa que ha hecho para encender un cigarrillo—. Mucho más lógica que la de un hombre que se suicida por odio, que se preocupa por tener en casa pocillos iguales a los que usa su enemigo, que se lleva uno cuidando que no se borren las huellas, y tiene la precaución de lavarlo y quitarle los restos del narcótico, para llenarlo luego con un café que nadie va a beber.

Siento que me mira fugazmente. El humo que exhala parece enredarse en el recorrido paralelo de las gotas. La lluvia alarga su resplandor oscilante, alcanza el suelo y se dilata en un incendio sin llamas cerca del peón que no he podido recoger.

—Supusimos que nuestra actuación había terminado y dejamos todo en manos del Juez. Pero cuando apareció la carta, volvieron a llamarnos.

Cierro los ojos. En mis párpados se recrea la figura del borracho que he imaginado hace un instante. Lo veo sentado en el cordón de la vereda de enfrente, rodeado de charcos que palpitan a su lado como espejos astillados. Está observando la única ventana iluminada de la cuadra: un rectángulo de luz amarilla que enmarca la silueta desgarbada de Feres.

—Para entonces, Páez llevaba ya treinta y cinco días de arresto. La carta había sido enviada desde Montevideo. Aparentemente, Cattaneo se la había mandado a un amigo dentro de un sobre más grande, pidiéndole que esperara un mes y la pusiera en el correo. Estaba dirigida a la policía y mencionaba su plan para incriminar al hombre que lo había traicionado. Me encargué personalmente de liberar a Páez.

Siempre en mi mente, bajo el cielo craquelado de relámpagos y el gorgoteo incesante del agua que discurre a su lado, el borracho mira al hombre que fuma en la ventana y dice: "No me gustaría estar en tu lugar. Pese al frío, pese a tener una vida tan miserable que ni siquiera es verdadera, no me gustaría estar en tu lugar".

—Dos semanas más tarde, cuando ya casi habíamos olvidado el asunto y estábamos en otro caso, nos notificaron que una mujer había puesto una denuncia contra Páez. La señora se quejaba porque, desde hacía varios días, el gato de su vecino, aparentemente encerrado en la casa, hacía un ruido insoportable. Tuve un mal presentimiento.

Mientras Feres continúa su relato con una voz que atenúan los truenos y el murmullo sedoso del agua, en mi imaginación un automóvil pasa junto al borracho, lo salpica con sus ruedas y desaparece, perseguido por un chirrido y una estela de luz roja. Él no se inmuta. Saca la botella que atesora entre sus ropas, bebe un trago y vuelve la vista hacia el resplandor rojizo que, en el rostro del hombre en la ventana, se dilata y contrae como la respiración de un animal moribundo.

—Esta vez, la casa se veía hermosa bajo la luna llena. Tocamos timbre y llamamos repetidamente, pero nadie respondió. Gamboa observó que la puerta estaba cerrada por dentro y comenzó a golpearla con todas sus fuerzas. Finalmente, la derribó. Entonces, al tiempo que nos envolvía un aire nauseabundo, algo se precipitó hacia nosotros con tal violencia que casi nos hizo perder el equilibrio. Permaneció un tiempo oculto entre la vegetación del jardín y desde allí, agazapado y punteando la noche con sus ojos fosforescentes, el gato empezó a emitir el mismo espantoso sonido que había motivado la denuncia. Luego salió de su escondite y comenzó a pasearse de izquierda a derecha a la luz de la luna, hinchado como una gigantesca gota de mercurio. Gamboa y yo contuvimos la respiración y entramos en la casa. En la cocina, frente a una mesa sobre la cual se encontraba la botella de licor de moras que habíamos visto la noche en que lo conocimos, estaba sentado Páez. Su cuerpo había empezado a descomponerse. Más tarde, el forense informó que la botella contenía el mismo veneno que Cattaneo había usado para suicidarse.

En la noche alucinada, Feres y el borracho se miran a los ojos. Aunque fluye entre ellos una corriente de mutuo desprecio y ninguno quiere ser el otro, ambos comparten el íntimo deseo de no ser personajes de ficción. Al borracho le gustaría que yo lo liberara, para anonadarse en el universo infinito de lo posible, sin comprender que de todas formas ya está dentro de él. Feres, en cambio, busca imponerse a la realidad, y para ello se vuelve, me mira y pregunta si estoy bien.

Abro los ojos.

Tras las siluetas de las piezas y el vaso vacío, borroso contra la claridad intermitente de la ventana, el verdadero Feres me observa expectante.

Y, realmente, no me sorprende su impaciencia: yo, al igual que él, me pregunto cuándo terminará todo esto, en qué momento la droga completará su efecto misericordioso, haciendo que me quede dormido.

 



  Carros en Ecuador
  Bienes Raices en Ecuador
  Hare Krishna