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Camas paralelas

Adela prendió la radio y se dejó balancear por el ritmo mientras se atareaba en la cocina, tan grande, tan blanca, con una esponja plástica, o que parecía plástica, de un color verde brillante. Limpiaba las cubiertas del vasto mueble de cocina, el refrigerador, la puerta enlozada de la máquina de lavar platos, los estantes, allá arriba, hechos para gente alta, que sus manos no podían alcanzar. No iba a traer esta vez el puff del living para pararse encima y limpiar, equilibrándose, la grasilla que se iba acumulando cuando se cocina, inevitable pese a los ventiladores y extractores de aire, los hornos microondas y quizás algunos otros artefactos, no fuera que se cayera de nuevo como la primera vez doblándose el tobillo y teniendo que quedarse en cama varios días en su departamento sin poder venir a trabajar y leyendo y releyendo las cartas, poniendo una y otra vez los mismos casetes en el tocadisco de segunda mano (discorola decían sus papás), escuchando a partir de las seis (el supermercado cerraba a las cinco), las interminables chácharas de la María Eugenia, que fumaba contándole sus aventuras en el trabajo, sobre los jóvenes rubios que trabajaban a media jornada y que algunas veces ni la veían y otras le agarraban el trasero o le rozaban las tetas pero como jugando, y no pasaba nada después, hasta que otro se ponía juguetón, pero ella sabía y había oído los jadeos que venían de la bodega y había visto a las niñas gringas, después de la hora del lunch aparecer con el pelo desordenado y rojas, asorochadas, y no podía evitar, a pesar de que fumaba y decía que no tenia olfato (Adela detestaba el humo), el sentir un suave olorcillo que conocía tan bien y contaba eso, en calzones en la cama del lado, conversando con Adela y acariciándose la punta de los pechos, casi negra, con la yema de los dedos largos, ahora con las uñas romas porque en los primeros días se había quebrado un par manipulando mercadería y se las había tenido que cortar todas, y después los dedos iban a acariciar y presionar en forma inconsciente el bulto entre las piernas y esa misma noche, le diría fumando a Adela que no era justo, que ella era una mujer todavía joven, nunca le había dicho la edad y esa juventud podía estar en cualquier parte entre los veinticinco y los treinta, había estado casada, como ella, y lo había hecho por lo menos una vez al día y ahora se había pasado más de seis meses en banda, y no era justo estar rodeada por todos esos chiquillos rubios, siempre le habían gustado los rucios, desde chiquitita, los opuestos se atraen, eso lo sabe todo el mundo y ella era tan morena, casi negra.

"Negra", le decían en la escuela, "Negrita rica" los amigos y su marido. Y cuando la luz se apagaba María Eugenia decía buenas noches y a veces rezaba y a veces no y parecía que se dormía al tiro, pero Adela se quedaba pensando y recordando, no le era fácil dormirse, y al cabo podía sentir que la cama del lado crujía y María Eugenia seguramente lo estaría haciendo, algunas veces dos o tres veces en la noche, se lo estaría haciendo con el dedo, y ahogando los momentos culminantes en la almohada y quizás estaría pensando en los cabros rucios del supermercado, en como lo hacían con las niñas, y a lo mejor eso estaría pensando la María Eugenia mientras el catre crujía, que era más o menos las cosas que le decía fumando y entre tos y tos a la Adela, que se aburría a veces pero no decía nada, que no era justo para una mujer joven y una ex casada de por allá, no de por aquí, ya que había leído en un National Enquirer en el lunch en el supermercado que en Norteamérica las parejas de como 35 años lo hacen como promedio un par de veces por semana, sería por eso que las gringas preferían irse con los árabes, los latinos y a veces hasta con los negros.

O a lo mejor la María Eugenia pensaba en su marido, que decía que se iba a venir pero era difícil porque le había mostrado las cartas los primeros meses y Adela se daba cuenta que el otro estaba frío, había perdido el interés, le contaba cosas como por contarle y le decía que estaba juntando plata, que tenía que ir a la embajada para una entrevista la semana que viene, pero ella no le había dicho nada a la otra, para qué, sola se iba a dar cuenta, y luego el hombre le había escrito que no tenía plata, que no había podido vender la casa además de que su hermana casada la estaba ocupando y él no podía ponerlos a todos de patitas en la calle con lo difícil que estaba la situación, y que ella tenía que pedirlo, qué era eso pedirlo, se preguntaba Adela, pero no quería pasar por ignorante. Si quería que se viniera le iba a tener que juntar la plata para el pasaje. Y María Eugenia había llorado una vez, con un sonido agudo, como una rata o una niña chica y le había dicho que el tipo lo que quería era que le mandara la plata y que quizás qué lo que iba a hacer con ella, quizás con quién se había metido ya que ella lo conocía y él no era capaz de pasarse un par de días sin pegarse una cacha, y que ella podía muy bien pedir un préstamo en el banco ya que estaba trabajando jornada completa pero que no pensaba hacerlo.

Cuando el oficial de inmigración, el que sabía hun poucou d'spañol, la llamó una vez por teléfono, la María Eugenia le había dicho que estaba casada, pero que en realidad más o menos casada, y la Adela estaba escuchando, y el fulano era el mismo con que había hablado para poder traer al marido, pero luego de juntarse algunas veces con el ya no habló del asunto por un tiempo y andaba cantando sola y se quedaba fumando, mirando para arriba y moviendo las piernas cruzadas, nunca podía estarse quieta y era tan habladora, y después había estado callada unos días y habían pasado ya sus buenos meses.

En cuanto a Adela, también era joven y más que la otra, y no se crea que no tenía sus necesidades también, ella sólo había conocido a un hombre, su marido, con el que se había casado en la iglesia y los padres de él y los padres de ella habían sabido desde que eran chicos que se iban a terminar casando. Pero ella no podía ponerse a pensar en él en la noche, como la María Eugenia, porque siempre que pensaba en él se lo imaginaba en quién sabe qué situaciones, amarrado a un somier, y el somier con un enchufe o algo así y alguien que conectaba el enchufe, o que estaba arrodillado y alguien venía por detrás y lo hacía levantar la cabeza agarrándolo por el pelo, y le decía "sacate los anteojos", como en la película El Salvador, que la había visto porque un latino que limpiaba las oficinas en el primer piso del edificio le había ofrecido una entrada y ella no había tenido corazón para decirle que no, "sacate los anteojos", porque Miguel también era así, como el estudiante que aparece en la película, a ese que bajan del camión y después le dan un balazo en la cabeza. Y a Adela se le quitaban las ganas de seguirse acordando y a veces lloraba y no podía quedarse dormida hasta mucho, mucho más tarde.

 



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