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La senda del perdedor

Tenía frío, mucho frío. Había gastado lo último que le quedaba en aquella botella de Lario’s, y aunque ya la había vaciado cinco calles más abajo, seguía sintiendo el cuerpo como sepultado.

Se llamaba Antonio, aunque prefería que le llamasen “Niebla”, porque así se había emperrado en llamarse, y porque, además, muchas veces, ni él mismo recordaba ya su auténtico nombre. Tampoco quería evocar cómo había llegado hasta aquel estado de absoluta desolación, ni qué pensaba hacer al respecto. Era un ser atrapado que fingía mantenerse a flote. Pero amaba tanto el alcohol como aún amaba a aquella querida que tuvo hacía una eternidad, cuando vestía trajes de Adolfo Domínguez y corbata italiana de seda.

Sabía que estaba muerto, que sólo andaba de aquí para allá por puro egoísmo. —Algún día no tendré suficiente para la próxima botella—, pensaba a menudo, y ése era uno de los pocos pensamientos que le atormentaban.

Se acurrucó detrás de un contenedor de basuras, parapetándose tras la masa verde del “iglú”, que se erguía a sus espaldas como un gran armario ropero. Vociferó, regurgitó algo nauseabundo y luego se durmió. Su cuerpo ajado antes de tiempo cabía de sobras en una caja de zapatos.

Era lo bastante de madrugada para que se sintiera sólo, pero no lo estaba. Su troupe de fantasmas personales brincaban despreocupados en su cabeza, convencidos de que dormía.

Todavía era lo suficientemente joven para no ser viejo, pero no aparentaba la edad que tenía, había envejecido sin darse cuenta. Tenía un pulmón seco, dos medallas de latón y una pringosa carta de una tal Enma que no mostraba a nadie por miedo de que se supiera que nunca había aprendido a leer.

Un tubo de escape ahuyentó a los bailarines y Niebla se puso a buscar entre los excrementos de la ciudad aquella botella olvidada, semivacía, que le sirviera de puente hasta el alba. Así fue como aquella noche aciaga su estructura semihumana fue metiéndose en las tripas del come-basuras, ajena al peligro que le acechaba. Ya casi había alcanzado el fondo, cuando un resbalón le precipitó a su interior, golpeándose en el mentón hasta perder el conocimiento.

Los fantasmas de la noche volvieron para bailotear claqué en el improvisado tablao de su mente. Mientras regresaban uno a uno, como presentándose ante un público imaginario, una puerta gigantesca se abrió de par en par en nedio de sus sueños. Fue por allí por donde se coló, furtivamente, aquel hilillo de luz de naturaleza incierta que terminó proyectándose sobre el suelo de aquella destartalada habitación de hotel...

...Risas en la mente. Una silueta alcanzó a recortarse en el quicio de la puerta —¿Quién es?—. Recordó haber oído como en un eco interminable. Pero como única respuesta a su miedo repentino, oyó claramente el sonido de unos tacones femeninos aproximándosele. El estruendo de los tacones se hizo cada vez más firme, más presente, hasta que súbitamente se abrió un paréntesis de silencio. No fue, sin embargo, un armisticio, sino una pausa repleta de acechos y murmullos desde donde aquella hembra misteriosa parecía sopesar el terror que producía en su futura víctima. Con una de aquellas afiladas puntas quirúrgicas que le servían de tacón, hizo presa, sin la menor vacilación, en una infeliz cucaracha de cocina que regresaba, ignorante, a sus cuarteles de invierno. Magnífico animal, puro, único en su estirpe de ortópteros albinos. Insustituible. Reo de inocencia... Sus jugos vitales se esparcen por el linóleo del piso, en un fluir incesante. La gran cucaracha ha muerto, ¡Vivan las cucarachas! Sus fluidos cerebrales, intestinales y finalmente sexuales, descienden por las escaleras del hotel en un gorgoteo continuo y pegajoso, que va aumentando de caudal hasta convertirse en una cloaca a cielo abierto...

Tras una de las puertas se escucha la voz de una niña. Esta “Lolita” pubescente interpreta una cancioncilla obscena. Tiene un registro dulce, insinuante, pero un poco empalagoso. ¿Por qué cantará esta niña desde sus secretos humedales, mientras el tufo de la muerte desciende como un río escaleras abajo?...

El ex-hombre chapotea en el fondo del contenedor. Tiene la nariz rota y una ceja partida. Su sangre es oscura como tinta china. No puede levantarse y el único pulmón apenas le bombea el oxígeno necesario para imaginarse que vive. Sólo los juegos de la mente consiguen postergar el final...

“...Un púber de aire avieso está escondido en el fondo de un armario, junto a él se encuentra una princesita de voz melosa que responde al nombre de Mariajo. Están jugando al juego del “escondite” con sus primos segundos:

—Cuarenta y seis... cuarenta y siete... cuarenta y ocho... cuarenta y nueve... yyyy... cincuenta. Quien no se ha escondido tiempo ha tenido—. Cuchichean nerviosos ante la posibilidad de ser descubiertos. En el interior del guardarropa, que huele a naftalina y a piel de conejo por culpa del abrigo de tía Carmen, reina la más absoluta oscuridad. Afuera, una luz mediterránea baña, impúdica, el resto de la casa.

Aquel taconeo familiar aumenta de volumen al acercarse al mueble. Las respiraciones de los dos niños se hacen más violentas, se oyen dos corazones entrelazándose en una arritmia vertiginosa. Alguien manipula la llave en la cerradura y una veta de luz alienígena ilumina los ojos de los pequeños, segundos antes de que el ropero se abra del todo y una silueta de mujer, embutida en ropas ajustadísimas se recorte en la retina asombrada de los niños. Tía Carmen tiene terminantemente prohibido entrar en los armarios, no en vano sus crisis claustrofóbicas se desatan con sólo pensar en los armarios. Sufre por su ropa encerrada, igual que lo haría por el cadáver que espera el acoso de sus depredadores, retenido en el interior de su ataúd. No tiene solución...”

Niebla semiconsciente, apura una milagrosa botella de J&B que aún contenía algo del su delicioso elixir. —Dios aprieta pero no ahoga—. Entre desperdicios, el ex-ciudadano ha reencontrado el calor del hogar. Abrigado por el plástico y la mugre, se siente confortado de pertenecer a la sociedad del despilfarro.

Algo que parece irreal sacude el contenedor desde el exterior.

—¡Venga cha!. Que es el último que nos queda de esta manzana—. Alguien teclea firmemente dos botones rojos hasta la posición de descarga y, después, mientras Niebla se esfuerza en adivinar, golpea el verde a fondo. Se escucha un zumbido, una vibración fatal y, a continuación... un deglutir interminable sacude al camión...


Basural inmenso. Al fondo, entre la bruma del monóxido y otros gases de efecto invernadero, despierta la gran ciudad. Dunas de residuos polimorfos y multicolores se agitan con la brisa matutina. Grandes roedores e insectos mil parrandean en busca del sustento cotidiano, mientras una maraña de olores, a cuál más venenoso y penetrante, flota sobre el detritus orgánico. Hay también, entre la fauna depredadora, gaviotas altivas, palomas asesinas y demasiadas cotorras argentinas. Y aunque parezca mentira en medio de todo aquel submundo civilizado, un perro y varios niños buscan su ración de calorías diarias. El perro, apenas un espectro devorado por la sarna, pura piel y huesos, jadea a causa del esfuerzo que está realizando. Ha encontrado buena pitanza y jala de ella hasta la extenuación. Es el principio de una extremidad humana, apenas una mano que se aferra desesperadamente al cristal de una botella vacía...



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