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Ni chicha ni limoná

Como aún era demasiado renacuajo para ir solo en metro, cruzar la calle por mi cuenta, o invitar al cine a la chica pecosa que vivía en el rellano de mi escalera, decidí convertirme en coleccionista. Empecé atesorando diminutas piedras que la lluvia me descubría en el parque. Aquellos cantos irregulares, una vez limpios de barro, se convertían en joyas de una singular belleza. Luego siguieron los cromos, aunque en eso tuvo que ayudarme mamá, porque la asignación que mi padre me daba todos los sábados apenas me llegaba para las pipas y los chicles. Por eso ella siempre deslizaba en mi bolsillo un par de duros extras que la Sra. Antonia, la de la tienda de chucherías, canjeaba por unos sobrecitos de cromos. Cierto que salían muchos repetidos, pero eso también tenía su aliciente ya que podía cambiarlos en la escuela o jugármelos a cara o cruz con mis amigos.

Poco a poco, casi sin darme cuenta, se me fue pasando la edad y un día, ayudado por el viento, dispersé sobre el barrio mis valiosas colecciones de Animales, de Futbolistas, de Razas, de Aviones, de Barcos, de Trenes... Todos aquellos cromos cayeron desde el balcón agitándose espasmódicamente en el aire como mariposas disecadas. Algunos fueron arrastrados hasta el pinar cercano, pero la mayoría aterrizó sin contratiempos sobre la acera, donde un tumulto de chavales, ávidos por liquidar los despojos de mi niñez, bailaron felices bajo aquella inesperada "lluvia".

Una pelusilla insignificante, pero perceptible, colonizó mi labio superior e hizo que éste destacara como si hubiera recibido un puñetazo. Mi padre, no sé si por orgullo o por bromear, empezó a relacionar-me con los pavos: "Carlitos, estás llegando a la edad del pavo", decía, mientras yo me enfurruñaba, porque nunca he tragado a esos bichos irascibles y traicioneros. "Carlitos, estás en esa edad que no eres ni chicha ni limoná", decía también, buscando con la mirada la complicidad de mi madre.

Aún no viajaba solo en metro ni en autobús y la chica de las pecas se había mudado a otro barrio, pero empecé a llevar pantalones largos y los inviernos se hicieron más soportables. Fue en ese tiempo de metamorfosis cuando conocí inesperadamente al revisor Arístides Carrasquer.

Aquella mañana la estación de Francia era un hervidero de gentes peculiares, una amalgama de razas y nacionalidades que corrían excitadas arrastrando sus maletas. El aire olía a una mezcla de zotal y mar Mediterráneo, junto con otros olores menores de tabaco y perfumería. La luz de agosto, con todo su esplendor, se colaba furtivamente por los grandes ventanales del techo hasta proyectar en el suelo de los andenes todo el entramado metálico de la cúpula. Y enfrentados a todo ese sorprendente guirigay, estábamos nosotros, mamá, mis tres hermanas y yo, que huíamos de la ciudad para disfrutar de otras vacaciones en el pueblo. Mi padre vendría a despedirnos. Ese era el trato. Al pobre le quedaban aún dos semanas más de trabajo en la Empresa Municipal de Pompas Fúnebres, antes de poder reunirse con nosotros. Catorce interminables días embelleciendo la jeta de los difuntos. Llegó tarde, cuando la locomotora asomaba ya su rostro imperturbable camino de Calatayud y algunas volutas de humo gris escapaban de su chimenea. Apenas lo distinguimos entre la multitud agitando el pañuelo a cuadros rojos y blancos que usaba en las despedidas.

Encontramos nuestro compartimiento sin la ayuda de nadie, y allí nos instalamos después de colgar aquella maleta marrón que imitaba sin éxito la piel de cocodrilo. Fue una ardua labor subir aquel baúl en miniatura hasta el enrejado de la estantería, pero gracias a un señor calvo, que ya estaba instalado, pudimos conseguirlo. Después vino el problema de la ventanilla. Todos, a excepción de mi hermana Teresa que sufría de mareos crónicos, queríamos sentarnos junto a aquel ojo polifémico y pegar la nariz en el cristal. Clara, que era dos años y tres meses mayor que yo, se creía, a causa de eso, con el derecho divino a ser ella la afortunada. Elena, la más pequeña de mis hermanas, esperaba por eso mismo también, que otra vez mi madre, acostumbrada a mimarla, la eligiera a ella para ese lugar tan privilegiado. Pero como siempre, y para evitar disputas innecesarias, mi madre optó por echar suertes entre los tres. Cogió tres fósforos y tras manipularlos convenientemente nos los ofreció. Quien consiguiera la más larga de aquellas cerillas sería el afortunado. Y esta vez, cosa rara porque no ganaba nunca, fui yo quien consiguió el fósforo más largo. Miré a mamá agradecido, mientras Elena y Clara enrojecían de envidia.

De los dos asientos que seguían sin ocupar, uno resultó ser para la mujer del señor calvo que nos había ayudado en lo de la maleta. Era una mujer delgadísima de mirada aviesa, ni guapa ni fea, pero sin lugar a dudas mucho más joven que él. Enseguida dio a entender, tras repasarnos de arriba abajo, que al contrario que su esposo, a ella le disgustaban los niños. Saludó cortésmente a mi madre y se acomodó en su asiento. La otra plaza estuvo desocupada hasta casi media hora después de nuestra partida, pero de pronto la puerta corredera se abrió y asomó un "mozalbete", como llamaba mi padre a esos jóvenes de no más de 20 años, altos, espigados, de barba rala, ni hombres ni críos, que parecen postrados en un estadio de adolescencia perpetua. "Ni chicha ni limoná", pensé imitando a mi padre. Iba vestido impecablemente con un traje claro en el que destacaban unas sutiles rayas verticales de color salmón. La corbata, salpicada de motivos geométricos, se cerraba en torno al cuello mediante un enorme nudo.

-Buenos días, señoras y caballero -balbuceó.

Entró algo atropelladamente, arrastrando un maletín negro que parecía pesar mucho, a juzgar por el esfuerzo que tuvo que realizar para situarlo en el portamaletas. Nos volvió a mirar con nerviosismo y salió al pasillo. Le vi encender un cigarrillo y llevárselo a los labios. Después me olvidé de él para deslizarme por un paisaje reseco y salpicado de pequeños cráteres que corrían a través de la ventanilla. Cuando regresó al compartimiento, el pobre chico sudaba a mares.

-No les importa si... -suplicó quedándose en mangas de camisa. Padezco hiperhidrosis y...

-Por favor, joven. Estamos en pleno verano. Si las señoras no tienen inconveniente, yo por mi parte, ya ve, voy en "samarreta" -le contestó el hombre de la calvicie.

No sólo era un auténtico "mozalbete", también era un "lechuguino", calificativo que usaba mi padre para designar a las personas poco campechanas y que se andan siempre con remilgos. Le miré con desprecio. La hiperhinoséqué me sonó a cuento chino. Únicamente un estúpido como aquel podía ir con tantos miramientos para enseñar una camisa, que, además, refulgía de limpia. Sin embargo, noté con sorpresa que Clara se ruborizaba cuando, además de la dichosa camisa, el joven nos enseñó su cuello liberado de aquel nudo gordiano.

-Mamá, ¿puedo ir al lavabo?

Mi vocecita, que no obstante empezaba a modularse hacia los tonos graves, seguramente a causa del "pavo" de marras que mi padre mencionaba, flotó por el aire sin que mi madre, enfrascada en una revista de cotilleo, reparase en nada.

-¿Puedo? -grité.

-¿Qué quieres, Carlitos?. Sí, puedes ir al excusado, pero no te entretengas por ahí, que te conozco -me advirtió sin mirarme.

Apenas abandoné mi atalaya, Elena puso cara de pícara, y ocupó rápidamente mi sitio junto a la ventanilla. -Quién se va a Sevilla pierde su silla-cantó mientras pegaba su carita de "ángel" en el mismo círculo grasiento donde antes había estado la mía.

-Sólo hasta que regrese. Ni un segundo más -le advertí intentando parecer amenazador.

El pasillo estaba lleno de fumadores que echaban profundas caladas y conversaban animadamente. Era divertido avanzar por el vagón mientras la fuerza centrífuga de la máquina te balanceaba de un lado a otro. Me recordaba a los colchones de aire que había en las ferias. Llegué al lavabo, pero estaba ocupado.

-Enseguida termino -se oyó desde el interior.

Una pareja de novios se besaba en los labios y hablaba. Ella reía mucho, pero él parecía preocupado por algo. A un par de metros de ellos, tres soldados estaban sentados sobre sus bolsas petate jugando una partida de cartas en el suelo. Un rayo de sol estallaba sobre el hábito de una monja gorda que tosía y escupía en un pañuelo. Más allá, dos señoras discutían acaloradamente.

-Niño, ya puedes entrar -oí a mi espalda.

Era una apacible anciana, que lucía un moño descuidado y se ayudaba de un bastón con empuñadura de hueso que representaba la cara de un mastín napolitano. Salió lentamente, me miró y, antes de desaparecer, pasó su mano por mi pelo regalándome una sonrisa. Poseía los dientes más blancos que jamás había visto. Entré. En el pequeño espacio del W.C., un olor a colonia de bebé flotaba a la deriva remolcado por la propia fuerza de la locomotora. Me miré al espejo. Tenía todo el aspecto de un niño de trece años y, sin embargo, mi madre aún me llamaba "Carlitos". "No hay derecho", pensé mientras pasaba la yema del dedo índice por encima de aquella vaguedad pilosa que me crecía junto a la nariz. No era un bigote como para alardear, pero era un venturoso comienzo. Por puro placer jalé de la cadena y vacié la cisterna. Me divertía pensar que el agua, con todo lo demás, quedaba expuesto en la vía para que el sol lo disecara.

-¿Está ocupado? -interrogó una voz nasal.

-Sí -respondí con firmeza.

-Pues vaya -oí que se quejaban.

-Ahora salgo -dije tranquilizador.

Me cercioré de que la bragueta estuviera abotonada y accioné el pestillo; pero el maldito pestillo no se movió ni un solo milímetro.

-¿Sale o no sale? -preguntaron.

Volví a intentarlo con todas mis fuerzas y fracasé. El condenado hierrecito parecía pegado al marco. Se me ocurrió engrasarlo con saliva, pero como nunca había destacado por mi puntería, no acerté hasta el quinto salivazo. Limpié los alrededores con un poco de papel higiénico, e intenté de nuevo la maniobra. Nada. Oleadas de vergüenza empezaron a subirme por la cabeza. ¿Qué diría mi madre? Iba a quedarme con el diminutivo para toda la vida. Podía imaginármelo "Carlitos", ¡estudia!; "Carlitos", ¿qué tal en la mili?; "Carlitos", ¿ya tienes novia?; "Carlitos", tienes un hijo precioso. Me senté desconsolado en la taza, aturdido por la tragedia que se avecinaba.

-¿Sigue ocupado? -bramaron del otro lado.

-¡Sí! -grité.

-¡Coño con "el caganer"! -maldijeron.

Empecé a tener miedo, un miedo atroz a que se olvidaran de mí y me dejaran para siempre encerrado. Adiós a las vacaciones, a mi bicicleta, a los helados de turrón que vendían en el café. Pero lo peor serían las burlas de mis hermanas, sobre todo las de Clara, ésas sobrevivirían al diminutivo. Por un momento desee no existir en la mente de nadie. Ser un niño desconocido, en un país recóndito, de un planeta impensable.

-¡Socorro! Estoy encerrado en el aseo -supliqué.

-Tranquilo, tranquilo. Ya me extrañaba a mi tanto rato ahí metido -la voz aflautada pareció relajarse- Voy a buscar al revisor -dijo condescendiente.

El revisor nada menos. Pero cómo iba esperar yo a que el revisor me rescatase. Todo el tren se enteraría del suceso y entonces estaría perdido. Incluso me quedaría para siempre sin la opción de la ventanilla; ni siquiera el azar podría ya concedérmela. Mi cabeza se puso a pensar deprisa, y mientras lo hacía descubrí el detergente. ¡Claro!, si el jabón conseguía quitar el anillo de compromiso del dedo de mamá, también podría mover el pestillo. Unté esperanzado el metal, hinché el pecho con tanto aire como pude y... seguí encerrado un buen rato. ¡Maldición! No volveré a orinar en toda mi vida. Fue una promesa desesperada, aun a sabiendas de que era fisiológicamente imposible de cumplir.

-¿Sigue ahí? -una pregunta que juzgué estúpida.

-Sí, sí -me mordí los labios para no llorar.

Oí un roce metálico y el pestillo se movió hasta la posición de abierto.

-Ya está, ya puede salir.

Tímidamente, mi cabeza fue apareciendo de detrás de la puerta. Enfrente, circunscrito en una aureola de luz, el revisor hacía oscilar la llave maestra. Era muy alto, demasiado para aquel oficio que transcurría entre estrecheces, pero a él no parecía importarle. Se atusó el enorme mostacho que lucía de carrillo a carrillo y me sonrió bonachonamente.

-No habrás tenido miedo, verdad -me interrogó conciliador.

Clavé los ojos en el suelo y deseé no haber nacido, pero la realidad es obstinada y allí estaba yo expuesto a la conmiseración humana, y sin ningún lugar donde esconderme.

-Vamos, hombre, que eso le puede pasar a cualquiera. Lo dejaré cerrado para evitar más sorpresas, ¿vale?

¿Había oído bien? ¿Hombre? Sí, me había llamado "hombre". Le debía la vida y no se lo tomaba a guasa. En lugar de eso me ascendía a la categoría de igual."Hombre". Miré su rostro con adoración y me presenté.

-Soy Carlos Cassassayas Tomei, para servirle a usted. -balbucí. Le agradezco mucho lo que ha hecho por mí.

-¡Bah! No tiene importancia. Mi nombre es Arístides Carrasquer y estoy encantado de poder ayudarte.

Si alguna vez conozco a Dios, espero que sea como Arístides. El sí que sabía tratar a las personas. Mi adoración por él se convirtió en una profunda e incondicional veneración. Me acompañó al compartimiento y cuando mi madre empezó a regañarme por la tardanza, Arístides mintió diciendo que había sido culpa suya por entretenerme enseñándome la caldera. En todo momento eludió mencionar el incidente del W.C., ya que su instinto sagaz y generoso le advirtió de la inconveniencia de ello.

Lo que pudo haber sido una catástrofe que marcara mi vida para siempre, se convirtió, gracias a aquel ser angelical, en una victoria desmedida, porque ni una sola de mis tres hermanas, incluida la que se creía toda una señoritinga, dejó de envidiarme durante el resto del viaje. Había conocido la locomotora por dentro. Había estado, como aquel que dice, en sus tripas de acero, y había regresado lo suficientemente entero como para contarlo. Se arremolinaron en torno a mí llenas de preguntas que por supuesto no contesté, pues, recuperado de mi orgullo, preferí seguir manteniendo las distancias que había conquistado tan inesperadamente. Elena me devolvió sin rechistar mi plaza junto al cristal, y volví a ajustar la frente sobre la aureola grasienta de antes. Apenas había cambiado nada. Yo seguía en mi sitio viendo desfilar el paisaje de los Monegros, con su monocromía fantasmal, y escuchando el traqueteo incesante que las ruedas producían sobre los raíles; Mi madre seguía leyendo su revista. El señor calvo comía cuidadosamente un bocadillo de jamón, mientras su mujer dormitaba plácidamente; el joven del traje, que resultó ser un viajante de perfumería, inspeccionaba su maletín, y mi hermana mayor, que seguía sin quitarle ojo de encima, le ofrecía amablemente fruta. Todo lo que me rodeaba encajaba maravillosamente; incluso las pequeñas parecían mejores. Lancé un prolongado suspiro. Afuera se oía la voz recon-fortante de Arístides pidiendo los billetes y pensé en escribir sobre él, sobre su extenso bigote, sobre sus ojos azules y acuosos como salidos de una almadraba.



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