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Tren de olvido

La hilera de casuchitas desparramadas a lo largo del verde litoral, con su playa atiborrada de palos secos, basura y amores olvidados, escondían a la Inés Palumba en algún rincón oscuro, quizás entre las brujas, quizás entre las meretrices, en los recovecos del arrabal costero, del pueblo fantasma que era Puntarenas entre semana. Porque a fin de cuentas, suponía que algo tendría la Inés de bruja y de puta. Fue por algún tiempo la empleada doméstica en la casa de la abuela, y diez años mayor que él, la mujer que una tarde de secundaria le hiciera una invitación casi forzada al exiguo cuarto de servicio mientras la luz inclinada del crepúsculo iluminaba sus cabellos largos y castaños.
En sus brazos dejó de ser el niño chineado de la abuela, y nadando en sus sábanas de tela cruda abandonó la loca transición de la pubertad. Sólo existía dentro de aquellas cuatro paredes la concupiscencia contundente de ese cuerpo acanelado y desprovisto del clerical uniforme celeste con delantal blanco, y la divertida expresión de su rostro causada por la angustia y desconcierto de Julián. Casi nada recordaba de aquel día, pero retenía en la memoria que fue su primer novia, y que duró tan sólo unas cuantas tardes de locura, ingenuidad y desenfreno en el cuarto de servicio. Duró hasta que su madre lo supo. Al día siguiente Inés regresaría a aquel al caserío de su infancia, ese caserío que se cierne sobre el borde del estero de Puntarenas. Desde entonces Inés, cuarto de servicio y uniforme celeste con delantal blanco tirado en una esquina, dejaron también de ser.
Pero unos años después, cuando recién se recibía de médico, quiso desempolvar aquel capítulo determinante de su existencia, y la madrugada gris y brumosa de un día cualquiera entre semana del mes de septiembre, tomó el primer tren hacia Puntarenas. A lo lejos, hacia el sur apenas se divisaba el edificio gris de la estación del Ferrocarril al Pacífico, como último punto entre las filas del difuso alumbrado eléctrico. Había llovido torrencialmente la noche anterior y la ciudad aún dormida permanecía en un silencio inundado por una niebla gris y densa, cuya penumbra era vagamente interrumpida por el caminar de la gente que como almas en pena entre la bruma, se dirigían a aquel sector de aserraderos, talleres de carrocería y pintura, parquecitos, almacenes de implementos de pesca, puteros de luz roja y finalmente las puertas abiertas de la terminal. Poco a poco se empezaban a escuchar los motores de algunos vehículos y por esa calle, —incipiente zona roja— el ambiente de los bares y clubes nocturnos sumidos entre bailarinas gordas, hedor a tabaco, marihuana y alcohol de la noche anterior parecían pertenecer a un mundo, en el cual no existe ni el día ni la noche, ni el ambiente exterior, mientras una canción de Leo Dan llena de promesas, lágrimas y desamor servía de fondo para tanta bohemia, mientras la otra cara de la ciudad despertaba para sus horas de trabajo, de sufridos amores, sueños lejanos y cuentas por pagar.

La estación de trenes seguía sumida en la bruma y la oscuridad, y la hilera de vagones azules esperaba silenciosa el traqueteo que los pondría en marcha sobre los rieles, el balastro y el lecho de piedra. El cielo, como un enorme trozo de hielo humedecía la arteria que iba a dar al Liceo de Costa Rica, el Ministerio de Transportes y Plaza González Víquez, cuya perspectiva apenas podía adivinarse bajo el parchón blancuzco de los mercurios. A un costado se apreciaba el edificio que servía de taller y oficinas administrativas, con locomotoras negras y antiguas que ahora están en exhibición. Hace algún tiempo, para la víspera del ocho de diciembre en el patio principal se hacía un colorido juego de pólvora, para celebrar la fecha de la Virgen de la Concepción, según le aclarara a Julián la abuela.

Después de comprar el tiquete en la ventanilla de la vieja terminal, que el empleado de trenes nunca recogía, abordó el vagón azul y acomodándose tranquilamente en uno de los asientos dispuestos frente a frente, abrió la esquina doblada de la página de Cumbres Borrascosas, justo donde había quedado hacía unos días. De reojo miraba los tres o cuatro gatos que se subían al vagón retorciendo las bolsas de manigueta, sin intentar distinguir más de lo que permitía el reojo. Una serie de ligeros e inesperados sacudones desviaron su atención del libro de la Brönte, pues el vagón empezaba a balancearse. La máquina se desplazó con su cadencia sobre los rieles, y se apreciaban aún las luces entre las montañas al sudoeste de la capital, Barrio Los Angeles y Cristo Rey adormecidos entre la humedad y la placidez del silencio, interrumpido por el jadeante estruendo del aparato. La Fábrica Numar con su característico olor, Barrio Corazón de Jesús, La Sabana, Pavas…aquel viaje lleno de imprecisos recuerdos, lleno de imágenes inmóviles conjugadas con satisfacciones y las ambigüedades. Las vacaciones de tres meses en casas lóbregas y carcomidas por el salitre. El paso por los oscuros túneles, y los tramos en que la línea de rieles describía una curva y se podían observar otros vagones de adelante o atrás, todavía le causaba una ingenua emoción. Las paradas donde se subían al tren toda suerte de vendedores con grandes canastas de comestibles cubiertas por vistosos chuicas, semillas de marañón, cajetas. Algunos pasajeros enrojecidos por el sol de la playa debían correr detrás de los vagones pues las paradas técnicas de evacuación, cerveza y lancecillos con pueblerinas se les hacían muy cortas.

El tren seguía cortando los potreros y las laderas de los ríos por Alajuela, entre el cielo azul y el cadencioso bullicio de los viejos vagones azules, con rayas blancas y rojas al centro, como la bandera. Pasaban aceleradamente las escenas de esos lugares: el ganado detrás de las cercas y los corrales, alguno que otro campesino con botas de hule, delantal y sombrero de lona, o alguna doñita cuidando güilas en el corredor de las viejas casitas apostadas al margen de la línea, impregnadas de tierra seca y ya cansadas de soportar el paso del ruidoso animal, símbolo de un irónico progreso. Como es un día entre semana, viajaba prácticamente solo. Esporádicamente alguna que otra cabeza se asoma adelante o atrás: agentes vendedores, peones de fincas, extranjeros, o personas persiguiendo metas rocambolescas, como Julián.

Tal y como lo había dispuesto desde San José, a escasos metros, tan sólo cruzando la calle de la parada en Chacarita, encontraría la casa de huéspedes, con su amplio frente dividido en dos, el jardín ensombrecido por los árboles de almendro, por debajo del nivel de la calle. De acuerdo con cierta información suministrada por las nuevas criadas dicho lugar había funcionado por décadas como pensión de huéspedes, y como un expendio de mujeres para diversidad de oficios: Empleadas domésticas, cogedoras de café, operarias de fábricas, saloneras, bailarinas, putas... Las dedo parado de sus tías abuelas venían desde San José a contratar muchachas jóvenes para la servidumbre de sus casas de barrio Otoya, ese residencial añejo y desparramado entre la línea ferroviaria. Nadie iría a su encuentro. Debía llegar por su cuenta con la guitarra, el exiguo equipaje y los recuerdos.

Al llegar al umbral de la vieja edificación, el sopor del mediodía calcinaba la acera y la estrecha carretera al lado abajo de la línea del tren. Salió a su encuentro una viejita de rostro apergaminado, como una réplica de Ursula Iguarán en los tiempos del aguacero, con un tosco bastón y unos anteojos cuyo aumento le distorsionaba la apariencia real de sus ojos y la expresión de su mirada.

—¿Usted es el joven que viene de San José?

—Así es...

Sin más palabras, la siguió lentamente, como quien sigue el misterioso divagar de un alma en pena, bajando escaleras y cruzando patiecillos, hasta llegar al cuartuchito de madera que daba a la callejuela al margen del estero. Julián se preguntaba cómo una persona milenaria podía conservar una reserva de lucidez y energía que le permitiera desenvolverse aún en sus quehaceres diarios, aunque trastabillara contra los viejos muebles y le pisoteara el rabo a los numerosos gatos que asediaban los rincones. Algunos carajillos que jugaban a la pelota bajo el incómodo calor de esa hora interrumpían la quietud de la barriada; con sus mechones amarillentos y su piel renegrida que apenas les cubría las costillas.

Acomodó su equipaje en un rincón de los tablones lustrados, y se tiró en el pandeado camastro con desgano. Se oyeron tres toques callados en la puerta de madera. Vespucia, —así se llamaba la anciana— sirvió el almuerzo que consistía en una insípida sopa de pescado y cuatro delgadas rodajas plátano tostado. No tenía había en la casa más huéspedes ni mujeres esperando por un empleo. Entre las paredes de madera se escuchó el llamado hueco y quejumbroso de la matrona, la dueña de la hostería.

—Venga conozca a La Yito — le indicó la anciana. La siguió por zaguán lóbrego, al ritmo pausado de su vejez, hasta un cuarto mantenido permanentemente en sofocantes penumbras, cuyo umbral se advertía por el repiqueteo del entramado multicolor de pelotillas plásticas que servían de cortina. Al fondo, semiacostada en media docena de almohadas viejas, la mujer inválida, obesa y de largos y encrespados bigotes, con su séquito de gatos de todos tamaños y colores extendiendo su mano, lo invitaba a ocupar una esquina de la cama. Como que cayó en la cuenta de la bacinilla cargada al pie de la cama, y con su manota ataviada con enormes pecas en el dorso, la ocultó al final de la pared. En un estante de madera oscuro los dioses yorubas y los santos católicos se disputaban el sitio más alto del improvisado altar, y la nigüenta de cerámica hurgándose los yuyos en un rincón del cuartucho, siempre callada y regordeta hacía caso omiso a los gatos majaderos. El catre rechinaba su armazón metálica con el abundante peso de la mujer.

Hace horas que no llueve en Puntarenas...

Con su voz ronqueta pretendió iniciar una conversación cautelosa, inquisitiva. Ella sabía que Julián no era un huésped como los demás, de hecho no se dejaba ver por ninguno. Hurgaba en su interior y él la dejaba, advertía sus intenciones, sin embargo no se le adelantaría. Apareció Vespucia con un platado de arroz blanco y un enorme tazón de la insípida sopa de pescado, mientras los gatos revoloteaban en el piso queriendo saltar a las almohadas de la vieja.

—Busco a Inés Palumba —interrumpió Julián con cierta sequedad. La expresión de la mujer permaneció inmutable. Desistió por instantes de las viandas mientras buscaba en el rostro de Julián una mejor explicación a aquella solicitud. Un tembloroso dedo índice buscando el cielo marcó el inicio, la señal a sus agrias advertencias.

—No crea que el tiempo no pasa. No crea que las desgracias nos son siempre ajenas, no crea que los seres humanos no nos marchitamos como las flores. Sé que usted es el nieto de Rosita Montealegre, y sé lo que pasó con Inés. Pero ella ya no es la misma de antes. Así que si quiere verla, hágalo, pero sea considerado y no vuelva más... — Hizo un gesto a Vespucia. La anciana aprisionó con su mano esquelética la muñeca de Julián y lo arrastró hasta el fondo, hasta la cocina.

Allí estaba Inés, empequeñecida y reseca de carnes como una momia precolombina, mirando por una carcomida ventana hacia el estero, en un rincón de la cocina. Cicatrices en el rostro y el cuello de heridas mal remendadas. Médicos chapuceros, lo que le hacen a los pobres. La reconoció por el lunar debajo de su ceja. Por el escaso y quebradizo cabello castaño que aún colgaba de su cabeza. Una avanzada alopecia dejaba al descubierto la piel del cráneo, adoquinada por una resequedad amarillenta y escamosa, y la cuenca vacía de su ojo izquierdo, le daba a su maltrecha mirada un aire de ausencia. Inmutable, imbuida en otro mundo, indiferente a su llamado, siguió mirando hacia el estero que la vio nacer.

—La arrolló el tren — se adelantó Vespucia con el tono misterioso del que accede a compartir un secreto. Le explicó que había quedado sorda, con un profundo retraso mental, y que había perdido la memoria. Según la anciana, las víctimas de la máquina no oyen el silbido y el retumbo en el lecho de piedra cuando ésta se aproxima a cumplir un designio. Para muchos porteños, el tren es un aviso de muerte y de dolor. Una maldición.

Tiempo después de ser despedida de la casa de Doña Rosita, Inés intentó volver a enrolarse en los oficios domésticos de la capital, pero las gestiones de la matrona no progresaron en un pueblo chico infierno grande, donde los corrillos se propagaban velozmente. De manera que se mantuvo todos esos años al frente de los quehaceres de la hostería. Antes del accidente, Inés había tenido diversidad de amantes, que ella misma visitaba por las tardes al final de la jornada doméstica, convocados a su vida para saciar una avidez de vientre que se prolongó hasta bien consolidada su madurez.

—Venga después joven, para tirarle las conchas y leerle la mano —le aconsejó Vespucia…

Esa misma tarde, Julián tomó un autobús Sultana de vuelta a San José. Quería olvidarse del tren, de Inés y de los recuerdos de su juventud.



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