Cuentos en espanol, Ecuador, Quito
atras a cuentos en espanol  

La calle otoñal

"La mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida
es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate,
ni otras manos le acaben que las de la melancolía."
Sancho Panza

Caminaba de vuelta de la oficina de correos Alejandro por una calle olvidada por el alcalde y dios, y solamente recordada por él y uno que otro transeúnte desprevenido que se atrevía, ya sea por el afán o el descuido, a atravesar aquella vía que no ofrecía nada: ni espantos, ni miedos, mucho menos peligros; una calle perfectamente iluminada y socarronamente custodiada por vigilantes sin galgos rabiosos. Alejandro hurgó el bolsillo de su pantalón de pana negra después de cubrirse la nuca con la solapa del gabán buscando los cigarrillos que generalmente carga esperando no encontrarlos, deseando entrañablemente haberlos olvidado en la tienda, para que así se viera interrumpida la cruel monotonía de su caminar a casa aplastando las hojas secas que quién sabe cuántos años han estado suspendidas en el andén oriental por el que cotidiana y cronometradamente pasa Alejandro encendiendo un cigarrillo a tres pasos de la esquina cuando regresa de la oficina de correos donde, desafortunadamente, no se puede fumar y en consecuencia es inválida la excusa de haber dejado olvidados los cigarrillos, los mismos que encuentra en el lugar de costumbre junto al encendedor desechable. Previo a la acción ritual de la combustión de uno de los extremos del cilindro ovoide lleno de tabaco Alejandro retira dedo a dedo el guante de lana de su mano derecha para que la nicotina no se adhiera a éste. Acto seguido, con su mano izquierda busca en el bolsillo del gabán el trío de llaves que corresponden a las cerraduras de seguridad de la puerta de su casa; se distrae con el sonido del frágil rompimiento de las nervaduras secas que emiten las hojas en su camino y por instinto dobla por el pasillo y alista en sus dedos la llave dorada pero advierte que ya no hay puerta, ni fachada, ni paredes, que ya no hay casa. Anonadado retrocede convencido de su equivocación y reconoce la calle, los árboles, el andén otoñal, los vigilantes, todo está como siempre ha estado, menos la casa. «Mi correspondencia, a dónde llegará mi correspondencia si he puesto una dirección inexistente» Piensa Alejandro mientras corre a la oficina de correos para enmendar su error, apaga el cigarrillo antes de entrar y busca a su amiga sin poder encontrarla, pregunta a otro empleado acerca de su amiga.

- ¿Mariela?- Contesta extrañado el joven que está detrás de la ventanilla- , ella murió hace tres años, ¿no se enteró usted?

- ¡Es imposible!- Replica sobresaltado Alejandro- , yo estuve hoy, al mediodía, hablando con ella; déjese de bromas crueles y por favor dígame dónde la puedo localizar, es urgente.

- No es ninguna broma, es más- agrega el joven- , allí hay una fotografía de Mariela Benavides, que es a quién usted busca, en memoria de su muerte, acérquese y confirme por su propia cuenta.

Alejandro caminó hasta la pared en que estaba colgado el cuadro, intentó leer forzando la vista pero le fue imposible. Pasó las yemas de los dedos por su quijada y lo sorprendió una barba espesa que horas atrás no tenía. Confundido regresó con el muchacho de la ventanilla y le preguntó sobre la fecha y la razón de la muerte.

- Murió de pena moral- respondió el joven con seguridad- , no soportó la muerte de su esposo y tres meses después se nos fue.

- ¡Difamador! Marielita no tenía esposo, su castidad inmaculada era su mayor orgullo y virtud, cizañero.

El joven, sin entender la actitud iracunda del Alejandro, replicó enseguida.

- Ella estuvo casada más de quince años, además creo recordar el nombre de su marido, se llamaba Alejandro Escalante, todavía hay en el archivo algunas cartas que llegaron a su nombre después del fallecimiento.

- ¡Es mentira! Yo soy Alejandro Escalante y no estoy muerto- gritó histérico Alejandro mientras febrilmente buscaba su billetera en los bolsillos del pantalón, donde debía estar, pero no la encontró.

- Ah, viejo loco, a joder la memoria de otro, con los muertos no se juega.

El joven llamó al vigilante y le ordenó sacar de la oficina al abuelo delirante. Consternado Alejandro caminó por las calles irreconocibles, buscó los cigarrillos, tampoco los encontró. Pensó en Esperanza, la señora de la tienda, y se dirigió a aquel lugar buscando una explicación lógica al trastrocado ambiente que sorpresivamente se la había impuesto. Sin vacilar al encontrar la despensa entreabierta empujó la puerta y un señor de avanzada edad lo fustigó con una escoba.

- ¡Mija, nos quieren robar- gritaba el hombre sin dejar de golpear a Alejandro-. Mija, saque la escopeta!

Alejandro, que se cubría de los golpes con los brazos sobre la cabeza, le indicó al hombre que venía buscando a Esperanza, quien apareció detrás de la vitrina y encañonó a Alejandro sin que el hombre dejara de azotarlo.

- Ay, Mijo, no le pegue más, creo que lo conozco- dijo Esperanza intentando reconocer al supuesto ratero que se acorazaba en un rincón- ¿Alejo?

- Mija, Alejo murió hace años.

Alejandro descubrió su rostro y Esperanza cayó desmayada y el hombre quedó privado de conciencia sentado en una silla; Alejandro se incorporó e intentó despertar a la señora, cosa que no fue posible sino media hora más tarde. El otro hombre volvió en sí un poco más rápido y con voz trémula dijo:

- Yo le di varios garrotazos, los sentí, así que es imposible que usted no tenga cuerpo, explíqueme antes que me dé un infarto.

Inmutable el rostro de Alejandro, pues ya la extrañeza de su presente lo había dejado incompasible ante cualquier suceso, observó detenidamente a Esperanza, sus mejillas derretidas que se desparramaban casi ocultando media boca, su nariz abultada, plena de puntos negros y algo resquebrajada, sus cejas canosas al igual que su cabello. Ella no era la Esperanza que había visto temprano en la mañana. Y ese hombre que lo golpeó, ¿quién era ese hombre que tenía el cabello algo menos deteriorado que ella? ¿Por qué conocía a Alejandro si él ni siquiera lo distinguía? Alejandro reservó sus palabras y explicaciones para el momento en que Esperanza recobró el sentido, y antes de intentar modular letra alguna ella se santiguó y observó detenidamente a Alejandro.

- Mijo, explíqueme- dijo desconcertada Esperanza dirigiéndose al hombre pero sin dejar de fijar su mirada en Alejandro- , dígame que es un espejismo de la vejez, que Alejo no está aquí.

- Esperanza, sí estoy aquí- dijo Alejandro procurando no moverse- , y necesito que me explique qué pasó, porque yo tampoco entiendo un carajo, hace medio día dejé esta tienda sin olvidar mis cigarrillos y ahora vuelvo, en el mismo día, cuarenta o cincuenta años más viejo, sin cigarrillos y en una ciudad que transmuta a cada paso que doy, ¿qué pasó con Marielita? ¿Qué pasó conmigo?

- Mijo- replicó temblorosa y trastornada Esperanza- , Mijo, ahora me habla, ánimas benditas, socórranme.

- Ay, vieja- dijo el hombre dilatando el ceño- , yo tampoco entiendo, pero también escuché, y ese es Alejandro, Alejandro y nadie más, deberíamos contestar las preguntas de su alma en pena y así favorecerlo para que pueda llegar al paraíso.

- ¡No estoy muerto!- Dijo Alejandro fuertemente pero sin llegar a gritar- , tóquenme, si es que eso ayuda a disipar las dudas.

Esperanza se acercó y acarició la poblada barba que continuaba creciendo, palpó su abdomen y sus brazos flácidos, regresó y detalló el rostro, el cabello, las cejas canosas, luego deslizó las manos por las piernas flexionadas de Alejandro, que estaba sentado, y volvió su mirada al hombre.

- Mijo, Alejo no está muerto- dijo ella.

Esperanza abrazó a Alejandro y el hombre, en medio de la confusión, sacó un par de cigarrillos, encendió el suyo y le ofreció el otro a Alejandro, quien lo apresó con sus labios e inhaló fuertemente.

- Esperanza, lo he perdido todo- dijo con aire melancólico Alejandro mirando sus zapatos añejos y sucios- , yo sólo quería un cambio leve en mi rutina, y ahora sé que perdí el instante de mi enamoramiento, mi matrimonio, las décadas de mi madurez, mi vida; he perdido hasta la única sensación prefijada e inevitable, he perdido el momento de mi muerte, ¡Qué desgracia la mía!- Alejandro tosió y fijó su mirada el Esperanza, a quién el cabello lentamente se le empezó a oscurecer y paulatinamente las arrugas prominentes se le templaron.

- No, Alejito, hoy no he visto a Mariela, debe estar trabajando.

Alejandro, que no entendía las palabras de Esperanza, se pasó la mano por la quijada y su barba había desaparecido, salió de la tienda y caminó a la oficina de correos por unas calles considerablemente diferentes, pero más cercanas a las que siempre había recorrido. Cuando arribó, Mariela estaba cerrando su lugar de trabajo, Alejandro se acercó y ella sorpresivamente lo besó.

- Mariela, ¿quieres casarte conmigo?

- Mi amor, ya estamos casados.

- ¿Quieres casarte de nuevo conmigo?

- Toma tus cartas, te llegaron hoy.

- Quémalas y respóndeme.

- Vamos a casa.

Caminaron por las calles de siempre y entraron a la calle que comúnmente tiene hojas secas y nunca pasa nada, a tres pasos de la esquina Alejandro buscó sus cigarrillos y sonrió.

- ¿Qué pasó? - Cuestionó Mariela.

- Finalmente - dijo Alejandro jubiloso- dios se acordó de esta calle, ¡olvidé los cigarrillos en la tienda!



  Carros en Ecuador
  Bienes Raices en Ecuador
  Hare Krishna