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El sueño de

La nieve caía tendiendo un blanco velo que cubría los alrededores de pequeños copos de algodón. Un fuego ardía dentro de la casa, produciendo un calor crepitante y agradable. El fuerte aroma a café inundaba los rincones, mientras el oscuro líquido escurría a través del filtro. Helena entró en la cocina con el cabello húmedo por el baño reciente, dispuesta a disfrutar de un merecido tiempo en soledad antes de que el día agonizara.

La cafetera rezongaba mientras los últimos vapores de agua pasaban por su interior y las postreras gotas de la infusión se demoraban en caer. Vertió una generosa cantidad de bebida en su taza y la endulzó a su gusto. El vapor impregnó su nariz. Los gratos recuerdos asociados al inconfundible aroma acudieron a su memoria, recuerdos de desayunos infantiles con café con leche y pan con manteca.

Tomó el libro con el que preparaba sus lecciones de inglés, acomodando todo sobre la mesa de forma tal de tener las cosas a mano. Buscó el texto que su profesora le había marcado y comenzó a leer cuidadosamente.


“Sometimes, when the sunset comes and all turns red coloured,
staring at the magic figures drawn by the clouds, your mind flies with them.
In the twilight, you can see the sun, vanishing beyond the horizon, far, unreachable, shining in a crimson flame, trembling through the white veil of your dreams.
They are unreachable too, drifting away more and more, like dead leaves moved by the will of the wind without destiny, hopeless.
Finally, the faint sunlight dies, the darkness gains all places around, and your dreams still breathing, still feeling, turning down among the shadows, waiting for tomorrow...”


Al terminar la primera lectura completa del poema quedó en suspenso. Había comprendido el sentido general del texto y se le había hecho un nudo en la garganta. No pudo dejar de pensar que este fenómeno le ocurría cada vez con mayor frecuencia. Se emocionaba con una facilidad asombrosa y tenía que luchar contra sus sentimientos para que las lágrimas no afloraran a sus ojos.

Le molestaba estar tan sensible, tan frágil. No era normal que la menor circunstancia actuara de disparador de sus emociones, desbordándola. Después de unos instantes se repuso. Comenzó a leer un párrafo por vez, intentando traducir las palabras a su lengua natal a medida que leía.


“Algunas veces, cuando el sol se pone y todo se torna rojizo,
contemplando las mágicas figuras dibujadas por las nubes
tu mente vuela con ellas.”


Helena cerró los ojos por un momento e imaginó la escena recreada por el poema. Pensó que había contemplado muchos atardeceres en su joven vida, muchos ocasos protagonizados por otro sol, muy lejos del lugar en donde vivía en la actualidad. Atardeceres que habían delineado con mano experta aquellos paisajes aprendidos de memoria, queridos, apreciados, y tan ligados a sus vivencias.

Había tomado la decisión de emigrar un par de meses atrás, al no poder soportar por más tiempo el caos imperante en su país. Siempre había creído que huir cobardemente del lugar que había cobijado su infancia y juventud era una especie de traición imperdonable; pero más tarde comprendió que no le debía nada a ese conglomerado de voluntades dispersas que habían pulverizado la fe en su tierra, en su nación, llenándola de furia y frustración.

Un día despertó por la mañana y después de considerar a conciencia la situación en la que se encontraba, reconoció que su única y real certeza era la incertidumbre; la incertidumbre de no saber qué sería de su vida en el futuro, la certeza de saber que fuese cual fuese el futuro por venir, no habría lugar en él para su proyecto de vida.

El llamado proveniente del exterior le había parecido como una salvadora tabla flotando en medio de los restos del naufragio, una salida para el desánimo en el que se encontraba sumergida, resignada. No dudó mucho en tomar la determinación de partir, casi sin mirar a su alrededor para no ver las caras de tristeza que la rodeaban, casi sin atender a las valederas razones de aquellos que lamentaban su partida.

Sus ojos y sus pensamientos volvieron a la indiferente página del libro, que la contemplaba impasible.


“En el crepúsculo, puedes ver el sol,
desvaneciéndose más allá del horizonte,
lejano, Inalcanzable, brillando en una cobriza llama,
temblando a través del blanco velo de tus sueños.”


Ella se había desvanecido más allá del horizonte al tomar ese avión; había vislumbrado el sol entre las nubes a través del húmedo velo de las lágrimas que no había sabido contener, mientras observaba cómo se alejaba de sus afectos, de sus raíces, dejando atrás su vida pasada. Le estaba costando adaptarse a su nuevo ambiente; al idioma, que todavía le daba dolores de cabeza; a la gente, amable pero distante; al hecho de sentir que estaba en un lugar “de prestado”, ganando el derecho a permanecer allí por mérito propio.

Sus sueños la habían arrastrado demasiado lejos en aras de poder concretarlos. Sueños cotidianos, domésticos, pero sueños al fin, se decía, como justificándose. Sí, había soñado, había imaginado una vida plena de cosas pequeñas pero trascendentes, sencillas pero edificantes. Estudiar alguna carrera, tener un lugar propio donde vivir, alguien con quien compartir ese lugar y transformarlo en un refugio, un hogar y finalmente, formar una familia con los frutos de su amor y de su vientre.


“Ellos son inalcanzables también, alejándose más y más como hojas muertas movidas por la voluntad del viento, sin destino, sin esperanza.”


Helena se dio cuenta de que ella misma había sido como sus sueños, como una indefensa hoja con la que el viento juega llevándola de un lado a otro a voluntad, un ligero jinete a horcajadas de un indómito corcel. Y se había dejado llevar, en busca de la llave que abriera la puerta de su destino, en busca de la quimérica aventura de ser ella misma, sin límites impuestos por bajos presupuestos y escasos recursos.

Claro que había un costo, un precio que debía ser pagado en cómodas cuotas, día a día, como expiando la culpa de querer soñar, de querer trascender la mediocridad y el embrutecimiento, de querer ser considerada como un ser humano y verse tratada y respetada como tal.

Otra vez sus ojos se empañaban sin que pudiera impedirlo. No era sólo tristeza; era una mezcla de rabia e impotencia que brotaba incontenible al comprender que no le habían dejado otra salida. No quiso quedarse a apostar los mejores años de su vida en un juego en el cual, probablemente, llevaría las de perder. No quiso arriesgarse a despertar un día reprochándose lo cobarde que había sido al negarse la posibilidad de explorar nuevos horizontes.

Miró por la ventana durante un momento. La nieve seguía cayendo, pintando toda la escena de blanco con lentos toques de pincel. Dedujo que el café ya estaría congelado y todavía no había probado ni una sola gota, tan presa había estado de sus reflexiones. Se obligó a continuar con la lectura ya que le quedaba sólo el último párrafo. Tomo un pañuelo y secó sus ojos lentamente. Enfocó el texto y leyó:


“Finalmente, la tenue luz del sol se apaga,
la oscuridad gana todos los rincones y tus sueños, aún respirando,
aún palpitando, se apagan entre las sombras, esperando el mañana...”


Cerró el libro con lentitud, sopesando las palabras que había leído. Sí, su sueño aún estaba vivo, aún respiraba dentro de ella y de ninguna manera permitiría que se apagase la llama que lo alimentaba. Era cierto que estaba lejos de sus seres queridos, que había perdido sus raíces y que vivía en un país extraño y distante; pero también era cierto que después de disipadas las sombras que oscurecían su alma y su espíritu en ese atardecer lejano y gélido, vería todo con un ánimo distinto, renovado.

Se levantó de la silla y se detuvo frente a la ventana, observando el paisaje ya enteramente blanco que comenzaba a ser invadido por la sombras de la temprana noche. Pensó en el último verso que acababa de leer. Quizás sus sueños se apagaban también entre las mismas sombras, esperando por el nuevo día, esperando la luz del sol, esperando por un venturoso mañana.



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