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El creador

Varios días después de haberse devuelto a su casa y no asistir a su trabajo para crear el crimen más horrendo, que provocara incertidumbre, terror, asco y piedad en sus lectores, descubría que el pavoroso tema debía ser contado con solemnidad y sin humor, como una tragedia. La acción debía ser armoniosa y simple, entendible y conocida. Los protagonistas sobrepasarían por su carácter, valor y nobleza el común de los mortales. Con esto en mente escribió en un cuchitril durante siete meses febriles, en los que no atendía ni las llamadas de su madre y sólo abandonaba el trabajo para cocinar, comer, bañarse y realizar las necesidades elementales. Perdió su trabajo de profesor de un colegio privado y se sostenía con sus escasos ahorros. Al fin tuvo en sus manos el manuscrito terminado, que echó a un cajón para revisarlo a la semana siguiente; se afeitó la abundante barba, lavó y planchó su ropa y se dedicó a vagar, respirar el aire marino, oír música, leer revistas y masturbarse. Aquella obra podría ser publicada por una casa editorial, tener éxito, ganar suficiente dinero para seguir escribiendo cuando le llegaran otras de sus geniales y estupendas ideas. Un mes después, cuando volvió a leer su obra, estaba consternado: aquello que en su imaginación le parecía una obra maestra no era más que un dramón tremebundo y engolado; estaba aburrido en la quinta página, aquello pesaba por añejo, estirado, prolijo, desfasado y grandilocuente. Pero el crimen estaba ahí, la acción creciente y algunos elementos interesantes de sicología; sólo había que cambiar el tono ceremonioso de los caracteres y las acciones. Pero estaba sin trabajo. Volvió al colegio y fue recibido con cínicas sonrisas de la directora que le ofreció colocarlo no como maestro de filosofía de secundaria, sino como sustituto de la profesora de manualidades de nivel inicial; era una humillación, pero aceptó; de cualquier manera sólo le interesaba su obra y aquel trabajito serviría para sostenerse.
El defecto mayor, encontró, era que en su obra todo estaba preestablecido y no había ninguna sorpresa, como si los personajes siguieran los rieles que el autor les había señalado. Además, en su obra no estaba Dios; los personajes no tenían religión. Entonces corrigió todas las páginas y Dios y la religión católica empezaron a intervenir: los antiguos héroes, guerreros y dictadores, ahora se convirtieron en santos, iluminados y devotos; no faltaban las evocaciones bíblicas, ni las profundizaciones en misterios y milagros; pero en medio de la transformación de su escrito se percató de que estaba complicando el sentido: faltaba claridad, ningún personaje podía manifestar libre albedrío y era como si todo estuviera circunscrito a una lucha entre el bien y el mal; los personajes parecían alegorías y no gente de carne y hueso... Aquella nueva decepción lo estuvo mortificando y decidió postergar la creación de la obra. Se dedicó a indagar la razón por la cual de su espíritu no podía salir una gota de humor, de amenidad, de sentido común. Caminaba despatarrado, entraba a beber a los colmadones y llegaba borracho al colegio. Fue despedido y estaba otra vez sin trabajo. Se retiró de su seguro de vida y consiguió dinero para trabajar en su obra un mes...

Ahora, con la botella al lado, estaba convencido de su desgracia; pensaba que no era capaz de entretenerse ni a sí mismo, porque había narrado desde una escritura ideal, que había imaginado perfecta, y luego, para más perfección, con Dios incluido. Necesitaba expresar lo que él era, manifestarse él: el borracho delante de la máquina, que había perdido su trabajo, que hedía y ya no se afeitaba, que coleccionaba revistas viejas y oía la radio constantemente, que amaba a una mujer casada, o mejor dicho, la deseaba, que era feo, pobre y nada atractivo para las mujeres; ese era él, un ser libre, que hacía lo que le daba la gana, que se le importaba cualquier cosa, hasta arrancarle el pescuezo a cualquiera si le venía con que no era válido ese mundo interior que hoy quería expresar a través del crimen más horrendo. Ya no se trazaría ninguna regla, ¡a escribir como le saliera!, sólo con sus escrúpulos de creador.

Escribió fervorosamente, casi sin enterarse cuándo era día o cuándo noche. Dormía al azar. Su prosa se tornó exuberante, introspectiva; escribía como poseído; comía y escribía, no paraba nunca, interrumpía el sueño y se lanzaba sobre las cuartillas. Algunas veces se amedrentaba ante el desorden, pero seguía adelante. Podía decirse que aquellas páginas eran él: su niñez sin padre, su abuela, las niñas que amó, sus ideales y espíritu de justicia, su ira contra los poderosos y dictadores, sus amores, sueños y temores expresados a través de aquel crimen horrendo, línea central y tema de su novela... Porque ahora sabía que era una novela a la que había puesto punto final, para irse a la playa de Boca Chica tres días lejos de ella: y no le afectaba si la publicaban o no. Ahora se sentía exorcizado, como si se hubiera quitado un gran peso de encima, como si comenzara a vivir ese día que terminó de escribir. No corregiría nada. Todo lo que había buscado durante meses ya estaba ahí. Quiso llevarla, cuatro meses después, a un concurso literario; pero se detuvo. Empezó a releerla con el placer de reconocerse, de descubrirse a sí mismo; aunque había muchos pasajes cuya procedencia ignoraba: era su subconsciente; el ímpetu incontenible con que había escrito le hizo descuidar la ortografía, la sintaxis, la claridad, la precisión, y debía corregir. Ya había conseguido el puesto de Investigador de la Biblioteca Municipal (botella) con un compadre suyo diputado que lo hizo nombrar con un sueldito. Sin necesidad de ir a trabajar, bebía y corregía. Su obra era fantástica, grandiosa, una escritura libre que se remontaba a episodios de la colonia, a pasajes de Las mil y una noches y a esas cuestiones tan íntimas que él sólo sabía. Finalizó las correcciones y envió la obra al concurso. No ganó, y cayó en un estado depresivo que hasta le pesaba ir a cobrar su cheque el día veinticinco. De seguro el jurado no había leído su novela; pero sí la habían leído, como le informó el poeta Bartilio Sosa, coordinador del concurso y miembro sin voto del jurado: “Debe ponerse al día, poeta, casi no se comentó tu obra, pero la hallaron ripiosa, de otra época, y a mí me pareció muy hinchada, como que tú querías decir muchas cosas y no te decidías por ninguna, y no te ofendas.” “Claro que no me ofendo.” Pasó horas pensando en esas opiniones, y en efecto era eso: volvió a leerla; claro, él podía comprender todo el embrollo, era su mundo, pero otros no: se salía de su tiempo, era un universo medieval del campo cercano a la provincia, y la provincia, en muchos aspectos, todavía vive en la Edad Media; y él escribió con ese espíritu provinciano y no miró objetivamente aquellas creencias, tradiciones, filosofías de vida. Además, él, como autor y como narrador, corroboraba aquellas formas de concebir el mundo, era empalagoso, desproporcionado, caótico. Sí, tenían razón en no haber tomado su novela en cuenta, ni para una mención. Debía abandonarla, o mejor hacerla más apegada a la vida, más real; y se lo planteó muy seriamente. Duró dos días sobrio, andaba por las calles sin mirar a nadie, concentrado en los cambios imprescindibles para llevar adelante su creación: esta vez sería escueto, seleccionaría lo esencial de la realidad; total, un crimen horrendo es eso: un crimen horrendo. Debía llevar nota de los hechos, trazarse un plan, escoger las escenas fundamentales, sintetizar, en una palabra: ser realista y olvidarse de su yo interior que a nadie importaba, ni siquiera a él. Escribiría objetivamente: “Voy a pasar un espejo por esta historia del crimen horrendo”, lo enmarcaría en su entorno social y tomaría la actitud de un científico, sin idealizar la realidad y sin abandonar las cuotas de humor que había logrado en su rehecha y requetehecha novela. Pero cambió el gobierno y el nuevo director de la Biblioteca lo despidió para colocar precisamente a Bartilio Sosa en su botella. Ya sabía que Bartilio no había preseleccionado la novela y que el jurado ni siquiera la leyó; pero eso ya no le importaba, sabía cómo mejorarla definitivamente. Borró, tachó, eliminó cientos de adjetivos; pero el resultado no era una imagen fiel de la realidad, sino otra realidad fabricada en un laboratorio que casi no tenía que ver con la verdad; rompió decenas de páginas...

Una noche mientras se trasnochaba halló la solución: la escena del crimen se prolongaría durante casi la mitad del volumen, ya que todo debía ser crudo como la vida. Y escribió a todo riesgo: pasando hambre, pidiendo guineos en la calle, mendigando pasajes a los desconocidos, sustrayendo hojas blancas de los basureros de la imprenta Beta-Ozuna. Había robado un pollo, su intención era matar a Bartilio, pero sólo mató al pollo, quería palpar la muerte entre sus manos; aunque lo ideal habría sido contratar a una prostituta y, a la hora de pagarle, matarla: tomar nota de cada gesto, cada sonido, cada jadeo o estertor antes que perdiera la vida; pero no tenía dinero para alquilar un cuarto de hotel. La idea de matar una mujer se le metió entre ceja y ceja, no pensaba en otra cosa; pasaba por la calle de las meretrices, las observaba durante horas buscando la elegida. Aunque planificaba cometer el crimen discretamente, ocurrió algo maravilloso: a las tres de la madrugada de un lunes, venía caminando hacia él una mujer sola, jabada, delgadísima, que hacía equilibrio sobre sus tacones, parecía que ya iba de retirada a dormir. Ella se le acercó y le propuso irse juntos por el resto de la noche. No acababa ella de hacer la invitación cuando le dio asco su hediondez, lo empujó con un mohín desdeñoso y lo mandó a bañarse. De pronto él la tiró contra la pared, y empezó a golpearle la cabeza, observó sus ojos espantados, su defensa inútil, un grito malogrado, temblores nerviosos, palidez, botaba sangre por la nariz y luego se deslizaba hacia la acera frotando su espalda en la pared...¡Que revelación!. Ahora sabía de verdad lo que era un crimen e iría a describirlo. Sólo que él ya era conocido en esa zona y varias personas lo denunciaron a la policía. Fue apresado, juzgado y condenado a treinta años de prisión.

En la cárcel, después de durar casi tres años alejado de la literatura; emprendió de nuevo su trabajo. Total, Cervantes quizás lo había hecho en condiciones peores. Rehizo su escrito con una prosa cruda, descriptiva. Allí se daba cuenta hasta de cada hoja que llevaba el viento, su color, trayectoria y caída; una prosa dura y precisa que cuando describía la carne podrida sólo faltaba que las moscas vinieran a posarse en las páginas. Cuello, profesor de literatura y preso político lo miró largamente y le dijo: “Lo peor que puede pasarte es aburrir a los demás. Esta realidad es demasiado realidad, mejor me quedo mirando la cárcel... Escribes como si pasaras una lupa por la vida. Hay cosas buenas, pero puedes mejorar, y mucho. Debes cuidar la manera en que escribes.” Meses después, cuando empezó a leer sus papeles que le trajo su madre, sintió un pálpito; tantos años pasados y ahora comprendía su error: ¡ya había hallado la clave para componer su obra!, era esta: si todo el tiempo estuvo preocupado por la forma de su obra, eso era lo fundamental; y si la forma es la lengua, entonces el protagonista no era aquel personaje de tinta y papel, ni aquella historia imaginaria con pretensiones de realidad. Lo verdaderamente real era que su texto era una ficción redactada por un preso, condenado por homicidio y se expresaba a través de signos y convenciones que le daba el lenguaje: entonces el protagonista sería su discurso; comenzaría todo nuevamente. Echó a rodar su subconsciente, una palabra engendraba la otra; no ponía puntos ni comas y su pensamiento fluía y fluía. Las duras condiciones de la cárcel, lo estimulaban: quizás ser autor de este monumento de la lengua española le ayudaría a la reducción de la pena. Envió su obra terminada a la editora Ferbré cuyo lector era Bartilio Sosa, quien calificó la novela de “un ejemplo rezagado de Tel Quel caribeño”; y la mandó de vuelta a su dueño. “¿Qué era el Tel Quel?”, estuvo preguntándose durante quince años; cuando ya su novela se había reducido a ocho páginas, y era el presente relato de su aventura creadora que entregó a Reynaldo Disla antes de morir de cirrosis hepática.



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