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Cómo piensa

Cambiaba un chiste tuyo por un abrazo, uno tan simple como: no son marxistas sino mal–citas, la pegaba a tu pecho y estaba ahí riéndose, resortándote sus senos, paseando su cara por este hombro, mirándote, cayendo sobre el otro hombro con carcajada rehecha. Pero puede al rato, en dos minutos, en uno, distanciarse, impenetrable, en una seriedad de afiche mortuorio. Manuel (que la apartó de comidillas adolescentes, bailes en el Country Club, discotecas y novios de fin de semana y la inició en lo semiclandestino, movilizaciones, panfletos, Crítica y Autocrítica y en porciones de terrorismo individual), la definía como Algo Intermedio Entre El Capital y Vanidades. Así a sus mudanzas de opiniones y a su ánimo de camaleón, no les decía capricho, ni manifestación pequeñoburguesa, sino Fluctuaciones de San Antonio (unas veces de cabeza, otras de pie). Apartando las dilucidaciones de Manuel, verás a Magdalena anegada de dualidad, de ideas que ni ordena ni valora. Así es tan importante el traje holgado de cintura, abigarrado de bordados, sugerido por Oscar de la Renta para la temporada invernal, la gorra zambullida hasta las cejas que resaltará el contorno de su cara, la sesión con la manicura, como la protesta callejera, la distribución de panfletos y el puntual cumplimiento de las tareas... Esto último era Manuel: el Manifiesto leído sobre las piernas de ella, comentando entrelazados, gozando al oído su humor, casi susurrado; la memorización de La Internacional, rostro con rostro, entre estrofas, apropiándose cada verso a dúo y con los ojos cerrados; el Anti-Dührig y las Cinco Tesis en el parque infantil, solazándose en el framboyán, bostezando en los intermezzos, para continuar la lectura después del columpio, el tobogán o las caricias. Lo otro, adición irrefrenable: Amor Recobrado, inédita de Corín Tellado, atraída por la insistencia del amante en ofrecer regalos estrafalarios; El Buen Gusto y Usted, artículos que practicaba decorándose de acuerdo a los colores de su casa; La Invasión del Medio Privado, teoría de la conquista que comprobó flirteando con empresarios viejos, amigos de su padre que, ciertamente, reaccionaban enamoricados al arrimárseles...

Se enardecía igual cuando su tema era Manuel o era, por ejemplo, la negación de la negación. Te comparaba su amor con un cáncer. Eres amigo de Manuel y ella te asedia, quiere hablarte minucias horas y horas, sentencia a los soviéticos, ladea los labios y, fogosa, adjetiva lo de Checoslovaquia y Afganistán, dice a la URSS oso goloso que osa hozar el mapa, y defiende con ahínco la postura internacional china...; y sin aviso pasa a los Porque Manuel, me Dijo Manuel, Fui con Manuel. Pero, parca, un día punteado de frases quebradas, Manuel fue una palabra amarga, un No Mirarte a los Ojos, un refugiarse en el silencio o la respuesta seca. El Social–imperialismo Soviético era entonces más repugnante en sus gestos, y los adjetivos se agriaban; se dosificaban los improperios, se repetían en un rosario de odio. Era su enfermedad: un rechazo de él, un desquiciamiento en las relaciones. Eran los días de perseguirlo, de mudarse a su casa charla que charla con las hermanas reiterando detalles hasta el fastidio. Con la madre, en la cocina, enumeraba temores, dudas, sufrimientos que suscribía su hijo. Manuel se empalagó del besuqueo, le irritaba el acoso, la violación de su horario, alternar la teoría del valor con el visítame esta noche, la trataba de compañera e iba entrando al regazo de una vecina que cuidaba un vivero y no desperdiciaba el tiempo. Ella entonces representó La Indiferencia durante una semana, te paraba en la calle, te esperaba en la pensión: que si Manuel no me quiere me da lo mismo. Montaba monólogos en el aula: si cree que se burla de mí, puede ser al revés. Pero cada noche Manuel atravesaba el vivero y se acogía a relaciones más íntimas y prometedoras. Ella asaltaba las marchas, era la primera voluntaria para bombear letreros en las paredes, monopolizaba el engrapado en la imprenta, insistía como nunca en que había que iniciar una guerrilla.

Las discusiones con Dochi en la cafetería eran agresivas, embestía al Revisionismo Ruso con misericordia inquisitorial, reculaba de lo de Hungría al vigésimo Congreso del Partido Comunista Soviético, zahiriéndolo, calificándolo sin respirar; cercenaba con un gesto cualquier réplica de Dochi; expresiva, remataba cada frase con profecías y venganzas que el decurso de la Historia consumarían. Pero amainaba su fervor y se diluía lentamente en redundancias. Era la fatiga. Dochi abandonaba su pasividad de sorbitos de café y sonrisa burlona e intervenía trasladándola a la Política Correcta del Kremlin, sazonada con lo antagónico y lo no antagónico; en las mareas bajas del ánimo la mudaba de escenarios, iban al cine, a conferencias y conciertos y él iba tomando la vanguardia y ella sólo protestaba, liviana, y se encendía, en el punto álgido de las Intervenciones Rusas. Te hablaba entonces de Amor Físico y Amor Ideológico, una clasificación inventada para situar sus sentimientos por Dochi y Manuel; contaba chistes y se regocijaba contigo y hasta oía las peroratas del licenciado Damián Ovalle, abundantes en pausas, frente a ella, cara a cara, articuladas de promesas y ruegos, con música al fondo y cerveza al lado, una nueva promesa, y otro silencio largo, a lo que ella se avenía con la complacencia de su padre, que por encima del Listín Diario, desde la sala, veía al licenciado, merecedor del cuarto grado odfélico, como lo que necesitaba su hija para olvidarse del comunismo.

Las visitas del licenciado Damián Ovalle le frustraron la lectura de La Teoría de los Tres Mundos, por lo que interrumpió la polémica con Dochi para inaugurar un trato personal, erótico, al que Dochi condescendía con deleite. Manifestó a sus camaradas de la Línea Roja 1J4 la castración que hacían las actividades políticas a su carrera universitaria y dijo dedicarse a terminar su Arquitectura. Por esto, sólo asistía a conversatorios teóricos con Dochi, exposiciones pictóricas y ciclos de cine clásico... Se apegaba a Dochi intensamente y de contraparte iban simpatizándoles las maneras diplomáticas, casi afectadas del licenciado, sus poses hasta para beber agua, y con él se introducía los fines de semana al ámbito de los shows hoteleros, revistas, comidas chinas y bailes de aristócratas. Te transcribía con igual emoción su desgarramiento ante una obra de Alberto Bass que muestra un niño harapiento delante de un cartel de Marlboro y su euforia ante el salto picado que en la revista Amor y Bikini diera el vedetto Ed Vachán. Podía reverenciar Los Fusiles de la Madre Carrar y Una Pulga en la Oreja, sin diferenciación. Su ánimo afloraba y su actividad tocaba el apogeo. Compartía la admiración por el Diario del Ché y el asalto al Moncada, Playa Girón, la campaña de Bolivia. Se aficionó a Fernández Retamar. Permanecía impasible oyendo a Silvio Rodríguez, Noel Nicola y Pablo Milanés, tratando de adivinar quién era quién hasta distinguirlos, le seducían los poemas de Miguel Hernández musicados por Joan Manuel Serrat. Declaraba un juego sus relaciones con el licenciado, era un niño manejable con el que compartía juguetes de lujo; pero reaccionó realista cuando de manera pintoresca, inesperada, el licenciado llevó a sus padres a la casa de ella y se habló de matrimonio.

Dochi recibió humillado y parsimonioso lo del triángulo, aunque no valorizó ninguna excusa, rotuló para olvidarse del asunto: TRAICIONERA FARSANTE. Ella venía a nuestra pensión a embelesarnos con su carácter de Galería del Sentimiento sin Transiciones. La tertulia de horas enfrentaba tres tendencias políticas y efervescíamos en imprecaciones calientes de tono y gesto, pero ella era el fuego y desmoronaba, con epítetos punzantes la Política Conciliadora del Proimperialismo Chino, sus coqueteos con el Fascismo, arremetía contra La Teoría de los Tres Mundos dijera lo que dijera, tomaba como afrenta personal las embajadas de Teng Siao Ping, el apoyo a Golden Roberto y a Mobuto, encendíase, ya no te admitía participar ni para aclarar ni para corregir un error de su exposición. Era una burla a los pobres del mundo dar la mano al imperialismo norteamericano y gastar tanto dinero en compra de armamentos. Nunca había estado tan activa, hostigaba a Dochi, que ya no dormía en la pensión para evadirla, comenzó su militancia en el PCD (pro-ruso), pegaba afiches, frecuentaba disertaciones feministas, vendía periódicos en la calle, el partido la absorbía y perdió todo vinculo con su carrera. Pero para su tiempo no había destiempo, y robaba tiempo para el escape: su week-end en la Romana en la propiedad particular del licenciado Damián Ovalle, para el regreso a las fiestas del Country Club donde se conmovía de la cordialidad del licenciado Damián Ovalle. Esta dicotomía iba pareja en ideas, acciones, gestos y hasta en su andar. Fundamentaba su nueva posición política afincada en una postura mística, apacible, y te cuestionaba dulcemente sobre asuntos existenciales. ¿Habíamos pensado en la insignificancia del hombre en la vastedad del universo? Te embebía en una perorata metafísica, juntaba la lucha de clases, la Casualidad y lo Desconocido. Afirmaba que este podía ser un mundo independiente, donde existía la lucha de contrarios, pero había Algo Material, Eterno y Básico de lo que éramos parte ínfima, insignificante, que pudiera llamarse Dios o Espíritu Material. Caracterizaba el Misterio y tras una pausa salta y pide que pongas música (ya no preguntaba por Dochi), compra vino y baila con todos, y entre botellas, boleros y merengues llegamos a las dos de la madrugada. Reprochaba el aislamiento de Alfredo, que siempre se arrinconaba hojeando periódicos y revistas viejas, lo sonsaca, y él, timorato, no sabe qué hacer, parece ridículo disculpándose, y ella lo ataca hasta sonrojarlo. Alfredo sale con la ocurrencia de que no le gusta bailar sino ir directamente al grano, ella celebra el chiste hasta la histeria, lo hala a un cuarto; Alfredo se resiste, ella cierra la puerta por dentro y grita que lo va a violar. Alfredo se escapa y ella lo corretea balanceándose en una carcajada, muestra un frasco de anticonceptivos: estoy preparada, vamos al grano y echaba a reírse sobre un sofá hasta las lágrimas para inexplicablemente, esa actitud que no podré interpretar, tornarse a una sobriedad desconcertante, a una letanía de confesiones personales, de amarguras interiores, de lo que llamaba Desajustes Vivenciales; una infancia sin privaciones, carente de afecto, una madre muerta que recordaba enjoyada y vestida de blanco, la mortificación y las burlas por su apego a los juegos de niños y su comportamiento varonil endilgado de voces que la llamaban María Machito; sin preguntárselo te contaba lo discontinuo y caótico de su menstruación, pasaba a la frialdad del licenciado Damián Ovalle, su corrección de monaguillo, aquella aura romántica y ademanes recatados para agarrarle la mano, no era hombre para ella casarse, idea que rechazaba.

Abandonó la ropa deportiva y venía escasamente a visitarnos, ataviada de un Piero Dimitri, de cuello largo, mangas plegadas en el hombro, chaqueta cruzada con cuatro botones y falda angosta; el traje, confeccionado en un tweed gris con beige, la hacía un figurín. Apenas una cortesía templada, casi burocrática, tú eras quien debía saludarla, hacerla hablar, preguntarle. Venía cargada de novedades detrás de las que notábamos la influencia masónica del desconocido licenciado Damián Ovalle. Parecía una actriz brechtiana afanándose en separar, sin lograrlo, a alguien que era y no era ella, porque su voz sonaba a otra voz, su seguridad a caja de resonancia: El átomo era la representación del universo, la esfera de la teoría cuántica era la misma que la del espacio exterior, sólo que más grande y sujeta a la relatividad einstiana; el mundo era eso: bolitas que giran alrededor de otras bolitas. Quizá el hombre era una célula de un organismo superior. ¡Qué no era idealismo sino realidad! ¿Qué importaban nuestras pugnas en una galaxia a veinte millones años luz? Si la contradicción era la esencia de la existencia, la paz nunca se lograría, ¿no era mejor la introspección, el conócete a ti mismo socrático, un cambio interior que evaporara el egoísmo humano? El mal no estaba en el imperialismo yanqui, ni en el capitalismo, sino en el hombre, y declaraba al tribunal de nuestro estupor risueño: No es evasión, compañeros, no es evasión, compañeros. En las vacaciones la encontrabas en una ópera o un ballet, te saludaba ansiosa, te mostraba al licenciado como si fuera un trofeo y luego lo arrastraba hacia el auto disculpándose. Volvió a la universidad y allí el saludo era una mano batida bajo el cuello, sin comentarios. Supimos otra vez de comidas chinas, cambio de carro último modelo, baños en la piscina de un general y de lecturas extrañas...

Y tú no puedes sorprenderte cuando aparece como La Amabilidad tendiéndote un panfleto que cuestiona las revoluciones socialistas del siglo tildándolas de farsas, saturado de adjetivos apocalípticos, anunciando una revolución auténtica, sin fronteras de naciones, permanente, clásica y científica, apegada a Marx, y se detiene contigo y nota detalles de tu anatomía y tú lo mismo que antes te entregas a la confianza pero no sabes a qué atenerte. Te sienta en un banco y te pregunta qué opinas de esto y de aquello, como si quisiera aprender y tú fueras el maestro, con humildad que crees actuada, en una mayéutica tajante y sin ironías va preguntando y preguntando y anotando cabos sueltos que te envuelven en supuestas contradicciones, y ella aflora más fogosa que nunca, se para, habla como a una multitud, y luego como si quisiera introducirse en ti. La ves atareada en los pasillos sosteniendo volantes y fotografías con manifestaciones de los diez días de Octubre de 1917, y va preparando un mural sin identificación de grupo que invita a una conferencia sobre el libro Mi Vida. Te detiene y da detalles sobre la conferencia y descubres que la acompaña un joven anodino, pequeño y macizo cuya única relevancia podría ser una barba luenga Enrique VIII, que le llega al pecho, ves que efectivamente andan abrazados, y que el tipo quiere entablar una discusión contigo, porque te conoce, sabe tu tendencia, dice que eres del PLD, intercala ataques punzantes contra ti entre retoques que te da de la figura de León Trotsky y sus ideas, para olvidarse del hilo de su discurso y reiterarte la invitación al análisis de Mi Vida, Mi Vida, te lo repite hasta saturarte, y aprovecha el encuentro para resumirte su contenido, sintetiza la autobiografía trotskista con frases lacónicas, ingeniosas, y ella lo mira como si contemplara al mismísimo Karl Marx en persona, y te convences que ella ha dado un nuevo rumbo a su vida, que ha vuelto a su fiebre originaria... Porque quién sabe cómo ella piensa.




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