Cuentos en espanol, Ecuador, Quito
atras a cuentos en espanol  

El tacto y la sierpe


Cualquier parte de mi cuerpo
es pura como mi corazón.
Walt Whitman.

Aquel pubis, calcado sobrio y duro en las enaguas, aguijoneaba al imbécil que, atisbando tras el biombo, exhalando un miedo tembloroso, helado, manoseaba el glande bajo su calzón de enfermo. La Virgen Dolorosa, masoquista, copiada en aguafuerte, enmarcada en brilloso estaño, reflejaba a una Sor Crescencia borrosa, de boca enigmática junto al corazón siete veces traspasado, pelada, de nariz puntiaguda parecida a un chiste, encima de la boca mariana remedo de éxtasis sexual; los ojos chillones caían en los ojos ahumados del icono. Su cara huevona presentaba una belleza remota. Babeando por el canto labial, el alumno frenaba a intervalos su respiración asmática. Ella, remegiendo la boca, dejó de mirarse para con paso menudo ir al gavetero. Extrajo un espejillo viejo, cóncavo, que deformaba la imagen; pero la retrataba nítida. Permaneció indiferente a sus caricaturas, una hidrocefálica y de mentón alámbrico, otra de ojos chinos, boca gigante y cabeza de lápiz, la última chata, mongólica, ojos de vaca, la nariz perdida. Una pinza sacó los vellos del bozo y la mejilla. El tarado la veía de espaldas, dos mesetas sus nalgas sagradas, prisioneras del refajo, subversivas, enérgicas, dramáticas por la iluminación lateral de una lámpara acorralada por mariposas borrachas de neón. La penumbra cubría la celda, los muebles aparecían surreales y las sombras de las mariposas, dinámicas, batientes, volaban gigantes, monstruosas, por las paredes. Afuera la lluvia era gorda, melcochosa. Desde el Ángelus percutía en los techos. El tarado, aplastando su cara de acné con el parapeto, tiritaba de lascivia; tenso, le palpitaba el corazón en la lengua. La monja se extrajo el último vello y colocó el espejillo sobre el taburete, junto al Cristo de Velázquez. A esa distancia su esperpento era desconcertado, elástico: el mentón ocupaba el primer plano y la cabeza se iba al fondo, huyendo de la cara. Al fondo: la aparición, la figura desgarbada y torva del anormal. Un gritico seco, pusilánime, fluyó de su garganta. Él, sembrando su mirada filosa, como gato montés, penetró en la sombra del dormitorio. Ella, sobresaltada, tartajoso, susurró amonestaciones contra el intruso; él, nervioso, le trazó un mimo amable sobre la cara. Ella retrocedió. El espejillo se le cayó del taburete: lo castigarían por haber entrado allí. La abrazó, estaba tibia. Ella se contorsionaba; emitía chillidos que se tragaba la lluvia palpitante en las persianas. Él, anhelante, con suspiros porcinos, la tendió en la cama. Emergía el rubor a sus mejillas jabadas; él, membrudo, violento, goteando baba, la besaba, rasgó el camisón.

Experimentó juntos la vergüenza y el asco: igual que aquella tarde, borrada por tantas oraciones, cuando conoció el calor de varón. Tío Pichilo, viejo arador, entrándola a su rancho —cercano al cafetal donde recolectaban los padres y hermanos de ella—, develando un rictus amarillento de grandes incisivos, esparciendo su aliento de tabaco y aguardiente, le dijo que iba a regalarle un juguete. Estaba envuelto en papel manila, pero no lo entregaría hasta que le chupara un caramelo y, acariciándole la cara la sentó sobre sus piernas de tirigüillo. Las manos oprimieron las mejillas, deformando la cara: la boca dibujó una O malograda. El viejo se enturbiaba de un recuerdo ácido. Su respiración cuajada la amedrentó. Pero sólo un instante, pues se iba el frío y la abrazaban como no sabía que se abrazara; entró al pecho de pelos tiernos abandonada en una sensualidad candorosa; el calor llegó, envolvente, junto a los latidos de tambor. Tenía once años y los senos se anunciaban agudos. La mano cavilosa, arrugada, husmeó los pezones, los repasaba apremiante, atiborrada de razón, de vida propia sobre aquella piel mullida. Exhalando placer por los ojos, resoplando un aire embriagado, levantó el vestido, acarició los muslos de mango, el vientre. La niña, cazada en la trama, se nublaba de pensamientos; el contacto era deleitoso, pero había un aura desabrida, rancia, molestosa. Fluctuaba su pensamiento entre el abrazo del viejo y la recompensa. Él, meloso, manoseaba el pubis pelado y, estático, esperó la erección. Ella presa de raras sensaciones, jadeante, erizada de incertidumbre, lo dejó hacer. Él, parsimonioso, seguro de su argumento, la acuclilló a sus pies y le explicó que ahora chuparía su caramelo; era un gusano bastante largo, flaco, con una curvatura en su remate. El glande, desviado hacia la izquierda, filoso y amoratado, parecía un índice pintado en la punta que señalaba un camino. Ella se asustó, no comprendía por qué Pichilo le llamaba caramelo a su ripio; porque era su ripio, semejante al de los perros, como las bobas de sus hermanos. La boca del arador, dubitativo, denotaba autoridad y súplica. Ella gesticuló un no con la cabeza. Él, paterno, imperioso, insistió. Acorralada, miraba la piel babosa del prepucio y la mueca mendiga del viejo. La mano la asió por la nuca y la enfrentó a una verija parda, limitada por la bragueta. Vencida, abrió su boca, avisada por la voz gutural y presurosa que no debía morder sino chupar. Al contacto se estremecía gibándose. Timorata, apenas lo lamía. Burlándose de su ignorancia, hirió su ego pueril: ella, eficiente en los menesteres domésticos no sabía chupar, ¿no había visto los becerros mamar la leche?, pues así mismo. Ella absorbió el glande, la punta rozaba el paladar; la saliva, viscosa, llenaba su boca, no quería tragarla: le atormentaba la idea de que por el bicho orinaban los hombres: sintió el asco. Él, extasiado, fabulaba: sus labios bisbisaban nombres muertos. Su cuerpo, compulsionado, en trance, parecía contener otros cuerpos. Respiraba agrio, paroxístico; sus brazos, como tentáculos, se encogían y se estiraban dibujando temblores en el aire: eran agujas de un reloj que dislocaba al tiempo. De súbito, quedó suspendido, frustrado: no pudo sujetar la cabeza que se le iba. Saltó asustada, escupía, cruzó la puerta y, embalada entre los plátanos, ni miraba hacia atrás. Se desinfló el falo, caía como un árbol podrido, derrotado. Pichilo, turbado, melancólico, asomó su cara de arrugas a la ventana del bohío, la vio lejos, se perdía en el cafetal. Guardó su gusano muerto, escuchó el concierto desafinado de un grillo.

El aguacero, crepitante, obstinado, impulsaba fragancias de moho; absorbía los relámpagos; quebraba su propio ritmo, callaba el de la noche. Sor Crescencia, apretada al resuello del alumno, ruborosa, detenía las acometidas contra sus senos, alzándole la cabeza, increpándole. Pero él, descocado, parecía no comprenderla, hurgaba los senos alegremente, balbuceaba súplicas de niño huérfano. Se quebraban en el agua quejas sinónimas salidas de un juego cómico, reiterado: ella apartaba sus manos, él las ponía una vez y otra, una letanía de tira y jala, y vuelve al pecho y quita la mano, ahogo frío, risitas, babas, incertidumbre. Retrocedía alerta, una ruleta su pensamiento; reptaba hacia el espaldar, despojada de la toca, manchada por los relámpagos. Halaba, impetuoso, la enagua y debajo aparecían otros trapos que deshacía con fuerza; era destapar una caja de sorpresas. Sor Crescencia lo empujaba por los hombros, oprimía las ceñideras de las sayas que se iban; se espantaba de los truenos que percutían cercanos y luego se alejaban enrollados. De un halón el tarado desabrochó la faja y brotó una pancita puta. Las figuras, cinéticas, murmurando quejas y ruegos inoperantes, mezcladas en un dúo lánguido, haragán, eran solamente un bulto claroscuro; un gris fuerte, un blanco fijo en el borde de los cuerpos, dinámico como el agua reflejada. La luz, retorcida en el espejo, transpiraba fuego, cegaba. Rasgó la braga; su boca victoriosa, bufa, su frente arrugada de lujuria. Sor Crescencia, incorporándose, rauda, se acoró en la pared, el sexo descubierto, peludo, salvaje, hormiguero negro hasta el ombligo; se acurrucó de pudor, las piernas entrecruzadas, los brazos en el pecho. Acuclillado sobre la cama resolló amplio. El sexo de su maestra proyectaba un dejo melancólico, rimas pueriles, pan recién horneado; agrandado a la vista del tarado, se desvanecía en un tiovivo de pensamientos rápidos, en un desorden: era sí un imán que lo inclinaba como gato al acecho, lívido el rostro, los músculos tensos. De pronto saltó sobre ella. Quería asirse al sexo; su cara un disparate: muecas que se sucedían deprisa, temblorosas; los ojos se iban de la frente. Sobaba su máscara en los muslos. Ella, gangosa, reprobaba las bruscas caricias procurando no deleitarse; en su memoria el sexo era grotesco, una imagen asqueante, traumática; sus carnes se estremecían recriminatorias; impartía una lección desesperada: ella había hecho votos de castidad, ¿no entendía? Castidad, votos de castidad. La recorría un desamparo eléctrico, el escalofrío de una tarde —evaporada en su pasado, indultada por autolaceraciones— en la que su primo, convaleciente de hepatitis, le pidió que se desnudara. Acto que purgó clavándose espinas en la frente.

Había jurado continencia antes del noviciado. Fue el Viernes de Dolores de mil novecientos setenta y dos, después de impartir el catecismo a veintiséis niños en la Capilla San José. Arrodillada ante un eccehomo yesoso, ebria de misticismo, declamó su amor a la estatuilla. Permaneció horas, cabizbaja, encandilada; meditaba laberintos de la fe; le pareció que desde su nacimiento estaba destinada al servicio de Dios. Abstraída, penitente, alucinada, creyó que Jesús le guiñaba un ojo, movía su boca. Trémula, hundió su cabeza en el pecho. Llegado el crepúsculo sintió una mano sobre su hombro. Era el sacristán que se disculpaba: creía que se había dormido.

Anita, su nombre de lega, ocultaba, bajo una apariencia soñolienta y plácida, una energía interior, efervescente y juvenil, que iba deteriorándose por un noviazgo precoz y frustrado. Fue un episodio de fuerte poesía, luego podrido de nostalgia. La escena: un cuarto de hospital. Coprotagonizó Marcos, su primo hepático, tres años menor que ella, espigado, que parecía perder la vida a cada paso, que inauguró su pubertad en cama de enfermo, que hacía metáforas con su prima, la leche en polvo y el mango banilejo. Cercanos, en zigzags de arpa, despreocupados del contagio, aburridos de paredes blancas, decían nimiedades sin recuerdo, palabras que excusaban el estar tan juntos: una profesora ahogada en colesterol, unos insectos negros y cobardes, la calva melancólica del médico, y tan pegados y tan bellos y colorados los rostros que ya no hubo remedio: se besaron. Ella, arrepentida, lo confesó al padre José María (Caco de Bombillo). Pero después, en largas velaciones, jugando a la baraja, o unidas sus manos, se regocijaban de haber encontrado algo mejor que la Avena Quaker. De las pesadillas de Anita desaparecieron las serpientes rojas y el abismo sin fondo. Marcos exploraba el sabor extraño que daba la mezcla de la enfermedad y las caricias; veía huir de su memoria el juego de bolas, el brinca la tablita, el libro Coquito y la mimosa maestra del sexto. Cuando Marcos, débil de hepatitis, le pidió que se desnudara, no vaciló: compasiva, serena, se quitó la blusa, la falda, el sostén. Marcos, conmovido por el acto, clara su categoría de hombre, veía asomarse, a la luna de los senos, retablos de un mundo inexplorado; su voz, vidrio quebrado, con afectada naturalidad, dijo que deseaba chupar sus senos. Anita, recatada, miedosa, cubriéndose con la blusa, lloró. No podía, que no lo repitiera. Melodramática, arrimada al enfermo, le besaba las manos...

A Marcos, restablecido, se lo llevaron para Nueva York. Con voz de caña hueca le dibujó promesas en el aire; él le dijo: “Consérvate”, ella le dijo: “No te vayas a morir.” En la fiesta de despedida ella aprendió a bailar; el padre de Marcos trajo a Antonio Gómez Salcedo (Biliguel), quien pasaba, a malabarismos de guitarra, del bolero a la guaracha. Aquel baile, apretado, tierno y sudoroso, la llenó de fuegos profundos, que en los días solitarios agriaban sus evocaciones. Se asía de esperanzas: terminaba depresiva. Los primeros años fueron de cartas: el golpe asombroso del campo a Nueva York, estoy bien, recuerdo siempre, me tienen en una incubadora, engordo... Besos de lápiz que fueron rotos, frío eléctrico, era un hombre, sabía inglés, y ¡oh! se casó con una puertorriqueña. Ella se queda en octavo curso, se refugia en la costura y en una espera imposible. Se ve reflejada en las jamonas desgreñadas que, aún con atractivos, en Magüey se ven obligadas a vivir solitarias. Su rostro destilaba esperanza, que meditada bocarriba, desaparecía como humo. Se aficionó a la literatura católica, saqueaba la biblioteca de Don Arturo, el sacristán, repleta de hagiografías, novenas y narraciones de grandes milagros. Con fervor fanático, se dedicó a preparar los niños mejor catequizados de la diócesis. Sus padres, al principio, se opusieron a su vocación, más por lo que representaba prescindir del dinero de la costura, que por no estar de acuerdo. Ya ordenada, recibió entrenamiento en Brasil y en España, en la Orden que no mencionaré. Desde mil novecientos setenta y ocho trabaja en el Hogar-Escuela. Hábil en la enseñanza de la lectura labial, metódica, saca luces de los cerebros más cerrados. En el ala de monjas, en la segunda planta, a la izquierda, está su cuarto...

Amarilla de encierro, con pasos cortos, sumisa, se le veía caminar entre las camas de los subnormales. Por su paciencia y consagración en el apostolado era encargada de alfabetizar a los débiles mentales. Había incluido en el grupo de niños a Basilio, imbécil de quince años. Lo enviaron del Reformatorio; ladrones, chulos y degenerados lo habían iniciado en aberraciones, marrullerías, robos y triquiñuelas. Un informe decía de su regeneración. Sor Crescencia creyó que era rescatable, ya que en dos semanas había logrado escribir: “La chiva dona la leche.” Pero al mes pidió al director que enviara a Basilio con los jóvenes tarados puesto que estaba más adelantado que los niños pequeños. En realidad la inquietó cómo él respiraba al tenerla cerca. En una ocasión, cuando unidos deletreaban la palabra Queso, él le manoseó las piernas; en las lecciones de prosodia se quedaba mirando sus senos y en otra ocasión los había tocado. En los rincones más inesperados tropezaba con la mirada procaz del tarado. Era agresivo en los juegos, maltrataba a los pequeños; el espejo cóncavo, que divertía los recreos, lo quería acaparar. Fue transferido a Sor Manuela, monja vieja y tosca que lo apaleaba diariamente. Sor Crescencia se sintió molesta, herida, por haberlo entregado, no había cumplido eficientemente su deber. Cuando se cruzaban, él respondía a su sonrisa con una ofensa triste, un carraspeo absurdo.

¿Qué mocatas sensaciones brotaron entre revolcones, dramáticas sombras, temblores, aullidos risibles? Desnuda, se pensó completa. El hábito apresa el cuerpo: sólo viven cara y manos. Lo vital es tabú, pecado, obscenidad. Sombras inquisitorias que la señalan desde los iconos: graves, admiradas, reprobatorias. La Virgen Dolorosa, asediada por hormigas aladas, retrataba el placer en sus ojos extraviados, acusaba. El crucifijo, mecido por la lucha, cayó bocabajo. Quería desmayarse, pero sólo asomaban rubores, desvanecimiento, cansancio. Inmovilizada, frenada su fuerza, la cedía en un sopor emoliente, resignado, fatalista. El tarado exhibía un talento aguzado: acostándola recorría su vientre, palpaba, precavido, la vulva; acometía, voluptuoso, las nalgas. El cuerpo de Sor Crescencia, encogido, fatigado, era un bulto pastoso en la seca luz, brillaba su desnudez, se estremecía. Venían vértigos intermitentes, se nublaban sus ojos, se esfumaba la realidad, pero regresaba clara, mortificante, obstinada. Intentó levantar los brazos, ampararse; no le obedecían sus miembros, yacían, débiles, ajenos a su voluntad. Petrificada, expulsando siseos ahogados, sentía, desdibujadas, manos, lengua y labios frotando su entrepierna, acometidas frenéticas, fricaciones en sus muslos. Mecánica, murmuraba letanías. La lluvia se oía confusa, redonda, gruñona. El tarado con frenesí, tembloroso, enfático, incursionaba, cauteloso, sádico, el cuerpo inanimado, vencido; ludía las caderas, el torso; babeaba espeso, mugía gutural; la cacheteaba; abría sus piernas, las alzaba, las amasaba gozando la blandura, embelesándose en un erotismo muerto, intenso. Las sábanas, abatidas por los cuerpos, se replegaban en desorden. Los insectos, alocados, volaban de la luz a las paredes, se posaban inquietos en los cuadros, volvían a la luz, cerraban espirales. Él, zambullido entre los muslos, ritualista, posó sus labios sobre los labios tersos del sexo. Besaba. Lamía. Se deslizaba, cómodo, entre las piernas. Succionaba el clítoris, chupaba, repasaba su lengua. De improviso, recorrida de escalofríos, sacudiéndose, volvía del letargo; un ogro sombrío, creciente, latía en su sexo; soñolienta, sorprendida, recogía sus piernas, arqueaba la espalda para mirar, con borrosa lucidez, la lucha entre la lengua y su sexo. Su cabeza pelona, inestable, buscaba asidero. Juntaba las piernas de placer, aprisionaba al tarado. Gemía acezante, religiosa, delirante: gritaba, quejumbrosa, el santoral, santos mártires, apóstoles y arcángeles, en una letanía inconsciente, cómica. Se expandía, crispaba las manos. De pronto, marcada de placer se vio en el espejo pariendo espasmos, contorsiones anárquicas, luchas insaciables con el placer que la sitiaba, veía reflejados en el espejo cóncavo retablos temblorosos: muslos surrealistas, labios de fuego, colores gimientes, savias desconocidas que afloraban. Alienada, expulsando, en vaivén rítmico, violento, juventud combustible que procuraba deleites profundos, incursionaba una realidad ajena a la realidad, el tiempo era otro tiempo, las carnes se bifurcaban en luces llenas de significación, júbilo, oleaje. En su rostro danzaban expresiones curvas; líneas levitadas, finísimas, dibujaban óvalos, temblores ojivales, vibraciones de boca abierta, mejillas febriles, ojos blancos. Se alteraban sus facciones: fluían y refluían los músculos faciales; sobresalían colores calientes que al instante se esfumaban, pálidos, precipitados, para aparecer nuevamente extendidos, turgentes. Sudaba arpegios fugaces; una melodía agitada, abstracta. Gotas de jugo salado. Temblores en las sienes. Violín que chirría. Dramáticas contracciones de los labios, dientes restregándose; máscara de clímax, máscara sólo boca. En intenso delirio cocinaba palabras rotas, imágenes peludas: Marcos a la sombra del naranjo, mira cómo se lamen los perros, nadie alcanza con la lengua su propio sexo; Tío Pichilo, cacofónico, estampado en pujos placenteros, ¡ah, entonces era eso, era eso! Concepto vacío, eso, eso; apretaba la cabeza. El tarado se masturbaba. Eso, eso; y de pronto, con grandes estertores, Sor Crescencia quebró el ritmo de sus nalgas, se derretía, plácida, estirada, tensa. Sus ojos en el techo llenos de conocimiento. El tarado, entrenado, exprimiéndose el pene, saltaba de la cama, escurridizo, buscaba un rincón, y, masa sin huesos, jorobado, eyaculó en la pared; se dejó caer, acorado. Miró, incongruente, a la monja. Ella lo miró con ojos de agua, pelele; se incorporó. El tarado, en un tranco abrió la puerta, esperó absorto... hizo una seña de tumba etrusca, juntó la puerta, desapareció... Ella ojeó la sombra amplia del pasillo, él se perdía sigiloso. Cerró la puerta. Caminaba desnuda, dormitaba repleta de nubarrones. Sobre la almohada, oyendo la lluvia repicar, iba apagándose sin contrición, libre, llena de una catarsis revuelta, profunda, estomacal.

Despertó sobresaltada, la luz lastimándola, había soñado con cacatas. Boyaban en un charco, en el monte Almibón; luego ella era cacata y miraba desde las cacatas un paisaje movedizo de escarabajos y estiércol; entonces salían, asquerosas y activas, de los recodos de la escuela; congestionaban el patio; allí, inadvertida de lo incoherente, humana, fue espectadora: eran las monjas de negro, ¿o un desfile de comparsas? Sudaba. Se restregó los ojos. ¡Las nueve! en el reloj de pared. ¿Por qué no la habían llamado? Un pálpito álgido le zumbó en el pecho. Vio el cubrecama rebujado, la frisa liada con el colchón, el hábito un estropajo. Lejano oyó el Ángelus matinal, suspiró desembarazada: era sábado. Una mueca dental se encogió en sus labios, ¿remordimiento? Percibía el olor del tarado en su piel, en el cuarto. Entreabrió la persiana, aspiró la neblina de la calle. Pensaba sombras. Abajo sonaban campanitas, autos y pregones. Una sirena crepitó cercana, se perdía. Las antenas, oxidadas, brumosas, coronaban el edificio vetusto del frente. Sobre el resplandor de las aceras patinaban dos niños. Una zamba greñuda mostró una flor de su canasta, sonrió, esfumándose en el hervidero de autos. Era una realidad ausente; martillaba, introspectiva, su conciencia, repasaba reglas, preceptos y sermones. Cerró la persiana; se miró en el espejito. Los ojos hundidos, fluctuantes, diseñaban redobles del pensamiento. ¿Había sido un sueño? Mortificada, las manos resbalando por la cara macilenta, recordaba su catarsis, un aura avinagrada, agua temblorosa, y el placer, un placer que no podía provenir del diablo...




  Carros en Ecuador
  Bienes Raices en Ecuador
  Hare Krishna