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Castillo, camino y viento


Ya nunca te he de olvidar...
en la arena me escribías.
El viento lo fue borrando,
y estoy más solo mirando el mar.
"TONADA DEL VIEJO AMOR" - Jaime Dávalos

Un viento frío con aguijones de arena apenas me dejaba avanzar. Inclinado hacia delante, una mano sobre los ojos cerrados, caminaba a tientas por la playa.

Al principio, sólo íbamos en verano a nuestra casa de la costa. Me fastidió cuando comenzamos a ir en invierno, aunque luego aprendí a disfrutar de largos paseos con la sola compañía del viento, dueño del mar -que rompía en tumultuosas olas sobre la playa, contra las rocas- y de las dóciles dunas, a las que cambiaba de lugar a su capricho.

Sentía el cosquilleo de la emoción al caminar a ciegas, atento a los ruidos, tratando de evitar las salpicaduras o el golpe contra alguna piedra.

Al bajar de una duna muy empinada, tropecé y abrí los ojos.

-¡Eh! ¿Qué haces?

-¿Y esta loca?

-¿Qué dices? ¡Cuida tu vocabulario, niño irrespetuoso!

-Perdone usted, princesa.

-Ahora comienzas mejor. ¿Cómo te llamas y qué haces aquí?

A mis pies estaban los cimientos de un castillo de arena y piedras. Una niña de cabello rubio, los brazos en jarras y grandes ojos enojados, me increpaba duramente.

-¿Eres sordo? ¡Habla!

-Me... me llamo Miguel y... y estoy con mi madre pasando unos días en una casa sobre la playa. Tú... ¿quién eres? ¿Dónde vives?


-Soy una princesa y vivo en mi castillo, en una montaña al lado del mar. En todas las habitaciones se escucha la música de las olas y las voces del viento. A mí me encanta; sin ellas no podría dormir. Un sendero lleno de hojas secas llega hasta el castillo. Me da un poco de miedo pasar por ahí, porque los pinos son muy altos y no dejan pasar la luz del sol. Esa es mi tierra; pero me gusta salir para conocer mundo. ¿Dónde vives cuando no estás de vacaciones?

-En Miranda de Ebro. El año que viene ingreso al secundario. Seré ingeniero como mi padre. Tu papá, ¿qué es?

-¡Niño tonto! Si te he dicho que soy princesa, mi padre no puede ser otra cosa que rey. ¿O qué te creías?

-Pero, rey... ¿De qué país?

-Cortijo de Rey. ¿A que no lo conoces?

-No... nunca lo oí nombrar. ¿Dónde queda?

-Allende el mar.

-¿Dónde?

-Allende el mar... No sé qué quiere decir "allende", pero lo leí una vez y me gustó. ¿Tienes algo en contra de esa palabra o acaso crees que es mala y no debe pronunciarse?

-No... no... Es que no la entiendo. Cuéntame algo más de ti.

-Como te decía, soy una princesa. Cada tanto me gusta hablar con ustedes, los chiquillos del pueblo. Pienso que son interesantes y algunos merecerían vivir en castillos, como yo.

-Dime, ¿dónde estudias?

-En mi castillo. Viene un preceptor a enseñarme. Además, tengo tres amigos: un sultán, una dama noble y un marqués. ¿Por qué te ríes? ¿No me crees?

-No... no me río. ¡Perdone, su Alteza!

Dos hoyuelos aparecieron en sus mejillas. Su mirada se suavizó.

-Me gusta cómo eres. Pareces un príncipe, como el que sueño todas las noches. ¿No te gustaría casarte conmigo?

-Tú también me gustas, pero... ¿no te parece que somos demasiado pequeños?

-¡Tonterías! Las princesas nos casamos muy jóvenes, para tener muchos Infantes. Ayúdame a terminar mi castillo. Disculpa, ¡nuestro castillo!

Toda la tarde estuvimos construyendo. Aprendí lo que eran almenas, adarves, troneras y poternas. Un foso con agua rodeaba el castillo y un puente levadizo conducía a la entrada principal. Mientras mi nueva amiga dirigía la obra, hacía planes para nuestro futuro.

-Viviremos en esta torre, con un dormitorio que tendrá dos ventanas: una que mire hacia el mar y otra desde la que podamos contemplar la salida del sol. Nos casará la luna, el viento y las estrellas serán testigos, y arrojaré al mar el ramo de novia. Tendremos muchos hijos, y el mayor será hermoso como tú.

Cuando el sol comenzó a ocultarse, me di cuenta de cuánto tiempo habíamos estado conversando y construyendo. Pensé en mi madre y le comenté a la princesa que estaría intranquila por mi tardanza. Ella me contestó que también debía regresar.

Me tomó de las manos, mientras me decía:

-Cuando te miro, imagino cómo serás cuando te conviertas en mi esposo, el rey. Para mañana te prometo un dibujo de Miguel I. Seguiremos hablando de nuestro futuro. ¿Nos encontramos mañana a las dos en este lugar?

Asentí. Mirándola a los ojos, colgué de su cuello mi cadenita con la imagen de la Virgen. Bajó la mirada y cuando la levantó nuevamente, sus ojos brillaban.

-Gracias. La llevaré siempre conmigo. Seremos muy felices.

Tomó un palito y escribió en la arena: Te quiero.

Alcancé a ver dos lágrimas. Me besó suavemente en la boca y se alejó corriendo. Me quedé mirando cómo se empequeñecía su figura. Antes de desaparecer tras una roca, se volvió para tirarme un beso con la mano. No atiné a contestar el saludo, tan turbado me sentía.

Entre el silbido del viento y el continuo retumbar de las olas, escuché el grito de un niño, los graznidos de gaviotas disputando comida y el relincho de un caballo. Volví la vista hacia el Te quiero en la arena. El viento lo había borrado. Escribí: Te amo, princesa.

Entre nubes volé hasta mi casa, donde mi madre me volvió a la realidad con los regaños de su espera ansiosa.

Ya acostado me dije: "es real", "sus ojos no mienten"; ansiaba conocer su castillo y el camino bordeado de pinos. Me costó dormir. Cuando pude hacerlo, soñé con la princesa y su beso de despedida.

Al día siguiente llegué al lugar de nuestra cita una hora antes de lo convenido. Me puse a construir nuevamente el castillo, que había sido derribado por las olas. A las dos abandoné torres y murallas y subí hasta la roca desde donde la princesa me había tirado el beso. Como era un lugar alto podría verla acercarse.

La espera fue inútil. Cuando abandoné mi atalaya y regresé a casa, ya había anochecido. Fui directo a mi dormitorio, sin atender al reto repetido de mi madre preocupada, y me tiré vestido en la cama. ¿Qué pasó, princesa? ¿Por qué?

Todos los días a las dos de la tarde, pasaba frente a lo que fue nuestro castillo, escudriñaba desde mi roca-vigía, y continuaba por la costa buscando ese país que quedaba "allende" el mar, el "Cortijo de Rey", el sendero bordeado de pinos que trepaba la montaña y el castillo entre las rocas, mientras imaginaba a la princesa que corría a mi encuentro.

Ese invierno fue el más triste de mi vida.

Seguí buscándola en Miranda de Ebro, con la ilusión de que ella, recordando el nombre de mi ciudad, viniese a buscarme. ¡Cuántas veces habré corrido detrás de unos cabellos rubios, una espalda familiar, unos pasos recordados, un rostro en un ómnibus, en un auto, en un tren! ¡Cuántas desilusiones en esa búsqueda continua!

El viento siguió soplando y cambiando de lugar las dunas, el mar continuó puliendo el roquedal costero, mis huesos fueron alargándose, terminé los estudios y comencé a trabajar.

Un día de verano me sentía desasosegado y el recuerdo de la princesa era más fuerte que lo habitual. Me dirigí en auto a la playa y, a las dos de la tarde, contemplaba el lugar donde habíamos construido nuestro castillo. Me puse a caminar hacia el lugar por donde ella había desaparecido. Caminé hasta que el sol casi tocó el horizonte, ensimismado en mis recuerdos, avanzando sin ver, sintiendo cada vez más vívido su recuerdo.

El crujido de mis pasos sobre una alfombra de hojas secas, me trajo a la realidad. El camino serpenteaba entre las sombras de pinos muy altos que apenas dejaban pasar la luz del sol. Apuré la marcha. La pendiente se hacía más pronunciada, igual que los golpes de mi corazón. Cuando comencé a escuchar el silbido del viento y el bosque se abrió para dejar ver un castillo construido entre las rocas en la parte más alta de un cerro, ya no tuve dudas.

Pasé bajo un herrumbrado portal casi cubierto por enredaderas. Alcancé a leer: Posada "El castillo de la Princesa". ¡Por fin!

Un perro salió ladrando a mi encuentro. Un hombre de cabellos blancos estaba agachado trabajando en una huerta. Se paró y, muy encorvado, vino a mi encuentro. Me abrazó y me besó en la mejilla.

-Te estaba esperando, Miguel. Ven conmigo.

El perro ya no ladraba, nos seguía moviendo la cola.

Pasamos cerca de una caballeriza abandonada y entramos al castillo. Comencé a escuchar la música de las olas y las voces del viento. Un gato se cruzó en mi camino y se refregó contra mis piernas. Subimos largas escaleras y caminamos por corredores interminables. Llegamos a una habitación. La luz del atardecer penetraba por una ventana e iluminaba con tonos rojizos un amplio dormitorio. Un viejo oso de peluche y una muñeca rubia descansaban en la cabecera de la única cama. Sobre la pared del fondo vi mi retrato con una corona, dibujado a lápiz sobre un papel amarillento. Era como si estuviera mirándome en un espejo. Me acerqué y leí: "A Miguel I, con todo mi amor, la princesa".

Conmovido, pregunté:

-La princesa...

-Toda esa noche estuvo dibujando y hablándome de ti. Nunca la había visto tan feliz. Al día siguiente la encontré en la playa. Intentó salvar a su perro que había caído al mar.

Sólo las voces del viento y la música de las olas.

-El sultán...

-Era el perro, su gran compañero. Se fue con ella.

-El marqués...

-Su gato. Lo encontró abandonado y lo trajo. La adoraba.

Desde la mesa de noche, la princesa me sonreía: "Tengo tres amigos: un sultán, una dama noble y un marqués. ¿Por qué te ríes? ¿No me crees?"

-La dama noble...

-Por la tarde, cabalgaba. Se iba muy lejos, hasta la playa donde te conoció. Era el nombre de su yegua.

La princesa que desaparece detrás de la roca, el grito de un niño, los graznidos de las gaviotas y... el relincho de un caballo.

Un hombre y una mujer joven me contemplaban desde una foto descolorida. Señalé a la mujer.

-¿Su esposa?

-Sí. Falleció cuando nació mi hija. La princesa fue la luz; mi vida se fue con ella. Sólo estaba esperándote.

El castillo frío y el anciano solo.

-¿Cómo se llama el lugar?

-Cortijo de Rey. Me llamo Manuel Rey. Mi abuelo fue su primer dueño.

Las palabras morían lentas entre los silbidos del viento. Palabras demoradas, ¡tantos años!

Esa tarde en la playa. El castillo de arena. La promesa de amor.

Quise irme. Encontrarme con la princesa que me estaba esperando en el lugar de nuestra cita.

Abandoné el castillo, el sendero, el viento. De regreso, fui cortando flores silvestres. Muy avanzada la noche, llegué hasta el reparo de la roca de nuestro encuentro. A la luz de la luna, comencé a construir nuestro castillo. Cerca de la madrugada me venció el sueño. En la única torre terminada, como una ofrenda a su añorado recuerdo, puse el ramillete de flores. Me dormí sobre la arena.

Sueño con la princesa, pero no es una niña. Es una mujer que sale del agua envuelta en algas. Su cuerpo refleja el brillo de la luna. Se tiende a mi lado y me sonríe sin decir palabra. Acaricio su piel húmeda y fría, que se va entibiando con mis manos. Las estrellas vienen a mi encuentro. El viento comienza a soplar con fuerza, la arena de la playa tiembla, mientras olas poderosas golpean los peñascos.

Poco a poco, las olas van aplacándose, el viento amaina y la paz es total. La princesa se incorpora. Sus ojos están húmedos, su boca no sonríe, pero su expresión es feliz. Se aleja internándose en el mar, mientras me tira besos como aquella princesa niña.

Cuando despierto, el sol ya ha salido. Mis ropas están húmedas. La cadenita con la Virgen cuelga de mi cuello. Miro hacia el castillo: está terminado. Sobre la arena, un Te quiero que el viento respetó. El ramillete ha desaparecido. Huellas de pies desnudos van hacia el mar. Sobre el agua se hallan esparcidas las flores silvestres.

 



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