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Testigo para el fiscal

¡Dos martinetas volaron! Una, vino para mi lado. Cuando lo vi al niño Raúl con la escopeta, me dio miedo que disparara y me tiré de panza al suelo. Ahí sonó el tiro. Me agaché más, quería meterme debajo del pasto. Pero no oí zumbar ni caer los plomitos. Sí escuché que la martineta seguía volando, el relincho de un caballo y el ruido de algo que caía. Después que se me pasó el susto, me asomé entre la paja brava; el niño Raúl estaba muy blanco, más blanco que nunca, con cara de asustado, como si un gualicho lo hubiera dejado duro, con los ojos muy abiertos, como cuando espiaba a doña Silvita bañándose desnuda en el arroyo.

Miré para el mismo lado donde tenía los ojos clavados y vi, desapareciendo entre los cardales, el bayo del patrón. Más cerca, apenitas asomada entre los pastos, su bombacha negra, quietita, demasiado quieta.

¡Fueron dos las martinetas! La otra, ¡qué macana!, voló para el lado de don Esteban, en dirección al sol que había empezado a ponerse, hacia el horizonte que era un incendio. El niño Raúl le tiró a la martineta y quedó encandilado con ese fuego rojo. La martineta no cayó; el que cayó fue el patrón.

¡Pobre don Esteban! Cuando lo dimos vuelta, casi no tenía cara. Era una mezcla de sangre, tierra y abrojos. Tuvimos que lavarlo varias veces, pero quedó bastante fulero. Lo velamos con el cajón cerrado. Parecía mentira: tan grandote, tan fuerte... y orgulloso de la señora joven que se trajo de la ciudad, muy bonita y sonriente los primeros días; el patrón siempre de buen humor, con su sonrisa cachadora, haciéndole bromas a su medio hermano, el niño Raúl, y aprovechándose de su fuerza... Como aquella vez que jugaron la pulseada, y le golpeó la mano contra la mesa con tanta polenta, que el niño Raúl estuvo un mes con el brazo vendado.

El niño era mucho más joven que don Esteban, flaquito, se había salvado de hacer la colimba porque siempre andaba medio enfermo. Vino a vivir al campo cuando su papá, padre también de don Esteban, murió en un accidente de auto junto a la Faustina, sirvienta del viejo y madre del niño Raúl. Como no tenía adónde ir y el único pariente era el patrón, éste se lo trajo para las casas y le dio de comer y todo. Pero al niño Raúl no le gustaba el campo ni las bromas que le hacía su hermano.

Al día siguiente de haber llegado, le pidió a don Esteban un caballo manso, para aprender, dijo. El malacara, le hizo ensillar. El único que se atrevía a montarlo era Aniceto, el capataz. El patrón no paraba de reír, mientras el potro lo sacudía para todos lados. El niño Raúl tenía un julepe que no le cabía un alfiler en el... y gritaba con voz finita, ¡agárrenlo!, ¡agárrenlo, que me mata!

¡Cuatro meses con yeso y muletas! Y las cargadas de su hermano, ¡aquí vas a aprender a hacerte hombre!

La diversión de don Esteban era embromar al niño Raúl. Hasta que un día se vino con doña Silvita. Ahí lo dejó tranquilo. Se levantaba tarde, y andaba con ella para todos lados. Los dos, sonrientes, felices.

Pero la tranquilidad y los paseos duraron poco. Un mes después, el patrón salía temprano para trabajar en el campo y volvía muy tarde, luego de pasar por el bar del apeadero del tren y alguna que otra escapada a lo de las Martínez. Cliente de fierro, era el mimado de la Negra, antes de la llegada de doña Silvita.

Yo me quedaba en las casas para juntar leña, regar las plantas y cortar el pasto. Me gustaba cruzarme con la patrona, ¡buen día, Martincito!, era la única que me sonreía, mirarla cuando se agachaba para recoger una flor o se alejaba moviendo las caderas. Llegó el verano y empezó a tomar sol casi en cueros. Yo siempre me las arreglaba para estar haciendo algo cerca de ella. Al mediodía se iba para el lado del arroyo. Hasta que la seguí y lo que vi no lo podía creer: doña Silvita se bañaba desnuda en el remanso, cerca del sauce grande. Y yo no podía dejar de espiarla, escondido entre las totoras de la costa.

Allí estaba, pocos días atrás, cuando descubrí al niño Raúl que la miraba con ojos como dos de oros. Ella miró para el lado donde él estaba y pareció como si lo viera. Primero se metió bien adentro del agua. Después se paró y empezó a enjabonarse muy despacito, más linda y sonriente que las otras veces. Fue el baño más largo que se dio.

Mientras tanto, don Esteban había empezado de nuevo a hacerle bromas al niño Raúl. Parece que lo había sorprendido haciendo un solitario, y continuamente le decía que debía conseguirse urgente una mujer, que visitase a las Martínez, porque si no, le iban a crecer pelos en las manos.

¡Dos martinetas volaron! Una, ¡qué macana!, para el lado del patrón, para el lado del sol, fuerte, muy rojo. Me tiré de panza al suelo y no escuché los plomitos. ¡Pobre don Esteban!

Doña Silvita, de espaldas a la costa, se enjabona en el arroyo. El agua apenas le cubre las rodillas. Sus largos cabellos castaños chorrean. Desde el totoral, Martín sigue con la mirada el recorrido del agua, que cae atravesando su cintura hacia el encantador hueco y fluye goteando del vello de su sexo.

Ella se da vuelta como intuyendo su presencia, como si lo hubiera estado esperando. Lo mira sin sorpresa, comienza a pasarse las manos por el cuerpo, a acariciarse los pechos. Los pezones, duros y enhiestos. La piel blanca brilla con los reflejos del sol en el agua. Con la mirada y una sonrisa lo invita a acercarse.

Martín sale de su escondite y se va metiendo en el agua. También está desnudo. Se para frente a ella. Baja la vista, no se atreve a mirarla. No sabe qué le pasa. Comienza a temblar.

Escucha un rasguñar muy suave.

Ella le acaricia la cara, lo toma del mentón y le levanta la cabeza, hasta que sus miradas se encuentran. Posa las manos sobre los hombros de Martín, lenta pero firmemente lo va atrayendo, abre la boca, los labios húmedos.

El rasguñar se hace más intenso.

Él no puede creer lo que le está sucediendo. Es un sueño. Un sueño imposible. Siente latir su corazón muy fuerte, la sangre circulando, el momento tan ansiado. Los pezones le rozan el pecho, ya la lengua de doña Silvita invade su boca, el delicioso cuerpo femenino se aprieta contra el suyo, ya los rasguños se escuchan muy fuertes...

¡Gertrudis! ¡Me olvidé! Escapa con pena de su sueño. Enciende la luz del cuarto y se levanta descalzo. ¡Qué frío!

¡Mish! ¡Mish! ¡Gertrudis! Tengo que sacar la gata de don Esteban. El niño Raúl no la aguanta, porque araña todos los muebles y porque era la mimada del patrón, vení, vení Gertrudis, abro la puerta, ¡afuera!, listo, ahora a acostarme de nuevo y dormir, quiero seguir soñando.

Se tapa con las frazadas. Cuatro frazadas. Tiene frío. Solloza quedamente debajo de la sábana. ¡Dos martinetas volaron! Se lo dije al comisario. Y él, que la gente como yo nunca miente. Por eso el niño Raúl quedó libre. Pero le voy a avisar que era una sola. La que voló para mi lado. ¡Que el niño Raúl me obligó a mentir!

Y que no fue un sueño, como él va a decir, cuando, al sacar a Gertrudis, lo vi salir del dormitorio de doña Silvita.



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