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Nunca me ha gustado

“Nunca me ha gustado que el viento aúlle como un lobo. Me da dolor de cabeza. Tú también pareces un poco lobo últimamente, por lo que aúllas y por cómo intentas rodearme en ese cerco invisible. Lo que hubiera dado hace unos meses por ese interés que ahora muestras. El interés es falso, ya lo sé. Yo era tu mejor pared, tu mejor espejo, y no quieres perderme. Tus palabras rebotaban sobre mí y volvían a ti, cubriéndote de la luz que yo les daba. En mí encontrabas tu mejor tú; como en los poemas de Salinas, pero al revés. Ahora ya no importa nada. Ahora vas a tener que trabajar más que el viento si quieres conservar algo de mí. Por fin me he liberado de tus hilos y si me quedo, y soy tu amiga, es sólo en homenaje al despertar que me brindaste. Y sólo porque yo lo quiero, libre al fin de tanto amor que me embargaba...”

El papel descansa de cualquier forma en la mesa de Cristina. Juan hubiese querido no leerlo pero es la letra de Cristina y es tan difícil sustraerse a la atracción de esas letras abandonadas allí, de cualquier forma.

No sabe si ella lo ha hecho aposta para que él lo lea. ¿Es una carta para alguien? ¿De quién habla? ¿Es sólo uno de sus juegos literarios? El viento aúlla, es verdad. Lleva tres días haciéndolo y Cristina odia eso. Él odia los misterios de Cristina.

Se aparta de su mesa y se sienta en el sofá, frente a la tele, intentando no pensar más en lo que acaba de leer, pero el viento aúlla y no lo deja, por lo que sube el volumen de la tele y es así que ella lo encuentra. Se acerca suavemente hasta él y le roza los labios con los suyos. Luego se va a la cocina, pero antes se para en su mesa y guarda el papel que él ha leído, como si no hiciera nada de importancia. Juan hace como que mira la tele pero el gesto no le ha pasado desapercibido y mientras ella le habla desde la cocina y él le responde como siempre, piensa lo fácil que sería preguntar y que ella respondiera. No lo hace. No está seguro de que le agrade la respuesta y sin embargo...

La tarde transcurre dulcemente, como si nada anormal hubiera sucedido, pero ¿es que ha pasado algo? Cristina ha escrito, como tantas veces hace y él lo ha leído. Cierto que ha sido sin permiso, que ella no le ha pedido su opinión ni lo ha mostrado. Pero tampoco estaba oculto ni él ha rebuscado sus papeles.

—El ruido del viento es insoportable –dice Juan, para no seguir pensando.

—Sí, aúlla como un lobo.


Cristina se ha marchado temprano al trabajo. Él se ocupa hoy del almuerzo. No le gusta cuando sus días de descanso no coinciden con los de ella. Demasiado vacía la casa sin su presencia. Demasiadas horas para pensar en quién puede ser la persona que la rodea con su cerco. Quizás en este mismo instante. Tiene la tentación de ponerse a rebuscar entre sus cosas, de buscar alguna huella, algo..., de leer todo lo que encuentre, pero no, no lo hace. No le gusta ser tan primitivo. Mejor salir a la calle, pasear... mejor comprar el pan o los yogures.

En el barrio todo está como siempre, pese al viento. Hay gente comprando en las tiendas, que camina por la calle y lo saluda sonriente. Los viejos en el malecón, analizando la vida del que pasa, como siempre. Sí, todo es como siempre salvo que quizás Cristina esté sufriendo porque ya no quiere a alguien. ¿Y si ese alguien es él? Se le acaba de ocurrir y la idea es tan terrible que casi no puede respirar. No, no puede ser. Cristina ha conocido a alguien, alguien que no es Juan; se enamoró pero se le ha pasado. Lo malo es que él la rodea con su cerco y ella quiere ser su amiga. Quiere agradecerle el despertar que le brindó. ¿Qué despertar? ¿A qué se refiere? ¿Acaso estaba dormida? ¿Lo que él siente por ella la hace dormir? No puede seguir así. Se va a volver loco si sigue así.

—Buenos días –responde a una vecina que lo mira sonriente.


—¿Te has enamorado de alguien?

La pregunta le ha salido a bocajarro mientras comen y al momento de hacerla se ha arrepentido.

Cristina lo ha mirado sorprendida y le ha respondido con otra pregunta inesperada:

—¿Cuándo?

—Ahora. Recientemente.

—Ah, por un momento pensé que me preguntabas si me había enamorado alguna vez en mi vida. Me has asustado. Creí que desconfiabas de lo que siento por ti. ¿Por qué preguntas eso?

Juan se encoge de hombros. No se atreve a confesar que ha leído, sin permiso, uno de sus escritos.

Cristina responde simplemente “No” y cambia de tema. Lo mira de forma diferente, pero Juan no se atreve a insistir. Sabe perfectamente cuándo está accesible y cercana y cuándo utiliza cualquier excusa para volar de su lado y que él no pueda llegar, aunque la tenga entre sus brazos. En estos momentos Cristina está en su propio mundo, con el viento, y Juan siente que tendrá que esperar que lo que sea pase. Si pasa... Lamenta profundamente no ser bueno con las palabras. Ni habladas ni escritas. Serían quizás los eslabones que le permitirían llegar hasta donde ella está, hasta ella que adora las palabras, llegar hasta esos recovecos, hasta las zonas recónditas que él no alcanza.


La tarde ha transcurrido como tenían previsto: un paseo, algunas compras y el café con los amigos.

El bar está como siempre y también María, Pedro, Lola y los demás. Todos hablan: del tiempo, de las últimas noticias, de los planes para el próximo puente. Todo está como siempre; menos él. Habla poco y observa a todos, pensando si alguno de sus amigos es la persona a la que hace referencia el texto que leyó ayer. Mira sobretodo la mirada de Cristina sobre los otros. Está seguro de que si hay algo especial, dejará sus huellas en sus ojos y en su voz, y él podrá verlo. Si el del cerco está allí no podrá escapar a su incisiva observación. Lo peor es que no estará allí; sería raro después de tantos años que Cristina se hubiera enamorado de alguno de sus amigos. Será alguien de su trabajo o quizás alguien que haya conocido por ahí, en algún sitio. Tiene esa facilidad tan terrible para entablar conversación y hacerse agradable a los demás. No obstante, y aunque cree en esto firmemente, sigue observando atentamente, sin perder detalle de la charla, de los gestos y de las voces. De repente, los ojos de Cristina le dejan la mente inmóvil, todo en suspenso. Esa mirada la conoce, tan dulce que acaricia, con miles de preguntas y deseos que reflejan todo el fondo. ¡Esa mirada!...pero es a él hacia quien mira.


La mañana de trabajo le resulta insoportable y más sabiéndola a ella en casa. No puede soportar más este martirio, este tormento insufrible de pensarla soñando en otros brazos, anhelando otras sonrisas. Malditas las palabras que ella deja que la envuelvan. Malditas las palabras que ella envuelve con su luz y no son suyas.

Juan cierra los ojos y respira para no ahogarse, respira para acabar la mañana de trabajo y poder llegar a casa y preguntarle y rogarle que le diga quién es él, qué siente ella, qué le falta. Preguntarle quién aullando como el viento quiere meterse en su vida y robarle el aire que respira, el aire fresco que es Cristina.

Volver a casa y preguntar... saber... tan doloroso... tan necesario.


De vuelta a casa, Cristina se le ha acercado con semblante satisfecho. Trae unos papeles en la mano y casi no lo deja saludar.

—¿Tienes un huequito para leer esto? A ver qué te parece.

Juan cuida de que las manos no le tiemblen cuando relee unas palabras que le han estado martilleando el cerebro los dos últimos días. Ve que el fragmento que él leyó tiene continuación. Cristina ha escrito uno de sus cuentos, un cuento de desencuentro, de incomunicación, de amor desperdiciado, también de esperanza. Es como otro de sus cuentos, no muy diferente a otros que él le ha leído, pero ella no sabe lo hermoso que le parece hoy su relato. No sabe cómo hacérselo llegar y simplemente le dice que es muy hermoso, acariciándola con mirada de animal agradecido. La nota tan cercana ahora.

—Me gustas cuando estás del lado de acá.

De pronto ve en los ojos de ella que ha encontrado las palabras justas y precisas. Y lo más gracioso es que ni siquiera son suyas. Sabe que las ha oído o leído en algún sitio y han aparecido ahora, robadas para la ocasión. Pero no importa. Mirando los ojos de Cristina sabe que da igual que las palabras sean suyas o de otro mientras hagan salir lo que en este instante ve en sus ojos.

—Siempre estoy de al lado de acá.

Juan siente, que no sabe en qué momento, el viento ha dejado de aullar.



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