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La magia del río

El río es magia. Más adentro, más adentro. Hasta la corriente, la que arrastra lejos, lejos... La corriente que lleva lo malo y lo devuelve bueno, sano, limpio, mejor. Así se lo había dicho doña Eufrasia; ella tiene años, vivió mucho y... sabe.

Allí donde el torrente era más impetuoso, allí largó la carta; la carta donde María Laura se despedía para irse con el joven visitador médico porteño. Le costó volver a la orilla; la corriente tiraba lindo. Demasiado. Pero nadó, nadó y salió. Y dio resultado; a los quince días, María Laura volvió arrepentida para casarse con él. La magia del río, el poder de la correntada.

La dicha duró un año. María Laura quería más, otra casa, otra ropa, otra vida No se las pudo dar. Al cumplirse el tercer año de convivencia, de mala convivencia, el mismo día del aniversario, se fugó con un corredor de productos de ferretería.

Sin embargo, don Raúl no regresó al río, no volvió a recurrir a la magia de la correntada. ¿Para qué? Estaba visto que hizo mal en terminar con su largo celibato. Ahora se sentía cansado, viejo para iniciar una nueva relación.

Cuando su bicicleta, cansada del diario reparto de cartas y encomiendas, se negó a salir una tarde, con el piñón girando libre para ambos lados, volvió a pensar en el río. Ya en su orilla, la apoyó sobre dos ramas gruesas que flotaban a la deriva, y la llevó hasta la correntada. Al sentirse arrastrado, la volcó; su vieja compañera, oxidada y sin frenos, con sus ruedas chuecas de tantos rayos rotos, su pelado asiento de resortes expuestos, su cadena de largos quejidos y su pedal derecho golpeteante que ya había dejado un surco en el cuadro, se hundió oblicuamente.

Regresó todos los días. A la semana la descubrió, semioculta entre matorrales y totoras; el río se la había devuelto brillante, con todos los rayos nuevos, ¡hasta con frenos! La probó; andaba de maravillas, silenciosa, suave, con su marcha recta. Cuando la vio, sólo tuvo ojos para el milagro del río; no reparó en el montón de ropa apilada sobre un par de alpargatas nuevas, muy cerca de ella.

La magia del río; la corriente que borraba lo malo, que renovaba.

*

Cristy y los vaqueros ajustados, su cintura estrecha, los escotes generosos, su caminar cimbreante, aparecieron en el pueblo traídos de una ciudad lejana por Roberto, el hijo del carnicero. Se instalaron en la casita blanca, lindera con la oficina de correos.

Roberto salía los lunes bien temprano en su chatita cargada de ropa, para vender en las localidades vecinas; volvía los viernes a la noche con la camioneta nuevamente atiborrada de las compras hechas en las fábricas.

Ella paseaba sus encantos por la calle principal, generaba la mirada codiciosa de los hombres, el comentario ácido de las mujeres, tomaba sol en el fondo de su casa y sobre todo... se aburría.

Don Raúl jamás había sembrado ni regado una planta. Cuando se dio cuenta de que podía observar a Cristy -a través de la enredadera que trepaba al alambre tejido divisor de los fondos de ambas casas-, comenzó a carpir su terreno para hacer una huerta. Él, que vivía de churrascos, vino, pan y mate, sembró un almácigo de perejil, averiguó sobre las épocas de siembra de lechuga, zanahoria, zapallo, melón, sandía, distribuyó plantitas de tomates, compró una larga manguera e instaló un moto bombeador.

Hacía muchos años que usaba esos viejos anteojos; los brazos le resultaban cortos para poner a la distancia las piezas postales y, entrecerrando los ojos, adivinar las palabras. En esos días de pasión hortícola, se lo pudo ver aporcar apio, trasplantar zanahorias y colocar cañas a las arvejas, con unos anteojos bifocales recientemente recetados y hechos en la Capital. Aunque, en realidad, su vista se dirigía más a los espacios abiertos en la enredadera, que ampliaba cada noche para atisbar a su inquietante vecina tomando sol con esa bikini tan pequeñita, tan pequeñita...

Antes de la llegada de Cristy, don Raúl salía temprano para matear en la puerta de su casa, y de nueve a una abría la oficina para la recepción y entrega de correspondencia. Por la tarde, y después de una larga siesta, salía a entregar las piezas postales que no habían venido a retirar por la mañana.

Ahora hacía el reparto antes de abrir la estafeta a las ocho y cerraba al mediodía; apenas terminaba un almuerzo ligero, iba a trabajar en la quinta hasta las cuatro. Como a esa hora ella desaparecía, él se refrescaba con una ducha de los calores provocados por el sol y Cristy, dormía su siesta, y salía a tomar mate bajo los tilos de la vereda, para verla pasar cuando salía a hacer las compras. Después, sacaba su bicicleta, pasea-ba por la calle principal esperando que ella saliera del almacén y de la farmacia -los lugares donde más se detenía-, y observaba extasiado el balanceo de sus caderas sobre esos tacos altos muy elegantes, pero tan incómodos para las desparejas veredas de tierra.

Al principio sólo fue un intercambio de sonrisas y saludos con la mano a través de la enredadera. Él permanecía en trance, con la mirada fija en las largas piernas cobrizas, que concluían en una ridícula tirita encajada entre esas redondeces expuestas que lo hacían pensar, pensar y... soñar. Ella se movía, él carpía la tierra, ella giraba, se ponía boca arriba, él arrancaba un yuyo, ella le sonreía, él contestaba con una mueca embobada, dos manos se agitaban saludando, ella giraba nuevamente, se ponía de costado, ¡esa tirita!, tengo que recortar más la enredadera, ella se ponía boca abajo, se desprendía el corpiño, arqueaba la espalda, loco, ¡loco!, el sudor le chorreaba del entrecejo mientras miraba, miraba, ¡cada vez más loco!, el sol acariciaba, el sol calentaba.

Ella vino a conversar al alambrado, a tomar mate a través de un agujero que él hizo, las manos iban y venían, él rozaba sus dedos, ella los dejaba.

Después de asolearse, Cristy tomó la costumbre de visitarlo; mateaban, hablaban del tiempo, de los pájaros, de las plantas, del río. Se ponía una blusa y un pareo encima de la bikini; sentada a su lado en el an-tiguo y largo sofá, comenzó a contarle sus sueños.

- Todas las mañanas duermo hasta tarde; y sueño. Sueño que soy poseída una y otra vez por algo, alguien, no sé qué. Al principio, me asusté de esas violaciones. Luego, me da vergüenza confesarlo, comencé a desear esos sueños, a esperar esa posesión; y ahora gozo cada vez más con ese amante sabio y desconocido.

Don Raúl no podía creer que estuviese narrándole algo tan íntimo; sentía vergüenza al escucharla. Se ruborizó varias veces y se sintió incómodo de imaginar que ella adivinase sus pensamientos.

Otro día le contó -mientras él descubría a través de su blusa entreabierta la ausencia de corpiño-, cómo le gustaba enloquecer con sus miradas provocativas al chico del almacén y al viejo farmacéutico.

Las conversaciones fueron haciéndose más íntimas. Cristy, cómodamente recostada boca abajo, susurraba describiendo la pasión del dependiente del almacén, que la había llevado dos veces al único y mugroso hotel de un pueblo vecino -el pareo se deslizaba descubriendo la diminuta tirita de su bikini-, y el comportamiento del farmacéutico, al que había visitado varias veces en su enorme casa de soltero; la última vez, admitió sonrojándose, le había cobrado.

- Cristy, ¿por qué me contás estas cosas?

- Porque quiero ser su amiga, don Raúl. Porque quiero tener a alguien con quien pueda hablar libremente, sin fingir nada, dejar de lado la hipocresía con que me disfrazo a diario.

- Pero, ¿te das cuenta de que sos muy sensual y despertás una enorme atracción en todos los hombres? Tu forma de vestir, de mirar, de moverte, es muy provocativa. ¿Qué buscás?

- Nada, don Raúl. La sensualidad está en mi naturaleza. A veces me da rabia que sólo vean en mí a una hembra, y ninguno se dé cuenta de que también pienso y necesito otro tipo de relación más espiritual, como siento que es la nuestra.

- No estés tan segura, Cristy.

- No puede fallarme, don Raúl. Usted es una persona seria, formal, callada, que sabe escuchar. Necesito tener un amigo, un amigo de verdad, con quien pueda conversar de cosas importantes, de sentimientos, de lo bueno, lo malo... A veces me parece que soy varias personas al mismo tiempo, una amiga franca que necesita de usted, otra solícita que gusta de atender a su esposo, y otra, a la que llamo "la bestia", que se complace en revolcarse en camas sucias y ruidosas de hoteles de cuarta con un jovencito sin experiencia; o entre las perfumadas sábanas de seda de un viejo lascivo y casi impotente. En usted busco, no sé..., alguien a quien confiarle toda esta confusa maraña de seres que me componen. Alguien que me ayude a comprenderme.

- Me va a resultar bastante difícil.

Ella siguió detallando las picardías de sus personajes, especialmente de "la bestia", cómo el farmacéutico la buscaba desesperado y ella se negaba, cómo se divertía y le tomaba el pelo, cómo ella le pagó el hotel al pibe, seco después de las dos veces que habían ido ese mes.

- ¿Le gusta mi piel, don Raúl?

Él, tímidamente, rozó una rodilla con los dedos.

- Sí, es muy suave.

Ella, riendo, llevó la mano de don Raúl a una de sus nalgas y la apoyó entera, con fuerza.

- Aquí, don Raúl, fíjese que suave es.

- Sí, es muy suave - repitió confundido.

Y se le fue la otra mano también, sola, casi sin quererlo.

Ella volvió a reír, esquivó sus manos y se paró.

- Pero, don Raúl, no se ponga así. Yo lo quiero como amigo.

- No entiendo, Cristy. - Su confusión aumentaba- ¿No te das cuenta de que soy un hombre? ¿Por qué me provocás?

- No lo quiero provocar; pero a veces aparece "la bestia" y hace travesuras. Créame, por favor, don Raúl. ¿La perdonamos? Ella es muy primitiva.

Siguió visitándolo con sus blusas entreabiertas, sin corpiño, el pareo que se le caía, su sonrisa joven, la piel fresca.

- ¿Qué siente por mí, don Raúl?

- Hija, si lo dijera, no pisás más esta casa, me denunciás y voy preso.

- ¡Vamos, don Raúl, no será para tanto! ¡Somos amigos, cuénteme!

- Me atraés mucho, Cristy. Vivo pensando en vos...

Ella le tomó una mano...

- ...sueño con vos...

...la llevó a su escote...

- ...todo el día estoy esperando el momento en que entrás por esa puerta...

...la colocó sobre uno de sus pechos...

- ...para hacerme sentir vivo... a... tu lado... y...

- ¡Siga, siga, don Raúl, lo escucho!

- ...y... que me... volvés loco...

- ¡Qué más, lo escucho!

Los dedos de don Raúl acariciaban. El corazón latía fuerte. La otra mano también se adelantó y ella la retuvo antes de llegar a destino.

- ¡Don Raúl, estoy jugando! "La bestia" quiere divertirse. No me tome en serio. Ya sabe que lo quiero como amigo. Cuénteme qué más siente por mí.

- ¡Pero, Cristy, te parece poco!

Ella se había parado. Él también lo hizo y la abrazó fuerte, muy fuerte. Sus manos rodearon la fina cintura y, cuando ella quiso desprenderse riendo, bajaron hasta la piel suave y curva a ambos lados de la pequeña tira.

La risa se cortó, le habló muy duro, enojada, y se fue a su casa. Cuando a la noche siguiente volvió, sonriente y amigable, él se sintió feliz.

- La noche está hermosa. ¿Vamos a refrescarnos al río, don Raúl?

- ¿Te parece, hija?

- ¡No me diga hija! Soy su amiga, no se olvide. ¿Sabe nadar? ¿Me puede enseñar?

- Sé nadar. Trataré de enseñarte.

Caminaron por la orilla del río, entre arbustos, guijarros, totoras y el canto de grillos y ranas en esa noche calurosa. Llegaron a un recodo lejano, donde el agua formaba un remanso. En la orilla una playa de arena fina invitaba tentadora. La luna les hacía guiñadas cómplices sobre las suaves ondulaciones que formaban al entrar al agua. Ella lo salpicó. Él se zambulló y la tomó de las piernas. Ella gritó y rió; se pegaba a él, decía que le tenía mucho miedo al agua. Él sentía todo su cuerpo. Ella, riendo, le sacó el short. El protestó. Ella lo abrazó. Él la apretó contra sí; descubrió que también se había desnudado. Ella se dio vuelta. Él la retuvo con más fuerza.

- ¡Bueno, don Raúl, déjeme respirar! Somos amigos, ¿no es cierto?

El delicioso y suave cuerpo. Ella se desprendió.

- ¡Pero, don Raúl, está mal lo que estamos haciendo!

Él volvió a abrazarla.

- ¡No me apriete así! ¡Quiero ser su amiga! ¡Está muy mal lo que estamos haciendo!

Mientras lo decía, Cristy se apretaba contra él, luego se desprendía, se alejaba...

Don Raúl no entendía, no sabía qué hacer, se sentía perdido. Quería vivir ese instante, prolongándolo al máximo, con todas esas ganas que aún existían en él y había descubierto con Cristy.

Entonces fue cuando se le ocurrió; ella tenía algo malo que debía ser limpiado.

El río tenía su magia.



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