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Laure y las ametralladoras

El serrano había vuelto de la exploración con buenas noticias y se las anunciaba nervioso y rígido al capitán Almajano, cuyos labios, al oirlas, se ensanchaban en una mueca que de haberla visto sus hombres hubieran interpretado como una sonrisa. El capitán le escuchaba con atención, iluminada su tez morena por el quinqué. Efectivamente, le contaba el explorador, las sospechas eran ciertas y el rastro que seguían, bueno. Unos diez kilómetros hacia el norte, en un estrecho valle y muy cerca del río, había acampado una partida, no eran muchos, treinta o así, además había varias mujeres, de manera que no sería difícil.

- Absténgase de hacer comentarios soldado, yo diré si es difícil o no.

Almajano se frotó su fino bigotillo varias veces en un gesto del que el serrano, que lo conocía bien, sabía el significado, el capitán estaba planeando algo. Sin dejar de tocar su bigote felicitó a su soldado.

- Ha hecho un buen trabajo, se nota que se maneja bien por la sierra.

El serrano se retiró con un saludo que intentaba ser marcial. El capitán Almajano quedó solo en la tienda pensando en la mejor táctica para acabar con aquel grupo que el destino ponía en sus manos. Mientras pensaba en qué hacer, acariciaba la condecoración que había recibido del mismísimo Franco y que siempre tenía encima de la mesa de campaña, bien a la vista. Se sentía muy responsabilizado por aquel trozo de latón y creía que su trabajo como militar aún no estaba a la altura de aquel grandísimo honor que había recibido, debía hacer algo más. Sabía que en la sierra abundaban, desde hacía un par de semanas, esas partidas de comunistas huyendo en desbandada, desorganizados y agotados. ¿ Qué mejor oportunidad para añadir algún galón en su hombro ? Almajano como siempre que meditaba una decisión importante caminaba arriba y abajo, sin descanso. Desde fuera sus hombres podían seguir la recia y pequeña silueta de su capitán yendo y viniendo de un lado al otro de la escueta tenducha.

Al tiempo que les contaba lo que había visto, el serrano recibía felicitaciones de sus compañeros por su hazaña. No era cosa pequeña haberse aventurado por la noche buscando grupos de enemigos, arrastrándose entre los matorrales y subiendo a los arboles. Cierto que conocía bien el terreno porque era de un pueblo cercano, pero a pesar de ello, todos lo alababan.

- Y hay mujeres, muchachos. Las he visto perfectamente y parecían bien valientes, con sus cartucheras caladas.

*

El trapecista vestido de soldado había intentado un doble salto mortal y cayó deslabazado sobre la barra, aunque se levantó como si nada, ya se sabe que esta gente es de goma. Una compañera suya seguía volando colgándose e impulsándose a la vez de las lámparas del local. André echó una ojeada al café y se dijo para sí: no ha cambiado nada, todo continua en el mismo sitio, la barra al fondo, las mesitas apelotonadas sin orden a la izquierda y, a la derecha, el piano sobre una tarima. Solo pudo apreciar una novedad, un enorme cañón dorado y reluciente que habían colocado al fondo del local. Sintió la emoción de volver y una alegría difusa al sumergirse de nuevo en el ambiente cargado de humo y vapores de alcohol de los cafés de París. Se oía una melodia familiar tarareada por una voz conocida, aunque no se veía a nadie al piano. Se sentó complacido en la mesita que solía ocupar con Laure, el camarero llegó solícito acompañado de una pantera, André acarició al animal con mucho mimo y exclamó:

- C'est très jolie !

El garçon sonrió al cumplido que le dedicaban a su mascota, un bonito ejemplar negro y suave al tacto, que rugía en tono de agradecimiento. Pidió una bière panachée, le apetecía sentir el fresco cosquilleo de las burbujas en la garganta. Mientras esperaba su bebida André se descubrió tarareando la canción que oía sonar a lo lejos, pero ¿ quién cantaba ?, el piano ya no estaba, había desaparecido y en su lugar habían colocado un montón de sacos cruzados formando una especie de parapeto y la voz parecía proceder de la parte de atrás del pequeño muro. Acompasadamente con la voz llegaban del fondo unas salvas disparadas desde el nuevo cañón. Él hubiera preferido el piano, aunque a la clientela parecían no importarle las detonaciones que escondían los gorgoritos del cantante y Andre observaba, perplejo, como todos aplaudían al cañón con entusiasmo. Al cabo de un rato un hombre tocado con un casco militar asomó la cabeza por encima de los sacos con sumo cuidado, ¡ era Chevalier !, en el momento en que los clientes del café lo divisaron cesaron los aplausos mientras que el cantante saludaba con unos pequeños pasos de baile ejecutados precariamente sobre los sacos. La pantera le rugía con emoción. André hubiera querido aplaudir pero ante el mutismo del resto de la gente, que daban la sensación de aplaudir sólo a los cañonazos, le dio un poco de vergüenza hacerse de notar. Al rato le trajeron un enorme té caliente que humeaba con florituras sobre la boca de la taza metálica, apenas pudo esperar que el camarero se marchase con su tigre, ¿ y la pantera ?, para sorber con fruición y sentir en su paladar la frescura de la cerveza mezclada con el sifón.

*

¿ Iremos a por ellos ? se preguntaron varios . El teniente Ballester, alejado unos metros de los soldados, mientras que los oía hablar, deseaba que no fuera así. Tenía la esperanza de que por una vez Almajano se comportara como un ser humano y no como una máquina militar programada. ¿ Qué peligro podían representar aquellos desgraciados que escapaban buscando desesperadamente una salida del país ?, quizás esperaban llegar a Barcelona o a Valencia, ¡ qué mas daba !, se decía Ballester, la guerra se había ganado. Desde alguna semana atrás circulaban por el frente historias sobre cazas a grupos de rojos en estampida y el teniente temía que la cabeza de Almajano estuviera rumiando una acción de ese estilo. Ballester nunca fue amigo de venganzas ni de ensañamientos, creía con fuertes convicciones en la causa por la que había luchado y seguía luchando.Pensaba que esos republicanos, esos anarquistas que huían desorganizados por la sierra, habían descabalado la sociedad, el mundo que sus padres le habían legado, y eso merecía ser corregido, pero una vez concluida la tarea, la cordura debía volver a todas las cabezas . Sentado sobre una piedra observaba pensativo a los hombres que, relajados, se preparaban para dormir en medio de bromas y risotadas. Ballester lucía su larga cabellera rubia, que el capitán hubiera deseado hacerle cortar, pero que no se atrevía a ordenarlo. Para provocar a Almajano, el teniente siempre esperaba un poco más de la cuenta para acudir al barbero de la compañía. Ballester conocía bien a su capitán, se habían críado juntos allá en un cortijo de Jaén, a pesar de la oposición de los padres de Almajano, que no veían con buenos ojos que su hijo hiciera tantas migas con el señorito. A ellos dos, sin embargo, nunca les importó hasta que llegó la guerra. La guerra había cambiado a Almajano, ya no era el muchacho tozudo y alegre con el que correteaba entre los olivos. Ballester había presenciado el proceso por el que, día a día, aquel chico humilde que fue su gran amigo en la infancia se convertía en un fanático. La propaganda le había sorbido los sesos y, de verdad, se sentía el salvador de un pueblo y buscaba con ardor y crueldad, sin parar en mientes, la ocasión de ser héroe. Pero al joven teniente a estas alturas ya le traían sin cuidado los sentimientos de Almajano, tenía la certeza de haber perdido a su amigo definitivamente. Cuando la contienda acabase, y estaba a punto de hacerlo, el volvería con sus padres a Andalucia a seguir dirigiendo la hacienda y el otro se quedaría para siempre jamás en el ejercito, había encontrado su sitio.

- ¡ Teniente ! , ¿ le apetece echar una partidita antes de dormir ?

Ballester, sobresaltado, contestó que no al soldado, que fueran ellos, y se quedó sentado en la peña mirando el maravilloso cielo estrellado y dando rienda suelta a su espíritu melancólico. Aquel cielo tan hermoso, pensó, sobre una tierra arrasada y llena de muertos,¡ cuanta desgracia ! Recordaba, hacía apenas tres años, su vida tan feliz en el pueblo que no acaba de entenderlo y se asombraba de la rapidez con que el tiempo había pasado y los cambios que había obrado en él y en todo lo que le rodeaba.

*

Comenzaba a impacientarse porque Laure no llegaba. Miró al techo del local y se quedó absorto durante un rato en las estrellas, jamás había visto tantas en Paris, el cielo era de un azul brillante aquella noche y ni una sola nube manchaba el fondo. Un trapecista cruzó raudo encima de su cabeza para ir a estrellarse contra los sacos de tierra donde Chevalier entonaba parapetado: ¡ Ay, Carmela ! André se sentía exultante de vuelta en su casa y disfrutaba de aquel ambiente tan íntimo y tranquilo. Aspiraba con delectación el aire de aquella noche soleada y se complacía en pensar en Laure, cerraba los ojos y podía ver con claridad su rostro, la nariz fina y alargada, coronada por dos ojos negros, los delgados labios y, sin embargo, carnosos, todo era Laure en aquel café. El trapecista-soldado hacía ahora dúo con Chevalier, desafinaban muchísimo y la gente les ovacionaba emocionada, André también lo hizo, pero con el rabillo del ojo no dejaba de vigilar la pequeña colina que tenía enfrente, por allí entraría Laure. Laure con su andar firme, con sus leves contoneos, con sus ojos de gata y su media sonrisa que nunca sabías si era irónica o sincera. La pantera se le acercó y, muy amable, le preguntó si deseaba tomar alguna cosa más.

-Non, merci, j'attends quelq'un.

Esperaba a Laure y sabía que, cuando llegase, pediría como siempre su pippermint y lo bebería a sorbitos pequeños y el brebaje le duraría toda la velada a Laure. Pero su amada ya estaba tardando mucho. Ahora los trapecistas habían invitado al cantante a subirse a las lámparas y hacer piruetas con ellos, André observó con curiosidad como Chevalier volaba como un caza y chocaba contra la luna brillante de la cafetería, salió fuera y fue a parar al rio, con lo fría que debe estar el agua del Sena. Entonces lo vió, al seguir la trayectoria del vocalista volador por el ventanal, se dio cuenta de que estaba allí, al lado de los cristales rotos y sentado impasible. Era un tipo vestido de color caqui, moreno, de escasa altura y con un fino bigote. No podía distinguir el resto de su rostro porque la sombra que hacía el sombrero de ala ancha que llevaba se lo impedía. Pero sí pudo ver con claridad la pistola apuntándole con descaro por encima de la mesa. El individuo miraba a todas partes, reía con los trapecistas, acariciaba con la mano libre a las panteras cuando pasaban por su lado, aplaudía como loco a Chevalier que volvia a cantar sentado al piano, pero no dejaba de apuntarle en ningún momento.

*

De pronto Almajano salió de su tienda dando gritos imperativos y profiriendo órdenes. Hizo que el sargento reuniera a una serie de hombres que le había pedido. Ballester salió de su ensimismamiento para comprender enseguida lo que aquello siginificaba, el capitán había decidido acabar con la desordenada partida que tenían a unos kilómetros.

- ¡ Sólo diez hombres y dos ametralladoras ! - se oyó gritar al capitán -

Almajano ya había urdido el plan en su sistemática cabeza: pocos hombres, con escaso equipo para alcanzar a los rebeldes esa misma noche. Cuando llegasen no sería didícil matar al centinela a cuchillo, después la sorpresa del ataque haría que sus fuerzas se multiplicarán. Sabía bien el capitán que en aquellas condiciones para los asediados diez hombres serían como un pelotón completo. En ese instante eran las nueve y media, y la noche era oscura y buena con la luna casi desaparecida en menguante. Almajano pensó que a pie, campo a través y ligeros de carga, en un par de horas estarían ya al acecho de aquella pandilla, después apenas una hora para realizar el trabajo y luego vuelta en otro par de horas a la posición. Calculaba que a las tres o cuatro de la madrugada todo habría acabado . Iba dando nombres al sargento que los llamaba a gritos , quería gente resistente y rápida, no le importaba que no fuesen los mejores soldados, los más bravos, al fin y al cabo, pensaba, aquello iba a ser como la caza del conejo. Tampoco se olvidó Almajano de incluir entre los diez elegidos a los más sanguinarios y fanáticos, el hecho de que hubiese mujeres le inquietaba y siempre podían aflojarse los dedos a la hora de apretar el gatillo, con unos cuantos de los que, tenía la certeza, no se descompodrían serviría para salir con buen pie del asunto.

Ballester permanecía a cierta distancia pensando como evitar aquella cacería innecesaria. Sospechaba que Almajano no le iba a permitir que formase parte de los diez elegidos pero decidió intentarlo, de modo que se adelantó unos pasos y se puso enfrente de su compañero de infancia.

- ¡Mi capitán !, solicitó permiso para formar parte del grupo.

Almajano le miró fijo a los ojos y le contestó preguntándole si estaba borracho, él no podía venir, él quedaba al mando de la compañía en su ausencia y como Ballester insistía le ordenó retirarse sin más.

*

André pensó que sería una coincidencia, aquel hombre no le apuntaría con intención, simplemente sostenía la pistola encima de la mesa y la casualidad hacía que el cañón le mirara a él. Para comprobarlo, de repente, dio un salto de quince metros y se colocó encima de la barra, desde allí alcanzó una de las lámparas y se unió a los trapecistas con mucha discreción. En su recorrido aéreo entre las vigas del techo pudo observar como la pistola no había dejado de apuntarle, cada giro, cada cambio brusco de direción, que él dibujaba en el aire, tenía su correspondiente respuesta en una pequeña, casi imperceptible, reorientación del arma. El desconocido disimulaba muy bien, no miraba a André, sólo lo hacía su mano que parecía tener vida propia. André decidió volver a su mesa, Laure debía estar a punto de llegar y quería verla desde el primer instante en que cruzase el pequeño promontorio, quizás tendría que advertirla del peligro de alguna manera. Nada más sentarse reparó en que se habían quedado solos, todos habían salido en tropel : los trapecistas, los camareros con las panteras, Chevalier y el militar moreno y bajito que le vigilaba; y los veía perderse por el ribazo a todos juntos como si fueran de excursión. Sintió frío, se encogió en la silla y miró de frente, sin miedo, al brazo que empuñaba la pistola y que el militar se había dejado encima de la mesa. Supo que no podría escapar de él, que aquel brazo armado le seguiría a todas partes, fuera donde fuera, ¿ convendría quedarse a esperar a Laure ?, ¿ no la pondría en peligro ?, ¿ sería mejor irse y evitar el reencuentro ? A lo lejos oía cantar a Chevalier pero ahora parecia otro y aquella voz le resultaba cada vez menos familiar. La mano tamborileaba con los dedos libres sobre la mesa, toc,toc,toc. André dejó de fijarse en ella porque la puerta del café se abrió de súbito y, como por arte de magia, brotaron a su alrededor la animación, las conversaciones, los aplausos.Volvió a oir a Chevalier con su voz melodiosa, los trapecistas volaban otra vez y las panteras corrían de nuevo entre las mesas. Tras la sorpresa de la resurrección del bullicio, André volvió a mirar hacia la puerta y allí estaba ella: Laure, igual que siempre, enormemente alta con su flequillo de pelo negro y sus ojos verdes. La mano ni se inmutó por la llegada de Laure siguió apuntándole mientras el corrió, los brazos abiertos, hacia su amor. La abrazó, la estrujó contra sí, le cogió las mejillas con sus manos y la beso en los labios y sintió el aroma de su pelo y su piel. Se olvidó de la pistola y del brazo, que había recuperado a su militar moreno de bigote, ahora sólo podía embriagarse del tacto, del aroma, del sabor de Laure.

*

Las ametralladoras y el escueto equipo se prepararon en cuestión de minutos y poco después Almajano partía, perdiéndose en la noche al frente de una filita de diez hombres. Ballester valoró la astucia del capitán, dentro de su lógica macabra, porque si no actuaba esa misma noche al día siguiente podría recibir alguna orden de variar la posición y alejarle de aquel grupo de comunistas. Por eso había decidido actuar con suma rapidez, y aunque nadie se lo había ordenado tampoco nadie le recriminaría, al contrario, por la matanza que iba a perpetrar. El teniente mandó tocar retreta enseguida y se acabaron las partidas de cartas y los comentarios sobre la expedición. Después dictó el orden de las guardias y se metió en su tienda, al poco apagó la luz y salió afuera arrastrándose por el suelo. Continuó reptando sus buenos cien metros hasta que estuvo a salvo de la mirada del centinela, entonces se levantó y recordando sus días de caza en la sierra de cazorla echó a andar con paso ligero, las explicaciones del serrano le servirían de guía y calculaba que en poco tiempo avistaría la columna de Almajano y podría seguirles con comodidad. Ballester no sabía muy bien la razón por la que se había decidido a hacer aquello, quizás fuera un impulso, o quizás un cierto ánimo de venganza contra su antiguo amigo. Saltando matorrales en la oscuridad y esquivando grandes peñas que encontraba en su camino tenía la enorme duda de saber si le empujaba el deseo de evitar la matanza o el ansia de oponerse a Almajano. ¡ Había actuado por un impulso !, él que era un hombre racional y meditativo para todo. No se reconocía, estaba confuso y, como tardaba bastante más de lo que había calculado en llegar hasta el grupo, temió haber interpretado mal las indicaciones del serrano, cuando las había oido un rato antes. Sin embargo al cabo de unos minutos percibió a lo lejos una luz y se relajó, entonces vio claro qué debía hacer, como si de repente los últimos años de dudas con respecto a su viejo amigo se hubieran disipado, y persiguió decidido a sus compañeros en medio de la noche más negra que recordaba.

Almajano no pensaba más que en los problemas tácticos, primero enviar al serrano, que era puro sigilo, a acabar con los centinelas, en un grupo de treinta no habría más que dos como mucho. Luego rodear al grupo convenientemente, cosa que, según la disposición en la que le había dicho el soldado que se encontraban, no sería difícil. A partir de ahí no tendrían grandes dificultades, más bien la acción se convertiría en un tiro al blanco. El capitán sólo temía que alguno de sus hombres se relajara y no disparase con la precisión o la rapidez necesarias, por ahí se podrían reorganizar los emboscados y ponerlos en aprietos, pero pensó que era poco probable, aunque su olfato de sabueso miltar percibía, ahora, una cierta inseguridad en la acción. Durante las dos horas de trayecto en silencio, Almajano no dejó de estudiar cualquier posible contratiempo y los antídotos que podría emplear. Después de tantas reflexiones tácticas concluyó que, quizás, se había arriesgado viniendo con tan pocos hombres, aunque ya no había marcha atrás.

Ballester tuvo que agazaparse varias veces porque el último de la fila se paraba a cada poco mirando hacia atrás como si oyera algo. Al cabo de un rato, el paso se hizo más lento, por eso Ballester intuyó que ya estaban cerca. Todos se agacharon hasta casi arrastrarse y poco después se agruparon en cuclillas mientras Almajano les daba las órdenes. El serrano y otro se adelantaron para acabar con el centinela, después el capitán distribuyó a sus hombres en forma de herradura y muy separados con el fin de parecer más. Ballester hacía tiempo que había elaborado su estrategia, inutilizaría una ametralladora y le supo mal que la que se situaba más a su alcance fuera la empuñada por el serrano porque tendría que darle un buen golpe. Poco después Almajano alzó el brazo y dio la orden de fuego. Los fusiles y las ametralladoras empezaron a sonar. Ballester se fue acercando con cautela hasta el serrano a pesar de que el ruido favorecía su impunidad. Por desgracia no tuvo que golpear a su compañero , el serrano quiso colocar mejor su arma y se dejó ver demasiado, un tiro le alcanzó certero en el pecho. Los rebeldes se defendían bien, unos cuantos habían roto el cerco y atacaban el ala derecha de la media luna formada por Almajano, pero el capitán logró reducirlos con su ferocidad acostumbrada. Al final sólo quedo uno, herido, parapetado tras el cuerpo de un compañero, y disparando hacia la otra ametralladora con escasas posibilidades, aunque de forma increíble consiguió dar al tirador. Ballester observó espantado el resultado de la trágica idea de Almajano, todos los hombres del grupo estaban muertos. Luego vio como el capitán bajaba sigiloso por la ladera para acabar con el superviviente, Ballester no se lo pensó dos veces, empuñó su arma y siguió al hijo del criado de su padre.

*

Súbitamente le despertaron los disparos. A su alrededor todo era confusión, gritos de: ¡ los fascistas!,¡ los fascistas! y una oscuridad absoluta iluminada intermitentemente por cientos de fogonazos. Vio el cuerpo de una camarada tendido ante él con una enorme mancha de sangre enmarcando sus pechos. Comprendió de inmediato que los fascistas los habían rodeado y los cazaban como muñecos en el tiro al blanco. Sin embargo durante unos largos segundos no reaccionó, no quiso reaccionar, inmerso en la dulzura de su sueño. Había sentido con tanta intensidad el tacto de Laure, el aliento, el aroma de su pelo que le costaba volver a la realidad, hubiera querido que le acertara alguna bala, poder volver a dormir, ver otra vez a Laure, aunque fuese en sueños. Alguien le gritó desde la oscuridad: ¡ Qué coño haces, franchute ! ¡ Muévete ! Fue como un aguijonazo, cogió su fusil, lo armó y se puso en pie de un salto. Corrió hacía el ribazo que tenía enfrente para intentar salir del cerco como creía intuir que hacían sus compañeros. Recorrió unos metros y enseguida sintió una quemazón intensa en su pierna derecha, no pudo seguir y cayó al suelo justo al lado de un cuerpo, se protegió tras de él y comenzó a disparar apuntando hacia los fogonazos que venían de los montículos que rodeaban el improvisado campamento.

Apretando el gatillo con toda la rapidez de que era posible pensó que sus camaradas debían haberse empleado a fondo porque cuando había despertado los fascistas le parecieron muchos por el ruido que hacían sus fusiles y sus ametralladoras y, en cambio, ahora, sólo distinguía tres o cuatro destellos en lo alto del promontorio. De todas formas, una rápida ojeada en derredor le descubrió un montón de cuerpos desparramados e inertes, entonces se dio cuenta con horror de que casi todos debían haber muerto. Oyó dos o tres detonaciones arriba a su espalda y un par de quejidos. Consiguió calmarse un poco y afinar la puntería, le pareció haber dado a alguno, el tableteo de la ametralladora cesó, después nada, sólo un gran silencio espeso y negro. Se quedó quieto, atento, intentando percibir cualquier sonido o cualquier movimiento. De repente otro fuego le hirió el costado y tuvo que soltar el fusil, dio la vuelta sobre sí mismo gritando y quedó boca arriba, mirando las estrellas, y entonces lo vió acercándose con cautela , era un hombre no muy alto, moreno, con bigotito y galones de capitán que apuntaba su arma contra él. Le recordó al tipo del sueño, el mismo bigotillo, la misma mirada. André pensó que él era el ultimo de sus compañeros y el hombre moreno el último de los fascitas y también que aquel capitán lo mataría enseguida de un tiro. Pero sucedió algo inesperado, de la oscuridad vio surgir a otro fascista, un tipo alto y rubio con el pelo extrañamente largo que apuntó al capitán por la espalda y le ordenó darse la vuelta. Hablaron unas palabras que André, en el obnubilamiento causado por sus heridas, no pudo escuchar. Después el fascista rubio desarmó al otro y le descerrajó un tiro en el estomago a bocajarro, el capitán se retorció y cayo a plomo encima de otro cadáver. El rubio miró a André durante un instante a los ojos y se acercó unos pasos a él.

-No puedo hacer nada por ti.- le dijo -

Después guardó su arma y se volvió a perder en la oscuridad con rapidez

André vio partir al hombre que le había salvado la vida, aunque quizás fuera mejor que el capitán lo hubiera matado, antes que quedar allí malherido y solo. Poco a poco se le fueron cerrando los ojos y cayó en una dulce somnolencia, sí, eso es lo que deseaba, dormir, soñar, volver a sentir a Laure.



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