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El espejo

"¿En qué espejo se quedó perdida mi faz?"
(Cecilia Meireles)
Para Antonia de Almeida Cunha, amiga siempre presente.

Me detengo a la puerta de aquella casa de antigüedades. Una fuerza extraña me invita a entrar, al mismo tiempo que una vaga y persistente inquietud parece detenerme por el brazo, impidiéndome la entrada. Invadido por un temor que no me explico, vacilo. Repentinamente, siento la incontrolable necesidad de salir lo más rápido posible de aquel lugar. Sin embargo, cedo a la tentación de permanecer, dividido entre dos fuerzas antagónicas que parecen divertirse con esa situación.

En el escaparate, un espejo enmarcado por extrañas molduras nos habla de un pasado remoto, como una sibila inspirada por Apolo, encargada de dar a conocer los oráculos de ese dios. Perplejo, fijo la mirada en aquel cristal y siento el efecto de su magia. Soy atraído, arrastrado por la fuerza de un imán. Me estremezco. Una convulsión me endurece el cuerpo, tomado por una fuerza que no consigo controlar. Excitado, mis músculos se estiran como tensas cuerdas de un violín, bajo el arco exaltado del músico.

De a poco, voy penetrando en aquella casa que huele a moho y a estearina derretida. En un rincón de la sala, un candelabro con siete velas, sustentado por un trípode, proyecta un poco de claridad al ambiente, dominado por la penumbra. Aflojo el nudo de la corbata. Dilato las narices, intentando sorber el aire en largas bocanadas. Me siento sofocar. Me acerco al espejo, cubierto por una densa capa de polvo. Reflejado en él, veo una extraña e inquietante figura que a pasos lentos se aproxima. Asustado, hago girar la base del mueble que lo apoya, mientras limpio con un pañuelo mis dedos mugrientos.

—Siéntese a gusto —me dijo una voz cavernosa semejante a la voz de la zorra— es una pieza muy antigua. Más de doscientos años.

—Es... es... —sólo pude articular ese monosílabo, sintiendo que las palabras se me atragantaban, tomado por sorpresa con la inesperada intromisión.

Haciendo girar nuevamente la base de la pieza, el viejo me enseñó los diseños de la moldura torneada y tallada donde sobresalía, esculpida un áspid en actitud de ataque.

—Este espejo perteneció a una tradicional familia paulista. A la muerte del viejo patriarca, fue subastado por los nietos que heredaron su patrimonio. Si a usted le interesa, puedo hacerle un buen precio, pues la edad avanzada y la enfermedad me impiden seguir con el negocio.

De hecho, la coloración amarillenta de aquel envejecido semblante cubierto de arrugas, las espesas cejas caídas sobre los párpados dejaban entrever una vida que se aproximaba a su fin, que se iba como agua entre las manos.

Cerrado el negocio, le entregué el cheque y, con mucha dificultad, llevé hasta el maletero del auto la pieza tan codiciada. A la salida, me extendió la mano. Una sensación fría, como si hubiera tocado una serpiente, me hizo estremecer. Intenté disimular, pero aquellos pequeños ojos parecían sonreír de mi turbación.

Pasé horas limpiando la moldura, tanto era el polvo acumulado por entre los ornatos del artístico marco labrado.

Lo coloqué en la sala de visitas sobre una vistosa consola Luis XVI, dibujada por Richard Lalonde, trabajada en madera dorada.

Con el pasar de los días, una alteración en la superficie del cristal me llamó la atención. Me acerqué, pero, cosa extraña, no pude verme reflejado. El espejo empañado apenas reproducía, sin mucha nitidez, los trazos alterados de una fisonomía que no era la mía. ¿¡O era?!... Desesperado, quise gritar. Pero el grito murió en mi garganta. Levanté las manos abiertas intentando encubrir el horror de aquella escena. Asustado, me retiré de la sala. Al alejarme, empero, una carcajada resonó en el aposento, helándome la sangre en las arterias.

Por la noche no pude conciliar el sueño. Al amanecer, ya vencido por el cansancio de la larga vigilia, me adormecí, acunado por terribles pesadillas. Alarmado, salté de la cama y me dirigí al lavabo. Al mojarme el rostro con el agua retenida en la convexidad de las manos, sentí, en ese rápido contacto, profundos surcos en mi faz, como si, repentinamente, hubiera envejecido, en un día, muchos años. Instintivamente, llevé las manos a la cabeza. Los cabellos habían desaparecido. Los largos y huesudos dedos testimoniaban la metamorfosis. No quise mirarme al espejo. Temía reencontrarme con el pasado. Un pasado que se hacía presente y me acechaba con lúgubres visiones. Con dificultad bajé los escalones, agarrado del pasamanos. Al entrar a la sala de visitas, la misma carcajada llenó el aire con el ruido de su desdén. Frente al espejo, ahora ya límpido, se dibujaba el semblante arrugado de un extraño que soy yo mismo.

 



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