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El enigma del forzudo

El forzudo está tendido sobre el catre. El remolque se mueve; basta echar un vistazo a la ventanilla para comprobarlo. Deben ser las dos de la mañana y el forzudo está tendido sobre el catre del remolque. En un principio, se deja hacer, se deja besar por la domadora, escrutar, cartografiar. La domadora hace honor a su oficio. El forzudo no ofrece resistencia. Acaso cuando ella pellizca sus pezones; entonces él la distrae atrayendo su boca hacia la suya. Un bache. Estos labios se vuelven cada vez más inquisidores. No quieren dejar región sin explorar. Un frenazo. Con su primera iniciativa realmente libre de la noche, el forzudo aprieta los senos de ella, de una forma insolente, con evidente voluntad de molestar. Ella no protesta. Más bien lo agradece. Por eso, el forzudo pasará al asalto. Un cinturón de cuero colgando del pomo de la puerta, balanceándose. Una botella vacía que rueda por el suelo de la caravana. Un cinturón que es la auténtica medida del tiempo, que ahora oscila sinuoso, irregular. Una botella que va y viene a las cuatro esquinas del remolque. El forzudo y la domadora, por temperamento, están destinados a amarse furiosamente, como si se contradijeran, como si lucharan en el fondo de una tumba y quisieran emerger el uno a costa del otro. Una tumba en movimiento. Están destinados a una forma de lujuria hermana de la agonía, del desespero. Destinados a arañarse mutuamente, vengando cada brizna de placer con otra brizna, cada mordida con otra. El forzudo muerde su cuello y ella responde arañando sus glúteos. La domadora le aprieta sus genitales con las dos manos y él la empuja bruscamente hacia los pies del lecho, como un polo negativo repele a otro polo negativo.

El forzudo se llama Desiderio; la domadora se llama Dolores. Ser enemigos resulta en realidad gratificante; al menos se tienen el uno al otro, se pueden mirar en él. O mejor, si Desiderio mira en su interior puede verla a ella, y a la inversa. “Eres despreciable”, dice Dolores en un respiro. En realidad, por eso luchan, para leerse el uno en otro.

Un bache. Un grito. Una voz como si terminara en un alfiler, como si se prolongara en algo puntiagudo. Un chillido de mujer, de domadora, de leopardo. El conductor debe haberlo oído en la cabina; al igual que el forzudo puede escuchar las protestas de los animales circenses en el camión que les sigue. Si el forzudo hubiera adivinado el estertor, el chorro ennegrecido brotando del cuello, el vértigo en las pupilas de la domadora como dos sellos de oro; si hubiera podido anticipar el olor de la sangre, quizá, y sólo quizá, no hubiera obrado como lo ha hecho. No hubiera estirado el brazo hacia el cajón, no hubiera extraído el cuchillo de cocina. Sin embargo, una botella rueda hacia el fondo del remolque. Un cinturón sigue dando las horas.

Exhausto, Desiderio se quita de encima el cuerpo sin vida y se asoma a la ventanilla. Los hitos kilométricos se suceden como fotogramas. Un hito. Un hito. Un hito. Un hito. Veintiséis hitos por segundo. El conductor parece haber acelerado hasta alcanzar un ritmo frenético. Las farolas de la autopistas. Dolores rueda por el suelo de la caravana. Tropieza con la botella. La botella tropieza con su nariz. El conductor, no cabe duda, está acelerando hasta una velocidad próxima a la del sonido. Una tumba en movimiento uniformemente acelerado. Balizamientos.

La caravana está ardiendo, no cabe duda. Se queda perplejo frente al fuego durante unos instantes, frente al cadáver, en un olvido de sí. Abre la puerta que comunica con la cabina. Los asientos están ardiendo. El conductor está ardiendo. Desiderio tiene que saltar, o bien entregarse a la virtud purificadora del fuego. Tiene que saltar. Si sobrevive no podrán imputarle ningún crimen. Todo se habrá calcinado. No podrán acusarle. “Fuego” y “cadáver” conforman un sintagma perfecto. Desiderio es capaz de imaginar restos óseos carbonizados. Una dentadura. La dentadura enemiga de la domadora. Arderá durante kilómetros. Un fuego fatuo en la autopista. A veintiséis hectómetros por segundo.

El fuego, puede observar el forzudo, se extiende al camión que les sigue, el de los animales. El arca de Noé ardiendo. La extinción de las especies. El arca sobre la autopista y la botella se ha detenido junto a la mano de Dolores. Es su magnetismo. “Borracha asquerosa”, piensa el forzudo (¿o lo ha dicho en voz alta?). Los animales no pueden saltar, no pueden abandonar el arca. A Desiderio le basta con romper una ventana. Puede hacerlo con facilidad. Es un forzudo, precisamente, por esa facilidad. Pero el camión corre demasiado. El fuego se extiende a otro camión del convoy, el de los músicos. Alguno salta por la ventanilla y se pierde en la oscuridad. No parece caer al suelo; parece caer hacia atrás en el tiempo, hundirse en la negrura que persigue al convoy del circo. ¿Debe saltar el forzudo? Antes tiene que resolver un interrogante: ¿por qué lo ha hecho? ¿Por qué Dolores está tendida en el suelo de la caravana? Tiene que averiguarlo ahora, entre el fuego que ya alcanza al remolque, al Arca de los animales, al camión de los músicos. Tiene que hacerlo ahora por si no sobrevive. Tiene que morir sabiéndolo.

El conductor ya ha saltado; no parecía otra cosa sino una estrella fugaz. Ha cruzado por la ventana del remolque como un meteorito. ¿Ha dicho algo? ¿Ha gritado algo? El cinturón de cuero está ardiendo. El camión continúa su rumbo sin piloto, como si fuera un vagón sobre unos raíles invisibles. De pronto (nunca esta expresión ha resultado tan certera), el camión de los músicos que estalla. El mayor espectáculo del mundo. Miembros por el aire. Partituras ridículas hechas añicos. Dolores también ha comenzado a arder. La botella refleja demasiada luz. Las pupilas detenidas de Dolores reflejan demasiada luz. ¿Por qué lo ha hecho? ¿Dijo ella algo inoportuno? “Eres despreciable”, fue lo único que tuvo tiempo de decir. En cualquier caso hay que romper la ventanilla antes de que trague humo. Antes de que lo entierre el humo.

No es posible que el convoy esté ardiendo. No es posible que el remolque continúe su rumbo sin conductor. No es posible esta velocidad cinematográfica. No es posible que haya matado a Dolores. No es posible saltar. No es posible que el motor se detenga cuando se agote el combustible (ahora no se mueve por combustible). CRASH. Cristales rotos abriendo una salida al humo. No es posible quedarse dentro de la caravana. El cinturón está ardiendo, Dolores está ardiendo. El catre está ardiendo. Demasiado humo a pesar de que la ventanilla ya ha sido rota por el forzudo. No es posible casi respirar. No es posible, pero de pronto la puerta trasera se abre, y hay un tigre sobre la cabina del camión de los animales. Está mirando al forzudo. Está interrogándolo con sus ojos reflejando la totalidad de la escena. Desiderio, el fuego, el cadáver en unas pupilas de animal; porque todo reflejo es una pregunta. ¿Por qué mató a Dolores? ¿Por qué todo está en llamas? ¿Por qué de repente, cuando no hay esperanza, el convoy se detiene, progresiva, suavemente, y Desiderio ve desde la ventanilla a los payasos acercarse provistos de extintores?

El forzudo baja del remolque. Sale a la noche. Sale a la claridad de una noche reconocible, consistente, con estrellas en el cielo y la ley moral dentro de los hombres. Un payaso se aproxima. Es Lucien, el clown. Trae un extintor.

—¿Estás bien? –pausa— ¿estás bien?—repite— ¿Y Dolores?

—Dolores ha muerto. Ha muerto... Yo..., estoy bien.—Recupera el resuello, se sienta al borde de la autopista, acepta el cigarrillo que le ofrece el payaso. Se tranquiliza —estoy bien.

—Tranquilo. Lo importante es que al menos tú estás a salvo. –pausa mientras mira arder el camión; se aproxima a él para observar los restos de Dolores. Regresa.

—Se ha consumido— le dice al forzudo. El convoy es una serpiente estirada, ardiendo. Ruidos de sirenas. Chillidos. La hija del saxofonista llora desconsoladamente al fondo.

—¿Dónde estamos? –pregunta el forzudo con la cabeza entre las manos.

—En el infierno. Esto es horrible –el payaso no sabe sincronizar sus palabras con sus gestos, no hay drama en su expresión—. El fuego ha comenzado en la locomotora. El viento lo ha arrastrado a vuestro vagón, y después al de los animales, y después al de los músicos.

Hay una pausa que se abre paso entre los chillidos, las sirenas, los gritos de dolor, la búsqueda casi infructuosa de supervivientes en los tres primeros vagones. Desiderio le está abriendo con su gesto, con su mirada, está levantando el peso mayor de su existencia. Está desafiando a la gravedad con una pausa que se abre paso entre el ruido de la desolación.

—¿Esto es un tren? –pregunta desconcertado.

—Esto era un tren.

Y entonces el forzudo se pregunta qué túnel del alma, qué región oscura ha debido atravesar y a qué velocidad de espanto; a cuántos kilómetros dejó atrás su humanidad y el gobierno de sus manos. El tigre, desde lo alto de un vagón, le sigue observando.





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