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La fata

Escribo esto por obligación. Soy un hombre de actos no de palabras. Si no sintiera esta terrible opresión, la necesidad de prevenir. Si no fuera por la fatalidad que se acerca inexorable, subiendo gradualmente, apoderándose de todo lo que alguna vez imaginé que era yo. Hoy seguiría en mi existencia poco problemática, en mi pasar ciego, resbalando ligeramente por la superficie de las cosas. Es el apremio del límite que ya no puedo ignorar, la presión que me impele a escribir y abandonar mi habitual indolencia y postración.

Todo comenzó hace un tiempo. Soy vago adrede. Si me fijo en el almanaque, debo anotar casi tres meses. Pero cuando somos presa de los minuciosos mecanismos del amor o de la obliteración, el tiempo adquiere una dimensión amplificada y tortuosa; cada instante que sucede parece interminable y se graba en la memoria con el dolor y la perennidad de un tatuaje.

Hace ese tiempo-que a mí me separa de otra vida-caminaba por la peatonal con mi amigo Alberto. Alberto era un alma despreocupada y alegre. Nos parecíamos y por eso éramos amigos. Coherentes con nuestra edad, estábamos dispuestos a disfrutar la vida. Nos creíamos invulnerables a las eventualidades y contingencias cósmicas. Éramos hermosos y encantadores y creíamos que eso no tendría fin. El mundo no era un obstáculo digno de nosotros, y las reglas no nos alcanzaban. Nuestras personalidades eran acordes con la idea que teníamos de nosotros. Nadie se nos resistía; reunión a la que asistíamos, reunión que nos convertía en el centro de atención. Eramos graciosos, divertidos, locuaces, ingeniosos. En noches de desenfreno cometíamos sinrazones. Yo creo que la vida nos quedaba chica y nos sobraba la energía. Cuando el resto de las personas apelaban a sus camas para contra-rrestar sus mediocres cansancios, nosotros remontábamos la ruta a contramano y a toda velocidad, gritando de emoción y alegría, superando la música estridente; y en esos momentos de desahogo y exaltación, en los que deseábamos llenar el horizonte con nuestros gritos, unirnos a las montañas y al cielo con nuestros brazos, nadie nos habría hecho creer que éramos mortales.

Así éramos. Y así debíamos vivir. Al ser superiores, estábamos en condiciones-y lo sentíamos casi como una vaga obligación-de burlarnos del resto de las personas. Y ese día caminábamos y pasamos por el frente de un local que fue como la posibilidad de concretar un viejo deseo. Era un sex shop. Aquí no me sorprendería que ustedes se sientan contrariados. Se creían mejores pero al momento de satisfacer ciertas necesidades apelaban a los mismos expedientes que el típico adolescente atolondrado, pensarán. Se equivocan. Nuestras energías eran tales que la vía sexual sólo encauzaba una porción limitada de las mismas; nos tenía sin cuidado y siempre buscamos formas más elevadas y creativas para expresarnos. Éramos sublimes.

En este caso buscábamos manifestar nuestro desagrado hacia lo pacato de la sociedad. Queríamos comprar una muñeca inflable que nos acompañaría a todos lados, como la tercer integrante de nuestro grupo. Nos regodeábamos imaginando las expresiones escandalizadas de todas esas señoras y padres de familia; nos retorcíamos de la risa ante la posibilidad de que algún niño inocente les pidiera a sus padres que le compraran una igual. Y aquí se nos presentaba la oportunidad en la forma de ese sex shop, cuya presencia, a pesar de nuestros habituales paseos por la zona, era la primera vez que advertíamos. Entramos. Era un local pequeño y sombrío, dada la enorme cantidad de mercadería que entorpecía la entrada de la luz. Toda esta mercadería parecía interesante y avivó mi curiosidad. Al entrar, el local estaba vacío pero un carillón había anunciado nuestra llegada. Por un rato nadie se presentó y quedamos solos, pasmados por todos esos artificios increíbles, extraños aun para nuestras imaginaciones exaltadas. Luego advertimos que alguien venía, era un hombre pequeño que caminaba despacio, irregularmente. La oscuridad no nos permitía verle la cara hasta que llegó al otro extremo del angosto local. Era un hombre viejo, de rasgos orientales, impasible. Lo saludamos pero él no respondió.

-¿Qué quieren?-dijo.

Permanecimos en silencio, desconcertados. No sabíamos qué decir. Finalmente, fue Alberto el que respondió:

-Eh... ¿tiene muñecas inflables?

-Tengo. ¿Cuál quiere?

Nuevamente el silencio. Nuestra ignorancia en este aspecto era absoluta. Alguien que no fuma, no tiene problemas en nombrar las principales marcas de cigarrillo; alguien que no bebe, seguramente reconocerá una buena marca de whisky. Naturalmente, nosotros no gozábamos de las mismas ventajas de la difusión publicitaria.

-¿Cuál nos aconseja?-pregunté.

El hombre se dio vuelta y se dirigió hacia un punto preciso de la abigarrada estantería que cubría toda la pared. Volvió con tres cajas y dos sobres de plástico transparente. Y con una breve exposición nos aclaró las cualidades sobresalientes de cada modelo:

-Esta: muy resistente; esta: anatómica; esta: brilla en la oscuridad; esta: intelectual; esta: importada de Suecia.

Con Alberto tomamos cada ejemplar y observamos, poniendo cara de entendidos, las fotos de la tapa. Ninguna nos convencía; nos fijábamos en la expresión. Buscábamos algo elocuente, algo que denotara personalidad; si queríamos expresar desdén hacia la sociedad, debíamos elegir una muñeca de actitud desdeñosa. Tenía que ser una muñeca digna de unirse a nuestro grupo y entre las que nos mostró el hombre no la habríamos de encontrar. Nos disponíamos a abandonar el local-no sin una leve decepción-cuando yo llegué a observar una caja de cartón en el mismo lugar donde estaban las muñecas. Era una caja de colores apagados, oscuros, sin fotos y con algo escrito en ideogramas. Esta misma discreción nos había impedido ver la caja en un principio y ahora estimulaba nuestro interés. Le pedimos al hombre que nos la mostrara pero se negó. Esta negativa sólo incitó aún más nuestra curiosidad y con Alberto nos pusimos de acuerdo tácitamente en no abandonar el local sin lograr que el viejo nos la mostrara. No sé si fue nuestra insistencia, nuestro entusiasmo, o que el viejo percibió algo especial en nosotros, pero finalmente, aquél accedió, aunque algo resignado, a nuestros ruegos.

El viejo buscó la caja; al traerla la rigidez de sus movimientos pareció acentuada y yo creí adivinar en su expresión una solemnidad inusual. Una ansiedad profunda se apoderó internamente de Alberto y de mí; al abrir la caja, por su parte, el viejo pareció dominado por una aprensión mística. Entorpecido por el temblor de las manos, sacó la muñeca. Acostumbrado al aspecto exangüe que las muñecas presentan al estar desinfladas, yo no pude contener un sollozo ante la penetrante intensidad de esa mirada arrugada. A mi amigo también se lo notaba turbado. Había algo demasiado fuerte en esa muñeca y nos afectaba a los tres. Perplejo, adelanté las manos para tomar el cuerpo sin aire; el viejo me detuvo con un movimiento seco.

-Cuidado... muy delicada-dijo.

Yo lo miré sorprendido, luego, hice un gesto de comprensión y el viejo me entregó muy despacio la muñeca. Pasmado sentí entre mis manos la textura, de una suavidad más acorde con la seda que con el plástico o la goma. La sensualidad de ese tacto anuló el resto de mis sentidos. Al notar mi ensimismamiento, Alberto comprendió que se estaba perdien-do algo y me arrebató la muñeca bruscamente. El viejo pegó un grito que era a la vez de pánico y de amonestación. Yo sentí un súbito enojo hacia mi amigo, ante la posibilidad de que el viejo nos quitara definitivamente la muñeca. Sin embargo, con ésta afuera, el viejo parecía haber perdido todas las fuerzas, y con ellas la autoridad. Percibí un sobresalto en mi amigo ante el roce de la suave textura, luego una delectación insólita que lo llevó a entornar los ojos, adquiriendo una expresión obscena. Esto me irritó y le saqué la muñeca. Me mostré pragmático y expeditivo y la volví a colocar en su caja; le pregunté al viejo cuánto costaba. Fue como un ramalazo cuando nos dijo que no estaba a la venta. Naturalmente, no estábamos dispuestos a aceptar esa respuesta. Creo que todos sentimos en algún momento de nuestras vidas la necesidad de adquirir determinado objeto; y es como una pequeña obsesión pueril, no queremos un sucedáneo equivalente-o mejor-sino ése y nada más que ése, y aceptaríamos realizar los más variados sacrificios por conseguirlo. Lo mismo nos sucede con algunas mujeres.

Adoptamos una actitud firme, pero otro tanto era el viejo. Insistimos obcecadamente y conseguimos una retahíla de negativas. Pero finalmente sucedió lo inevitable; el ímpetu de la juventud prevaleció sobre el empecinamiento senil y decadente del anciano. Y con resignado estupor el viejo transigió en la venta, pero a partir de un precio exorbitante. Ansiosos por realizar la transacción y largarnos del lugar, hubiéramos aceptado de no ser por el hecho de que la suma que se nos exigía era absolutamente inalcanzable. Empeñamos lo que nos quedaba de energía en el subsiguiente regateo. Hasta que finalmente llegamos a una suma que, aunque no dejaba de ser alta, nos resultaba factible aunando nuestros capitales. El viejo, que ya había perdido toda capacidad de resistencia, aceptó inmutable (aunque ahora, ante la inminencia del destino, no puedo dejar de percibir en mi recuerdo cierta expresión de profundo alivio en el semblante del vendedor). Naturalmente, debimos echar mano a nuestras tarjetas de crédito. En realidad, apelamos a la tarjeta de Alberto; posterior-mente, esto tendría insospechadas consecuencias.

Nos disponíamos a abandonar el sombrío local-que tanto contrastaba con el estado de ánimo provocado por la reciente adquisición-cuando fuimos detenidos por el vendedor. Éste, con escalofriante gravedad, nos dijo:

-No usar después de doce.

-¿Cómo?

-No usar. No-decía el viejo, negando enérgicamente con cuanto apéndice corpo-ral le fuera dado mover-. Mucho peligroso, después de hora doce.

-Sí, bueno-no pusimos mucho empeño en fingir que tomábamos en cuenta su advertencia. De todas maneras, no habíamos comprado la muñeca con los sórdidos propósitos que el viejo seguramente imaginaba.

Fuimos a lo de Alberto. Mi inquietud y ansiedad por inflar la muñeca eran intensas, pero por alguna razón, no deseaba que fueran evidentes. Adiviné un análogo proceso interno en mi amigo. No puedo decir que nos hayamos peleado por inflarla, pero fue un momento tenso. Abnegadamente y sin decir nada, dejé que mi amigo la inflara. Pero Alberto no pudo completarla; sin embargo, tal fue su sorprendente codicia que no se detuvo hasta llegar a la extenuación; estaba casi sofocado. Al borde del síncope, le quité la válvula, que había aferrado fuertemente con sus incisivos, y me puse a inflar.

Ahora vacilo al escribir. En primer lugar, no es mi deseo resultar jactancioso ni arrogante. Sin embargo, no he de negar que mi encanto natural me ha permitido besar muchachas de labios realmente deliciosos. También vacilo porque lo que estoy a punto de escribir no me enorgullece, de hecho me avergüenza. Pero ya es demasiado tarde para dete-nerme. Al momento de emprender este relato comprendí que para alcanzar mi propósito habría de referir mis experiencias en su total y desgarradora crudeza. De todos modos, no es más que un detalle. Un detalle que agregará verosimilitud a mi relato; un detalle que ahora sé era un pequeño adelanto de mi destino-el que ahora conozco, condenado al castigo por mi soberbia. Lo que quiero decir es que inflar esa muñeca fue un éxtasis superior al beso más exquisito. Y a no olvidar que fue un placer corto, después del abuso de mi amigo.

Por supuesto que en ese momento nosotros no estábamos en condiciones de comprender la verdadera trascendencia de ese placer ni, mucho menos, las implicaciones del sentimiento que comenzábamos a experimentar. En ese momento yo adjudiqué el placer que sentí a una contingencia, a una casualidad pura, un particular estado físico o de ánimo, fugaz e inexplicable. Es común que de pronto sintamos un profundo bienestar cuyo origen no podemos discernir. Estas súbitas e inefables felicidades son efímeras y por lo tanto nunca nos tomamos el trabajo de explicarlas. Yo creí que eso era lo que me sucedía.

Inflada, la muñeca presentaba un aspecto de mágica realidad. Había algo en ella que la emparentaba y a la vez la alejaba de una verdadera mujer. Era una existencia extática y sublime que no precisaba de la ordinaria condición humana para manifestarse. Su rostro era de una forma ovalada perfecta y su cabello oscuro y corto. Lo que más cautivaba eran sus ojos, de una intensidad electrizante y particularmente grandes y abiertos-lo que venía a confirmar su origen oriental. También era sorprendente su boca, de una inusitada delicadeza. Estaba abierta, pero no de la manera vulgar en la que están abiertas las bocas del resto de las muñecas, preparadas para sus incalificables faenas; ésta, por el contrario, adoptaba una forma tan sutil, que más bien parecía estar declamando un soneto de Shakespeare o un poema de Byron.

Absortos como estábamos por su semblante, tardamos más de lo aconsejable para reparar en la hermosa vestimenta. En este sentido, el artista que la había diseñado no había apelado a la burda desnudez, ni al lugar común que es el atavío de estilo sadomasoquista, sino que, siguiendo un encomiable sentido estético, había engalanado su creación con la más sensual y delicada lencería negra.

Todo ser humano sensible tiende a la belleza, es decir, cuando vemos algo bello queremos poseerlo completa e inmediatamente. ¡Cómo podría haber tenido un final feliz aquella situación! Dos voluntades desmesuradas como la de Alberto y la mía ante un objeto de belleza sublime. Pronto comenzaron las desavenencias. Habíamos comprado la muñeca-y no exactamente a un precio menor-; habíamos comprobado su hermosura angelical; ¿qué otra cosa podíamos hacer más que salir a lucirnos con ella? Pero aquí mi amigo demostró el primer signo de la lamentable actitud que habría de adoptar y que tan siniestras consecuencias produciría. Según Alberto, salir con la muñeca en ese momento constituía una imprudencia, un acto sin sentido ni razón aparente. Aducía que lo más adecuado sería estrenarla el viernes por la noche, asegurándonos, de esa manera, un público que la apreciara. A mí este argumento me pareció realmente estúpido, pero me contuve y volví a aceptar sus designios sumisamente. Consideré que se trataba sólo de una cuestión de temperamentos; contaba yo con una personalidad mucho más desprendida y espontánea que mi amigo; si sentía un impulso, un deseo, lo satisfacía al instante y de la mejor manera posible. Mientras que Alberto era una persona fría y calculadora, sometía cada decisión trascendente a un riguroso examen de costos y beneficios.

Menos conflictiva fue la elección de un nombre. Por supuesto, no podíamos privar a esa criatura, que tantas emociones parecía despertar, de un nombre. Naturalmente, nuestras propuestas no coincidieron. Alberto se interesaba por la mitología clásica, lo que lo llevó a sugerencias como Venus, Afrodita, Helena y, aún más tristemente, Artemisa o Atenea. Mis preferencias, por su parte, tendían hacia lo cinematográfico, y en una expansión de mis más profundas fantasías propuse el nombre de Barbarella o, por qué no, Jane. Como decidirnos por cualquiera de las opciones que habíamos producido individualmente era improbable, buscamos un nombre de común acuerdo; y así llegamos a Vanesa. Ahora con nombre, la muñeca, Vanesa, había adquirido una suerte de existencia personal, autónoma, que abolía por completo su naturaleza inanimada. Estoy seguro de que Vanesa tenía más personalidad que algunas de mis ex novias. En ese momento yo llegué a intuir esta adquisición de individualidad y me pareció que depararía problemas. La cuasi humanidad de Vanesa arreciaría los celos que ya eran evidentes y el hecho de que ella no poseyera voluntad, una intención propia, recrudecería el enfrentamiento entre Alberto y yo. Ahora sé cuán equivocado estaba en aquello.

Me resigné a no salir con Vanesa en ese momento, pero aquí caí en la cuenta de algo brutal: Alberto se había arrogado el privilegio de alojar a Vanesa mientras no la sacáramos. Para mí esto fue como un ultraje. La monstruosa razón que mi amigo alegaba para justificar tal infamia era que él había pagado la mayor parte del precio de Vanesa. Esto no lo negaré, pero a lo que voy es que si en aquella situación, dado que un nuevo ser había cautivado nuestros sentidos y, por qué no, nuestros corazones, habríamos de manejarnos según viles criterios cuantitativos y monetarios, ¿adónde iríamos a parar? Estuve a punto de estallar en una serie de furiosas invectivas, no podía permitir semejante vejación; me sentía arrebatado por un torbellino de ira y encono hacia Alberto. Sin embargo, aunque parezca paradójico, un acceso de moderación-que había sido extraño en mi vida hasta ese instante-me hizo entrar en razón y comprendí que estaba dejándome llevar por pasiones ciegas e infundadas. Permití que Vanesa se quedara en lo de Alberto; imaginé que eventualmente llegaríamos a un régimen de tenencias justo. Esto me calmó y partí en silencio.

Y fue esta partida la que me confirió una idea más acertada del efecto que Vanesa había tenido en mí. Esta primera ausencia provocó un vacío, que intenté llenar vanamente. Mi mirada se detenía absorta sobre cualquier cosa, una vidriera, un farol, pero mi mente estaba en Vanesa; en cada mujer la veía a ella. Comprendí que si no me distraía, mi angustia se tornaría insoportable. De alguna manera que ahora no logro recordar me las arreglé para llegar al viernes por la noche.

Sacaríamos a Vanesa. Esta primera salida no fue más que una prefiguración de la drástica manera en que nuestros propósitos se habían modificado y alterado nuestras intenciones. Originariamente, nuestro plan era exhibir la muñeca para causar escándalo, llamar la atención, divertirnos con las expresiones desencajadas de los circunstanciales espectadores. Y no voy a decir que no lo hayamos logrado. De hecho, vistas en función de aquellas pueriles intenciones, las salidas con Vanesa fueron todo un suceso. Entre los mayores abonaron nuestra fama de impertinentes, y entre nuestros coetáneos la de ingeniosos. Y sin embargo esto ya no nos importaba. Nos irritaba. Las risas y los gestos de disgusto se convirtieron en afrentas. Explicábamos estas reacciones en virtud de la necedad de la gente, de su basta incapacidad para apreciar la belleza.

Después de un tiempo, no salimos más. Vanesa se había convertido en algo personal y nuestra amistad, por su parte, en un tenso desafío que se revolvía alrededor de ella. Mi relación con Alberto era un juego perverso que tenía como objetivo la posesión de Vanesa. Todo era una farsa, una representación sustentada en reglas tácitas que yo, ingenuamente, cumplía.

Y después estaban los celos. Celos que también eran producto de mi ingenuidad, de mi falta de suspicacia. Me exasperaban las miradas que se dirigían. Esa complicidad fanfarrona que se prodigaban. Poco a poco comencé a odiar a Alberto. Las estúpidas prioridades que inventaba me enfurecían y mi cólera se veía acentuada por la actitud pasiva que adoptaba Vanesa. En sus gestos creía descubrir el secreto deleite que le provocaba ser causa de discordia entre dos hombres. Y sin embargo, las formas continuaban mantenién-dose, con muda hipocresía. Esta impostura acicateaba mis celos de manera enfermiza; mi temor a que Alberto rompiera las reglas y se acostara con Vanesa era cada vez más intenso. Pensé en secuestrarla, en alejarla de su avidez y su vileza; en llevármela a un lugar alejado, cuidarla, protegerla de las bajezas de los hombres. Ahora, demasiado tarde, me lamento de no haber reconocido quién realmente necesitaba protección.

Dos semanas atrás recibí un llamado. Me sorprendió escuchar la voz de Alberto-ya no nos hablábamos, sólo lo veía cuando iba a buscar a Vanesa. Pero más me sorprendió su tono, se lo oía desesperado:

-¡Por favor! Tenés que venir. Pasó algo horrible. Por favor. Te espero, la puerta va a estar abierta.

Salí lo más rápido que pude. En el camino, las hipótesis más brutales me torturaron. Si Alberto le había hecho algo a Vanesa, yo estaba dispuesto a cualquier cosa. El furor me dominaba.

Abrí la puerta. Todo estaba en silencio. Un sollozo desgarrador me informó de la presencia de Alberto. Estaba en su habitación; yacía sobre su cama, cubierto y llorando:

-¡Qué estúpido! ¡Qué estúpido!-gemía, tapándose la cara con las manos-. Me voy a morir. Soy un idiota. ¿Por qué fui tan idiota?

Un tempestuoso torrente de sensaciones, conjeturas y emociones arrasaba en mí cualquier pensamiento inteligible. Sólo atiné a acercarme a la cama, y a duras penas mascullé:

-¿Qué pasó?

Ante estas palabras, Alberto se descubrió la cara y me miró. En sus ojos vi, simultá-neamente, la desolación infinita, el arrepentimiento que busca perdón, y el comienzo de la resignación. Sin pronunciar palabra, Alberto levantó la sábana que lo cubría hasta el pecho y en esa visión a mí comenzó a perdérseme la existencia. Desde la cintura hasta los pies, su cuerpo estaba horriblemente hinchado, daba la impresión de estar a punto de explotar. Las articulaciones parecían haberse fundido, perdiendo toda capacidad de movimiento. Su piel había adquirido una coloración lívida y amarillenta, junto a una regularidad enfermiza.

-Tocá-dijo Alberto. Yo quedé paralizado por el estupor.

-¡Tocá!-me ordenó. Sin pensar, estiré aprensivamente la mano y con un dedo presioné su pierna izquierda. La piel se hundió; su consistencia era elástica; Alberto estaba hueco por dentro.

-Sube continuamente-dijo-. Calculo que en tres días llegará al cuello.

Interpretando mi desconcierto, explicó:

-Fue por romper las reglas-hizo una pausa. Aquí la imbatible fuerza de los celos me permitió modelar un pensamiento concreto. Me indigné, llegué a considerar, rastreramente, que Alberto se lo tenía merecido.

-¿Cómo?-dije-... ¿Cómo pudiste romper nuestras reglas?

-No nuestras reglas. La del viejo; la usé después de las doce-. Alberto ya había recuperado el aplomo y casi con desprecio agregó-: Si te sirve de consuelo, fue la primera y la única vez que lo hice.

-Pero no entiendo...

-¿Qué no entendés? ¿Qué te tengo que explicar? Lo hice, y de la forma que no debía hacerse: después de las doce y sin protección.

La actitud de Alberto me sorprendió; pero me contuve, después de todo, su actitud no era lo más sorprendente que estaba sucediendo. Él me miró con la arrogancia de los condenados y continuó:

-Quiero que te la lleves. Yo ya no lo puedo hacer, por eso te pido que la destruyas.

Fui a buscar a Vanesa. Cuando la encontré, una vil satisfacción, una infame sensación de recompensa se apoderó de mí; reprimí esta sensación inmediatamente.

Me despedí de Alberto; lo hice normalmente, aunque ambos sabíamos que nunca volveríamos a vernos.

Lo que sigue es el castigo. Lo que sigue me avergüenza y me ultraja más que el fin.

Se hablará de impulsos irrefrenables, pasiones que matan, de la flaqueza de mi propia condición de hombre. Yo sólo puedo decir que lo intenté; intenté evitar el castigo, sortear el destino. Claro que fracasé.

Mi propio pecado de orgullo me impide destruirla. Yo me justifico con esta advertencia. Dentro de poco no seré más que un despojo plástico, sin utilidad para nadie.



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