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El medio para un

Vaguely he wanted a girl but he did not want
to have to work to get her... He did not want to
get into the intrigue and the politics.
Ernest Hemingway, Soldier´s Home

Ejercitando aquella costumbre de mezclarme con el pueblo que me había impuesto, caminaba multitudinariamente por la peatonal cuando presentí cierta languidez muy poco común en mí. Avizoré la sencilla solución al leve contratiempo fisiológico en la forma de un cafetín ya conocido y de presencia cercana-queda en una galería, casi a la entrada, detrás de una relojería. El cafetín en cuestión se suele honrar con mi preferencia menos por virtudes sustanciales que por cierta atmósfera. En realidad, el café servido en el local nunca pasó de ser un brebaje apenas tocado por el sabor, sin embargo, guarecido entre esa vidriera y esa barra uno no puede dejar de sentirse urbanamente acogido.

Sin subsecuentes rodeos y atropellando levemente unos transeúntes desconsiderados -cuyo exclusivo cometido existencial parecía ser estorbarme- me introduje en el cafétín. Después de ordenar eché mano a una silla que coloqué adecuadamente para que la visual aliviara mi tedio con el mundano espectáculo del pueblo en apremiante caminar. En cierta ocasión me fue referida la historia de un hombre que sentado en un café se obsesionó con el semblante de un anónimo caminante exterior; tan obsesionado estaba este hombre que salió y siguió al desconocido, quien, a su vez, parecía no tolerar la soledad y deambulaba sin rumbo de grupo en grupo por las calles de la ciudad. La sigilosa persecución se prolongó toda la noche, hasta que el resignado hombre del café desistió de su incomprensible cometido. Nunca he otorgado mucho crédito a esta historia, tiendo a negar su veracidad y reputarla como la invención de alguna imaginación febrilmente desequilibrada. En todo caso, la historia de un hombre que no puede quedar solo es inverosímil y resulta paradójico que en las grandes ciudades las aglomeraciones produzcan el efecto de alejar a las personas. Por mi parte, me descubrí súbitamente allanándome a la norma al observar la entrada al cafetín de Pedro Echenique, habitual integrante de los grupos que supe frecuentar en mi más tierna juventud. Me vi apelando diligentemente a un diario para cubrir mi inconfundible rostro -evitando, así, el prospecto de una forzada e inexorable conversación.

Y a veces creo que es inútil luchar contra el destino. Sentí dos manos apoyarse sobre mis hombros y supe que la situación que procuraba prevenir terminaría consumándose fatalmente. Parecía que la languidez aquella iba a ser más seria de lo pensado. Invité a Pedrito a que compartiéramos la mesa. Después de los inevitables lugares comunes entre dos compañeros que llevan algunos años sin verse, continuó la conversación propiamente dicha -sólo interrumpida por los reparadores sorbos del café.

-¿Estás trabajando? -preguntó Pedro.

-No -contesté-. Sigo estudiando.

-¿Qué estudiás?

-Relaciones públicas.

-Veo que te estás tomando la carrera con tu característica parsimonia y tranquili-dad.

-Seguro. Suficientemente desalentadora es la posibilidad de morirme algún día como para andar sacrificando mis mejores años.

-Supongo que algo de razón tenés.

-Ah, tengo toda la razón. El corolario de la juventud se encuentra en los preceptos del bon vivant. Humildemente, yo trato de cumplirlo: salir todas las noches a tomar una copa por ahí se ha vuelto un hábito de rigurosa observancia. Y, un consejo, descartá toda esperanza de alguna vez encontrarme despierto antes de las tres. Savoir vivre, esa es la cuestión.

-No la pasás mal.

-Para nada. Mirá, yo pienso que ser viejo es, de por sí, una vulgaridad innecesaria. Entonces, ¿por qué ser egoístas? Nosotros, que todavía somos jóvenes, no deberíamos negarles a nuestros padres la posibilidad de justificar sus insulsas existencias. Por eso, permitamos que nos mantengan mientras puedan.

-Me alegro de tu disposición. Sos casi el exacto contrario de Esteban.

-¿Qué Esteban?- pregunté.

-Esteban Taborda ¿te acordás?

-¿Taborda?... No, no me acuerdo.

-Sí, te debés acordar, sólo que no reconocés el nombre. Verás, Esteban fue compañero mío en el secundario. Su problema (porque es imposible encontrar otro calificativo) comenzó en primer año. Nadie se conocía, por lo que empezamos a organizar las primeras fiestas. Yo todavía no me había fijado en Esteban. No se destacaba mucho. Que sé yo, se podría decir que era un chico de presencia agradable. Quizá él tenía conciencia de esto. Poco hacía desde que abandonáramos la infancia, y de niño, ¿a quién no le llenan la cabeza con que es adorable, divino, etc., etc.? Obviamente, este limbo infantil es efímero y, tipo ocho, nueve, es como si perdiéramos mágicamente nuestra condición de adorables y divinos y las atenciones se desplazan hacia cualquier advenedizo bebé que haya surgido en la familia recientemente. Así descubrimos la realidad y a tan tierna edad hemos de comenzar a adaptarnos a nuestra apariencia.

"En fin, no sé si Esteban debió afrontar la responsabilidad de esta adaptación. Lo cierto es que el tipo, como te decía, no sólo era de presencia agradable sino que también era bastante simpático. Esto lo descubrí a buen tiempo de haber comenzado las clases. Más expeditivas habían sido algunas de mis compañeras. Poco tardaron en esparcirse los rumores de inocentes enamoramientos. Yo, que recibía una atención casi nula desde los sectores femeninos, no pude dejar de experimentar cierta envidia. Movido por los celos, me interesé por el afortunado, que hasta ese momento había pasado desapercibido para mí. Acaso con la secreta esperanza de desenterrar algún elemento difamatorio, comencé a indagar su personalidad. Lo cierto es, debo confesarlo, que estas indagaciones me llevaron a caer en las garras de su encanto. En poco tiempo Esteban fue mi mejor amigo y lo que había sido envidia se convirtió en admiración.

"Adolescentes pueriles, nos deleitábamos en dividir a nuestras compañeras en clases, según su aspecto físico. Había, por supuesto, una clase baja, una media y otra alta. Repito: la apariencia de Esteban era agradable, lo que no significa que fuera espléndida. Realzado su aspecto por una personalidad encantadora, el tipo podía jactarse tranquilamen-te de la capacidad de cautivar a cualquier muchacha que alistara dentro de las dos primeras clases. Eso sí, las de la clase alta ya eran otro cantar. Colegio de categoría al que asistíamos; aquellas beldades no sólo ostentaban envidiables posiciones económicas, también eran poseedoras del más fortuito patrimonio de la belleza física. No es extraño que desarrollaran ínfulas de particular precocidad. Por supuesto, estas chicas ni siquiera se fijaban en mi amigo.

"Y era una personalidad extraña la de mi amigo. Afortunado poseedor de cualidades que la mayoría de nosotros envidiábamos; él, no obstante, desdeñaba sus ventajas. Las chicas de las clases bajas y medias -físicamente hablando, repito, ya que económicamente eran todas de media para arriba-, estas chicas, decía, no le interesaban. Podría haber tenido a cualquiera -algunas desfallecían por él-, pero no lo hizo. Ante ellas adoptaba una actitud de cordial y atenta indiferencia. No las despreciaba, pero siempre, de una u otra manera, dejaba en claro su desinterés.

"A nosotros, te imaginás, adolescentes en pleno fervor hormonal, esta actitud llegaba a exasperarnos. Poco menos que épicas eran las vicisitudes que debíamos sobrellevar algunos, me incluyo, para manotear algo de lo que mi amigo tan altiva y despreocupadamente desdeñaba. Claro que se lo reprochábamos. Si no le interesaba hacerlo por él, por lo menos que hiciera algo por nosotros. ¿Cómo se sentirá un pobre si un rico viene y desecha una hamburguesa frente suyo? Está bien, quizá la hamburguesa no sea caviar o langosta, ¿pero al pobre eso qué le importa?

"Lo cierto es que Esteban justificaba estos rechazos. También creía justificar sus ilusiones de conquistar alguna de esas semidiosas que nos acompañaban en su supina indiferencia. Su argumento era el siguiente: nunca había reparado en su persona. No entendés, claro. Verás, lo que él nos decía era lo siguiente: sin ningún esfuerzo conquistaba mujeres que él calificaba de mediocres. Sin esfuerzos de ningún tipo. Sólo siendo él mismo. Esto le hizo abrir los ojos. Hasta ese momento Esteban había vivido en el más completo desaprovechamiento de sus potencialidades. ´Soy un diamante en bruto´, decía. ´Si logro transformar en acción todo lo que ahora poseo en potencia, seré irresistible para cualquier mujer´. Esta era la esencia de su postura.

"Así fue como se aplicó a un intensivo plan de autorrealización. Debía preparar y explotar al máximo todas sus capacidades, tanto intelectuales como físicas. Cuando surgió este propósito tenía dieciséis años. A partir de ese momento fueron excepcionales las veces que lo vimos en fiestas. Nosotros nos solíamos juntar en un kiosco, algo tan típico de los adolescentes, solamente a pasar el tiempo. La mera sugerencia de esta actividad a mi amigo constituía un anatema. Apenas podía soportar los recreos en el colegio sin desesperarse. A la salida partía raudo hacia el instituto de inglés unos días, hacía el de francés los otros. A esa altura, Esteban prácticamente dominaba estos idiomas, sin embargo, para cortejar a una extranjera, decía, es necesaria la perfección en el habla. Eventualmente, realizaría cursos de alemán, italiano, latín -y vivía lamentándose de no tener tiempo para estudiar griego.

"Después de sus clases de idiomas, enfilaba para el gimnasio. A diario ejercitaba intensivamente. Realizaba planes para aumentar el volumen muscular, pero el resultado no lo satisfacía. Entonces se pasaba a los planes de resistencia, pero luego de un tiempo alegaba verse enjuto. La parte física lo atormentaba. Huelga decir que a nosotros -holga-zanes los unos, glotones los otros, si no las dos cosas a la vez- esto nos resultaba, cuando menos, inconcebible.

"Sí encontraba solaz en el desarrollo de sus facultades intelectuales. Deseaba cubrir el espectro más amplio posible sin resignar la profundidad. Historia, Matemáticas, Física, Filosofía, Literatura, nada le era extraño. Obviamente, los conocimientos que adquiría en la escuela eran insuficientes. De esta forma, diseñó su propio programa de estudios. Era metódico al extremo, casi hasta la obsesión. Cualquier actividad debía ser programada con varios días de antelación. Los amigos comprendimos pronto que si lo queríamos ver salir con nosotros, nuestra voluntad debía sortear primero el escollo de su agenda.

"Su especialidad era la Filosofía. Afirmaba que en el estudio de la metafísica adquiría las herramientas necesarias para comprender a las mujeres. Desde la mitología griega, pasando por Santo Tomás, Leibniz y Descartes, hasta Wittgenstein, Sartre y Derrida, no soslayó a ningún autor. Tampoco fue indiferente al pensamiento oriental, ni al precolombino.

"Evidentemente estos estudios eran tan vastos que habían de ser considerados en términos de años. Después de bastante tiempo, nosotros ya estabamos completamente familiarizados con su proyecto y nos resultaba algo natural. Cuando cumplió los veinte, concertamos una sugerencia. Le dijimos que a esa altura aventajaba a cualquiera de nuestros coetáneos, en cualquier materia -ya poseía dos títulos universitarios. Sin duda, difícilmente encontraría alguna mujer, de la posición y belleza que se te ocurran, que no resultara impresionada con sus conocimientos o su estado físico.

"Pero cuál no fue nuestra decepción, desencanto, sorpresa, qué sé yo cómo ponerlo, cuando nos refirió la verdadera situación de su proyecto. Nos dijo, escuchá bien, que todavía no estaba en condiciones de explotar las facultades que había adquirido. Según él, sólo llegaría al pico de sus capacidades a la edad de treinta años. Hasta ese entonces debía sacrificarse al máximo para seguir convirtiéndose en una mejor persona. Luego, recién, podría salir a afrontar el mundo, y entonces sí que no habría mujer que se le resistiría. Más de uno de nosotros no pudo reprimir una lágrima después de esta declaración. Y así partimos, permitiéndole volver a sus estudios.

-Pero entonces -lo interrumpí, completamente atrapado por el relato-, si decís que Esteban era compañero tuyo, ya debe estar por cumplir los treinta en algunos meses.

-¡Y cómo no lo habríamos de festejar! -dijo- Poco tiempo atrás, Esteban se descubrió unos abultamientos adiposos a la altura de la cintura. Insignificancias para hombres imperfectos como vos y yo, pero no para Esteban. Preocupado, se inscribió en un natatorio...

Pedro quedó callado, lo urgí:

-¡¿Y?!

-Al otro día el encargado de la pileta lo encontró flotando en el agua boca abajo; una malformación congénita le había producido un infarto cardiaco mientras iba por el kilómetro siete de su nado.



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