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Sobremesa con T

T se quitó la sudadera y luego cogió otro pedazo de turrón de almendra, pero antes de llevárselo a la boca añadió:

"Y no importa que no esté de moda, yo sigo creyendo en la lucha de clases".

P asintió. Con la cucharilla daba vueltas al café, mientras seguía el movimiento del trozo de turrón, que se deshacía levemente en los dedos de su joven amigo.

"La cultura es revolucionaria, joder, o es que no nos hemos reído bastante de las princesas de los novísimos, de los mármoles venecianos, de la bohemia de los señoritos, esos nuevos rubenes daríos de la mierda".

P volvió a asentir. El turrón se escurría ahora de los dedos, había formado una capa que, pensó P., veinte años atrás habría descompuesto en planos terrosos, hasta ocupar todo un cuadro, del que sobresaldrían dos dedos y una barba entrecana, por la que aparecerían dientes disformes, dibujando una boca abierta y airada. El título habría sido: "Sobremesa con T". Ahora, en cambio, no sabría cómo pintarlo.

"Los posmodernos, se llaman. ¿No los has oído? Y lo mismo pintan una Colombina que a Manolo Escobar con peineta. Y están en todas partes, en la televisión, en los cócteles de cualquier chorrada, en las tertulias… Lo anterior es una mierda, somos unos soñadores absurdos, buscábamos basura".

P se pasó los dedos por los ojos y los apretó como si quisiese borrar algo.

"Y luego la infografía, el coral draw ese de los cojones… No hablan de otra cosa, tienen una jerga excluyente".

A través de la ventana entraban las luces suaves de una farola que iluminaba más de la cuenta. Eran las ocho de la tarde de un marzo aún invernal. P se levantó y T se recostó en la butaca. Una lámpara de pie lo iluminaba como un foco. Al pasar junto a él observó cómo engullía el turrón y barría con los dientes la capa que había quedado entre los dedos.

"Toma, no se te olvide el artículo". - Le tendió una carpetilla.

"¿Sobre qué escribiste al final?"

"Sobre la exposición del Círculo. Nada nuevo, correctos sin más".

"En la revista estaban inquietos. Ayer me volvieron a preguntar por tu artículo. Te estás volviendo perezoso, Maestro".

P lo miró desde arriba. Se le estaba clareando la coronilla. Al oírse llamar Maestro recordó la primera vez que T entró en su casa, con una carpeta forrada de negro llena de dibujos y acuarelas. Lo había llamado Maestro, como los clásicos. Veinticuatro años atrás ya llevaba barba y el pelo se le encrespaba como ahora.

"Lo que me estoy volviendo es viejo".

T soltó una carcajada y cogió otro trozo de turrón.

P pasó los dedos por el lomo de los libros, levantándolos de vez en cuando al encontrarse con estatuillas, bustos, fotografías de entrega de premios y recepción de honores y condecoraciones. Dio unos pasos y se llegó hasta la ventana. La farola lo deslumbró un poco al principio. Vio la calle, casi vacía, demasiado pronto aún para el trasiego, pero al fondo desembocaba en una gran avenida que bullía de tráfico y movimiento. Nada llegaba a su casa de aquel ruido.

"T, ¿te acuerdas de la exposición de Viena?"

"Claro" - dijo él, repasando aún el artículo.

"¿Del lío que montamos?" - insistió P.

"Sí. El orinal encima de aquella mesa de despacho, con un montón de brazos saliendo de la madera" - rememoró, gesticulando como si escalara una invisible cuerda Por entre la barba se abrieron paso sus dientes disformes. "¿Por qué te acuerdas ahora de eso?" - preguntó, dejando de gesticular, pero con la sonrisa aún en los labios.

"No sé. Será por el Círculo" - contestó, mirando por la ventana. El cristal olía a limpiacristales. La asistenta lo había limpiado aquella misma mañana, él aún estaba en la cama cuando oyó el batir de las hojas, y se había arrebujado entre las sábanas pensando en el frío que entraría en el desprotegido salón, como un baño mojado. Luego se marchó la asistenta. Cuando la casa se quedaba sola parecía sentirse su respiración, como si fuera un animal agazapado tras los muebles. Después de comer vino T, como todos los sábados, de sobremesa.

"Si hoy hiciéramos esa exposición se cagaban por las patas abajo. Te llamarían de todas partes para pedirte explicaciones. Deberíamos intentarlo. ¿Qué puedes perder? Se lo merecen los posmodernos estos. Al fin y al cabo tu obra es reconocida en todo el mundo, y quitarías el apoyo a estos gilipollas, que quede claro que sus memeces no son lo que entendemos por arte, que el arte es un revulsivo social o no es nada." - T había cerrado la carpetilla del artículo y se había incorporado en la butaca.

"Tal vez lo haga. En cuanto recupere un poco las fuerzas. Ultimamente estoy un poco cansado." - Miró atrás y vio que T se servía otra taza de café. Por la calle mojada venía un coche circulando lentamente. P se volvió a T.

"Oye, ¿qué sería de K?"

"¿Quién?"

"K, el del piano."

"Ah, sí, el del piano destrozado por el que salían penes. ¿Te acuerdas de cómo se escandalizaron aquellos matrimonios que iban en grupo, los que parecían un colegio?"

P asintió desde la ventana mientras T soltaba una carcajada. Vio que el coche se había parado frente a su portal. Era grande, negro, como una gran nave bruñida. El conductor se bajó y abrió la puerta trasera, por la que descendió una mujer.

"Aquello fue glorioso" - siguió recordando T. "Un palo para los burgueses, para los aristócratas, en sus propias narices, que es de lo que se trata. Nada menos que en el Louvre. Había que ver los abrigos de piel andando entre el estiércol convertido en arte, entre los deshechos de su propia podredumbre de detentadores de la riqueza, que se les devolvía transformada en una bofetada" - se detuvo un momento. Se oyó el ascensor. "No sé nada de K. Me parece que no ha vuelto a hacer nada".

Al cabo del rato se oyó el latigazo seco del timbre.

"¿Quién será a estas horas?" - preguntó T.

P abandonó el salón y regresó enseguida, precedido por una mujer que se deshacía azorada de su abrigo de piel, marrón como madera noble. T observó su vestido turquesa, que acariciaba un cuerpo joven y tostado en aquel marzo extraño, y no se levantó cuando P la presentó como la duquesa de A, sólo dijo con algo de hosquedad:

"Tanto gusto".

Ella sacó de una carpeta que apretaba bajo el brazo un dibujo envuelto en crujiente papel cebolla. Lo depositó cuidadosamente en la mesa y se sentó en una butaca que le señaló P, diciendo:

"Perdone las molestias. Le agradezco mucho su recibimiento, la verdad es que pensé que no podría hablar con usted. Reconozco que no es más que un capricho, pero admiro tanto su obra que no pude resistir la tentación de comprar este dibujo en esa subasta. Fue el año pasado, en una escapadita a Nueva York".

P sirvió café a la duquesa y T puso los pies sobre la mesa, junto a bandeja de los turrones, arrellanándose en la butaca.

"Fueron dos millones. Bueno, disculpe que le hable de dinero, no quiero parecer vulgar, pero en realidad no sé si es mucho o poco. Los que me asesoraron dijeron que es de una época superada por usted, de la época lineal o expresionista me parece que se llamaba, en fin, yo sólo sé que es bonito, como todo lo suyo".

La duquesa trataba con suavidad el dibujo, casi lo acariciaba por los bordes al manejarlo. P lo observó desde arriba, sin sentarse, lo iluminaba la lámpara como a la coronilla de T, algo hundida ahora entre los hombros.

"Antes de ponerle marco y colocarlo en algún lugar del salón, en un lugar de honor, por supuesto, me gustaría que me lo dedicase. Ya le digo, es un capricho".

P cogió el dibujo que ella le ofreció. Representaba unos pájaros posados en el alero de una ventana, en cuyos cristales se reflejaban unos edificios. La duquesa se movió en su butaca, se oyó golpear la cucharilla en la taza, y por debajo el tenso carraspeo de T, que seguía medio tumbado en su butaca, con los pies en la mesa. P miró la calle a través de sus cristales sin pájaros, la noche era cada vez más densa y abajo esperaba el coche negro, con el conductor dentro, iluminado por el piloto interior, parecía estar leyendo con el motor apagado, pronto tendría frío.

"¿Usted también es pintor" - preguntó a T, quien afirmó con la cabeza.

"Qué deliciosa vida la de ustedes. Los envidio, créanme. La vida bohemia, todo eso".

"Preciosa" - dijo T. La duquesa empezó a removerse, inquieta en su sofá. Entonces P se acercó a ellos, los miró y, afirmando las manos en el papel, lo rasgó.

La duquesa de A se abalanzó hacia los trozos, inició un sollozo bajo la estruendosa carcajada de T, que ahora bajó los pies de la mesa. P se acercó a la estantería y extrajo una lámina de una carpeta. Ante la expectante mirada de los dos, empezó a dibujar. Al cabo de un rato, se la tendió a la duquesa, aún sofocada e incrédula. El dibujo representaba unos pájaros sobre el alero de una ventana, a través de cuyos cristales se veían unas butacas y unas capas terrosas de las que sobresalían dos dedos y una barba entrecana, por la que aparecían dientes disformes, dibujando una boca abierta y airada. Debajo había escrito: "Sobremesa con T"

"El otro era falso, duquesa. Este es mío".



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