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Élida Bhor

"Las mujeres de busto pequeño son diosas que le otorgan placer al sexo... Soy hombre de tetas, me hinco ante los pechos ínfimos, los estimo y los adoro".
Salvador Dalí

Bruselas, estancia monárquica, es la ciudad más bella de Europa central.

A esa hora, a media tarde, la capital belga con sus buses coloridos de dos pisos y Renaults del año, convocaba gentes de hablar galo en calles, cafetines y centros comerciales; aglomeradas éstas en masas ruidosas y tráfagas. Era un hecho. Siempre que cruzaba La Grand Place, los hombres de a pie o en auto, galanteaban las blancas piernas que dejaba ver la minifalda de su traje gris, y que exhibía con alevosa provocación; más ahora, en verano, cuando se alcanzaban moderadas temperaturas.

Estaba de compras y en su ruta habitual. Gustaba admirar el edificio de La Comunidad Económica Europea, La Torre y El Palacio del Rey y La Biblioteca Real; todos ellos de estilos góticos y barrocos erigidos por allí hace siglos. "Iré a la catedral de Santa Gúdula y colocaré estos gladiolos y jazmines a María Magdalena, la patrona de las meretrices arrepentidas... necesito dinero..." pensó. En su adolescencia, habían quedado los recatos ursulinos de su natal Alemania, desechados, cuando llegó a Bruselas a estudiar medicina. A su paso, entre la gente, evitaba a los descarados que miraban detenidamente los lunares rojizos, parecidos a diminutos capullos en flor, que tenía en cada uno de sus lechosos muslos, a unos centímetros de sus rodillas. Entre acres humores y holas de desconocidos, ella se abrió camino hasta el paradero de taxis en la Rue Royale; subió deprisa a uno de ellos que estridente sonaba su claxon; y así, se escabulló de la lujuria colectiva que amenazaba con deglutirla.

—A chaussée de Louvain, señor —le ordenó al taxista, alisándose el cabello castaño y abanicándose el rostro. Amante de la soltería, era una de esas pocas que no se arriesgaban a recibir la bendición matrimonial hasta antes de los 35 años. Ya en camino, y mientras observaba las calles flanqueadas de frondosos árboles y antiguas casonas de arquitectura francesa, pensó, alzando el mentón: "Con este cuerpo, debería ser modelo de pasarela; ¡Si me parezco a la Claudia!... pero, no sirvo para ello, lo mío es la medicina, la sexología.” A la mitad del trayecto a su departamento, vio en el espejo retrovisor del taxi dos ojos que se afanaban solapadamente en mirarle algo más que el rostro.

II

—...De los setenta hasta hoy, el sexo se ha equilibrado gracias a la mujer... Ahora las relaciones sexuales son más divertidas y, las variaciones y posibilidades de hacer el amor han aumentado. Por otro lado, si hace tiempo un joven debutaba sexualmente con una puta, ahora lo hace con su enamorada...

Era de noche, y los alumnos del aula A de la facultad de medicina de la universidad de Lovaina, estaban muy atentos; en total silencio: Las clases de Elida Bhor (Bonn, 30-01-1967, estatura 1.70 m), sobre sexología humana, eran siempre masivas no sólo por las anécdotas coitales que ella dosificaba con arte en cada tema que exponía, sino por su candente belleza...

—¿Quién puede negar que ahora el sexo oral ha salido de la clandestinidad y ha pasado a ser práctica habitual? Nadie... Para mañana, a las diez de la mañana, está previsto realizar el espermatograma del que ya les hablé... Los cinco donantes elegidos entre ustedes se abstendrán de cualquier actividad sexual la noche de hoy... Necesitamos muestras de semen convenientes... Por hoy se acabó la clase. Es todo.

Su acento alemán hería el francés; aún así, habitualmente, después de clases, la seguían grupos de alumnos hasta su oficina universitaria para plantearle lo que ella consideraba como ingenuidades:

—...Piccard, ni la extirpación de la próstata, ni la emasculación, ni la menopausia, caducan la vigencia sexual... Elaine, el largo del pene no tiene nada que ver con el tamaño de manos, ni de los pies de la persona... Musset, la masturbación no provoca la aparición de verrugas, pelos en las palmas, acné ulceroso, locura o impotencia... Andrea: ¿Sólo porque el hombre se satisface con un orgasmo, la mujer debe ser igual? ¡Hay multiorgásmicas y por ello no son ninfómanas!...

III

La soleada tarde siguiente, Élida estaba sentada, cruzada de piernas en una banca en la parte central del parque que da al impresionante Palacio Real. Faltaba casi una hora para su clase de las seis. Como cada jueves, regresaba de rogar milagros de dinero, y de orar ante la Magdalena habiéndola rodeado esta vez, de geranios y claveles.

Su vista parecía buscar la solución en las altas cariátides marmóreas que sostenían la techumbre del aquel palacio. Pensaba cómo acceder a esa pequeña herencia familiar recientemente notificada. Nerviosa, extrajo la carta notarial de su bolso de cuero negro, fechada en Bonn una semana antes, en donde un abogado testaferro, le recordaba textualmente esa antigua rivalidad con su madrastra: "En el plazo de un año deberá tener descendencia comprobada a través del ADN y, así, cumplir con la cláusula del testamento de la señora Duvalois, quien le estipula una suma de 90000 mil euros (unos, 86000 dólares)".

Mientras observaba el prolijo arte barroco del palacio, pensó si no era mejor encontrar un donante de semen en vez de entablar una relación sexual marital común con algún hombre; esta última idea, sin duda la aterraba completamente... "¿Y si utilizo una de las cinco muestras de semen que están en el laboratorio de la facultad? ¡Puede ser!", pensó sonriendo. El aire ligeramente fresco del crepúsculo le rozó las mejillas. Recordó otra vez el internado ursulino de su país: "La madre superiora jamás permitió ventilar la sexualidad, ¡era un tema prohibidísimo! “El celibato es una de las virtudes mayores del cristianismo”, decía. De pronto, se percató que dos frukas (como ella llamaba a los negros marroquíes), se habían sentado en una banca ubicada a cierta distancia y en coincidente línea recta a la banca de ella. Aunque el parque a esa hora tenía visitantes dispersos, le sobrevino un aterrador miedo; rápidamente se levantó, y ante las miradas ansiosas de estos jóvenes, casi corriendo, alcanzó la acera del Boulevard de Waterloo, que es perimetral al parque. Trató de no mirarlos y dibujando rasgos adustos en su lozanía, enrumbó erguidamente hacia la universidad distante a algunos minutos de allí. Escuchó a uno de ellos susurrarle en tono insinuante: ¡Tienes cuerpo de garota, caminar de caribeña y blancura de alemana! El otro, con los ojos desorbitados y enardecido, le gritó: ¿¡Dónde mierda dejaste la trusa puta!?

IV

Sus alumnos, los más jóvenes, usualmente se distraían admirando sus nalgas aprisionadas por la coqueta minifalda de gris matiz, cuando por momentos, en el aula, escribía en la pizarra blanca:

—El condón para las mujeres, se inserta en la vagina con el dedo índice, a fin de empujar el anillo menor hasta tocar el hueso púbico. El anillo mayor, se deja afuera para cubrir la vagina... Jóvenes: atrás ha quedado la época victoriana, en que las mujeres decentes no se atrevían a esperar placer del coito y sólo lo toleraban por obligación con sus maridos... Bien, se terminó la clase de hoy. No olvidar traer sus inquietudes para la próxima reunión sobre pedofilia, coprofilia y otras desviaciones sexuales...

Élida culminaba así otras dos horas de clases. Sus alumnos admiraban el conocimiento que poseía sobre los clásicos donjuanes: ella decía, por ejemplo, que Casanova no embarazaba a sus ocasionales mujeres no porque era un experto en técnicas anticonceptivas o excelso coito-técnico, sino, más bien, porque su cuenta de espermatozoides era pobre de tanto eyacular. Como siempre, abandonó el aula A, seguida de más chicos que de chicas. Algunos de ellos, adrede, iban detrás de ella y como eran más altos, aprovechaban para mirar por el amplio escote, sus aperados senos que pendulaban acompasados con su cintura al estar libres del brassiere...

—¡Válery, la mujer que deglute semen no engorda ni queda embarazada!... Hachtte, durante el embarazo, se pueden hacer las poses más cómodas que se deseen hasta seis semanas antes del parto; después de ahí, lo voluminoso del vientre de la mujer ya no permite eso... Señoritas: ¡Los hombres fingen amor para tener sexo y las mujeres fingen sexo para tener amor!...

V

En el aséptico laboratorio de la facultad y en solitario, Élida se sacó el guardapolvo y lo dejó en un colgador; estaba satisfecha por la labor cumplida. Eran casi las diez de la noche del viernes y había culminado la cuantificación espermática de las cinco muestras donadas por sus alumnos. Encontró que la número cuatro tenía, según sus cálculos, más del 6 % de la masa seminal establecida como normal. Se sonrió al pensar que en las otras muestras había encontrado espermas gigantes, enanos, aneuros y deformados, todos ellos imposibilitados para procrear. "Es casi gelatinosa y espesa esta muestra cuatro. Según el profesor Shettles, los espermas X, se hallan en el tercio inferior de este tubo de ensayo, por ser más pesados. Estos son los productores de mujeres...". Su mirada brillaba y su semblante mostraba la emoción de tener en sus manos el contenido de una sustancia que la llevaría a lograr la herencia de su madrastra y probablemente tener una vida mejor. En su agenda, anotó: " Muestra cuatro, ¡La mejor! Cantidad: 15 mililitros...". Salió del laboratorio llevando en un bolso plástico, un congelador portátil con esa muestra. En la puerta del recinto universitario, abordó el taxi que momentos antes había solicitado telefónicamente. En el trayecto, iba repasando mentalmente el procedimiento que utilizaría para inseminarse.

VI

Eligió la noche del sábado porque necesitaba el sosegado tiempo que sólo el domingo que sigue puede darlo para reflexionar detenidamente acerca de su probable acomodada vida futura.
Luego, en su departamento, hizo un inventario de lo que necesitaba: lubricante vaginal, un pene de vinilo acondicionado a una jeringuilla de jebe, el tubo de ensayo con la muestra cuatro, la silla obstétrica de cuero marrón anexada a un espejo curvo... y; ¡la lírica de Wolfang Mozart, que ya sonaba en su alfombrado y penumbroso dormitorio invitándola a la relajación. "Esta es obra del diablo. Así lo decía San Agustín, y sólo debe hacerse por amor, si no es pecado...", fue lo que recordó del index del internado ursulino impreso aún en su memoria. Resuelta, se acomodó en el diván obstétrico y se subió la bata —que era lo único cubría su desnudez—, hasta su frío vientre. No bien se echó a horcajadas, con las piernas en posición, empezó a invadirla el temor por introducirse el falso falo de prepucio sarmentoso y glande semiesférico, que supuso días atrás, sería su furibundo gratificador sexual. "Jesucristo casi no habló de sexo. Fue el apóstol Pablo quien instaba, en sus cartas, a los primeros cristianos a la monogamia, al celibato...". Sus manos temblaban como si sujetara un revolver apuntando su sien. Palpó su vagina seca, centró el burdo pene en dirección de ésta; sintió gotas, no de sudor, surcar sus mejillas; pero sus manos parkinsonianas no se atrevían a insuflar con la jeringuilla el semen del tubo de ensayo con la muestra cuatro. Recordó las palabras de su madre, cuando recién salía de su niñez: "Hijita, de sexo y esas cosas desagradables parecidas, no hablaremos sino hasta cuando seas mayor, así llegarás pura al matrimonio...".

Por momentos, las melodías de Mozart la abstraían de su nerviosa realidad, pero ni "Le Nozze Di Figaro" la ayudaba a laxarse convenientemente. Las barreras emocionales eran tan abrumadoras y patentes en esos momentos, que Elida rehusaba introducirse el miembro postizo que, erecto y lubricado, sobresalía largamente entre sus temblorosos dedos. Sabía que pertenecía a ese grupo de mujeres catalogadas por los sexólogos como minoría, es decir, aquellas que aborrecen el pene, o tienen asco al semen; o las que creen que la mujer, por el simple hecho de ser poseída, se convierte en una sometida.

"Ni la yohimbina, ni la marihuana, menos el nitrito de Amilo, me darán valor para introducirme este seudo apéndice..." se dijo. Después de casi diez años de cátedra universitaria, se había demostrado a sí misma, que tenía un equivocado código ético al enseñar hipócritamente a sus alumnos a que no rechacen el sexo de plano, sino a actuar en forma objetiva; pero ahora no discernía el porqué un placer tan natural le producía terror; sin embargo, no sintió ningún remordimiento por haber utilizado semen ajeno para sus propósitos.

Finalmente, dejó el falo plástico en la mesa de la silla obstétrica, se bajó lentamente de ella, y se cubrió con la bata azul, tendiéndose a tientas sobre su cama. Notó que sus manos estaban bañadas en sudor frío y que la ansiedad la tenía extremadamente tensa. Abrió el cajón de su mesita de noche y, de un frasco, extrajo una gragea que tragó en seco. Miró sus muslos descubiertos y su piel blanca, contrastó aun más sus lunares rojizos. Le pareció que la luz proveniente de su lámpara languidecía. La música de "Don Giovanni", aquella que revive a Don Juan, el eterno amante, la ilapsó hasta creerse poseída por este seductor del pasado. Sentía que el barbitúrico ya actuaba sobre sus nervios, dirigió nuevamente su mano hacia el cajón de la mesa de noche y extrajo la carta notarial fechada en Bonn: "...Adiós fortuna...". "Hay pocos absolutos en este mundo y sólo los fanáticos establecen códigos inflexibles de moralidad sexual..." Su mente en blanco le hizo creer que estaba frente a su alumnado mostrándoles sus muslos firmes, arrogantes... y se desvaneció. El austriaco Mozart, también había enmudecido en su Requiem Inconcluso.

La mañana del domingo se hizo y; Bruselas, otra vez llena de gente que viene y va, sentía el atisbo de nieves que anunciaban la inminencia del otoño, quizás helado, probablemente neblinoso. En la habitación, algunos rayos se filtraban entre las cortinas, dibujando fulgurantes figuras antropométricas en los edredones de la alcoba. La carta escrita en Bonn yacía en pedazos al pie de la cama y Élida Bhor despertó, pero no quiso levantarse.

 



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