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El Magín

“...si tales sucesos son
ilusiones o verdades.”
CALDERÓN.


Cuando el magno emperador añil da la orden, los corazones laten a la par; la respuesta es espontánea, global, como si se esforzaran por abastecer de oxígeno un enorme pulmón colectivo. En el mar, el silencio espanta; es mejor cuando canta su salmodia el viento y don Rigoberto saluda, con la gorra en alto, el atardecer colmado de melancolías, palmípedas que huyen y pescadores que desempolvan prístinos cánticos de alta mar.

—¡Todo a Sotavento! —Vocifera don Rigoberto. La alquimia abisal lo convierte en un fantasma amarillento, escarchado, matizado por la luz del sol que se va apagando en el horizonte. Lo asaltan los recuerdos que confunden a los peces en un romanticismo reflexivo, genérico, saturado de algas y corales, en un piélago de irrecuperables cadáveres. Los sueños afloran con el desafío de las madréporas. Se entumecen los corazones helados por la lejanía y ya no hay secretos en medio del mar.

Don Rigoberto se rasca la cabeza de pelos escasos y obstinados, frunce el entrecejo y su rostro, se convierte en una pasa gigantesca que guarda dos zafiros chispeantes y redondos que atisban el mar. Sonríe, y empina la garrafa de cazalla. El tiempo se detiene en un pasaje infinito; las corrientes juegan a destapar olvidadas ánforas, y con la espuma, los fantasmas enraízan sus eclipsadas hazañas a los anales de la travesía. Ve en sus sueños, los sueños de los marineros que se conjugan con el atardecer, abigarrados al olor de tripas de pescado y resina. El espectro de la tarde agoniza, pletórico de quimeras que dibujan sus contornos en lontananza, se entrega a su habitual destino subrayando los atributos del crepúsculo.

Las almas de los náufragos, perpetuas, aferradas aún a sus antiguos maderos, aparecen de vez en cuando reflejadas por el aura solar, que en el poniente, despide la tarde como una naranja incandescente, impregnada de recuerdos que son devorados gradualmente por el filo del horizonte. Un enorme iceberg, cristalizado en el ángelus, se levanta soberbio, neptúnico, aguijoneando el gélido espacio.

El embrujo del ocaso se apodera de la tripulación que percibe las vibraciones del universo marino; las sirenas escapan de sus recónditas mazmorras abovedadas, como náyades que ascienden de las profundidades para ser descubiertas; entonan su melodiosa solfa que se origina en una desesperada búsqueda. Los argonautas, con escafandras de membranas salobres, se recrean en la asiduidad de sus coreografías heredadas. Los peces se avalanchan en una aluvión de estirpes que pugnan por prevalecer, mientras los caballitos, las estrellas y las ostras, desfilan en una alegre marcha de alegorías, encarnando su papel de graciosos personajes de fábulas.

La colosal naranja acaba por sumergirse en un simulacro sempiterno para irse al otro lado del mapa astral. En la calígine, fulgura apenas la estrella circumpolar y las bioluminiscencias de los extraños moradores del océano.

Calados por el frío y la humedad, apesadumbradas ánimas que sucumben ante la majestuosidad de las tinieblas, los marinos, sometidos a una voluntad inexorable, consumen licor para avezarse a la lobreguez de la noche, a la resonancia de las corrientes que arrastran inagotables, inmortales moluscos plateados.

La embarcación sin timonel se adentra en las sombras, renuncia a la erudición de la brújula que permanece fiel a sus registros, silenciosa. Una mano inmaterial empuña el gobernalle, impone el enigmático rumbo. Don Rigoberto se abandona a sus sueños plácidos y soleados al socaire de la bovedilla, impregnado de la cazalla del Santo Pirata Aburrido. Persigue mariposas en un valle saturado de flores silvestres y calamares que cantan al compás del ábrego. Una ballena con un collar de girasoles, se deja arrastrar por la pendiente de una cascada transparente, jacintina. Sus compañeros, humedecidos por la salpicadura del torrente, recogen flores policromadas para alegrar las tumbas sin epitafio. Los muertos descansan ya en lugar sagrado, no a merced de los depredadores marinos, ni al desamparo de la noche infinita, pero el enigma de sus patronímicos, el rompecabezas de sus miembros mutilados, que yacen confundidos con otros fantasmas sin nombre, es causa aún del desconcierto.

El mar burla la fantasía del navegante. (Los zafiros avistan un punto brillante en el cielo, allá en el horizonte austral). El Magín lo aborda en sueños, el embate sumerge el valle escarchado de flores y filamentos dorados. Los argonautas se desplazan a babor, esgrimiendo enormes anzuelos con señuelos de bailarinas desnudas que se agitan aferradas a los garfios, lanzando excitantes invitaciones a los marineros. Sopla el austro, y es posible amodorrarse por la brisa, caer en las redes de los fantasmas acorazados que vienen tripulando El Magín, o perecer en manos de las divas embrujadas que muestran sus vergüenzas sin recato. —¡A ellas! —vocifera el capitán fantasma, víctima ya de un padecimiento atroz, que lo obliga a retorcerse, rueda por cubierta con los rolidos del barco y lo despierta el rugir de sus tripas que aclaman un poco de fiambre. Los alfilerazos del chubasco lo hieren en pleno rostro. La galerna viene con el aquilón, acompañada de copiosa lluvia, rizando la superficie del mar como un espejo plagado de burbujas. La realidad secular se impone, reanuda su frecuencia irremediable. Los marineros despiertan a su rutina. Rugen sus entrañas al compás de la carpanta y la borrasca, se rinden al soberano que arruina el abordaje, mientras el intrépido mástil del Magín desafía el maleficio del viento y la resaca. Desaparecen las bailarinas, y las flores, y la ballena con el collar de girasoles, y las tumbas sin epitafio..., don Rigoberto, rescata la gorra de galones azules y amarillos de entre las redes revueltas en la cubierta del barco. —¡A la capa!— Avanzan, ajetreados fantasmas, campeando el temporal, hundiendo la proa en la codiciosa bocaza de espuma. Poco antes de salir el sol, don Rigoberto se quita la gorra aliviado, ve como El Magín se alza de proa, augusto, dejando atrás una estela de espuma gris.

El regreso del astro rey entusiasma la mañana, asciende gradualmente para ocupar su estrado en el cenit, que lo espera, cerúleo y acicalado. Sopla un viento favorable del norte y del este. —¡Tierra a proa y a estribor!, ¡Todo a sotavento!—. El barco vira a bordo en una disciplinada maniobra. Las gaviotas reanudan su vuelo rapaz incorporándose al paisaje entre los cirros que irrigan el zarco espacio. El magno emperador azur, muestra su inmensidad como un sabio hierático que conserva la vastedad de su dominio in aeternum. Y otra vez, los corazones laten simultáneamente. El Magín avanza diligente, hechizado, como si el aliento de un pulmón colectivo, impulsara su viejo caparazón de madera.



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